Capítulo 3 #4
—Zarpemos en cuanto estén aseguradas las lanchas, señor Harding. Voy a cambiarme y a tomar algo, pero estaré con usted antes de que salgamos de la bahía.
—Sí, señor. —Harding lo miró con curiosidad—. ¿Foques y juanetes, señor? El viento ha amainado un poco, así que quizá podamos soltar un poco los juanetes.
Justin entrecerró los ojos y miró pensativo hacia el cielo. Seguía cubierto, aunque se veía un tenue resplandor de sol por el este. Asintió con la cabeza en señal de asentimiento. Harding le dijo con cautela:
—El mayor Van Buren es un cliente extraño, ¿no, señor? En cuanto ha subido a bordo, me ha exigido que pusiera un camarote a su disposición. Y no se conformaba con ropa del baúl de repuesto mientras se secaban las suyas. He tenido que prestarle algunas de las mías.
—¿Su camarote, señor Harding?
—Sí, señor. Ha insistidp mucho. He pedido que trasladen mi equipo a las literas de los marineros.
La ira de Justin volvió a estallar. Qué atrevimiento el de ese holandés, pensó resentido. Pero no era lo bastante atrevido para reconocer a su hijo mestizo. O tal vez fuera su esposa, Lucy, la responsable de eso. Dijo con voz seca:
—Pida que trasladen sus pertenencias a mi camarote, señor Harding. ¿Sabe dónde está Van Buren ahora? ¿Durmiendo la mona?
Rufus Harding negó con la cabeza y dejó ver una sonrisa cómplice.
—Me imagino que estará en la sala de armas, desayunando. He oído voces procedentes de allí, y en tono acalorado, por así decirlo, señor. Tengo la impresión de que el señor De Lancey y el señor Meehan no estaban muy agradecidos de su compañía.
—Ya veo —respondió Justin con brusquedad—. Bueno, pronto pondré fin a eso. Continúe, por favor, señor Harding.
El gesto de Harding se convirtió en una amplia sonrisa.
—Sí, señor —respondió con moderación.
En la sala de armas, Jos Van Buren estaba sentado ante un plato vacío con las piernas abiertas.
Había un vaso rebosante en su gran mano de dedos romos.
George, con el rostro enrojecido y a todas luces molesto, ya se estaba levantando de la mesa cuando Justin entró y cerró la puerta mosquitera.
Notó que James Meehan ya se había marchado.
No había abierto la boca cuando Van Buren levantó su vaso en un saludo burlón, aunque no hizo ningún intento de levantarse.
—¡Ah! —exclamó—, ¡nuestro galante capitán Broome!
, defensor de los desfavorecidos… Y, al parecer, todavía tan preocupado por la salud de un miserable marinero malayo que no ha tenido tiempo de ponerse ropa seca.
Su preocupación… —Arrastraba la voz, así que se corrigió con solemnidad—.
Su preocupación lo honra, aunque la desperdicie en alguien sin importancia. ¡Permítame brindar por usted, capitán!
—Este maldito está borracho, Justin, y es ofensivo hasta lo insufrible —dijo George con desdén—. Ha insultado a James Meehan y ahora está tratando de provocarme. Como comandante de este barco, quizá seas tan amable de hacer que lo saquen de aquí, porque no puedo soportar más su arrogancia.
—Con mucho gusto —respondió Justin. Se volvió hacia el holandés, que estaba recostado, y le ordenó que se pusiera de pie—.
Su presencia ya no es bienvenida en mi sala de armas, mayor Van Buren.
Tengo entendido que se le ha asignado un camarote.
Vaya allí, por favor, y permanezca encerrado hasta que lleguemos al puerto Jackson.
Sus comidas le serán servidas en el camarote.
Van Buren se levantó. Se plantó delante de Justin, tambaleándose un poco, con los puños agresivamente apretados y una fea expresión en su rostro redondo y cetrino. En toda su estatura, superaba a Justin por varios centímetros. Preguntó con tono desagradable:
—¿Pretende usted echarme, señor Broome?
—Sí —le respondió Justin con gélida calma—, ¡por Dios que sí!
—Esquivó el torpe y previsible golpe que le lanzó el corpulento holandés y le respondió con un perfecto puñetazo en la carnosa mandíbula.
Van Buren cayó como derribado por un hachazo y se quedó inmóvil, respirando con dificultad. Justin se inclinó sobre él y sonrió.
—¡Está inconsciente! Hazme el favor de ayudarme, George. Llevémoslo al camarote de Harding. Pondré un guardia para asegurarme de que permanezca allí hasta que fondeemos en la cala de Sídney.
George le devolvió la sonrisa.
—¡Con mucho gusto, capitán Broome! Y confío en que no te ablandarás. Puede que sea el marido de Lucy Tempest, pero, por Dios, es un tipo de lo más desagradable.
Justin no se conmovió. Cuando, tres días después, el Elizabeth echó el ancla en la ensenada, Van Buren seguía confinado en su camarote, protestando con furia por el trato recibido, pero todas sus protestas caían en saco roto.
Lo enviaron a tierra en el falucho y se llevó consigo al niño Claus. En apariencia, se había lavado las manos de sus ofensas a Abdul Wetar. Desapareció en un silencio taciturno, sin dar las gracias por su rescate, aunque haciendo alarde de una dignidad exagerada que dejó impasible a Justin.
—¿Tienes intención de informar del encuentro de Van Buren con el francés?
—preguntó George mientras esperaban juntos en cubierta el regreso del bote—.
Eso provocaría un gran escándalo y… no tenemos pruebas, ¿verdad, Justin?
Solo la palabra de un viejo loco. Quizá sea mejor no decirle nada al gobernador.
—Si así lo crees… —respondió Justin sin convicción.
—Lo creo —dijo George con énfasis—. Van Buren es un tipo extraño y podría ser un enemigo muy peligroso. No despertemos al perro que duerme… En cualquier caso, ¿qué podría hacer el gobernador al respecto? No puede echar al tipo así como así, solo por sospechas.
—No. Pero… —La expresión de Justin se relajó.
En el jardín de su pequeña cabaña pintada de blanco, en el lado sur de la cala, vio aparecer a su esposa con sus dos hijos pequeños y respondió entusiasmado a sus saludos.
Quizá no fuera prudente invocar la enemistad de Van Buren, pensó; al menos, no más de lo que ya había hecho. Suspiró.
—Informaré de la visita del francés a la isla Norfolk, George. Es mi obligación.
George inclinó la cabeza.
—Por supuesto, Justin. Y yo te respaldaré si es necesario. —Se protegió los ojos con la mano—. Ese que está en el jardín con tu familia, ¿no es el joven teniente Dean?
—Eso parece —asintió Justin con cautela.
La lancha regresó y le pidió a George que lo precediera. James Meehan se unió a ellos y los tres subieron a bordo.
—¡Soltad amarras! —ordenó el guardiamarina Bowles con voz aguda—. ¡Remos fuera, muchachos, y remad con fuerza!
Los hombres, con la perspectiva de un permiso en tierra y las tabernas de The Rocks por delante, no necesitaban que los animaran más, así que el falucho fue deslizándose sobre las aguas azules y soleadas de la cala.
Justin vio a Jessica correr por la carretera hacia el embarcadero.
Su hermano, cuyo uniforme escarlata lo hacía destacar, la seguía a paso más lento.
Los dos niños pasaron corriendo junto a él entre gritos de emoción.
Justin, contento, pensaba que estaría en casa una semana o dos. Olvidada su dignidad, se quitó la gorra y la levantó por encima de la cabeza.