Capítulo 3 #2
—Pues que se arrastre, entonces —ordenó Van Buren.
Con el rescate tan cerca, sentía una extraña renuencia a dejar marchar al muchacho, aunque, Dios lo sabía, era una compañía bastante pobre.
Tenía buena vista, eso sí: distinguiría cualquier bote que se acercara—.
Abdul puede valerse por sí mismo… —comenzó a decir, pero dejó de hablar cuando, con un estruendo aterrador, el palo de trinquete del Flinders se partió por la mitad y fue a dar al agua.
Una maraña de jarcias cubrió la parte delantera de la cubierta y la proa del balandro se hundió aún más.
Pero, con la popa elevada, el ángulo de escora se hizo menos pronunciado.
—Claus —gritó de nuevo—, ¿han lanzado un bote?
No hubo respuesta. Al mirar hacia abajo, Van Buren vislumbró la delgada figura del niño, con el agua hasta las rodillas, esforzándose por cruzar la cubierta.
Lo vio abrir la tapa de la escotilla tras varios intentos.
Luego desapareció de su vista sin haberla cerrado.
Era evidente que Abdul había conseguido arrastrarse, al menos en parte, por la escalera, porque unos segundos más tarde surgieron por la abertura dos cabezas que jadeaban y escupían mientras las olas las bañaban.
Necesitaron el esfuerzo conjunto para subir a cubierta.
Van Buren, con el ceño fruncido, desaprobador, los vio luchar juntos por llegar al timón, que, aunque inundado, podía proporcionarles un refugio seguro.
Ambos se aferraron a la rueda. Claus pasó su delgado brazo desnudo alrededor de los hombros del capitán malayo para darle más apoyo.
Entonces, un grito distante distrajo a Van Buren y su ánimo se levantó.
«Vienen —pensó agradecido—. ¡Alabado sea Dios!
, por fin vienen a socorrerme». Se arriesgó a inclinarse hacia delante y distinguió una embarcación a remo que se acercaba a donde estaban.
Era una barca pequeña de cuatro remos, pero había otra más grande a popa.
Ahuecó las manos entumecidas alrededor de la boca y respondió al grito, con la voz ronca por el esfuerzo y el agotamiento.
—¡Aquí, aquí estoy! ¡ Van Buren, del balandro Flinders ! ¡Les ruego que se den prisa, porque nos estamos hundiendo! —En su confuso alivio, había gritado en su propio idioma. Entonces se dio cuenta de su error y repitió las palabras en inglés.
La respuesta fue un brusco «sí, sí», mientras la barca se acercaba con cautela…
* * *
En la proa de la lancha, Justin bajó el megáfono.
El joven Bowles, en el bote de rescate, tenía claras sus órdenes: al igual que había hecho cuando desembarcaron en Norfolk, se mantendría a una distancia segura con respecto a las rocas y solo acercaría la embarcación en caso de que la lancha se encontrara en dificultades.
Había un hueco delante, entre las rocas, lo bastante ancho como para que entrara el bote.
Justin calculó a vistas que era lo bastante profundo como para proteger la pequeña embarcación del viento y, por lo tanto, del embate de las olas.
Se dirigió hacia allí, dando gritos al proel para que estuviera listo con el bichero.
Todos los tripulantes eran voluntarios; entre ellos, George De Lancey, que había sido el primero en ofrecerse.
La destreza con la que manejaba el remo desmentía su condición de marinero de agua dulce.
La lancha se adentró en la hendidura rocosa, que resultó ser más ancha y empinada de lo que Justin había calculado; el proel la esquivó y, cuando el falucho perdió velocidad, se enganchó con destreza a la roca por encima de su cabeza.
—El balandro está medio volcado, señor —gritó—. Ha perdido los dos mástiles, pero sigue a flote y parece que hay alguien aferrado a los obenques, luchando por su vida. No veo a nadie más.
En los viejos tiempos, pensó Justin con ironía mientras preparaba el equipo de rescate que él y el timonel habían traído…
En los viejos tiempos, cuando él era el capitán, el Flinders llevaba una tripulación de tres personas.
Él mismo, el viejo Cookie Barnes y un marinero.
Van Buren, que no tenía licencia de capitán, tendría que haber llevado cuatro o cinco, lo que sugería…
Apretó los labios. Mejor ni imaginar lo que eso sugería.
Sin duda, Van Buren estaba vivo. Él había respondido al llamado, de eso no cabía duda.
—Cuando usted diga, señor —dijo el timonel.
Justin comprobó la cuerda que rodeaba su cintura, asintió con satisfacción y se echó el resto de las cuerdas al hombro.
Había dejado las órdenes antes de alejarse del Elizabeth, así que cada uno sabía lo que tenía que hacer.
Con la ayuda de dos voluntarios, salió del bote y trepó a la orilla rocosa.
Sintió una profunda tristeza cuando por fin bajo la luz del día, vio con toda claridad los restos del Flinders.
Era evidente, de forma inmediata y dolorosa, que no había esperanza para el barco.
Tal y como había dicho el proel, yacía de costado entre las rocas, desarbolado y con el casco ya roto.
La proa, con su otrora orgulloso mascarón, estaba casi sumergida en el caldero de agua espumosa en el que se encontraban.
Vio entonces al hombre solitario aferrado a los restos de los obenques del palo mayor y, cuando el timonel se le unió, sujeto por una segunda cuerda, distinguió a otras dos personas agachadas junto al timón, sumergidas hasta la cintura.
Tres supervivientes, decidió; el falucho podía llevarlos a todos sin tener que arriesgar la chalupa. Una mano lo agarró del brazo. Era George, que estaba a su lado, listo para relevarlo de la cuerda enrollada. En los ojos de su amigo se leía la lástima cuando este preguntó con voz ronca:
—El Flinders fue tu primer mando, ¿verdad? Y ahora se ha perdido.
—Sí —confirmó Justin—. En un par de horas no habrá quedado nada. —Alzó la voz para hacerse oír por encima del viento huracanado—. ¿Listo, timonel? Bien. Seguidme, entonces. George, ve soltando el cabo despacio, por favor. No intentes cruzar hasta que te dé la señal.
George asintió.
Doblado por la cintura, Justin se lanzó sobre las rocas resbaladizas y cubiertas de algas.
El timonel lo seguía a pocos metros, soltando las dos cuerdas con sumo cuidado.
Avanzaron a buen ritmo hasta llegar a una parte del promontorio que se inundaba una y otra vez con el embate de las olas.
Con la resaca, el agua era poco profunda, pero Justin no pudo mantener los pies en el torrente que se movía a toda velocidad.
Fue lanzado contra las crestas irregulares de las rocas y quedó magullado.
Se sentía casi exhausto cuando llegó al lado de sotavento del Flinders .
El barco estaba tan escorado que le resultó fácil subir a bordo.
Una vez allí, se encontró con un camino obstaculizado por una maraña de cabos caídos, arrastrados por el palo de trinquete destrozado.
No le quedó más remedio que esperar a que el timonel se reuniera con él.
Cuando el hombre llegó, igual de jadeante y fatigado, Justin cogió el hacha que él le llevaba y golpeó a ciegas hasta que, casi por milagro, toda la masa se deslizó por la borda.
Ya sin el peso muerto del mástil, la esbelta proa del Flinders se elevó un poco, aunque con lentitud, debido a las toneladas de agua que llenaban la cubierta inferior y la bodega.
Por un momento, pareció flotar de nuevo, con el casco casi nivelado.
Consciente de que eso bien podía ser el preludio de su hundimiento, Justin no perdió tiempo.
Hizo señas a George y al proel del falucho para que se acercaran al borde del agua.
Entonces los vio partir, inclinados bajo el peso de las cuerdas de cáñamo.
Hizo una pausa solo para asegurarse de que la cuerda que rodeaba su cintura no estuviera enredada y se dirigió a la popa.
Las dos personas que había visto agachadas junto al timón resultaron ser un hombre y un niño, ambos de piel oscura.
El hombre estaba herido, sin duda, y el niño le daba sostén con heroísmo.
Justin les gritó, pero, antes de que ninguno pudiera responder, se oyó un furioso bramido de Van Buren. El holandés se deslizó por las jarcias del mástil principal y plantó su enorme cuerpo empapado en medio del camino de su salvador.
—¡Señor Broome! Es usted muy bienvenido, señor. Soy el mayor Van Buren y le agradecería que me ayudara a abandonar este barco antes de que se hunda. No hay tiempo que perder.
Hablaba con un tono perentorio, sin admitir réplica, pero Justin, empapado, helado y sin ganas de discutir, le pidió que se apartara.
—Me parece que uno de los suyos está herido, señor. Si es así, hay que sacarlo primero.
El gran holandés lo miró con ira y empezó a protestar, pero Justin no le hizo caso.
Fue hacia los dos que estaban junto al timón mientras se soltaba la cuerda que rodeaba su cintura.
Una rápida inspección le bastó para comprobar que el marinero malayo necesitaba ayuda con urgencia.
El niño que lo acompañaba, quien solo dijo llamarse Claus, había hecho todo lo posible por aliviar la fractura de su compañero.
Ya se la había inmovilizado con un trozo de madera astillada, un cinturón y unas tiras arrancadas de su camisa.
Mientras Justin examinaba la improvisada férula, el niño habló con ansiedad, en un inglés entrecortado:
—Pobre Abdul, señor, está sufriendo mucho. He intentado que esté más cómodo, pero me temo que no es bueno para él que haya tenido que arrastrarlo desde abajo.
—Lo sacaremos de allí de inmediato —le prometió Justin.