Capítulo 3
Empapado hasta los huesos y temblando de un frío que parecía devorarlo, el mayor Jos Van Buren se arrastró hasta los obenques del palo mayor del Flinders.
Allí se aferró para mirar en la penumbra, forzando la vista, con el estómago revuelto, mientras ola tras ola de agua espumosa caían en cascada sobre la cubierta, apenas a doce pies por debajo.
Sobre su cabeza solo quedaba el muñón del palo mayor, y, aunque hubiera sido capaz de reunir suficiente fuerza, no podía subir más.
Minutos antes, había visto a su marinero malayo, Janur, ser arrastrado por la borda cuando intentaba poner a flote la única lancha.
Ahora, la lancha había desaparecido, y Janur con ella.
Los gritos desesperados del hombre se los había llevado la furia del viento, y, sin embargo, aún resonaban en los oídos del mayor como si tuviera al marinero a un lado.
Van Buren respiró hondo, temblando. Las olas golpeaban con fuerza su pequeña embarcación.
Era consciente de que ni siquiera ese robusto casco resistiría mucho más tiempo el embate implacable.
Solo Dios sabía qué daños habían causado las rocas bajo la línea de flotación.
Sus esperanzas de ser rescatado, reavivadas por un instante con el vislumbre de las luces de otra embarcación en la lejanía, se estaban desvaneciendo.
Por lo que pudo distinguir en la penumbra de un amanecer encapotado, el barco desconocido había cambiado de rumbo.
Se alejaba del punto rocoso en el que el Flinders se estaba hundiendo.
Lo abandonaban a su suerte, a pesar de los cohetes de socorro que su hijo Claus había conseguido lanzar con la ayuda de Janur.
Era inconcebible que aquella tripulación no los hubiera visto, y sin embargo…
—¡Claus! —gritó Van Buren, desesperado, a pleno pulmón, para que el chico hiciera un último intento—. ¿Me oyes? ¡Otra bengala, por el amor de Dios! ¡Lanza otra bengala! ¡Nos están abandonando!
No hubo respuesta. Van Buren maldijo al chico como un salvaje, pues lo consideraba un cobarde sin ingenio.
Pero ¿qué más se podía esperar de un miserable mestizo, cuya madre nativa había recurrido al intento de asesinato ante el temor de ser sustituida por Lucy Tempest?
Claus había salido a esa mujer, tanto en carácter como en apariencia.
Tenía su belleza morena y la naturaleza dócil, pero se aterraba con su propia sombra.
Sin duda, estaría escondido abajo, con Abdul Wetar, el capitán malayo, cuya falta de habilidad para la navegación había provocado el desastre del Flinders .
Además, Wetar, el día anterior, había agravado la situación de todos al caerse de la jarcia y romperse una pierna.
Van Buren reflexionaba con amargura sobre el grave error que había cometido al contratar a dos malayos, en lugar de los dos marineros emancipados que había contratado en Sídney.
Pero no había tenido opción. Se había visto obligado a dejar a los ingleses en Batavia después de acordar el encuentro con la fragata francesa, ya que el riesgo de que los marineros hablaran más de la cuenta era demasiado grande.
Y había salido bien parado del encuentro.
El capitán Duperrey, generoso, había intercambiado en medidas iguales buen brandy francés por la carga de arrack de Batavia que llevaba el Flinders.
El aguardiente nativo serviría a los franceses para comerciar con los maoríes de Nueva Zelanda.
Y el beneficio del propio Van Buren habría sido considerable, de haber podido entregar el brandy en su almacén de Sídney.
Volvió a maldecir con renovada frustración.
Aunque él, Claus y el herido Wetar lograran llegar a tierra cuando amainara la tormenta, los preciados barriles de brandy se hundirían con los restos del Flinders …
, a menos que consiguiera llamar la atención de los desconocidos que pasaban por allí y convencer al capitán de que diera media vuelta.
Pero, quizá con la llegada de la luz del día…
Gritó de nuevo. Esa vez, Claus asomó por un instante la pequeña cabeza morena por encima de la brazola de la escotilla de popa y respondió.
Van Buren no alcanzó a oír lo que le dijo, pero, instantes después, se produjo un destello en la escotilla.
El chico había encendido un cohete, pero debió de haberlo manejado con descuido, ya que estalló, en lugar de elevarse en una estela de chispas.
Incluso por encima del rugido del viento se oyó el grito agudo de agonía de Claus.
—¡Maldito tonto! —le reprochó su padre con ira—. ¿Quieres provocar un incendio? ¿No tenemos ya suficientes problemas?
Como antes, la respuesta no llegó de inmediato.
Entonces, tras varios minutos de angustia, Claus emergió de la escotilla y, en el momento más oportuno, cruzó entre bamboleos la cubierta mojada y empinada.
Trepó por las escaleras de mano y ascendió con lentitud hasta ponerse a un lado de Van Buren.
A la tenue luz, su rostro parecía casi negro.
La camisa le colgaba de los hombros en jirones chamuscados y ondeando con el viento impetuoso.
Aparte de asegurarle a su padre que no había fuego, no dio ninguna explicación.
—El barco que hemos visto… —comenzó a decir.
—Está huyendo, ¡que se vaya al demonio! —lo interrumpió Van Buren—. No ha hecho caso de las bengalas.
—No es así, señor —lo contradijo Claus con timidez.
Desde su llegada a Sídney, había recibido órdenes de nunca dirigirse a su padre de otra manera.
Incluso en las circunstancias actuales, era consciente de que nada debía revelar su parentesco.
Lucy había insistido en que el color de su piel daría lugar a comentarios maliciosos.
Y había ayudado al engaño la pobreza del inglés del chico, pero este nunca se había quejado.
Van Buren relajó los brazos entumecidos y lo miró con ira.
—¿Qué quieres decir, idiota? ¿Estás ciego, además de tonto? Está virando, ¿no?
—Para entrar en la bahía, señor —respondió Claus—. Con el viento como está, debe alejarse del cabo y luego virar si no quiere verse arrastrado contra las rocas, como nos pasó a nosotros.
—¿Y tú qué sabes? —replicó su padre—. ¿Acaso eres marinero por haber hecho dos o tres viajes? —El tono del mayor era mordaz y despectivo.
—No, señor —admitió el muchacho—, pero se lo he preguntado a Abdul cuando he bajado a buscar el cohete. Y mire —levantó el delgado brazo y señaló con entusiasmo hacia la mar oscura—. Ha virado, y… sí, ha izado más velas. Está a sotavento del cabo, señor, virando a babor. Viene a rescatarnos.
Por lo visto, el niño tenía razón, observó Van Buren con cierto alivio.
El barco desconocido era pequeño; por su aspecto, debía de ser una balandra del gobierno, ya que, al escorar en el viraje, se podía ver su pintura a cuadros blancos y negros en el costado expuesto al viento.
No era el Amity, un barco más grande, ni el Mermaid, aparejado como un cúter.
Sin duda, se trataba de un barco del rey manejado con gran pericia.
Entrecerró los ojos mientras seguía su trayectoria.
Al verlo detenerse al otro lado de la bahía, exhaló con alivio.
Claus también había estado observando.
—¡Es el Elizabeth, señor! —exclamó—, el barco del capitán Broome. Lo he visto a menudo en la cala de Sídney.
—¿Broome? —repitió Van Buren. Recordó el tono despectivo con el que su esposa había hablado en varias ocasiones de Justin Broome.
«Es australiano —había dicho ella—. Sus padres eran convictos, pero el exgobernador Macquarie lo tenía en gran estima y no dio tregua al Consejo del Almirantazgo hasta que le concedieron un cargo. Se casó con la doncella personal de la señora Macquarie».
Qué extraño, pensó el holandés, que el hombre de quien dependía su rescate fuera uno de esos a quienes Lucy consideraba intocables.
Era cierto que la hermana de Lucy, Abigail Dawson, tenía opiniones más liberales: recibía a los Broome en su casa e incluso parecía tener una relación de afecto íntimo con la esposa de Broome, la antigua doncella.
—El capitán Broome fue quien construyó el Flinders, señor —dijo Claus—. Me temo que le dará tristeza verlo ahora.
—No más que a mí —le respondió su padre con amargura.
El siniestro crujido de las maderas sobrecargadas heló su corazón.
Con la sensación de que el barco se balanceaba bajo sus pies, el miedo volvió a dominarlo.
Se daba cuenta de que el viento y la marea lo empujaban más hacia las rocas.
La inclinación del barco se hacía más pronunciada a medida que el casco rozaba los afilados y duros salientes.
Solo lo mantenía en su sitio el peso del agua que había embarcado.
Van Buren miró a su alrededor, alarmado, y pensó una vez más en intentar una carrera desesperada por las rocas hasta el acantilado que marcaba la costa, pero era un mundo traicionero y escarpado de rocas inundadas.
Sabía que un movimiento así ofrecía pocas posibilidades para cualquiera, menos aún para el desdichado Abdul Wetar, con esa pierna destrozada.
Debían aguardar, aferrados a la esperanza de que Broome y su gente lograran rescatarlos antes de que el Flinders terminara hecho pedazos.
—¿Han lanzado un bote? —le preguntó con dureza a Claus.
—No lo veo, señor —respondió el muchacho con tristeza—. El barco está detrás del cabo. —Vaciló y luego añadió con más alegría—: Quizá lo acerquen todo lo posible, hasta quedar protegidos del viento, y bajen un bote. Señor… —Volvió a vacilar, y su padre gruñó con irritación.
—¿Qué pasa? ¡Habla, muchacho!
—Yo debería bajar, señor, y ayudar a Abdul a subir a cubierta. Lo he llevado hasta la boca de la escotilla, pero la cubierta inferior estará inundada hasta el tope y solo puede arrastrarse con las manos.