Capítulo 2 #6
Regresaron al barco sin grandes contratiempos, a pesar de que las olas rompían con furia contra la barra y los hicieron perder un remo.
El Elizabeth levó anclas y zarpó tan pronto como los botes estuvieron izados a bordo y asegurados.
Dejaron atrás la bahía y sus dos islotes guardianes mucho antes del atardecer.
Justin hizo la primera guardia. Fijó el rumbo al suroeste, con viento fresco del norte y mar relativamente tranquila.
Pero, al atardecer del cuarto día de la travesía, con la costa australiana a la vista, el barómetro tuvo un descenso inquietante, el viento cambió del noreste al sur y se intensificó hasta alcanzar fuerza de vendaval.
La vida a bordo volvió a ser incómoda para los que estaban abajo y llena de peligros para los que estaban de guardia en la cubierta.
El Elizabeth estaba bien protegido, con menos agua de lo habitual.
Antes de que se desatara la tormenta, Justin, prudente, ya iba con un foque de estay, juanetes arriados, las vergas superiores bajadas y dos hombres al timón.
A pesar de ello, pasó una noche angustiosa navegando a sotavento, con la mar elevándose hasta alcanzar alturas gigantescas.
El fuerte viento, que giró un poco hacia el este cerca de la medianoche, atacaba sin cesar los mástiles oscilantes y sus velas tensas, como si tratara siempre de empujarlo hacia un litoral inhóspito.
Por fin amaneció. La luz del día ya teñía con una pálida luz grisácea las nubes negras viajeras cuando, entre la oscuridad que se extendía delante, el repentino y deslumbrante resplandor de un cohete ascendente sobresaltó a Justin.
Su agotada mente registró la señal de socorro, el barco en peligro.
Endurecido por el frío, miró con aprensión hacia la penumbra oscurecida por el agua pulverizada y alcanzó a vislumbrar el oscuro contorno de un promontorio peñascoso.
Se elevaba más de cien pies y las olas rompían contra las rocas en un torbellino de agua agitada.
—Es el cabo Hawke, ¿verdad señor? —preguntó Rufus Harding. Usaba las manos a modo de megáfono para hacerse oír por encima del rugido del viento—. ¡Que Dios ayude a cualquier barco que haya encallado allí!
Justin asintió mientras miraba por el catalejo, pero no alcanzaba a distinguir más que una silueta oscura, apenas visible contra la rompiente.
Y…, sí, también el contorno delgado de un mástil, a menos que se equivocara.
El cabo Hawke era un promontorio rocoso situado a medio camino entre el puerto Macquarie y la desembocadura del río Hunter.
Protegía una pequeña bahía poco profunda, rodeada de acantilados, en la que, según supuso, había intentado refugiarse del vendaval el barco que había disparado la bengala.
Pero el capitán, que desconocía la traicionera costa o había cometido un error de juicio en la oscuridad, debió de haber fallado al intentar sortear el cabo. Una segunda bengala se elevó hacia el cielo y, por un momento, bañó el barco y la costa con una inquietante luz roja.
Los temores en cierne de Justin se convirtieron en una certeza agonizante.
Reconoció el barco, a pesar de las olas que rompían sobre su cubierta escorada y lo llenaban de espuma hasta el palo mayor destrozado.
¿Cómo olvidarlo, si había sido suyo durante mucho tiempo?
Él mismo lo había diseñado y, en parte, también construido; había sido su capitán antes de que Sus Señorías del Almirantazgo consideraran oportuno concederle una comisión y nombrarlo para su actual mando…
Puso toda la fuerza de su voluntad en controlarse, enfermo de desesperación por lo que sabía que sería el destino de la embarcación.
—Es el Flinders, señor Harding —dijo con voz ronca—.
El Flinders, con el mayor Van Buren a bordo.
¡Y, mal que me pese, tenemos que salvarlo!
¡Despierten a la guardia de abajo y prepárense para virar!
—Vio la alarma en el rostro de Harding y negó con la cabeza a la pregunta tácita del viejo—.
Una lancha nunca sobreviviría ahí. Nuestra única oportunidad es entrar en la bahía e intentar alcanzarlos.
¡Ánimo, hombre! No hay tiempo que perder.
Dudo que el Flinders aguante más de una hora.
Y quizá una hora era demasiado, pensó Justin con amargura. Fue al timón mientras los hombres de la guardia subían a cubierta, levantados a gritos de sus hamacas y maldiciendo ante el viento que azotaba sus impermeables.
—¡Preparados!
Con el megáfono pegado a los labios, Justin gritaba órdenes por encima del aullido del viento y el escándalo metálico de las bombas que acababan de ponerse en marcha.
Lenta, a regañadientes, la proa del Elizabeth empezó a girar.
El barco escoró bajo la violenta presión del viento, con los imbornales de sotavento chorreando agua.
Luego, cuando ya se estaba enderezando en el nuevo rumbo, se elevó una nueva bengala desde el Flinders y Justin pudo distinguir con claridad las rocas irregulares del peñón contra el que estaba lanzado: un promontorio que su propio barco debía sortear si quería llegar a la cala protegida que había más allá.
Incluso a plena luz del día, sería una maniobra arriesgada. Sabía que no podía esperar el amanecer. Era ahora o nunca. Llamó a Harding para que se le uniera…