Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

Una vez más, bajo el paciente interrogatorio de George, el viejo habló con libertad, aunque divagando y con la voz entrecortada por frecuentes accesos de tos.

El humo del tabaco, al que no estaba acostumbrado, le irritaba los pulmones, pero el sentido de sus palabras era bastante claro. Justin frunció el ceño y dijo:

—Por el amor de Dios, ¡ha sido Van Buren quien ha venido aquí, y en el Flinders !

Se lo vendí a Robert Campbell cuando recibí el mando del Elizabeth, y Van Buren lo fletó, junto con el viejo Dolphin y una goleta de Simeon Lord, el Dorcas.

Ha estado comerciando con sus compatriotas en las islas holandesas, aunque con tripulaciones y capitanes contratados.

No tenía ni idea de que pretendía hacerse a la mar con el Flinders.

—Pero él no es marinero, ¿verdad? —George también estaba desconcertado—. Siempre había entendido que era comandante de la guarnición militar de Kupang y que Lucy Tempest se había casado con él después de que la hubieran rescatado de un naufragio. Eso fue en algún lugar cerca de Timor, ¿no?

—Sí —respondió Justin, aún con el ceño arrugado—.

Lucy fue la única superviviente del indianés Kelso, que naufragó por un tifón en el estrecho de Sunda de camino a la China.

Sus propietarios y toda la tripulación eran de Sídney.

Jasper Spence y su esposa eran los propietarios. Seguro que has oído hablar de ellos.

Recordaba, como si fuera ayer, el regreso de Lucy Tempest a Sídney con su flamante marido holandés.

Recordaba también la cálida bienvenida que le habían dado su hermano Rick y su hermana mayor, Abigail Dawson, quien la daba por muerta.

Los Van Buren había entrado en la bahía de Sídney pocas horas después de que el gobernador y la señora Macquarie se fueran en una triste despedida.

De hecho, el barco holandés y el transporte británico que transportaba a los Macquarie debían de haber pasado a poca distancia el uno del otro cuando este último salió de los Heads del puerto Jackson.

Recordaba que Abigail se había alegrado mucho de volver a ver a su hermana.

Hubo fiestas e incluso una recepción en la Casa del Gobierno para celebrar el milagro de la supervivencia de Lucy.

La pérdida del Kelso había afectado a muchas familias de Sídney como una terrible tragedia.

Pero luego, por alguna razón, la bienvenida se fue enfriando.

El mayor Josef Van Buren, o Jos, como le gustaba que lo llamaran, era arrogante y un bebedor empedernido.

No se había hecho muy popular en la sociedad de Sídney, ni siquiera entre la élite de Macarthur, y se rumoreaba que había chocado con Timothy Dawson, el marido de Abigail, por una propiedad que, según insistía, le correspondía a su esposa.

Jos y Lucy habían adoptado un estilo de vida opulento.

Hacían alarde de riqueza en una de las casas más exclusivas de Sídney, que habían comprado poco después de su llegada.

Empleaban en ella a sirvientes nativos, traídos con ellos desde Batavia. Además…

Una exclamación aguda de George interrumpió los pensamientos de Justin.

—¡Dios mío, Justin! ¿Has oído eso? ¿Has oído lo que acaba de decir Scaife?

Justin negó con la cabeza.

—No, no estaba escuchando. Creía que estaba divagando, ya sabes. Es…

—Bueno, puede que esté divagando, pero parece conocer los detalles bastante bien.

Dice que, junto con el balandro de Van Buren, llegó un segundo barco, pero se quedó fuera, más allá de la bahía.

Y cree que era francés. Es así, ¿no, Job?

—La voz de George se suavizó—. Dígale al capitán Broome lo que me ha contado.

Job hizo un asentimiento enérgico y repitió su afirmación.

—Era un velero de tres mástiles, capitán, y llevaba armas. Se mantuvo alejado de la costa, navegando arriba y abajo, así que no pude verlo bien.

—¿Qué lo hizo suponer que era francés?

El anciano escupió.

—Enviaron un bote con media docena de marinos. Pasaron por el barco para recoger al holandés y cruzaron la barra justo antes del atardecer. Durmieron en tierra. Yo me mantuve alejado de ellos, pero los oí hablar; balbucear, más bien, y reconozco el acento francés cuando lo oigo.

—¿Qué hicieron en tierra? —preguntó Justin.

—Asaron uno de mis cerdos —le dijo Job con rencor—; ellos y el holandés.

Luego echaron un vistazo, como ha estado haciendo usted, y se largaron de vuelta a su barco.

Al pasar por el arrecife, estuvieron a punto de volcar, y yo me quedé con las ganas.

El holandés no se fue hasta el día siguiente, pero los franceses zarparon en cuanto estuvieron de vuelta en su barco. Iban al noroeste, por lo que pude ver.

Justin miró a George. En el rostro de su compañero vio reflejada la misma preocupación que él sentía.

El temor a que los franceses intentaran establecer asentamientos en suelo australiano había acosado durante mucho tiempo a los sucesivos gobiernos británicos.

Ambos eran conscientes de las probables consecuencias de tal intento, si llegara a tener éxito.

En riesgo estaban vastas extensiones de tierra sin reclamar, por lo que la Oficina Colonial llevaba años procurando el establecimiento de colonias penales y otros asentamientos británicos en puntos estratégicos a lo largo de la costa, al norte y al oeste de Sídney.

De ese modo trataban de contrarrestar la amenaza francesa.

Justin sometió a Job Scaife a un minucioso interrogatorio sobre las acciones del supuesto grupo francés, así como las del propio Van Buren, pero el viejo segregado no pudo decirles mucho más.

Rechazó indignado la sugerencia de que abandonara la isla Norfolk y regresara a Sídney a bordo del Elizabeth.

—Llevo aquí diez años y no pienso marcharme ahora —replicó—.

Si abren otra vez la prisión, les pediré que me devuelvan mi antiguo trabajo.

Pero, hasta entonces, me quedaré donde estoy.

Y si ustedes quieren hacer algo por mí, un barril de ron decente y unos cuantos trozos de tabaco de mascar no me vendrían mal.

Sí, si no es pedir demasiado, eso, y algo de ropa de su baúl, para estar bien vestido cuando vuelvan a visitarme.

—Tendrá lo que necesite —le prometió Justin—. Usted… —Lo interrumpió una llamada de James Meehan. Entonces Job, con un «gracias, señor» apenas murmurado, se alejó tambaleándose, saltó el muro derruido del cementerio y desapareció entre los árboles que lo rodeaban.

Esa noche, de vuelta en el Elizabeth, hablaron de la visita del buque de guerra francés no identificado y de su probable propósito. Meehan condenaba con toda su energía la aparente cita secreta de Jos Van Buren con aquellos oficiales.

—No imaginaba que alguien descubriría lo que ha estado haciendo —dijo el topógrafo—, pero, como ustedes, he oído rumores.

El mayor Van Buren es un personaje muy extraño.

Ha estado tramando cosas con sensación de injusticia desde que llegó a Sídney y el gobernador rechazó su solicitud de concesión de tierras.

En mi opinión, el gobernador tiene toda la razón, dado que Van Buren es holandés, y no británico.

Los holandeses fueron aliados de Bonaparte en la guerra.

Pero yo no confiaría en ese hombre, ¡por Dios que no!

Y lo que hemos visto aquí demuestra que sigue estando en el otro bando.

Creo que le debería comunicar esto al gobernador, capitán Broome.

—No se preocupe —le aseguró Justin con gravedad—, lo informaré. Sin duda, a la luz de todo esto, Su Excelencia querrá que se ponga en marcha el reasentamiento de la isla lo antes posible. ¿Cuándo espera tener terminado su estudio, señor Meehan?

Meehan consideró la pregunta.

—Deme un día más, capitán —decidió—. Si todo va bien, mañana por la tarde tendré todo lo necesario.

Y cumplió su palabra. Justin lo llevó a tierra en el bote poco después del amanecer. A las cuatro de la tarde, Meehan anunció que había terminado sus deberes y que estaba listo para abandonar la isla.

El viejo Job permaneció fuera de la vista durante todo el día.

Por lo visto, temía que intentaran persuadirlo de que se marchara con ellos.

Después de que Justin y George buscaran sin éxito su escondite, dejaron junto al muro del cementerio la ropa que les había pedido, y, con ella, una provisión de harina y tabaco y un pequeño barril de ron.

Todo había desaparecido cuando el grupo cogió el camino del embarcadero.