Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Guio al grupo a través del patio de ejercicios y sus muros de piedra, medio escondidos tras la maleza invasora.

George De Lancey frunció el ceño y miró atento a su alrededor mientras Justin le señalaba los elementos que alcanzaba a reconocer.

Salieron al cementerio solitario y azotado por el viento, con sus montículos de tumbas, en su mayoría sin nombre, y exclamó, conmocionado:

—¡Dios mío, Justin, son cientos! ¿Cuánto tiempo fue este un centro penitenciario? ¿Veinticinco años?

—La evacuación comenzó en la época del gobernador Bligh —respondió Justin—.

Pero… —Se interrumpió y soltó un juramento medio ahogado.

Un hombre de extraña figura acababa de aparecer, tan evasivo como un fantasma, saltando de tumba en tumba.

Los observaba atento, listo para huir en cualquier instante si fuera necesario.

Justin sintió en el brazo que la mano de su cuñado lo apretaba.

Asintió y soltó un grito para tranquilizarlo.

El extraño hombre se acercó y se reveló como un tipo pequeño y encorvado, de pelo revuelto y una barba blanca que le caía en mechones.

Llevaba las ropas tan raídas que era casi como si estuviera desnudo.

Empuñaba un hacha oxidada con ambas manos y la sostenía delante, protectora.

Se detuvo a unos metros de ellos y preguntó desafiante:

—¿Sois de ese barco? ¿Es británico?

—Sí —confirmó Justin—. No queremos hacerle daño. Acérquese para que podamos hablar.

El hombrecillo avanzó unos pasos con cautela.

—Es un barco del rey, ¿verdad? ¿Y usted es un oficial del rey?

—Así es. Es la corbeta Elizabeth, del gobierno , y yo soy su comandante. ¿Quién es usted?

—No se lo diré hasta que sepa qué hacen aquí.

Han estado husmeando, ¿verdad? Y hay otros dos midiendo y hurgando abajo.

Los he visto, sí, y los he estado observando durante la última hora, preguntándome qué diablos están haciendo.

No es habitual que un barco atraque aquí, y menos uno del rey o uno francés.

—El tono del extraño aparecido era ronco y sospechoso, pero terminó por bajar el hacha—.

¿Qué quieren, eh? —Titubeó. Se quedó mirándolos con los ojos entrecerrados, como si estuviera a punto de decir algo más, pero lo pensó mejor y esperó la respuesta.

—Estamos haciendo un estudio de la isla en nombre del gobierno de Nueva Gales del Sur —respondió George. Sonrió y le tendió la mano—. Me llamo George De Lancey. ¿Quiere decirnos cómo se llama? No será un convicto, ¿verdad?

No hizo caso a la mano que le tendían, pero se acercó arrastrando los pies.

—No, aunque lo fui. Llegué aquí cuando el mayor Foveaux estaba al mando, ese maldito cerdo.

Foveaux el flagelador, como lo llamábamos, y ese era un nombre muy apropiado.

Él me marcó la espalda: doscientos latigazos, trescientos.

Con Foveaux, nunca eran menos. Miren ustedes mismos.

—Se giró y, con una mano delgada, apartó las tiras de tela de su camisa sucia hasta dejar al descubierto, ante la mirada horrorizada de George, una espalda cubierta de horribles cicatrices.

Eran blancas y arrugadas y contrastaban con el tono moreno de la piel del viejo.

Este se volvió hacia sus interrogadores y añadió con algo parecido al orgullo—: Pero he cumplido mi condena, señor, tres años.

El capitán Piper me nombró capataz y me concedió doce acres allá, lejos.

—Su mano hizo un movimiento vago hacia el monte Pitt—.

Ese capitán Piper era un buen jefe. Se casó con una convicta, Mary Ann Shears, que estaba aquí con su familia.

Al menos, eso dicen. Cuando estuvieron aquí, ella le dio dos hijos.

Siguió hablando, y George intercambió una mirada triste con su cuñado.

Parecía probable, al parecer de Justin, que el anciano hubiera conseguido permanecer en la isla de alguna manera, después de que el grupo de limpieza del superintendente Hutchinson se hubiera marchado a bordo del Kangaroo, pero…

Dios santo, ¡eso había sido ocurrido hacía más de diez años, en febrero o marzo de 1814!

Por supuesto, allí no había ningún peligro de morir de hambre.

El hombre tendría su pequeña granja y podría servirse a voluntad de los productos de cualquiera de las demás.

Había fruta en temporada y agua en abundancia, además de que los cerdos y las cabras, que de manera tan prolífica se habían reproducido a lo largo de los años, le habrían proporcionado carne fresca en abundancia.

Pero, sin nadie que le hiciera compañía, el pobre viejo debió de haber soportado un auténtico infierno de soledad.

De vez en cuando, algún ballenero habría hecho escala para abastecerse de agua o reponer provisiones, pero, aparte de eso, aquel hombre no habría visto a otro ser humano ni hablado con nadie desde la partida del Kangaroo .

—Me llamo Job Scaife, señor. —Ante las preguntas amables y tranquilas de George, el extraño y peculiar desconocido se fue abriendo.

Sus labios barbados esbozaron una sonrisa que dejó al descubierto las encías desdentadas.

Dejó el hacha y dirigió su sonrisa a Justin—.

Vengo de Yorkshire, de un hermoso pueblecito de los valles llamado Mistlethorpe.

No lo ha de conocer, porque es muy pequeño, pero muy bonito.

El nombre le trajo recuerdos a Justin. Su madre solía hablarle de su infancia en los valles de Yorkshire, así que le preguntó casi por impulso:

—¿Está cerca de Kirby o…? —El segundo nombre le vino a la mente como si emergiera de las nieblas del tiempo— ¿de Milton Overblow?

—Sí, señor…, capitán. —De repente, los ojos grises y acuosos se le llenaron de lágrimas. Una mano delgada y temblorosa se extendió para agarrar el brazo de Justin—. Kirby es el pueblo de al lado, y Milton Overblow está a menos de cinco millas. ¿Es usted de allí, capitán?

Justin negó con un triste movimiento de cabeza.

—No, Job, no; yo nací en Sídney. Pero mi madre sí era de ahí. Su casa estaba en la granja de Long Wrekin y…

—¿Long Wrekin? Eso está en la finca de lord Braxton; Long Wrekin, y Kirby también, ¡lo sé muy bien!

—La nostalgia emocionada de Job Scaife dio paso a la ira—.

Es por culpa de Su maldita Señoría por lo que estoy aquí.

Me acusó de caza furtiva; tanto él como un cerdo de marinero que trabajaba para él.

El Artillero, lo llamaban: el Artillero O’Keefe.

¿Alguna vez ha oído a su madre hablar de él?

Justin lo miró sin poder articular palabra.

Ese nombre también… ¡Esos nombres: lord Braxton y el Artillero O’Keefe!

Su madre hablaba de ambos con la voz entrecortada por los sollozos.

Recordó las historias que ella le había contado, lo del incendio, lo del establo de Long Wrekin en llamas, quemado con toda intención por O’Keefe y otro hombre que trabajaba para lord Braxton.

El incendio en el que había muerto su abuelo, en un valiente intento por salvar a los caballos que habían quedado atrapados.

Fue después de eso, poco tiempo después de eso, cuando su madre y su abuela fueron desalojadas de la granja y tuvieron que emprender el largo viaje a Londres a pie.

Andrew Hawley las acompañó. Justin lo recordaba ahora.

Su madre no era más que una niña de diez años.

—Sí —confirmó con la garganta apretada—. Mi madre hablaba de ellos dos, de lord Braxton y de O’Keefe. Pero fue hace mucho tiempo. Mi madre era solo una niña.

—Sí, señor, y yo solo era un muchacho —afirmó el viejo Job.

La luz de sus ojos se apagó. Continuó con voz monótona y cansada—: He estado aquí desde el noventa y uno.

Llegué en el Atlantic, condenado a siete años, gracias a Su Señoría.

Cumplí tres en el equipo de trabajo y luego me escapé, así que me dieron otros tres.

Me escapé un par de veces más y me enviaron aquí a…

la isla de los Condenados. Así la llamaban en la época de Foveaux.

Y eso era esta isla, sin duda alguna. Pero ya no, desde que la cerraron.

Ahora… —Se volvió hacia George y una repentina sospecha se declaró en su voz—.

No van a volver a abrirla, ¿verdad, señor? ¿Por eso está aquí?

George lo miró con lástima.

—Sí, me temo que por eso estamos aquí, Job. Es muy probable que la isla vuelva a convertirse en un asentamiento penitenciario. Pero usted…

—¡Entonces tenía razón! —exclamó Job con amargura—. ¡El maldito holandés tenía razón! No le creí cuando me lo dijo, pero yo debería haberlo sabido cuando los vi, a usted y a los otros tipos, husmeando por aquí. ¡Tendría que haberlo adivinado!

Justin se tensó.

—¿Qué holandés, Job? —preguntó con un tono más severo de lo que pretendía—. ¿Ha venido alguien más por aquí en estos tiempos?

Job Scaife dio un salto hacia atrás, alarmado, con los ojos descoloridos y, una vez más, llenos de desconfianza y sospecha.

—Me dijo que no dijera nada —comenzó—. Me amenazó con denunciarme…

—¿A qué vino? —preguntó Justin con más suavidad—. ¿Qué quería?

—Agua y carne fresca —admitió Job con aire hosco—.

Yo le di lo que me pidió y él me dio tabaco y un barril de brandy.

Pero estaba en mal estado. El tabaco tenía agua salada y el brandy era un aguardiente local de mala calidad.

—Se animó—. ¿Me puede dar algo mejor, señor?

Hace años que no fumo ni bebo algo decente, y, viendo que su barco es del rey, no un barco mercante como el del holandés, pensé que quizá…

—George sacó del bolsillo de su abrigo una pipa y una bolsa de tabaco y el anciano los cogió con avidez.

Las manos nudosas le temblaban mientras metía trozos de tabaco en la cazoleta.

George se la encendió.

—Háblenos de este holandés, Job —lo invitó con la voz más baja, en tono de charla. Lanzó una mirada de advertencia a Justin y señaló la pared del cementerio—. Siéntese y disfrute de su pipa. Cuéntenos lo que pueda, ¿vale? No hay prisa.