Capítulo 2 #3
—Nada fuera de lo normal. Estamos virando —le dijo Justin—, cambiando a estribor.
—Hizo una pausa mientras escuchaba, atento—.
Al parecer, falta tensión en los estayes.
No te preocupes, que Rufus Harding sabe cómo manejar esto.
Está… —Una sucesión de órdenes dadas a gritos y el ruido sordo de unos pies descalzos sobre las tablas de la cubierta anticiparon el regreso del Elizabeth a una quilla estable, y luego, al balanceo habitual—.
Estos estayes flojos son muy notorios, entre otros defectos, y el viento está cambiando. No hay motivo de alarma, George.
George se puso en pie con escasa estabilidad.
—No obstante, capitán Broome —dijo—, te agradeceré que me disculpes. Me siento decididamente mareado, quizá porque llevaba mucho tiempo sin navegar. Me reuniré con James Meehan y me quedaré tumbado, como él ha hecho con tanto tino. Sé tan amable de avisarme cuando lleguemos al fondeadero.
Sin embargo, George volvió a aparecer en la cubierta, acompañado por James Meehan, cuando el Elizabeth iba pasando entre el Phillip y el Nepean, los dos islotes rocosos, para detenerse en el lado sur de la bahía de Sídney.
Al abrigo de la isla montañosa, el salvaje embate del viento había amainado.
La balandra entró mansa en la bahía desierta, impulsada por foques y juanetes.
Justin supervisó con extremo cuidado el descenso de ambas anclas de proa.
Luego se apresuró a ir a la popa para asegurarse de que Harding hubiera tenido el mismo cuidado en echar una tercera ancla.
La bahía estaba expuesta, pero no había ningún fondeadero más seguro cerca del antiguo lugar de desembarque y del asentamiento penitenciario de Kingston, cuya inspección debía realizar.
El paso por el arrecife era, como había advertido a Harding, peligroso.
Justin sacó su catalejo y lo enfocó en el arrecife.
En todas sus visitas anteriores, la isla Norfolk había estado habitada.
Casi siempre se había encontrado con grupos de convictos en el embarcadero, a la espera.
Entonces había flotadores de corcho y otros equipos de rescate por si se producía algún percance con el fuerte oleaje.
Era muy fácil que volcara incluso un robusto bote de remos.
En el presente, con la isla abandonada, no habría ayuda de ninguna clase, así que ordenó bajar el falucho y la chalupa.
Al guardiamarina Bowles, que iba a estar a cargo de la embarcación más grande, le dio instrucciones precisas.
—Yo llevaré el falucho con nuestros pasajeros, señor Bowles.
Quiero que mantenga el bote cerca de nosotros, aunque bien alejado de la barra, y que venga a ayudarnos en caso de que no alcancemos a llegar.
Después de que nos haya prestado su ayuda, podrá volver al barco, pero mantenga la chalupa en el agua y permanezca atento a las señales que yo le haga desde la orilla, en…
—entrecerró los ojos para mirar al cielo y calcular las horas de luz que les quedaban— seis horas, más o menos.
—Sí, señor —respondió Bowles—, entendido, señor.
—Entonces, adelante, muchacho.
Justin se quedó observando el descenso de la chalupa.
Cuando vio que también el falucho estaba amarrado a las cadenas de sotavento, bajó a él por la escalerilla de embarque y fue a la proa para tener una vista clara del arrecife que se alzaba delante.
Luego, George De Lancey y James Meehan también subieron a bordo.
Justin pidió al timonel que soltara amarras y fueron acercándose a la barra con mucha cautela.
Las olas, como siempre, rompían violentas contra el arrecife semisumergido y formaban un caldero de agua blanca y sibilante.
Pero, agazapado en la proa de la lancha, Justin no tuvo dificultad en encontrar el estrecho canal entre los feroces colmillos de rocas cubiertas de algas.
Obediente a las órdenes de su capitán, el timonel los condujo con seguridad a través de la abertura hacia las aguas más tranquilas que tenían delante.
Unas cuantas olas veteadas de sol llevaron la barca a través de la mar poco profunda hasta los escalones del embarcadero.
Justin vio que el viejo embarcadero de piedra estaba tal y como lo recordaba, a pesar de los diez años de abandono.
En algunos lugares, la mampostería se estaba desmoronando, pero aún era bastante sólida, así que ascendieron por unos escalones cubiertos de limo resbaladizo.
Meehan, con sus instrumentos de topógrafo y los cuadernos que le llevaba su ayudante, el joven oficial de a bordo, se dirigió a los edificios de la prisión para comenzar su tarea.
Justin miró a George con curiosidad. Llevaba un arma de caza colgada al hombro.
—¿Echamos un vistazo general? —sugirió—, ¿a ver qué carne fresca podemos conseguir para la olla?
George asintió con un movimiento de cabeza. Entonces, a un ritmo más pausado, los dos siguieron a Meehan por el camino lleno de baches y maleza que conducía a lo que quedaba del asentamiento penal de Kingston.
—Me han dicho que dejaron aquí una docena de perros —comentó Justin—, unas criaturas semisalvajes. Se suponía que debían matar cualquier animal que el equipo de limpieza no hubiera podido sacrificar y salar antes del regreso a Sídney. Será interesante ver si el plan ha funcionado en la práctica.
Sin embargo, al poco tiempo les quedó claro que aquello no había funcionado.
No se veía ningún perro, pero, por dondequiera que iban, entre ruinas de cabañas y casas abandonadas, se encontraban con cerdos y cabras salvajes.
Los animales, al sentirlos cerca, se escabullían hacia los árboles circundantes entre chillidos y balidos de alarma.
Las pequeñas explotaciones, que en su día ocuparan parcelas de entre cuatro y cinco hectáreas despejadas con mucho afán por los colonos emancipados, estaban convertidas en páramos, y los edificios, en ruinas ennegrecidas y sin techo.
El maíz y el trigo hacía tiempo que se habían podrido y estaban cubiertos de maleza.
En cambio, aquí y en las laderas más bajas del monte Pitt, los árboles frutales seguían floreciendo, para sorpresa y deleite de Justin.
El aire estaba impregnado del aroma de las flores de los naranjos y limoneros.
En el huerto que los sucesivos gobernadores de la isla habían cultivado con tanto esmero, crecían en abundancia viñas sanas y árboles frutales, promesa de cosechas copiosas cuando maduraran los frutos.
Pero la hermosa casa de dos pisos construida para el coronel Foveaux y ocupada más tarde por sus sucesores estaba, por el contrario, reducida a un montón de piedras derruidas.
Las ratas correteaban por las ruinas, con los ojos brillantes y sin miedo a los inesperados invasores humanos.
Justin mató a un cerdo bien crecido que estaba hozando en la tupida maleza.
Cargaron el animal entre todos y regresaron a la lancha para dejarlo a cargo de la tripulación.
Luego se dirigieron a la vieja cárcel. Meehan seguía allí, ocupado con su teodolito y sus varas de medir.
Se secó el rostro acalorado con un pañuelo y dijo:
—Me temo que tendrán que empezar casi desde cero en caso de que decidan reabrir este lugar como prisión.
Las paredes siguen en pie aquí y allá, pero el aire húmedo y salino las ha destrozado.
Se desmoronan de solo tocarlas y apenas quedan tejados.
Si yo fuera el gobernador, dejaría esta isla a la naturaleza… ¡o a los franceses!
—Es más o menos lo mismo en todas partes —dijo George, y describió lo que él y Justin habían visto.
El topógrafo canoso se encogió de hombros con desánimo.
—Pero el ganado se reproduce y engorda —observó—.
¡Antes de empezar los trabajos, mi ayudante y yo hemos tenido que sacar de los edificios rebaños enteros de cabras y una cerda con una gran camada!
—Miró a Justin con curiosidad—. He perdido la noción del tiempo, pero ¿podría concederme un par de horas más, capitán Broome?
Imagino que querrá negociar ese arrecife a la luz del día.
—Por supuesto, señor Meehan. Pero seguirá habiendo luz dentro de dos horas, así que tómese su tiempo.
Echaremos un vistazo por aquí, ¿de acuerdo, George?
—Justin señaló el antiguo patio de la prisión y comenzó a alejarse—.
Esto era lo que querías ver, ¿no?: las condiciones carcelarias de aquellos a quienes tienes el deber de condenar por lo que Su Excelencia describe como «delitos de clase alta».
George se puso a su lado.
—Y, por citar al gobernador, Justin, también «para aquellos delincuentes que serán enviados aquí, despojados para siempre de cualquier esperanza de regreso». Sí, lo que he venido a ver son las condiciones en las que vivirán esos hombres.
—Podrás hacerte una idea, incluso con estas ruinas —dijo Justin con sombría franqueza—, y, sobre todo, con el cementerio, me temo.
Las condiciones las crea cada oficial designado como comandante o gobernador.
Sus poderes son absolutos. Esta isla, tal como la vemos ahora, George, podría ser un lugar productivo y nada infeliz, incluso para los peores delincuentes.
Tiene el clima y la fertilidad necesarios para convertirse en un pequeño hervidero de actividad, y no es necesario que los convictos trabajen encadenados, ya que es imposible escapar.
—Hizo un gesto con la mano en la dirección por la que habían venido—.
Ya has visto las pequeñas explotaciones que trabajaban los que se ganaron la libertad bajo el gobernador King y el capitán Piper.
Ahora están en ruinas, pero recuerdo cuando prosperaban.
Recuerdo haber cargado mi Flinders con grano para exportarlo a Sídney… Sí, y también llevaba carne salada.