Capítulo 2 #2
—¡Dios no lo quiera! —replicó George con una mueca de consternación—. Maldita sea, soy un hombre de tierra, no un marinero, y estoy deseando volver a tierra firme. ¿Cuándo calculas que llegaremos a nuestro destino?
Justin se rio.
—Ah, en un par de horas. Y, con un poco de suerte, podremos cazar algunos de los cerdos de la isla Norfolk en cuanto desembarquemos. Será un agradable cambio de dieta. Se rumorea que se han reproducido en libertad desde que se abandonó el asentamiento.
Mientras comía, pensaba en lo bien que le caía George De Lancey y lo afortunada que había sido su hermana Rachel al elegir esposo.
George ejercía con éxito como abogado en Sídney.
A pesar de que era estadounidense de nacimiento, había servido con distinción en el ejército británico durante la campaña peninsular y en la gran batalla de Waterloo, que había supuesto la derrota del emperador Napoleón y el fin de la guerra con Francia.
Su hermano mayor, el coronel sir William De Lancey, oficial de gran valor y capacidad, jefe de Estado Mayor del duque de Wellington, había caído mortalmente herido cuando la batalla estaba llegando a su fin y el enemigo iba en retirada.
El propio George, a pesar de sus conexiones familiares y de que era, sin duda, un caballero, nunca se había aliado con la facción elitista de la sociedad de Sídney, como bien podía haber hecho.
Se había situado en el bando contrario al casarse con Rachel, hija de emancipados, y lo había hecho sin dudarlo un instante.
El gobernador, sir Thomas Brisbane, mucho menos liberal en sus opiniones que Macquarie, su predecesor, no había desaprobado en absoluto el matrimonio.
Tanto George como Rachel eran recibidos con beneplácito en los actos oficiales de la Casa de Gobierno.
Cierto, esos actos eran, en aquel momento, escasos y espaciados.
Sir Thomas, que era un entusiasta astrónomo, había instalado un observatorio y un potente telescopio en su residencia oficial de Parramatta.
Para su propio solaz, pasaba allí la mayor parte del tiempo, trabajando con dos ayudantes alemanes que había traído consigo desde Inglaterra.
Gobernaba con un consejo asesor y, según se decía, delegaba en sus asesores incluso las decisiones más importantes.
El nombramiento de George como miembro del consejo había dado pie a comentarios elitistas, pero…
Justin miró a su cuñado. Por alguna razón que nunca había llegado a comprender del todo, George De Lancey, desde su llegada a la colonia, había sido objeto de maliciosos rumores; en parte, sin duda, por su origen estadounidense.
No obstante, George aceptaba todo con imperturbable ecuanimidad y se negaba a caer en provocaciones.
El abogado levantó la vista y se encontró con la mirada de Justin, a quien sonrió.
—¿Sabías —preguntó con un tono extraño en su voz, profunda y agradable— que un tío mío, James De Lancey, el hermano mayor de mi padre, quería fundar una colonia en Nueva Gales del Sur hace cuarenta años?
Antes de que se decidiera convertirla en colonia penal y antes de que zarpara la primera flota.
El tío James la quería para los leales a los Estados Unidos, después de la Guerra de la Independencia.
Justin negó con la cabeza.
—No, no lo sabía, George. ¿Qué pasó y por qué abandonaron la idea?
—Las cárceles británicas, de tan pobladas, se estaban convirtiendo en un peligro.
La Oficina Colonial dio prioridad a la necesidad de aliviar esa congestión y librar al país de delincuentes y vagos.
—George se encogió de hombros y continuó con voz monótona—: Recompensar a los colonos estadounidenses que habían luchado por el rey y perdido sus hogares como consecuencia quedó en segundo plano.
Sir Evan Nepean opinaba que, dado que la mayoría habían sido reasentados en Nueva Escocia, era mejor dejarlos allí.
Ahora, en vista de esta misión tuya, es interesante especular sobre cómo habría sido Nueva Gales del Sur si se hubiera confiado su colonización a los leales a mi tío.
De hecho, Justin, me permito dudar que hubiera sido necesario reabrir la isla Norfolk o estudiar el establecimiento de un segundo lugar de castigo en la bahía Moreton para los incorregibles de la colonia.
Justin se sirvió té.
—Es cierto —asintió—. Sin embargo, si el gobierno central tuviera más cuidado al seleccionar el tipo de personas que condena al destierro, no habría necesidad de ninguna de las dos cosas, pero nunca lo ha hecho.
Nos vemos obligados a aceptar a toda la chusma que deciden enviarnos: viejos, enfermos, malvados; también, prostitutas y gente de pueblo que carece de habilidades para ganarse la vida aquí. Y rebeldes irlandeses, por supuesto.
—Los más incorregibles de todos —dijo George con sequedad.
—Sin embargo, también hay mucha gente honrada y trabajadora, condenada por delitos bastante menores; profesionales, como el arquitecto Francis Greenway; artesanos y trabajadores agrícolas, profesores e incluso abogados, que aquí valen su peso en oro.
La gran mayoría de ellos son buenas personas, si se les da la oportunidad de dejar atrás el pasado y tener una participación en la tierra, aunque solo sean unas pocas hectáreas que puedan llamar suyas.
—Entusiasmado con el tema, Justin habló con emoción—.
El gobernador Macquarie les daba esa oportunidad y los animaba, como ya sabes, pero la política de sir Thomas Brisbane es mantenerlos en la servidumbre, sin suelo, sin tener en cuenta sus méritos.
Concede las tierras recién abiertas a ricos aventureros y especuladores, cuyo único deseo es hacer dinero.
—Esa es la política de la Oficina Colonial británica, Justin —matizó George—.
Brisbane tiene el deber de cumplirla. No tiene opción y, como buen soldado, obedece órdenes.
Serví en su estado mayor durante un par de meses, en la campaña peninsular, y estuve con él en Toulouse.
Es un hombre valiente y honrado; quizá un poco falto de imaginación, pero recto como la copa de un pino.
—Da igual —objetó Justin con cierta vehemencia—, no tiene por qué hacer tanto caso a John Macarthur.
Esa política de colonos ricos fue idea de Macarthur.
Fue él quien convenció al comisario Bigge para que se la recomendara a Lord Bathurst a su regreso a Londres.
¡La Oficina Colonial se abalanzó sobre ella!
Pero te garantizo que los nuevos colonos libres serán seleccionados con tan poco cuidado como los convictos, y Macarthur aumentará su fortuna vendiéndoles sus merinos puros.
¡Igual que vendía su ron, con un beneficio del ciento por ciento! , ¡que se vaya al demonio!
—¿No defiendes al señor Macarthur? —sugirió George con suavidad.
—¡No, por Dios que no!
—¿Y puedo preguntarte por qué?
—Para empezar —respondió Justin—, porque es un sinvergüenza redomado.
Fue él quien tramó la rebelión del Cuerpo del Ron y la destitución del gobernador Bligh.
Dejó que el desafortunado George Johnston cargara con la culpa.
Deberías oír a mi padrastro, Andrew Hawley, hablar del tema.
Andrew formaba parte del personal del gobernador Bligh y estuvo en medio de todo.
—Empezó a entrar en detalles, pero George lo interrumpió.
—Hay que reconocerle a Macarthur el mérito que le corresponde: ha desempeñado un papel importante en el establecimiento del comercio de la lana en la colonia, ¿no es así?
—Para su propio beneficio, George. Su esposa creó el rebaño de ovejas de pura raza y la yeguada árabe mientras él estaba obligado a permanecer en Inglaterra.
Si hubiera regresado aquí sin la autorización de la Oficina Colonial, habría sido acusado de traición.
Así que, en lugar de arriesgarse, estuvo fuera durante nueve años.
Dejó a su esposa al frente del ganado y las propiedades, y ella lo hizo de forma admirable.
Justin dejó la taza sobre la mesa. Sabía que era difícil, si no imposible, explicar a un recién llegado como George De Lancey el papel destructivo de John Macarthur en los primeros días de la colonia.
Tenía diecisiete años, apenas, cuando se produjo la rebelión contra el difunto almirante Bligh, pero había estado casi tan cerca como su padrastro, Andrew Hawley, de lo que él había denominado «el meollo de la cuestión».
Había visto la fila escarlata del Cuerpo del Ron marchar hacia la Casa de Gobierno para apresar por la fuerza de las armas al gobernador legítimo.
Y había visto a la multitud llevar en hombros a John Macarthur en señal de triunfo; y los había oído gritar «¡muerte al tirano Bligh!
». Ese recuerdo, pensó Justin con tristeza, se había grabado de forma indeleble en su mente.
Con mayor nitidez recordaba la espera a bordo de su pequeño balandro, el Flinders, en la oscuridad de la cala de Sídney.
Andrew debía traer al gobernador al muelle para que juntos lo llevaran a la seguridad de los asentamientos del Hawkesbury, pero el gobernador Bligh no había querido huir y…
—Tu hermana Rachel profesa una cálida admiración por la señora Macarthur —dijo George, pensativo.
—Y ese es un sentimiento que comparto —respondió Justin—. En realidad, conozco a pocos que no lo hagan: es una mujer valiente y de un extraordinario encanto.
—Solo la he visto una o dos veces —admitió George—, pero he oído a tu padrastro hablar sobre el propio Macarthur.
Yo… —Se interrumpió con una exclamación ahogada.
El barco dio una sacudida espeluznante y la cubierta pareció desaparecer bajo sus pies.
Acababa de inclinarse en un ángulo agudo.
George tuvo que agarrarse al borde de la mesa con ambas manos para no caer mientras los platos y los cubiertos se deslizaban hacia él—. ¡Dios mío, Justin!, ¿qué está pasando?