Capítulo 2
La corbeta del gobierno Elizabeth Henrietta, en su travesía del puerto Jackson a la isla Norfolk, hundió la afilada proa en las profundidades de una ola enorme, coronada de espuma blanca. Se elevó hasta la cima entre tremores y embarcó agua mientras la popa caía en el valle.
Su comandante, el alto y rubio teniente Justin Broome, gritó una advertencia al hombre que estaba al timón.
—¡Enfréntala cuando empiece a subir, timonel! ¡Y mantén las velas llenas!
El Elizabeth, construido en Sídney con materiales enviados desde Inglaterra, era un barco poco resistente incluso en mares no muy agitados, propenso a dar violentas cabezadas y hasta bandazos con viento a favor.
Se había volcado en sus amarras poco después de la botadura, pero Justin Broome, que lo comandaba desde hacía casi dos años, se había acostumbrado a sus caprichos, si bien nunca se había resignado a ellos.
Y con ese viento… Arrugó el ceño y miró hacia arriba para comprobar el ajuste de las velas, mientras resonaba en sus oídos el lúgubre runrún de las bombas sobrecargadas.
Navegaban a toda vela en lo que, según sus cálculos, debía ser la última etapa de la virada a babor antes de avistar la isla.
Abrió de un golpe el catalejo y comenzó a cruzar la estrecha cubierta hacia el lado de sotavento, cuando oyó al vigía gritar:
—¡Atención, cubierta! ¡Tierra a la vista, señor, a babor!
Trepado en los obenques del palo mayor, Justin pudo distinguir con el catalejo la mancha oscura de tierra hacia donde se dirigían.
Norfolk, según sabía por visitas anteriores, no era una isla grande.
Descubierta por el capitán Cook en 1774, había sido reclamada y colonizada en febrero de 1788 por el exgobernador King, entonces un joven teniente de la primera flota de la colonia.
Con solo siete millas de largo y cuatro de ancho, era un lugar silvestre y hermoso.
Destacaban su suelo fértil y unos magníficos pinos que se alzaban majestuosos a cien pies por encima del bosque circundante.
Bajo el benevolente gobierno de King, Norfolk había prosperado, aprovechando la mano de obra de los convictos para cultivar, talar árboles y criar ganado en cantidades desproporcionadas para el tamaño de la isla.
Sin embargo, incluso desde la época de King, Norfolk se había convertido en una prisión para los peores malhechores de Sídney.
Luego, bajo una sucesión de gobernantes menos benevolentes, era comparada con el infierno en la tierra por los desdichados delincuentes desterrados que llegaban allí para trabajar encadenados, sin la menor esperanza de escapar de su fortaleza rocosa.
Al recordar sus visitas anteriores, con el correo y nuevos envíos de prisioneros mientras el coronel Joseph Foveaux comandaba la isla, Justin sintió un estremecimiento.
El antiguo oficial del Cuerpo del Ron, con el pretexto de endurecer la disciplina, había instaurado un reinado de terror de cuatro años.
Casi todos los días se usaban los triángulos de madera de los verdugos y las temibles celdas de castigo, incluso para las faltas más insignificantes.
Aunque entonces era solo un niño y servía bajo el mando de su padre en el malogrado Norfolk, recordaba que en aquellos días hasta las mujeres eran condenadas a la flagelación.
Algunos hombres habían preferido quitarse la vida antes que seguir soportando el despotismo de Foveaux.
De hecho, el propio tirano vivía con el temor constante a ser asesinado… o a que se produjera un motín.
Hacía diez años, en febrero de 1814, la isla había sido abandonada por orden de la Oficina Colonial británica.
Tanto los convictos como los colonos libres habían sido evacuados a la Tierra de Van Diemen.
Para los convictos, aquello no fue más que cambiar una prisión dura por otra, así que aceptaron el traslado con mal humor o indiferencia.
Pero el puñado de colonos libres, muchos de ellos antiguos soldados y marineros, se sintieron desconsolados, ya que habían despejado sus tierras y construido pequeñas y prósperas granjas.
Todos eran reacios a abandonar sus acogedores hogares para empezar una nueva vida en un territorio virgen, donde los nativos constituían una amenaza peligrosa y creciente.
Justin cerró de golpe el catalejo y bajó a la cubierta.
Los recuerdos lo abrumaban. Su pequeño barco mercante, el Flinders, había ayudado en la evacuación.
Con tanta misericordia como impotencia, él había escuchado las súplicas y protestas de aquellos a quienes tenía órdenes de llevar a Hobart; en particular, a las mujeres.
Y ellas vieron cómo sus casas eran incendiadas y reducidas a cenizas, junto con los edificios de la prisión y los graneros y almacenes que hasta entonces habían vigilado con tanto esmero.
Vieron morir su ganado y pudrirse sus viñas y árboles frutales.
Desde la cubierta del Flinders , mientras contemplaban por última vez la isla que había sido su hogar, muchas lloraron desconsoladas.
Pero ahora, en su sabiduría, la Oficina Colonial había dado instrucciones a sir Thomas Brisbane, el actual gobernador de Nueva Gales del Sur, para que se reconstruyera la prisión.
La isla Norfolk debía ser, una vez más, lugar de exilio para los desechos penitenciarios de la colonia principal: los llamados condenados a muerte con prórroga, es decir, gente condenada a muerte por delitos cometidos dentro de la colonia y cuya ejecución había sido aplazada; los fugitivos y los evadidos, aquellos que vagaban por campos incultos y deshabitados, robando a mansalva y aterrorizando a los colonos cuyas propiedades saqueaban; los recalcitrantes y los rebeldes…
Esos serían los nuevos habitantes de la isla Norfolk, junto con los guardias, supervisores y carceleros que los acompañarían a esa isla sin escapatoria.
Sus propias instrucciones, reflexionó Justin con ironía, eran atracar e ir a tierra, para después informar al gobernador sobre qué instalaciones seguían en pie, si es que quedaba alguna; también, para evaluar qué manos y materiales se necesitaban con tal de preparar el lugar y conseguir que retomara su antigua función.
No era una tarea que lo entusiasmara, pero…
Lo acompañaban James Meehan, de la oficina del topógrafo del gobierno, y su propio cuñado, George De Lancey, ambos voluntarios.
George, que nunca había visto un centro penitenciario en persona, acudía más por curiosidad que por creerse capaz de ofrecer ayuda o consejos prácticos.
Como juez auditor adjunto y magistrado superior de Sídney, con demasiada frecuencia se había visto obligado a procesar a hombres por delitos cometidos dentro de la colonia.
Su conciencia le insistía en que era su deber comprobar por sí mismo las condiciones en las que se encerraba a los culpables.
Y era probable que hubiera oído rumores, pensó Justin. Él…
Sonaron las ocho campanas de la guardia de la mañana y, cuando los hombres estaban listos en la cubierta para empezar su turno, se volvió a su segundo al mando, el contramaestre Rufus Harding, que estaba a su lado.
Harding tenía treinta y cinco años, dos más que él.
Era un marinero experimentado y un navegante eficaz, ascendido desde las cubiertas inferiores.
Para Justin, había sido muy satisfactorio que lo nombraran para el Elizabeth, ya que sus dos oficiales subalternos eran jóvenes guardiamarinas, aún incapaces de hacer guardias sin supervisión.
Harding apuntaló su cuerpo corto y musculoso contra el violento balanceo del barco.
—He comprobado las cartas, señor —dijo—. Deberíamos estar frente a la bahía de Sídney en un par de horas.
Justin asintió. Ese era su destino: la bahía de Sídney y el lugar de desembarque frente al antiguo asentamiento de Kingston. Dio sus órdenes con precisión milimétrica:
—Gire en media hora, señor Harding —concluyó— y mantenga la tierra al través. Tendremos que navegar contra el viento y, con este tiempo, no nos será fácil acercarnos. La bahía de Sídney tampoco es el mejor fondeadero. Está demasiado expuesta, para mi gusto, cuando el viento sopla del sureste.
—¿Está pensando en el Sirius, señor? —preguntó Harding con curiosidad.
—Sí, así es —admitió Justin—. Los veteranos aún hablan de ese naufragio.
Yo no había nacido, pero mi madre me contaba lo cerca que estuvo Sídney de morir de hambre cuando el Sirius encalló en los arrecifes de Norfolk.
El gobernador King quería ampliar el paso para que los barcos de ese tamaño pudieran cruzar la barra, pero eso nunca se hizo.
Sigue siendo un lugar de desembarco algo difícil para las lanchas de remos, como usted comprobará a su debido tiempo.
No hace falta decirle, señor Harding, que tengo intención de fondear bien lejos del lugar de desembarco y echar las dos anclas y la buzarda.
No pienso correr riesgos. —Sonrió ante la mirada preocupada de Harding—.
Bueno, voy a bajar a desayunar. Llámeme cuando vea las islas Nepean y Phillip.
En la estrecha cabina de proa que servía de sala de armas del Elizabeth , encontró a George De Lancey comiendo gachas y cordero ahumado frío. Era evidente que no los estaba disfrutando.
—Este barco tuyo se mueve más de la cuenta, Justin —comentó con expresión triste en su rostro delgado y atractivo—. Me creía inmune al mareo, pero, ahora… —apartó el plato—, ya no estoy tan seguro. Y el pobre Meehan está tumbado boca arriba.
Justin se sentó al otro lado de la mesa y miró con hambre el plato que le había puesto el mayordomo.
—Hay un viento bastante fuerte —se defendió—. Te concedo que el Elizabeth tiende a dar bandazos, siempre lo ha hecho. Me temo que se debe a un defecto de diseño. No es lo bastante ancho para su eslora total. Pero uno se acostumbra.