Capítulo 1 #7
Durante un momento, consideró la posibilidad de emprender el largo viaje a puerto Jackson, de ir en búsqueda del muchacho, pero de inmediato descartó la idea.
Tenía una esposa y una familia en las que pensar, y el Crown and Anchor, que era una mina de oro.
Además, ¿acaso el despótico padre de Rob Willoughby, ese maldito almirante sir Francis Willoughby, no se había asegurado de que nunca se le permitiera volver a pisar un barco del rey?
Cualquier otra embarcación era impensable para un hombre como él, que había servido en la Marina Real durante la mayor parte de su vida y había ascendido hasta alcanzar un rango de oficial.
En cuanto a abordar un miserable transporte de convictos como el Mary Anne… Dan apretó los labios.
Pero Becky no debía quedar sin venganza. Los molinos de Dios muelen despacio, se recordó a sí mismo, pero muelen fino. Cerró los ojos y, bajo la mirada benevolente del viejo párroco Crickley, rezó en silencio, blasfemando. Al terminar su oración, exclamó en voz alta:
—¡Que Dios acoja el alma de mi pobre Becky, pero que el alma de aquel se pudra en el infierno!
* * *
En su camarote, a bordo del Mary Anne, Robert yacía en su litera con toda la ropa puesta. No había subido a cubierta cuando el barco se preparaba para levar anclas, ya que no tenía ganas de ver Plymouth por última vez.
Antes, sin embargo, en la agradable compañía de otros dos jóvenes caballeros —cuyo destino y propósito parecían semejantes a los suyos—, había disfrutado de una sesión de bebida en el comedor.
El mayor de sus dos nuevos conocidos, Henry Daniels, le había contado entre risotadas que estaba huyendo de sus acreedores.
A pesar de ello, el hombre parecía disponer de fondos suficientes.
Incluso había dado a Robert el solemne consejo de que unas propinas bien calculadas le aliviarían el tedio del largo viaje.
—Unas cuantas propinas bien untadas, Willoughby, y verás que harán maravillas. Así que derrama tu generosidad, querido amigo, donde más provecho te dé. Al mayordomo, por ejemplo, y, por supuesto, al primer oficial, pero no dejes que el capitán te vea repartiendo dinero. Es un maldito puritano.
Las monedas de oro de Emmy se agotaron según el consejo de Daniels.
Robert sonrió para sus adentros. El mayordomo le había reservado una provisión de licor, en tanto que el segundo oficial, antes de ir a hacer su guardia, le había prometido que le enviaría a una joven de los sollados para que «ustedes, caballeros —había añadido con una sonrisa lasciva—, tengan su ropa lavada y remendada por una mujer, como es debido, y sus camarotes se mantengan en orden».
Robert recordaba que, cuando le preguntaron qué tipo de mujer le gustaría, su respuesta había sido una frivolidad. Una frivolidad, por cierto, provocada por su quinto o sexto brandy y los ingeniosos comentarios de Henry Daniels.
«Una joven virgen, si pudiera encontrarla, señor contramaestre», había dicho, y Daniels se había partido de risa ante lo que consideraba una petición imposible. Él… Un suave golpe en la puerta del camarote lo hizo incorporarse. Se apoyó en un codo y respondió con voz pastosa:
—Adelante.
En el vano de la puerta se recortó una pequeña figura asustada.
Era una chica de unos quince o dieciséis años, de ojos azules y una maraña de rizos castaños.
Por absurdo que pareciera, bien podría haber sido Becky Raven; o su gemela.
Robert la miró con fijeza, sin palabras.
Temió por un momento que Becky lo hubiera encontrado por alguna casualidad.
La chica le hizo una torpe reverencia y susurró nerviosa:
—Me llamo Alice, señor, Alice Fairweather, y soy de Honiton.
El oficial me ha dicho que usted me protegería, señor, que querría que le lavara la ropa y se la remendara y que mantuviera su camarote limpio y ordenado.
Él… —Respiraba rápido y con ansiedad—. Me ha dicho que yo estaría mejor aquí, con usted, señor, que en la cubierta de los prisioneros, con las otras mujeres.
Algunas de ellas son… Bueno, son bastante violentas, y hablan como si…
Ay, no sé. Cuando el oficial me ha llamado, se han puesto a gritarme y a llamarme…
, a llamarme… puta, señor. Pero no lo soy, créame, no lo soy.
Robert dijo con voz pastosa:
—¿No lo eres?
Había visto su rostro borroso a través de la neblina del alcohol, pero la ilusión se estaba desvaneciendo. La chica negó con la cabeza, se armó de valor y añadió suplicante:
—No, señor, de verdad. Mis padres eran gente temerosa de Dios y yo recibí una buena educación cristiana.
—Pero ¿eres una convicta? ¿Vas desterrada a Nueva Gales del Sur?
Alice Fairweather bajó la cabeza.
—Le robé unos cuantos metros de encaje a mi empleadora, señor, eso es todo. Y yo quería devolverle todo, pero ella no me dejó. Señor, si usted… —Levantó la cabeza—. Si lo que quiere es una… mujer con quien acostarse, por favor, se lo ruego, envíeme de vuelta a la prisión, porque yo…
Robert interrumpió su súplica y se abalanzó sobre ella. Acalló sus gritos boca con boca mientras la tomaba brutalmente, sin la menor compasión.