Capítulo 1 #6
Becky se unió a ellos. Dan la liberó de su fardo y envió a Charlie por delante a contratar la barca que los llevaría al Mary Anne.
La última vez que había visto el barco, estaba a media milla de la costa.
Ahora, una rápida inspección con el catalejo le permitió ver a un grupo de convictas bien vigiladas haciendo ejercicio en la cubierta…
Esa era una señal, se dijo a sí mismo, de que aún no estaba listo para zarpar.
Sin embargo, soplaba un fuerte viento del noreste, así que el capitán podía decidir aprovecharlo y no esperar hasta la mañana siguiente.
Ansioso, instó a todos a avanzar. Becky charlaba como una cotorra, sin poder resistirse.
Saltaba de un lado a otro haciendo preguntas entusiastas sobre la bahía Botany, preguntas que él no tenía ni ganas ni conocimientos para responder.
Había prestado servicio en las Indias Occidentales, el mar del Norte y el Báltico, y al final, en el Mediterráneo.
Alabado sea Dios, nunca lo habían enviado al Océano Índico ni al Pacífico, y solo había estado una vez en Río y en Cabo. Dan frunció el ceño.
—Ahorra saliva, muchacha —le dijo a su hija con severidad. Se cambió el pesado fardo de un hombro al otro y, sin hacer ningún caso a las quejas y los pasos vacilantes del viejo párroco, siguió guiándolo a paso ligero por la calle empedrada.
Cuando llegaron al muelle, la barca ya los estaba esperando.
Charlie, el niño de la calle, desaliñado y de rasgos afilados, los esperaba sentado en un noray, a pocos metros de distancia.
Dan rebuscó en sus bolsillos y encontró un par de chelines con los que recompensarlo.
El niño, sonriendo, ayudó a Becky y al pastor Crickley a acomodarse en los bancos de pasajeros.
—Yo remaré —se ofreció Dan—, tenemos prisa.
El barquero lo miró con recelo. Como intuía que era un truco para no pagar el precio completo, negó con la cabeza. Le dijo a Dan que se sentara en la proa.
—Lo llevaré adonde quiera ir, señor Raven —afirmó con un marcado acento de Devon—. Será al transporte Mary Anne , ¿no?, ¿en el estrecho?
Se echó a remar con un vigor encomiable.
La embarcación, manejada con destreza, iba deslizándose sobre la superficie del agua oscura del puerto a una velocidad reconfortante.
Sin embargo, al llegar al estrecho, el viento se hizo notar.
Levantaba olas agitadas e iba minando la energía del barquero, que se esforzaba por mantener el rumbo.
Por fin, cuando ya sudaba a mares, se desplazó por el banco, miró por encima del hombro y habló con voz ronca:
—Tome un remo, señor Raven, si le parece bien. Este viento está arreciando y no hay duda de que la travesía va a ser muy dura.
Fue Becky quien dio la voz de alarma. Agachada en la proa, de repente pegó un grito de angustia.
—¡Papá! ¡Ay, papá, mira, el Mary Anne está zarpando! ¡Papá, se va, se va sin mí!
Dan se giró y maldijo rabioso. Notó que, en efecto, el barco estaba zarpando.
Ya había levado y amarrado el ancla de sotavento, en tanto que la cadena de barlovento se estaba acortando.
A pesar de la distancia, se podían oír el ruido metálico del cabrestante y las voces de los hombres, mezcladas con el ruido incesante de los pies descalzos sobre la cubierta.
Los foques estaban sueltos, y los marineros, en lo alto, tendidos a lo largo de las vergas, desplegaban los juanetes y las velas inferiores mientras se izaba el ancla de barlovento.
Las velas se hincharon y, lento y majestuoso, el gran barco de proa roma cobró velocidad.
Consciente de que era inútil tratar de hacerse oír, Dan se llevó las manos a la boca y gritó. No tuvo respuesta. Él sabía que no iba a tenerla, pero…
—¡Dios mío! —exclamó el barquero, alarmado—. ¡Cuidado, señorita! ¡Se va a caer al agua!
Dan vio a Becky, que estaba de pie, tambaleándose inestable en la proa. El viento desgarraba su ligero vestido y le azotaba el pelo hasta dejarlo en un desorden salvaje.
—Papá, Rob Willoughby no ha mandado a buscarme, ¿verdad? —le espetó con amargura—. Nunca tuvo intención de casarse conmigo, nunca. Tú…, papá, me has mentido. No era verdad, ¡nada de esto era verdad!
Toda la dicha había desaparecido de su rostro.
Su mirada, al encontrarse con la de su padre, era la recriminación más absoluta proyectada en unos grandes ojos oscuros llenos de lágrimas.
Dan fue hacia ella de rodillas, tambaleándose.
De repente, con una repelente certeza de lo que ella pretendía hacer, extendió los brazos para agarrarla de los tobillos.
Pero Becky lo esquivó. Se revolvió en el banco, en precario equilibrio, a metros del alcance de su padre.
—No intentes salvarme, papá —le advirtió ella con un gemido agudo, apenas audible por encima del rugido cada vez más fuerte del viento—. Quiero morir… Ya no tengo nada por lo que vivir.
Se dejó caer al agua fría y gris. El bote sufrió un peligroso balanceo cuando Dan se aferró desesperado a la falda que volaba al viento. Acabó tendido de cuerpo entero sobre las tablas del fondo, con un jirón de muselina en la mano.
—¡Nos va a hundir! —gritó el barquero—. ¡Por el amor de Dios, señor, coja un remo y ayúdeme a dar la vuelta!
Dan obedeció. Sentía el estómago revuelto.
Como la mayoría de los marineros británicos, nunca había aprendido a nadar, y, aunque se sentía aturdido, sabía que su mejor oportunidad de salvar a Becky, quizá la única, pasaba por permanecer en el bote.
Se unieron a la búsqueda otros dos botes; entre ellos, una lancha de la aduana con seis tripulantes, pero fue el pastor Crickley quien la vio primero.
—¡Ahí está! —gritó su voz ronca. Con una temeridad que Dan nunca le habría atribuido, el frágil anciano se lanzó al agua con un torpe salto de panza.
Alcanzó a Becky, una sustancia blanca y empapada, y consiguió permanecer en la superficie, esforzándose entre jadeos para mantenerla a flote.
El barquero maniobró la embarcación hasta situarse junto a ellos y Dan, haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban, los subió a bordo.
Ahora, inerte en el fondo de la embarcación, su hija yacía con los ojos abiertos, sin ver, mirándolo en un mudo reproche; y él, desesperado, trataba de reanimarla, aunque su corazón sabía que era demasiado tarde.
Crickley lo agarró del brazo. El viejo párroco estaba empapado hasta los huesos, con el rostro arrugado y azul por el frío y los dientes castañeando.
—La pobre muchacha ha muerto, señor Raven —dijo con palabras apacibles—. ¡Que Dios se apiade de su alma!
Dan Raven se sentó sobre sus talones. A través de los ojos empañados, vio cómo el Mary Anne , con las velas desplegadas, se dirigía a la mar abierta. Iba dejando a su paso una estela brillante y agitada. Se ha ido, pensó con tristeza, y con ella el tres veces maldito hijo del almirante Willoughby.
Lo más probable era que, en el ajetreo por poner el barco en marcha, ninguno de los tripulantes hubiera visto ahogarse a su hija.
O quizá alguno lo había visto, pero no le había dado importancia.
Los accidentes eran habituales en ese estrecho.
Y, hubieran visto lo que hubieran visto, tumbados en las vergas superiores del Mary Anne, los marinos no lo habrían considerado asunto suyo, pero…
Dan sintió que la bilis le subía hasta la garganta, casi hasta ahogarlo.
Agitó el puño hacia el barco distante y lo maldijo, incluyendo a todos los que iban a bordo.
—Sería mejor que rezara, señor Raven —le advirtió con tristeza el pastor Crickley—. Rebecca está ahora en los brazos de su Padre Celestial y no hay nada que usted pueda hacer para traerla de vuelta.
Era cierto, Dan Raven se vio obligado a admitirlo con solo mirar el rostro inmóvil y pálido de Becky. Su hija estaba muerta, pero su seductor, su asesino, debía pagar por ello. Si había un Dios pendiente de sus oraciones, y si ese Dios era justo, no debía permitir que Rob Willoughby saliera impune.