Capítulo 1 #5
—Sí, señor, lo sé —respondió Hawkins con voz seca—. Al transporte Mary Anne , en el estrecho. Y debo asegurarme de que usted embarque, señor. —Fustigó al caballo y el carruaje se alejó a toda velocidad por el largo camino. Para mayor pena de Emily, Robert no se volvió.
* * *
—El pájaro ha volado, Martha —anunció Daniel Raven sin tratar de disimular su satisfacción.
Antes de continuar, hizo a su esposa un gesto para que se apartara, se sirvió una jarra de cerveza y bebió a grandes tragos—.
No parabas de decir que vigilar su alojamiento era un desperdicio de dinero, ¡pero ha valido la pena, mujer!
Ha vuelto con ese lamebotas de Mick Hawkins en una calesa hace menos de una hora, ha empacado todas sus cosas y se ha largado.
Charlie lo ha seguido. Dice que lo ha visto coger una barcaza para abordar el barco de convictos, el Mary Anne, con un montón de maletas y cajas.
¿No te dije que el maldito almirante Willoughby estaba tramando algo así?
Subió a bordo la semana pasada, mientras cargaban el barco en el muelle Guy. ¡Yo tenía razón, lo sabía!
Su esposa lo miró con ojos oscuros y apagados. Mientras fregaba la barra del bar, se apartó un mechón canoso que le caía sobre la cara.
—¿Quieres decir —preguntó— que el joven Willoughby ha violado la libertad bajo fianza?
—Siempre iba a hacerlo —dijo Raven con convicción—.
El almirante nunca lo habría dejado ir a juicio.
Pero yo no esperaba que mandara al joven cerdo a la bahía Botany, que es adonde se dirige el Mary Anne; eso te lo concedo.
Al menos, no hasta que lo he visto merodeando por el muelle Guy.
Entonces lo he comprendido todo. Es el mejor lugar para él, por supuesto, solo que tendría que viajar en los sollados, con grilletes, y no con un pasaje pagado.
Martha Raven lo miró con incertidumbre. Conocedora de los delirios de su marido tras diecisiete años de matrimonio, no había imaginado verlo rendirse.
Al hombre no había dejado de escocerle el trato que le dispensara el almirante sir Francis Willoughby cuando el Monarch fue desguazado.
Daniel no era un hombre dispuesto a olvidar, y mucho menos, capaz de perdonar semejante afrenta a su reputación y orgullo.
Ella no estaba de acuerdo con los métodos a los que su esposo había recurrido para vengar la afrenta.
Becky era también hija suya, y, aunque la virtud de la joven había estado en peligro de corromperse mucho antes de que Robert Willoughby la agrediera borracho, el efecto que eso había tenido en todos ellos había sido casi desastroso.
Becky se volvió hosca y rebelde, pues había prestado oídos a su padre cuando este le prometió que el joven Willoughby se casaría con ella.
Y se imaginó enamorada de él; incluso, en un primer momento, se negó a apoyar la acusación de estupro.
Dan, entonces, la sometió a golpes y… Martha exhaló un suspiro de desdicha.
Ella y Dan tuvieron una amarga discusión por ese motivo.
Luego, el descubrimiento de que la chica estaba embarazada amplió la brecha entre los dos.
Becky, la pobre niña, amenazó con quitarse la vida para acabar con todo. Incluso probó a abortar, aunque sin éxito. Ahora había que tenerla bajo vigilancia para impedir cualquier nuevo intento.
—Dan, ¿ya ha terminado? ¿Esta conspiración tuya ha llegado a su fin? ¿Vas a dejar que el joven Willoughby viaje a la bahía Botany? —El tono de Martha era suplicante—. Ya no puedes entregarlo a la justicia, ¿verdad? Sin duda, es demasiado tarde para eso.
Él dio otro largo trago a su jarra. Con el dorso de la mano, se limpió la espuma de los labios barbudos y le dedicó a su esposa una sonrisa sibilina.
—No es demasiado tarde para eso, no. El Mary Anne todavía está en aguas británicas, pero he tenido una mejor idea. —Se inclinó hacia delante para agarrarla del brazo y la obligó a mirarlo—. Martha, voy a llevar a Becky al barco. El viejo párroco Crickley ha accedido a acompañarnos y…
—¡El pastor Crickley! —exclamó Martha con voz aguda, alarmada—. ¿Ese viejo loco? Oh, Dan, no puedes… ¡Nunca está sobrio!
—Pero sigue siendo un clérigo, ¿no? Todavía puede celebrar una boda.
—Los dedos gruesos y fuertes de Dan Raven se clavaron en el brazo de su esposa—.
Robert Willoughby se casará con mi hija y se la llevará a la maldita bahía Botany como esposa.
La avergonzó, ¿no? La dejó embarazada, así que tiene el deber de casarse con ella.
Si se negara, por Dios, ¡yo lo obligaría a cumplir la ley!
Pero tengo el presentimiento de que esta vez no se negará.
Si yo lo trajera de vuelta, tendría que enfrentarse al almirante.
—¿Y Becky? —preguntó Martha con amargura—. ¿Qué tiene ella que decir al respecto? ¿O no le has contado lo que pretendes hacer?
La sonrisa de Raven se hizo más grande.
—Está en la gloria, la tonta. Le he dicho que el joven Willoughby la había mandado llamar.
Está haciendo las maletas, lista para partir, y no le importa adónde la lleve ese maldito barco, siempre y cuando sea con él.
—Se encogió de hombros—. Será mejor que te despidas de ella, mujer.
El viejo Crickley no tardará mucho. He enviado a Charlie a buscarlo.
Martha sintió un gran abatimiento. Becky siempre la había exasperado, y nunca más que en los últimos meses, cuando su escandaloso dolor estuvo a punto de llevar a todos al desvarío, pero…
La muchacha era su hija, su propia carne y sangre; y el buen Dios sabía que Dan la había tratado muy mal, con sus intrigas y complots y su obsesiva búsqueda de venganza.
—Está bien.
Martha tenía a un lado la caja del negocio. La abrió y, bajo la mirada de desaprobación de su marido, sacó todas las monedas que contenía. No eran muchas; en total, sumaban unas cinco libras, pero, al menos, Becky no se marcharía sin un centavo.
Con el tintineo de las monedas en el bolsillo del delantal, buscó a su hija.
La encontró tal y como había dicho Dan, rebosante de felicidad.
Ya había enrollado sus pocas pertenencias en un voluminoso fardo y se había puesto su mejor atuendo de domingo, un bonito vestido de muselina estampada.
La ropa ya le quedaba un poco estrecha, pues revelaba con claridad los signos de su embarazo en las hinchadas curvas del pecho y el abdomen.
Pero el pequeño rostro demacrado de Becky estaba radiante, lo que le confería una belleza tan inesperada que desgarró el corazón de su madre.
—¿Te lo ha dicho papá? —preguntó emocionada—.
¿Te ha dicho que Rob Willoughby se va a embarcar hacia un lugar llamado bahía Botany y quiere que vaya con él?
Oh, mamá, ¿no es maravilloso? ¡Era mentira que no quería casarse conmigo!
El viejo párroco Crickley va a venir con nosotros para que podamos casarnos antes de que zarpe el barco… ¿Te lo ha dicho papá?
Consciente de que Dan no le había dicho a su hija la verdad sobre la repentina partida de Robert Willoughby, Martha la miró con compasión y desasosiego.
No fue capaz de romper las ilusiones de la niña, así que le puso en las manos el dinero que había sacado de la caja y la abrazó.
Se dijo a sí misma que la intriga de Dan, por descabellada que pareciera, podría dar resultado: era posible que Rob Willoughby cediera a sus deseos.
No querría quedar en ridículo ante los pasajeros y la tripulación del Mary Anne .
La presencia del viejo pastor, unida a la amenaza de una denuncia a la policía, quebrantaría su resistencia, por obstinado que fuera.
Además, iban a una colonia de convictos, donde una esposa como Becky no sería un estigma social, como sí lo era en Inglaterra.
Allí, incluso los oficiales militares se casaban con chicas convictas; los soldados y los funcionarios civiles también, sin duda, así que…
Martha reprimió los impulsos de su conciencia y consiguió sonreír a través de las lágrimas.
—Cuídate mucho, Becky, cariño —la instó—. Abrígate bien cuando salgas a cubierta. ¿Ya has metido un chal en tu hatillo? Y necesitarás ropa para el bebé, veré qué puedo encontrar. Mira…
Una llamada impaciente de su marido interrumpió el torrente de buenos consejos que tenía intención de darle.
Becky la dio un beso apresurado y se soltó de los brazos que la tenían aferrada.
—Tengo que irme, mamá —exclamó—. Papá dice que el barco va a zarpar muy pronto. Pero Rob no los dejará zarpar hasta que yo esté a bordo. Adiós, mamá, y gracias por el dinero. Me vendrá muy bien; quizá pueda usarlo para comprar ropa para el bebé.
Martha solo tuvo tiempo de quitarse el chal y envolver con él los hombros delgados de su hija. Luego la vio agarrar su hatillo y bajar corriendo la estrecha escalera de madera, como si el mismo diablo la persiguiera, y marcharse.
Abajo, en la taberna, Dan Raven la esperaba.
Su gran mano tenía al pastor Crickley agarrado por el codo.
Cuando ella apareció, el maldito viejo réprobo ya estaba medio borracho, refunfuñando con toda su bravura por la intromisión de Charlie en su tarde de bebida.
Pero la promesa de una libra y una botella del mejor brandy francés por sus servicios había acallado sus quejas.
Luego, una taza de café negro y una sesión bajo el grifo del patio trasero habían bastado para devolverle una apariencia de sobriedad.