Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

—Fue una estratagema —le dijo Robert con amargura—.

Daniel Raven, el padre de la chica, es un sinvergüenza intrigante.

Sirvió como artillero bajo el mando de papá en el Monarch y, antes de eso, en las Indias Occidentales, bajo las órdenes de sir Samuel Hood y sir Francis Laforey.

Amasó una pequeña fortuna con los botines, suficiente para comprar la taberna Crown and Anchor, en North Quay, y montarse un negocio bastante próspero.

Yo solía beber allí cuando estaba en la ciudad, pues no es un lugar que frecuenten los oficiales.

Además, conocía bien a Dan Raven. A bordo del Monarch, los guardiamarinas y los jóvenes voluntarios estábamos a su cargo.

Nos codeábamos con los suboficiales, ya sabes, y él era el más veterano.

En aquella época, yo lo tenía en gran estima; él era bueno conmigo y yo confiaba en él.

En aquellos días, pensó Emily con lástima, Robert era un niño solitario de once años, arrancado a la fuerza del seno de su familia y obligado a soportar la dura disciplina de la marina. Era natural que depositara su confianza en cualquiera que, según sus propias palabras, fuera bueno con él.

—Continúa, Rob —lo invitó ella con delicadeza.

Robert se encogió de hombros.

—Vaya, muy bien, si de verdad quieres oír la miserable historia… Pero… —le tendió la licorera vacía— ¿podrías traerme más brandy, hermanita? Lo necesito de verdad, y… hablar da sed, ya sabes.

—Lo siento —se disculpó Emily con sincero pesar—, pero Hawkins guarda bajo llave todo el licor de papá, y no está aquí. Puedo traerte cerveza de la cocina, si te apetece, ¿y algo de comer, quizá? Puedes quedarte aquí.

—¿Y papá? No quiero que me vea. —El tono de Robert volvió a estar cargado de amargura—. Podría considerar que estoy abusando de su hospitalidad.

—Papá nunca entra aquí —le dijo Emily—. ¿No te acuerdas? Esta siempre ha sido la habitación de mamá.

Corrió a la cocina y regresó con una bandeja repleta.

—Había sidra y he pensado que te gustaría. Están ocupados con los preparativos del almuerzo de papá, pero la cocinera me ha dado carne fría, queso, pepinillos y pan fresco… ¿Te vale, Rob? Ah, y hay tarta de manzana.

—Maravilloso —le aseguró su hermano. Se sentó y se abalanzó con avidez sobre los sencillos alimentos. Mientras comía, esbozó una extraña sonrisa—. El viejo ricachón nunca alimentaba así a sus miserables empleados —comentó—. ¿Te extraña que esté agradecido de haber dejado ese empleo?

—No —admitió Emily.

Se quedó esperando en silencio hasta que él apartó el plato con un suspiro de satisfacción y cogió la jarra de sidra. Entonces, vencida por la curiosidad, preguntó con timidez:

—Rob, ¿cómo es ella?, ¿la… la joven que te ha acusado de algo tan terrible?

—Rebecca Raven, ¿Becky? —Robert soltó un sonoro suspiro—.

Ah, es bastante guapa, pero es una niña de apenas dieciséis años, analfabeta, criada en una taberna de mala muerte, con una madre desaliñada y una horda de hermanos y hermanas.

Es lo que cabría esperar de una educación así, supongo.

He caído muy bajo desde que Sus Señorías me echaron del servicio, pero… no podía casarme con ella, Emmy.

—¿No podías casarte con ella? —repitió Emily, sorprendida—. Pero yo creía… —Lo miró desconcertada, preguntándose si había entendido mal.

—Dan Raven le guarda un rencor monumental a papá —dijo Robert con gravedad—.

Nunca llegué a averiguar por qué, pero sé que le retiraron la licencia cuando el Monarch liquidó a su tripulación y él nunca volvió a hacerse a la mar.

Le estuve haciendo el juego cuando empecé a frecuentar su taberna, pero fui demasiado tonto para darme cuenta de lo que el tipo pretendía.

Me echó a su hija encima. Yo iba a su taberna y él, después de emborracharme, me la enviaba.

¡Maldita sea, soy humano, y Becky estaba dispuesta!

; o eso parecía, al menos. Te juro que no la violé, Emmy, pero Raven me acusó de haberlo hecho, y ella también.

Yo no tenía defensa, pues era su palabra contra la mía, con un montón de gentuza dispuesta a respaldarlo.

Me ofreció retirar los cargos si me comprometía a casarme con ella…

, pero yo no podía. Simplemente, no podía cargar con una esposa así.

Temía que papá me desheredara si lo hacía —añadió en tono irónico.

—¿Creías que papá no se iba a enterar de que te habían acusado? —preguntó Emily.

—Esperaba poder evitarlo —admitió Robert—.

Si ese ladrón codicioso de Barton no hubiera exigido el dinero de la fianza, quizá lo habría conseguido.

Pero el tipo adivinó que pensaba fugarme antes de que el caso llegara a los tribunales y decidió acudir a papá con su maldita historia de desgracias, y sin decirme nada.

De verdad, Emmy, cuando papá me ha acusado de ello, me he quedado sin habla.

Sonaba afligido. Por primera vez, Emily empezó a dudar de la veracidad de su hermano mayor.

¿Cómo esperaba Robert mantener a su padre al margen del inminente juicio cuando, tal como el propio almirante le había recordado, iba a celebrarse a las puertas de su casa?

Plymouth estaba a solo tres millas de distancia.

Los jueces de circuito se contaban entre sus amigos y conocidos y, desde su último nombramiento como almirante del puerto, el nombre de sir Francis Willoughby era archiconocido por toda la ciudad.

Incluso si el abogado Barton no lo hubiera informado del arresto de su hijo, ¿no lo habría hecho alguien más, tarde o temprano?

Emily se apretó el labio inferior con los dientes, en un intento inútil de detener sus temblores.

Su hermano Robert, pensó con pesar, estaba a punto de salir de su vida, de embarcarse en un viaje de doce mil millas hasta el otro lado del mundo.

No podía dejarlo marchar, no lo haría mientras Rob creyera que ella albergaba la más mínima sospecha de él.

—Rob —comenzó a hablar Emily en un susurro forzado—. Rob, lo siento de verdad. Si necesitas algo…

Él esquivó su mirada.

—Dinero —dijo—. Por desgracia, tengo que pagar el alquiler. Si pudieras prestarme unas libras, Emmy, te lo agradecería mucho.

Emily sabía que solo le quedaban unas pocas libras, cinco o seis, quizá, de su asignación para vestirse.

Tenían que durarle hasta el final del trimestre, pero…

Se dirigió al escritorio que había sido de su madre.

Allí estaba, casi intacto, el dinero de la mensualidad de la casa.

Si economizaba, si dejaba que algunos de los proveedores esperaran hasta el mes siguiente para cobrar, podría darle a su hermano la mitad.

Su padre nunca se enteraría. Se sentó frente al escritorio y, sin pensarlo, contó cinco monedas de oro de su propio peculio y otras diez de la bolsa de cuero que contenía el dinero de la casa.

—No es mucho, Rob, pero… —El sonido de los cascos de un caballo sobre la grava le indicó que Hawkins había regresado con la carreta. Se puso de pie, consciente de las instrucciones de su padre—. Será mejor que le diga a Hawkins que te lleve al pueblo. Le diré que espere hasta… que estés listo.

Pero Robert también se puso en pie con una rapidez inesperada.

—No tiene sentido prolongar la agonía, querida Emmy. Más vale que me vaya y acabe con esto de una vez. —Se guardó las monedas en el bolsillo y, sonriente, le tomó la mano—. ¡Gracias!, y… despídeme de Charlotte y de la pequeña Biddy, ¿quieres?

Emily lo miró con los ojos llorosos y asintió con un movimiento de cabeza. Robert se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

—Podrías casarte con alguien mucho peor que el doctor Yates, ¿sabes?

¡No importa lo que diga papá! Yates siempre está hablando de hacerse misionero y llevar la medicina moderna y el cristianismo a los maoríes de Nueva Zelanda, ¿no es así?

Al menos seríamos vecinos, aunque no vivamos puerta con puerta, así que piénsalo, ¿quieres?

Adiós, y que Dios te bendiga, Emmy, ¡y que te proteja siempre!

—Y a ti también, querido Rob. —Había llegado el momento de la despedida y las dudas de Emily se desvanecieron.

Solo le quedaba una irremediable sensación de pérdida.

Incluso estaba dispuesta a perdonarle la burlona referencia a Simon Yates, que él no había hecho con la intención de ser cruel.

Aunque, dadas las circunstancias… Contuvo un sollozo—.

Rezaré para que tengas un buen viaje y puedas hacer una nueva vida y nuevos amigos en Sídney.

—Así será, sin duda —replicó Robert con amargo retintín—. Maldita sea, es una colonia penal, ¿no? Me sentiré como en casa.

Fue al vestíbulo y cogió su sombrero y su capa. Al llegar a la puerta principal, la abrió de golpe, con un ademán afectado, y llamó a Hawkins para que detuviera el carruaje y lo esperara.

El hombre obedeció sin mostrar sorpresa alguna. Robert dio un fugaz abrazo a Emily, recorrió a zancadas el camino de grava, subió al pequeño carruaje de dos ruedas y se sentó junto al cochero.

—Rob, ¿me escribirás? —le suplicó Emily.

Robert se encogió de hombros y señaló hacia la casa. Adivinaba que el almirante se había asomado a la ventana del estudio para ver partir a su hijo mayor. Emily se volvió para mirar atrás.

Su padre mostraba un rostro implacable. No exhibió ningún sentimiento y ni siquiera hizo un gesto de despedida.

Con una sonrisa triste, Robert se llevó dos dedos al sombrero, pero no se destocó.

A Emily le dijo en voz baja:

—No enviaré ninguna carta a esta casa, pues no sería bien recibida.

Pero le escribiré al doctor Simon Yates, en Murton, cuando tenga algo que valga la pena contar.

Eso le dará una excusa para venir a buscarte.

Cuídate, Emmy, y no dejes que lord Almirante arruine tu vida, además de la mía.

—Dio una palmada en el ancho hombro uniformado de Hawkins y, en claro tono de burla, dijo—: A la caña, timonel, y pon rumbo a mi alojamiento en la calle Breton. Supongo que sabes adónde vamos, ¿no?