Los colonizadores (Los australianos 11) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Vuelve a sentarte, señorita —ordenó—, aún no he terminado.

—Se volvió de nuevo hacia Robert y señaló sobre su escritorio un documento enrollado y atado con cinta rosa, como si fuera un expediente judicial—.

Este es mi testamento. En él te desheredo y nombro beneficiario a tu hermano James.

Aparte de los legados a mis hijas, James heredará a mi muerte todo lo que poseo, salvo, por desgracia, mi título de baronet, que la ley ordena que te corresponda a ti.

Solo espero que no lo reclames. Tendrás las dos mil libras que pretendo dejarte, pero solo con la condición de que abandones este país de inmediato.

Ahora bien, si te parece oportuno rechazar mi oferta, te quedarás sin un centavo y, sin importar la vergüenza que yo tenga que pasar, dejaré que la ley siga su curso.

—Hizo una pausa y miró a Robert con un desprecio apenas disimulado—. ¿Y bien? ¿Aceptas mis condiciones?

Robert se irguió. Emily vio que estaba pálido como un cadáver y sintió náuseas de tanta pena, pero el joven se las arregló para responder con aparente entereza.

—No me deja otra alternativa, señor. Solo puedo aceptar… aunque con renuencia. Lo último que quiero es abandonar Inglaterra.

Jamie recuperó por fin el habla. Con una elocuencia de la que Emily no lo creía capaz, suplicó a su padre que cambiara de opinión.

—No deseo ser su heredero, padre —insistió—. Le ruego que no haga nada de esto. Por favor, señor, ¿no podría permitir que Robert se quede aquí?, ¿no le concedería otra oportunidad?

—Si se quedara, tendría que enfrentarse a un juicio, James —le recordó el almirante—.

Y ya le he dado una oportunidad tras otra.

Cuando estaba en el servicio, le concedí mi patrocinio.

Hice todo lo que estaba en mi mano para conseguirle destinos en la mar y ascenderlo en el escalafón.

¿Y cómo me lo ha agradecido? ¡Acabando con su carrera militar de forma ignominiosa!

Me avergüenza llamarlo hijo. Pero tú, muchacho —su tono se suavizó—, sé que eres de otra pasta.

Tus informes de la Escuela Naval son admirables y estoy seguro de que, con el tiempo, me harás sentir orgulloso, algo que tu hermano no ha conseguido.

Así que no malgastes tu aliento suplicando por él.

Mi decisión es irrevocable. Robert zarpará de inmediato hacia Nueva Gales del Sur, tal y como lo he dispuesto.

Ya lo has oído: él ha aceptado mis condiciones y no hay nada más que decir.

Pero Jamie no quería rendirse.

—Entonces, padre —pidió con vehemencia—, ¿me permitirá abandonar la Escuela Naval e ir con él? Me gusta la agricultura y, con toda franqueza, no me entusiasma mucho el servicio militar, señor…

Su padre lo interrumpió con ira.

—¡No quiero oír nada de eso, muchacho! Quizá seas demasiado joven para comprender la sórdida naturaleza de este último asunto en el que tu hermano se ha involucrado.

Maldita sea, ¡no pienso explicártelo!, pero entiende algo: si Robert no abandona este país de inmediato, tendrá que enfrentarse a acusaciones en un tribunal civil, cargos contra los que no tiene defensa.

—Se inclinó hacia delante y señaló la puerta con una mano huesuda—.

Puedes marcharte, James, y Emily contigo.

Y, Emily, asegúrate de que James coja la diligencia de la tarde.

Que Hawkins lo lleve a Plymouth en el carruaje para que mañana vuelva a la academia.

James dudó, con el rostro pálido y joven contorsionado en un valiente intento por ocultar su angustia.

—Rob —susurró con aflicción—, no quiero ninguna parte de tu herencia. Créeme, no sabía lo que papá pretendía, de verdad.

—Da gracias, hermanito —le gritó Robert con tono burlón—, ¡ya tienes muchos privilegios!, no más de los que te mereces.

Emily cerró la puerta del estudio mientras contenía las lágrimas. Esa vez, Jamie no intentó esquivarla cuando ella le rodeó los hombros con el brazo. Al llegar al vestíbulo, él le dijo con tristeza:

—La diligencia para Exeter sale dentro de una hora, Emmy, y siempre es puntual. Si quiero cogerla, tengo que irme ya. De todos modos, quizá sea mejor que me vaya. Rob no querrá verme por aquí, ¿verdad?, no después de… después de todo esto. Y yo no puedo volver a ver a papá.

Emily lo abrazó con más fuerza. No se necesitaban palabras para comprenderlo todo.

—Le diré a Hawkins que traiga la calesa —respondió—, pero no has comido nada, Jamie. ¿Te preparo algo de pan y queso? ¿O, al menos, algo de fruta?

Él negó con la cabeza.

—Me siento demasiado mal para comer —confesó—, pero podría llevarme un par de manzanas para aguantar el viaje.

Emily lo vio alejarse diez minutos más tarde, invadida por la desolación. Y ese sentimiento se agudizó aún más cuando Robert salió por fin del estudio de su padre con el rostro sombrío, rebosante de resentimiento.

—Lord Almirante me ha dado órdenes de que no vuelva a pisar su casa mientras él viva, Emmy —anunció con ironía—.

No puedo ver a las niñas, ni siquiera para despedirme.

Solo me ha dado permiso de despedirme de ti.

En cuanto Hawkins vuelva con la calesa, me llevará a mi alojamiento para que recoja mis cosas.

Luego, Hawkins se quedará a la espera hasta confirmar que he embarcado en el infernal Mary Anne.

Le he dicho que el mayordomo iba a necesitar un catalejo, por si el barco ya hubiera terminado de cargar y estuviera en alta mar.

—Sonrió sin alegría y señaló el bolsillo interior de su raído chaqué—.

Me ha dado su propio Dollond. Debo entregárselo a Hawkins para ese propósito… , pero para nada más.

—¡Ay, Rob! —logró decir Emily con la garganta apretada—. Querido Rob, lo siento mucho. Pero tú…

—Pero me lo he buscado, ¿no? —concluyó él por ella.

—No quería decir eso.

La expresión de Robert se relajó.

—No, sé que no. Eres un encanto, Emmy, la mejor de las hermanas, y te echaré de menos más de lo que puedo expresar con palabras.

Pero, Dios mío, ¡qué futuro me espera! Nueva Gales del Sur es una tierra salvaje, convertida en colonia penal y poblada por los desechos de nuestras cárceles.

Y yo voy a convertirme en un miserable granjero en medio de la nada.

—Habría sido peor —comenzó Emily sin pensar— que te hubieran obligado a ir allí como… —Cerró la boca y se sonrojó. Igual que antes, Robert completó lo que ella no había querido decir.

—… como un delincuente convicto, encadenado.

Es cierto, eso habría sido mucho peor. Debo aprender a dar gracias a Dios por las pequeñas misericordias, ¿no es así?

, y por la generosidad a regañadientes de mi padre.

—Sacó de su bolsillo un papel rígido, doblado, y se lo ofreció a Emily para que lo examinara—.

Es un giro a su agente en Ciudad del Cabo.

Con esto voy a comprar el ganado allí. Parece que es lo que hay que hacer: el ganado vacuno y ovino es más barato en Cabo que en la colonia.

Da réditos, siempre que esas malditas criaturas sobrevivan al viaje a puerto Jackson.

Robert se alejó hacia el salón. La licorera y las copas seguían allí. Se sirvió lo que quedaba del brandy y lo bebió con avidez. Emily se quedó observándolo, pero no le hizo ningún reproche. Él, con tono cortante, le dijo:

—De todos modos, habría violado la libertad bajo fianza, Emmy. No habría dejado que me llevaran a juicio, ya lo sabes… Por su bien y por el mío. Tenía pensado irme a Irlanda en cuanto reuniera el dinero necesario.

Consciente de una esperanza irracional, Emily preguntó con entusiasmo:

—Entonces, ¿por qué no te vas a Irlanda ahora mismo? Rob, seguro que aún puedes, ¿no?

Él negó con la cabeza, abatido.

—Tengo veinte libras que nuestro padre me ha dado para los gastos del barco, además de unas cinco mías. Con esto no duraría mucho, ni siquiera en Irlanda. Ahora bien, si hago lo que él quiere, ya lo sabes, puedo ganar dos mil.

—Sí, pero…

—Emmy, querida, tal como le he dicho, no me deja alternativa. Iré a su maldita Nueva Gales del Sur, pero… —Su sonrisa volvió—. No tengo por qué quedarme allí el resto de mi vida. Volveré aquí, hermanita, como una de esas cosas de las que no te puedes deshacer.

—¡Ay, Rob, rezaré para que así sea!

Emily se quedó mirando su rostro a través de una neblina de lágrimas contenidas.

Quería preguntarle qué eran esos cargos que le estaban imputando, pero dudaba.

Temía herirlo de nuevo. Según lo que había dicho su padre, las acusaciones parecían estar relacionadas con una joven, la hija de uno de los taberneros del pueblo, con quien, al parecer, Robert había mantenido una relación amorosa.

Emily recordaba que su padre se había referido a ella como una joven virtuosa y había acusado a Robert de haberla violado, lo que significaba que…

Como si estuviera expresando sus pensamientos en voz alta, Robert le dijo con tono seco:

—Me iban a acusar de violación, Emmy.

La fea palabra, con todas sus implicaciones, quedó suspendida entre los dos. Como una mancha tenebrosa, ensombreció la cálida luz primaveral que entraba desde el jardín. Emily contuvo un sollozo.

—Ay, Rob…, ay, seguro que tú…