Capítulo 1 #2
Robert apretó los dedos alrededor del brazo de su hermana. Le hizo una pregunta que la tomó por sorpresa:
—¿Cómo va tu romance con el doctor Simon Yates, Emmy? —Sonrió ante el desconcierto de Emily cuando vio que el rubor le subía a las mejillas—. O, tal vez —añadió con crueldad—, ¿está de más preguntarlo? ¿Ha encontrado papá la manera de acabar con eso también?
Ya estaban en la puerta del estudio. Jamie llamó y se apartó para dejar pasar a Emily.
Ya no hubo tiempo para que ella diera una respuesta, ni siquiera breve, a la punzante pregunta de Robert.
En cualquier caso, él ya sabía la respuesta, pensó con amargura…
Hacía mucho tiempo que el apuesto joven médico, asistente del médico de la familia en el pueblo de Murton, tenía prohibido entrar en la casa.
Sus encuentros eran ahora poco frecuentes y clandestinos, salvo en aquellas ocasiones en que concurrían a la vista de todos, o bien cuando ella asistía a la iglesia local para el oficio de maitines o vísperas, acompañada por su padre o sus hermanas.
«Joven cazafortunas y maleducado». Así describía el almirante a Simon Yates, y… Robert le acercó los labios al oído y, con toda su malicia, susurró:
—Papá no te permitirá tener pretendientes, y ya lo sabes; no mientras te necesite para llevar la casa.
Emily se llevó una mano a la boca para reprimir el indignado desmentido que estaba a punto de pronunciar.
Habría deseado que Robert no intentara herirla ni ponerla en contra de su padre tan a menudo y de forma tan deliberada; y lo mismo a Jamie.
Además, eso no era cierto. Papá no era así, se dijo a sí misma.
Por poco afecto que le mostrara, siempre era generoso; le daba todo lo que necesitaba para sí misma y para los gastos de la casa; y lo hacía de buena gana y sin hacer preguntas, y vivían bien.
Murton Chase era una mansión grande y hermosa, situada en terrenos propios a las afueras de Plymouth, con personal más que suficiente y…
—Emily, James. —El almirante señalaba dos sillas al otro lado de la habitación—.
Sentaos y hacedme el favor de escuchar en silencio lo que tengo que decirle a vuestro hermano.
Robert. —Un ademán imperioso indicó a Robert que se sentara delante de él, como si fuese un criminal ya juzgado y condenado.
Y, en efecto, a los ojos de su padre, eso parecía.
Emily escuchó consternada y aturdida la lista de fechorías de Robert, empezando con aquel consejo de guerra por incompetencia e insubordinación, el que le había costado el buque, hasta el despido del banco mercantil de Londres por, al parecer, motivos muy similares.
Con frías palabras de reproche, le recordó que había insultado en público a su antiguo capitán y, en violación a la ley del país y las normas del servicio, había desafiado a duelo a su superior.
—Has deshonrado el nombre de nuestra familia —lo acusó el almirante—.
Cuatro generaciones de Willoughby han sido tus predecesores en el servicio del rey.
Has tenido el ejemplo de una larga estirpe de hombres valientes, ninguno de los cuales abandonó jamás el servicio, salvo por muerte o jubilación honorable.
Te puse el nombre de Robert Horatio en el supuesto de que tú, a tu vez, honrarías a uno de los más grandes almirantes de Inglaterra.
Pero me has hecho lamentarlo con amargura.
Robert quiso protestar, pero su padre lo silenció con brusquedad.
—¡No tienes excusa, bribón! Ninguna que yo deba escuchar. Hasta ahora, y Dios bien lo sabe, he intentado darte el beneficio de la duda, pero ya he aguantado bastante.
—Las acusaciones del capitán Neville contra mí eran maliciosas y sin fundamento, padre. Te juro que las presentó con el único propósito de encubrir su incompetencia, no la mía. Por eso lo desafié, señor, ¡y por eso se negó a enfrentarse a mí!
La voz de Robert temblaba con la intensidad de sus sentimientos, pero, una vez más, le ordenaron con dureza que se callara.
—Has contraído deudas y yo las he saldado —afirmó su padre con ira—.
He utilizado mi influencia para conseguirte un empleo, pero has despreciado todos mis intentos por ayudarte.
Y ahora… Ahora, un tal señor George Barton, que, al parecer, es un abogado que tú has contratado, me ha informado de que se han presentado contra ti acusaciones de la naturaleza más sórdida y desagradable.
¡Acusaciones penales, Robert! Maldita sea, muchacho, ¿lo niegas?
¿Niegas que estás en libertad bajo fianza, a la espera de ser juzgado en la próxima sesión del tribunal del condado?
El ánimo de Emily se hundió al ver cómo a Robert se le iba el color de la cara.
La expresión del joven le decía que esa vez no tenía cómo responder a esas acusaciones.
Era evidente que aquello lo había tomado por sorpresa.
Se preguntó con pesar si Robert había dado por hecho que su padre no estaría al corriente de tales imputaciones.
¿De verdad tenía esperanzas de que no se enterara?
—Yo pagué tu fianza —dijo el almirante con tristeza.
—No te lo pedí —replicó Robert con los labios apretados.
—No, lo hizo el señor Barton. Tú lo convenciste de que pagara tu fianza, pero él no creía volver a ver su dinero.
Me informó de que, si yo no hubiera accedido a su petición, ahora estarías bajo custodia a la espera del juicio.
Y, maldita sea, si consiguieran probar las acusaciones, te enfrentarías a una condena de siete años, ¡quizá a una pena de deportación a Nueva Gales del Sur!
Incluso podrían condenarte a cadena perpetua, si hay que creer a Barton, y doy por hecho que es cierto.
Emily sintió que, a su lado, Jamie se ponía rígido.
El chico estaba afectado hasta lo más hondo, a punto de llorar, al igual que ella.
Robert había sido su héroe, objeto de su admiración incondicional desde la infancia, y esa revelación lo tenía conmocionado hasta el punto de que le resultaba casi insoportable.
Pero, al igual que ella, sentía demasiado respeto por su padre como para atreverse a interrumpir.
El almirante continuó acumulando acusación tras acusación con una ira apenas contenida.
—Se te acusa de haber violado y mancillado la reputación de una joven virtuosa, la hija de un tabernero de Plymouth.
¡Aquí, en mi propia casa, sinvergüenza! Y el padre de esa pobre y desafortunada muchacha es un hombre muy conocido, tanto por ti como por mí: Daniel Raven.
Sirvió bajo mi mando como artillero en el Monarch.
—Robert intentó volver a hablar—. No intentes engañarme diciendo que no sabías quién era Raven; o, ya que estamos, maldita sea, no me digas que no eres consciente del escándalo que esto provocaría si el caso llegara a juicio.
¡Mi buen nombre quedará mancillado junto al tuyo, ya que llevas mi apellido!
—Señor, le ruego que me escuche —suplicó Robert—. Le doy mi palabra de que yo…
—¡Tu palabra! —atronó el almirante—. ¿Qué valor tiene tu palabra? Ya he soportado bastante y he tomado una decisión. Por eso te he mandado llamar, y también a James, ya que mi decisión afectará tanto su futuro como el tuyo.
Controló su creciente ira y, para alivio de Emily, habló con calma mesurada.
—Perderás la fianza, Robert, y te pondré fuera de la jurisdicción del tribunal.
Hay un transporte de convictos, el barco Mary Anne, que zarpará de aquí hacia el puerto Jackson en cuarenta y ocho horas.
Debes embarcar de inmediato, ¿entiendes?
Tu pasaje ya está reservado y viajarás bajo el nombre de Roberts.
Haré los arreglos necesarios para que, cuando llegues a tu destino, dispongas de la suma de dos mil libras, que te bastarán para establecerte como granjero en la colonia.
Robert dejó escapar un grito medio ahogado, pero el almirante desatendió la interrupción y continuó con brusquedad:
—He hecho averiguaciones. El secretario colonial, lord Bathurst, está buscando colonos con capital para desarrollar el comercio de la lana y la agricultura en la colonia.
Se concederán tierras en suelos recién explorados, abiertos hace poco a la colonización y aptos para la cría de ovejas y ganado.
Cuando llegues a Sídney, vas a solicitar una concesión al topógrafo del gobierno.
Yo me encargaré de que seas presentado de la manera más adecuada.
El almirante hizo una pausa y Robert lo miró estupefacto, consternado.
—Pero, señor, no estoy hecho para ser granjero. No tengo experiencia en el campo ni ningún deseo de dedicarme a ello. Yo…
—¿Y para qué estás hecho? —replicó el almirante con desdén—, ¿qué aptitudes tienes?
¿Prefieres ir a Nueva Gales del Sur encadenado, como un delincuente convicto?
—Sin esperar ninguna respuesta de Robert, exclamó con energía—: ¡Por Dios, muchacho, no te dejaría ir si no fuera por el escándalo que causaría ese juicio y el daño que haría a mi buen nombre!
Es por eso que estoy dispuesto a ofrecerte esta última oportunidad, estoy dispuesto a ayudarte a que hagas algo de tu vida. Pero será la última vez.
Para Emily, la visión del rostro desolado de su hermano mayor fue demasiado. Se puso de pie con la intención de ponerse a su lado, pero una orden atronadora de su padre la detuvo y la dejó temblando.