Los colonizadores (Los australianos 11)
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Capítulo 1
—Ya están aquí, padre —anunció Emily Willoughby, nerviosa—. Robert y James. Esperan que los recibas.
El contralmirante Sir Francis Willoughby levantó la vista del libro que estaba leyendo y miró a su hija con severa desaprobación.
—¿No te he dicho que llames antes de entrar en mi estudio? —le espetó con aspereza.
Intimidada por su padre, como siempre, y con miedo a su mal genio, Emily se disculpó.
Sabía que era inútil decirle que había llamado, pues él no admitiría que su creciente sordera le había impedido oírla.
También sabía que esos gestos de desaprobación eran por su hermano, no por ella.
Y, aunque no podía sino adivinar el motivo, supuso que, una vez más, la conducta de Robert había despertado la ira de su padre.
Desde el consejo de guerra, dos años atrás, y su destitución del servicio del rey, Robert se había metido en numerosos problemas, al grado que, desde hacía algún tiempo, tenía prohibido entrar en casa.
Su nombre ni siquiera se mencionaba en presencia del almirante.
De ahí el asombro de Emily al enterarse, apenas el día anterior, de que lo había mandado llamar, y al pobre Jamie con él.
¿Qué había hecho Jamie para merecer la exigente orden de comparecencia? No podía saberlo.
Suspiró. Su hermano menor tenía trece años, era cadete en la Real Academia Naval de Portsmouth y estaba a punto de terminar su primer año.
La excelencia de sus informes había sido, hasta entonces, motivo de gran satisfacción para su padre, así que Emily no podía evitar preguntarse por qué, en mitad del curso, le había exigido al muchacho que hiciera el largo viaje a Plymouth, y con tan poca antelación.
—¿Les digo que entren, padre? —preguntó, ansiosa por escapar.
Por supuesto, la echarían de la habitación en cuanto los chicos aparecieran.
Lo que su padre tuviera que decirles no era asunto suyo.
Estaba acostumbrada a que, por ser mujer, la excluyeran de las cuestiones masculinas y, en particular, de las relacionadas con el servicio naval.
Desde la muerte de su madre, ocho años atrás, se había encargado de la casa y de la educación de sus dos hermanas menores.
Ahora, consciente de un ligero resentimiento, Emily razonó que sus deberes y responsabilidades se limitaban al ámbito doméstico, nada más, y, en gran medida, se daban por sentados.
Ella nunca había gozado de la confianza de su padre ni se había ganado el interés que él mostraba por sus hijos varones…
hasta que, por así decirlo, el pobre Robert cayó en desgracia.
Cuando llegó la noticia del veredicto del consejo de guerra, su padre lloró.
Por primera y única vez, que ella recordara, el hombre le permitió presenciar su dolor y ofrecerle consuelo.
Sin embargo, a partir de entonces, se había mostrado más distante que nunca con ella, como avergonzado de haberle permitido percibir una debilidad que nunca había imaginado poseer.
—¿Quieres —comenzó Emily, ya que él permanecía pensativo y en silencio— que sirva café para ti y los chicos, padre? ¿O una botella de tu madeira? No han tenido tiempo de desayunar, además de que Jamie ha viajado toda la noche. Él…
—¡No! —la interrumpió el almirante—. No sirvas nada.
Dejó caer con fuerza el volumen que estaba leyendo.
Ella vio el libro deslizarse por la superficie pulida del escritorio e ir a dar junto a sus pies con un ruido sordo.
Era un tratado jurídico, observó Emily con sorpresa mientras se agachaba para recogerlo y colocarlo con cuidado al alcance de su padre.
El hombre frunció las cejas blancas y prominentes en un gesto severo. Sin dar ninguna explicación, señaló con impaciencia hacia la puerta.
—Llama a tus hermanos, por favor. Y… quiero que estés presente cuando hable con ellos, ya que lo que tengo que decirles también te concierne, aunque sea de forma indirecta. Debo advertirte, sin embargo, que podría resultar impactante.
Emily dudó un momento; luego, con el corazón oprimido por un mal presentimiento, se apresuró a obedecer.
Los hermanos esperaban en la agradable y soleada habitación que fuera el tocador de su madre y que ahora llamaban sala de estar.
Robert, alto y vestido de civil, lo que lo hacía parecer un extraño, ya había previsto, según ella pudo notar, que su padre se negaría a ofrecerle algo de beber.
Sobre la mesa, junto a él, había una jarra de brandy y, en su mano, un vaso medio vacío.
Jamie, que parecía incómodo, ofrecía un contraste extraño en su uniforme de cadete con botones de latón, la gorra bien colocada bajo el brazo y las manos vacías. No había tocado la copa que Hawkins, el antiguo timonel del almirante y ahora empleado como mayordomo y cochero, le había preparado.
Robert se giró al ver acercarse a su hermana, apuró en un instante el contenido de su vaso y preguntó agresivo:
—¿Qué quiere el viejo, Emmy, por el amor de Dios? ¿Sabes por qué nos han llamado con tanta prisa?
Emily negó con la cabeza.
—No lo sé, Rob. Papá no me ha dicho nada, solo que quiere que esté presente mientras habla con vosotros. Él… dice que el asunto también me concierne.
Robert maldijo entre dientes.
—No —protestó—, ¡al diablo, no! No quiero que estés allí cuando me regañe por no cumplir con sus malditas normas anticuadas. Por favor, Emmy, si me quieres, no vengas.
Emily se sonrojó.
—Sabes que te quiero mucho, Rob, pero no puedo desobedecer a papá. Lo que tiene que decir es para los tres.
Miró a su hermano mayor con inquietud. Tenía la corbata manchada y mal planchada, los puños de la camisa deshilachados.
Su chaqueta gastada necesitaba una buena compostura.
Dondequiera que se estuviera alojando, era obvio que no cuidaba mucho su vestuario…
Asaltada por una repentina sospecha, Emily preguntó con aprensión:
—Rob, ¿sigues trabajando? ¿Sigues en el banco de…? ¿Dónde estaba? ¿En la calle Exeter?
Robert soltó una breve risa.
—Oh, Dios, no. Aquel viejo ricachón prescindió de mis servicios hace dos meses. ¡Que se vaya al diablo! ¡No lo sentí en absoluto! Era un trabajo aburridísimo y nunca pude acostumbrarme. Además de que es un viejo tacaño, le contaba a papá todo lo que yo hacía…, o lo que no hacía.
Jamie empezó a hablar, pero luego lo pensó mejor y se sonrojó, incómodo. Emily estuvo a punto de rodearlo con el brazo, como solía hacer cuando era niño, pero él la esquivó. Miró a su hermano con incertidumbre y dijo:
—No debemos hacer esperar a papá, R… Rob.
—No, claro que no —asintió Robert con fingida humildad—.
Nunca se debe hacer esperar al lord Almirante.
Eso os lo enseñan en la academia, ¿no?: respeto a los superiores.
¡Quítate el sombrero y tres hurras por el comandante o te llevarás una docena de lo mejor del capitán de cadetes!
¡Y apuesto a que gritas como un loco, pequeño cagoncete!
Jamie se puso rojo como un tomate. En un susurro ronco, le dijo a Emily:
—Está borracho, Emmy. Él…
Robert lo miró con ira.
—Entra tú, hermanito. Cuéntale al viejo que aspiras al premio del trimestre o a la daga de honor o lo que sea que le den al cadete que nunca rebate. Estaré contigo en cuanto me haya tomado otra copa de brandy.
Mientras vertía más licor en la copa, la mano le temblaba.
Emily sintió angustia al verlo. Su padre desaprobaba con todo su coraje los excesos en el alcohol, pero, como si Robert estuviera decidido a desafiar su autoridad, cada vez que iba a casa se entregaba al vicio sin el menor disimulo.
De hecho, había llegado borracho en más de una ocasión, como parecía ser el caso esa mañana.
Ella le quitó el brandy, que apenas había probado, dejó el vaso sobre la mesa y lo cogió del brazo.
Deseaba haber tenido tiempo para servir el café que su padre había rechazado.
—Vamos —insistió, persuasiva—, no debemos hacer esperar a papá. Jamie tiene razón, solo lo enfadarás. Intenta controlarte, Rob.
—No estoy borracho —asintió Robert—, solo necesito un poco de valor, eso es todo.
Le dedicó a su hermana una sonrisa forzada y se dejó guiar a lo largo del vestíbulo con suelo de piedra.
Era una lástima, pensó Emily con tristeza, que su hermano siguiera desafiando a su padre.
Lo hacía desde que ella tenía uso de razón; incluso cuando era un niño, y durante toda la vida de su madre.
Al recordar que Robert había sido el favorito de mamá, Emily se preguntaba si eso habría agriado la relación con su padre.
Sin duda, mamá lo había mimado todo lo posible.
Había insistido en contratar un tutor para él, en lugar de enviarlo al colegio.
Tras una amarga disputa familiar, eso había provocado que Robert fuera enviado a la mar a la tierna edad de once años.
«Eso lo hará hombre —había dicho su padre—, en lugar de un niño mimado».
A pesar de las lágrimas y las súplicas de la pobre mamá, el almirante se había negado a cambiar de opinión.
Robert pasó sus tres primeros años como supuesto voluntario en el Mediterráneo, a bordo del Monarch , un barco de setenta y cuatro cañones, bajo el mando de su propio padre.
Emily recordaba que su hermano nunca le había hablado de aquellos años que tanto lo habían cambiado.
Había madurado al servicio del rey en combates contra los franceses y los estadounidenses, incluso en otros barcos y bajo el mando de otros comandantes.
La culminación había sido la gran batalla naval de Argel, donde el comandante en jefe, lord Exmouth, lo elogió por su valentía.
Su padre se sintió orgulloso entonces, pero…
Emily contuvo el aliento con brusquedad.
Todo eso había cambiado con aquel consejo de guerra y el hecho de que Sus Señorías del Almirantazgo se hubieran negado a confirmar su nombramiento dos veces en los años siguientes.
Ya tenía veinte antes de obtener el rango de teniente, y luego…