CAPÍTULO VEINTINUEVE
Dos madres
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Gaz dedicó su primer minuto a la Sra. Penhaligon.
No a propósito. No al principio. El martes por la mañana, a las diez, ella volvió de las tiendas de Parkway con dos bolsas, como hace todos los martes, y se detuvo al pie de la escalinata de la entrada para coger aire, como hace todos los martes.
Y Gaz estaba sentado en el escalón de arriba.
Con su gorro. Hacia delante. Mirando la calle.
Como hace ahora todas las mañanas, desde el domingo.
Y ella levantó la vista.
Y lo vio.
Se quedó al pie de la escalinata con sus dos bolsas y su bastón y miró a un joven con una camiseta de fútbol sentado en el escalón de su puerta.
Gaz no se dio cuenta. Estaba mirando una paloma.
—Sr. Doyle —dijo la Sra. Penhaligon.
Gaz dio tal respingo que se hundió hasta la mitad en el escalón.
—Buenos días —dijo la Sra. Penhaligon.
Con mucha calma. Con mucha corrección. Con su voz de la BBC. Como si le diera los buenos días al cartero.
—Soy perfectamente capaz de llevarlas yo sola.
Gaz la miró. Miró las bolsas. Su cara hizo eso. La lámpara.
No podía llevarlas. No puede tocar nada. Él lo sabía. Ella lo sabía.
Bajó los escalones de todos modos. Los cuatro. Y se puso a su lado. Y subió los escalones junto a ella, uno a uno, despacio, a su ritmo, con las manos un poco extendidas, cerca de las bolsas, sin tocarlas. Como se camina al lado de alguien que lleva algo pesado, por si se le cae.
Arriba, en la puerta azul, ella se detuvo. Lo miró.
—Gracias, Sr. Doyle —dijo.
Y ya no estaba. No es que no estuviera. No para mí. Pero para ella sí. Se le había acabado el minuto.
La Sra. Penhaligon se quedó mucho rato en lo alto de la escalinata, con sus bolsas.
Luego entró y cerró su puerta roja, y esa tarde había una nota bajo la mía, en una de sus tarjetas color crema con la fina línea dorada. Sr. Kowalski. Le ruego informe al Sr. Doyle de que los martes y los viernes son mis días de compra. A las diez. M. P.
Así que ahora eso es lo que hace con su minuto. Martes y viernes. A las diez. Espera en el escalón de arriba.
Los otros cinco días lo guarda.
—Para emergencias —dice—. Y para Danny. Cuando venga. El primer jueves.
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El jueves, a las seis de la tarde, dos madres se conocieron.
Fue idea de Inácio. Y de Beth. Por separado. El mismo día. Lo cual, según Beth, demostraba que «el universo quiere esto, Dav, no te resistas».
La idea de Inácio era sencilla.
—Mi madre vuelve a casa el domingo. Quiere conocer a tu madre. Antes de irse. Dice que no está bien. Dice que tiene un genro y no sabe qué cara tiene la madre de él.
Me miró.
—Dice: «¿Y si la madre es terrible? Necesito saberlo antes de Navidad».
La idea de Beth era la misma, desde el otro lado.
Por WhatsApp. Mamá quiere conocer a la madre de él.
No lo dice. Pero lleva una semana haciéndome preguntas.
«¿Qué hora es en Brasil? ¿Es de mala educación llamar a una señora brasileña un jueves?
» Se está comprando una blusa nueva, Dav. Para una VIDEOLLAMADA.
Así que el jueves, a las seis de la tarde en Londres, mediodía en Columbus, mi portátil estaba sobre la mesa de la cocina.
No el viejo con el perrito caliente de dibujos.
El de verdad. Con cámara. Apoyado contra el azucarero.
Como apoya Marcos su teléfono. Como apoyó el suyo Dona Graça para llamar a una pared con bigote.
En mi lado de la mesa: yo, Inácio y Dona Graça. Con su abrigo rojo, que no se quiso quitar, porque «es reunión importante». Con un plato de pan de queso delante, «por si la madre tiene hambre», lo cual no tenía ningún sentido en una videollamada, y que nadie mencionó.
Repartidos por la cocina: cinco fantasmas. Reggie en el vano de la puerta. Jimmy encima de la nevera. Gaz en la encimera, junto al microondas. Ricky al lado de los fogones, haciendo café, porque Dona Graça se lo había pedido, en voz alta, a los fogones. Y Mike.
Mike estaba en el salón. En el asiento de la ventana. Al otro lado de la puerta de la cocina. Con su libro.
Cómo no.
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A las seis en punto pulsé el botón verde.
Y ahí estaba mi madre.
En la mesa de nuestra cocina de Clintonville.
Con una blusa nueva. Azul claro, con florecitas blancas.
Con el pelo arreglado, un jueves, lo cual nunca pasa.
Con los platos buenos puestos en la mesa, detrás de ella.
Un jueves. A la hora de comer. Sobre la mesa.
Para una videollamada. En la que nadie podía comer nada.
Y Beth, a su lado, apretujada en la esquina de la imagen, saludando con la mano a toda velocidad.
—Hola, cariño —dijo mi madre—. ¿Me ves? Beth dice que me ves. ¿Me oyes? ¿Funciona?
—Te vemos, mamá.
—Ah, bien. Ah, bien.
Juntó las manos. Luego vio a Dona Graça. Y a Inácio. Y su cara hizo algo. Algo mínimo. La cara que pone en misa cuando el cura dice algo con lo que está de acuerdo.
—Ah —dijo—. Ah, hola. Hola. Buenas.
Dona Graça se inclinó hacia el portátil. Muy cerca. Demasiado cerca. Como hacen los mayores. Tanto que su cara entera llenó nuestro lado de la pantalla. Con su cinta blanca en el pelo y su cruz de oro y las gafas de leer puestas.
—Boa noite —dijo ella—. Buenas noches. ¿Es la comida para ustedes? Buen provecho. —Miró la pantalla—. Usted es Linda. La madre de Dav.
—Sí —dijo mi madre—. Sí, soy yo. Hola. Y usted debe ser… Lo siento. No sé cómo se dice.
—Graça —dijo Dona Graça.
—Grassa —dijo mi madre.
—Está bien —dijo Dona Graça con generosidad—. Está muy bien. Su marido dice mejor el nombre de mi hijo. Pero usted dice el mío muy bien.
Mi madre miró a Beth. Beth miró al techo.
—Frank ha estado practicando —dijo mi madre—. En el garaje. Todas las noches. «I-ná-si-o». Lo oigo desde el otro lado de la pared.
Dona Graça se echó a reír. La risa grande. Con la cabeza hacia atrás. Mi madre, por un segundo, no supo qué hacer. Y entonces se rio también. Una risa pequeña. Sorprendida. Como una mujer que llevaba tiempo sin reírse en la mesa de la cocina y no sabía que estaba permitido.
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Hablaron durante cuarenta minutos.
Digo hablaron. Inácio traducía. Yo traducía. Beth traducía, a veces, del Ohio de mi madre a algo que se parecía más al inglés. Sobre todo hablaron con la cara, y con las manos, y con la comida.
Dona Graça levantó un pan de queso ante la cámara.
—La receta de mi madre. Para el genro. Hago cincuenta al día. Está demasiado flaco. ¿En Estados Unidos no le dan de comer?
—Yo le daba de comer —dijo mi madre, un poco ofendida—. Le di de comer todos los días durante dieciocho años. Era muy quisquilloso con la comida. Solo comía tortitas y mantequilla de cacahuete.
—Mantequilla de cacahuete —dijo Dona Graça, con la voz que usaba para las judías sobre una tostada.
Mi madre levantó un plato ante la cámara. Uno de los platos buenos. Blanco, con una fina línea azul y florecitas azules.
—Eran de mi suegra —dijo—. De Polonia. Bueno. De Cleveland. Pero ella era de Polonia. —Lo acercó más—. Los usamos para los días importantes.
Dona Graça miró el plato.
—Es un día muy importante —dijo—. Jueves.
—Es un día muy importante —dijo mi madre.
Y las dos asintieron, la una a la otra, a través de una pantalla, a través de un océano, a través de dos cocinas, como dos mujeres que acababan de ponerse de acuerdo en algo sin decir en qué.
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Después, la Navidad.
Las dos lo habían estado planeando. Por separado. Durante semanas. Inácio tenía una lista de su madre. Yo tenía una lista de la mía. Las listas no coincidían.
—Nos encantaría tener a Inácio en Navidad —dijo mi madre—.
Nochebuena. El día de Navidad. Preparamos una cena grande.
Pierogi. Jamón. La cazuela esa de la cebolla crujiente.
Viene Stan, el primo de Frank. Y Beth y Matt y los niños.
Y la tía Dorothy de Toledo, si todavía nos habla.
—Miró a Dona Graça—. Pondré dos cubiertos.
Ya le he comprado un calcetín de Navidad.
—¿Un calcetín de Navidad? —dijo Inácio.
—Un calcetín —dije—. Uno grande. Se cuelga. Y le meten regalos dentro.
Inácio me miró.
—Un calcetín —dijo despacio—. ¿En el pomo de la puerta?
—No. En la chimenea. Es distinto.
—En mi casa —dijo Dona Graça—, la Navidad es el veinticuatro. A medianoche. Vamos a la iglesia. Después comemos. Todos. Toda la familia. Tia Neide. Los primos. Los vecinos. Cincuenta personas. Hasta la mañana. —Juntó las manos—. Quiero a mi hijo en casa. Y a mi genro.
Mi madre miró a Dona Graça. Dona Graça miró a mi madre.
Por un momento pensé que iba a haber una guerra.
Entonces Beth dijo, desde la esquina de la pantalla, muy rápido:
—¿Y el Año Nuevo?
Todos la miraron.
—La Navidad aquí —dijo Beth—. En Columbus. Del veintidós al veintisiete. Y después el Año Nuevo allí. En Brasil. Del veintinueve al cinco. Una para cada una. —Se encogió de hombros—. Es lo que hacemos Matt y yo con sus padres. La Navidad en un sitio. El Año Nuevo en el otro. Nadie se muere.
Silencio.
Dona Graça miró a Beth. Y entonces sonrió. Entera. La ventana.
—Esta es muy lista —dijo, señalando la pantalla. A Beth—. Como mi Luana. Las hermanas siempre son listas.
—Gracias —dijo Beth.
—Año Nuevo en Bahia —dijo Dona Graça, asintiendo—. Es mejor de todas formas. En Año Nuevo, en Bahia, todo el mundo se viste de blanco y va al mar y salta siete olas. Para la suerte. —Me miró—. Tú vas a saltar siete olas, genro.
—No sé nadar muy bien.
—No es nadar —dijo Dona Graça—. Es saltar. Hasta los americanos pueden saltar.
—¿Y Antônio? —dijo Inácio. Muy bajito. En inglés. Para que mi madre lo oyera—. Mãe. Papai. En Año Nuevo.
Dona Graça no contestó durante un momento.
—Estoy pintando —dijo—. Todos los días. Un poco.
Una foto. Hoy le mando el pan de queso. Mañana le mando esto.
—Señaló el portátil. A mi madre. A los platos buenos—.
Dos madres. En una mesa. Con los platos buenos.
—Miró a su hijo—. Para Año Nuevo, la pared es amarilla, filho.
O casi amarilla. O un poco amarilla. Ya es suficiente.
En la pantalla, mi madre miró a Beth. Beth se inclinó y le susurró algo al oído. La cara de mi madre cambió.