CAPÍTULO VEINTIDÓS
La noche anterior
❦
—¡COMO UNA NEVERA! —gritó Gaz.
Llevaba cuatro minutos en casa. Les había contado lo de los planetas. Lo de Saturno. Lo de Danny con confeti dorado en el pelo peinado, riéndose en su mesa.
Y Gaz estaba de pie sobre la mesa de centro. Encima. Con el gorro en la mano, agitándolo por encima de la cabeza.
—¡ESO LO DIJE YO! —gritó—. ¡Lo dije yo! ¡1996!
¡En el autobús 43! ¡Camino del trabajo! Él iba leyendo un libro de preguntas, yo le iba preguntando y le dije: «Dan, con el fútbol serías la bomba, y luego te preguntarían algo del espacio y te quedarías congelado como una nevera». ESO LO DIJE YO. «Como una nevera».
Saltó de la mesa de centro. Bueno, a través de la mesa de centro, hasta la mitad, y volvió a salir.
—¡Y se acordaba! ¡Veintinueve años! ¡Se acordaba de que lo había dicho yo!
—Se lo contó a todo el estudio —dije—. Delante de las cámaras. Dijo que tenías razón.
Gaz dejó de dar saltos.
Se quedó de pie en medio del salón con el gorro en la mano.
—Dijo que tenía razón —dijo—. En la tele.
—Dijo: «Él diría que soy un pringado. Y lo soy».
Gaz se tapó la cara con el gorro.
—Lo pondrán —dijo Jimmy, desde la estantería. Muy bajito—. Cariño. Lo pondrán en la tele. Dentro de unas semanas. Todo el país lo oirá decir tu nombre. Y que tenías razón.
Se puso la mano en el corazón.
—Eso es mejor que el signo de interrogación de cristal.
—Eso también lo dijo —dije—. «Eso es mejor que un signo de interrogación de cristal, Roger. Con todo el respeto».
Gaz se apartó el gorro de la cara. La tenía mojada. Se estaba riendo.
—Con todo el respeto —dijo—. Siempre dice «con todo el respeto» cuando se pone borde. Una vez se lo dijo al árbitro. En 1991. «Con todo el respeto, árbitro, estás ciego». Lo expulsaron.
· ❦ ·
Luego se calló. De golpe. Como hace siempre.
Se sentó en el suelo delante del radiador. Le dio vueltas al gorro entre las manos.
—Mañana —dijo.
—A las dos.
—A las dos. —Gaz miró el radiador—. A esa hora iba a empezar la fiesta.
—Eso mismo dijo él.
—Pues claro. —Gaz le dio otra vuelta al gorro—. Dav. Tío. ¿Te puedo preguntar una cosa?
—Claro.
—Cuando venga —dijo Gaz—. En el piso. Cuando esté ahí.
—Se detuvo—. Sé que le dirás todo lo que yo diga.
Como una radio. Como hiciste por teléfono.
Se te da genial. Eres la mejor radio que he tenido nunca.
—Tragó saliva—. Pero quiero decírselo yo.
Esa cosa. La única cosa. No quiero que pase por ti. Sin ofender, tío.
—No me ofendo.
—Quiero que él... —Gaz se detuvo—. Quiero que venga de mí. Mis palabras. No las tuyas. Y no con acento americano. —Casi se rio—. Con todo el respeto.
Nadie dijo nada. Reggie, en el sofá, se miró las manos. Jimmy, en la estantería, miró a Gaz. Ricky, junto a su pared, descruzó los brazos.
—Escríbelo —dijo Ricky.
Todos se volvieron.
—Escríbelo —repitió Ricky—. Escribes en el espejo todos los días. Llevas veintinueve años escribiendo en ese espejo. Las Spice Girls. La Pizarra. El nombre de Danny. Todos en esta casa hemos leído tu letra. Escríbeselo a él.
—No va a subir al baño de Dav, tío —dijo Gaz—. Si no puede ni subir cuatro escalones.
—El Piso 2 tiene baño —dijo Jimmy. Muy despacio. Se incorporó.
—Cariño. El Piso 2 tiene baño. Con espejo. Encima del lavabo. Yo me pintaba la raya de los ojos ahí en 1973.
Miró a Gaz.
—Y el mirador. En la habitación de delante. Cuando fuera hace frío y dentro calor, el cristal se empaña. Entero. Como una página.
Gaz miró a Jimmy.
—La ventana —dijo Gaz.
—La ventana —dijo Jimmy.
Gaz se quedó mirando el suelo. Mucho rato. La moqueta. Algo que nadie más podía ver.
—No me vería escribirlo —dijo Gaz—. Solo vería las letras. Apareciendo. En el cristal. Solas. —Levantó la vista—. Pensaría que habías sido tú. Un truco. Pensaría que lo habías hecho con el dedo cuando él no miraba.
—No si estoy justo a su lado —dije—. Con las manos en los bolsillos. Donde él pueda verlas.
Ricky me miró. Casi sonrió.
—Donde él pueda verlas —dijo—. Así lo hice yo con Carol.
—Lo sé —dije—. De ahí lo he sacado.
· ❦ ·
Así que ese era el plan.
No era gran plan. Jimmy quería más. Jimmy quería música y luces y «un momento, cariño, un momento de verdad, con su crescendo y todo». Reggie quería un horario.
—¿A qué hora llega el Sr. Price? ¿Dónde se coloca? ¿A qué hora empieza a escribir el Sr. Doyle? ¿Qué escribe? ¿Cuántas palabras?
—Déjalo que lo haga a su manera, Reggie —dijo Ricky—. Gaz no ha seguido un horario en su vida. No va a empezar ahora que está muerto.
—Una vez seguí un horario —dijo Gaz—. En 1989. Una semana. En el colegio. Para librarme del castigo.
—¿Y?
—Me castigaron por seguirlo mal —dijo Gaz.
Pero había una cosa en la que todos estaban de acuerdo. Incluso Reggie.
Las luces.
—Las traen los chicos —dije—. Danny me lo contó en el pub.
Lucecitas. De las mismas. De un mercado de Mánchester.
Mo encontró a un hombre que todavía las vende.
Quiere colgarlas. En el Piso 2. Alrededor de la ventana.
Como en 1997. —Miré a Gaz—. Dice que quiere terminarlo.
Lo que tú empezaste. Quiere ver cómo tenía que haber quedado.
Gaz no dijo nada.
—Ray puso el enchufe —dijo al fin—. El miércoles. Uno nuevo. Blanco. Con la lucecita roja. Como es debido. —Miró al suelo—. Ahora es seguro. Ray lo dejó seguro.
—Es seguro.
—Pueden enchufarlas —dijo Gaz—. En el enchufe nuevo. Como se tiene que hacer. Con su clavija. —Casi se rio—. Como la gente normal.
—Como la gente normal.
—No empalmarlas directamente a la corriente como un chapucero.
—No.
Gaz asintió. Despacio. Se puso el gorro. Hacia delante.
—Bien —dijo—. Eso está bien. Así es como tendría que haber sido. —Me miró—. Yo me encargo del resto. Las luces. Cuando estén puestas. Yo las haré funcionar. —Tragó saliva—. Como es debido. Esta vez.
· ❦ ·
A las once, todos se desvanecieron. O fingieron hacerlo.
Reggie fue a la esquina a leer el cielo. Volvió, se quedó en el umbral de mi dormitorio, sobre la línea de la alfombra, y dijo:
—Mañana, David. Seco. Frío. Cielos despejados por la tarde. Visibilidad excelente.
Y luego, tras un instante:
—Nunca había hecho un pronóstico para un reencuentro. Y resulta que estoy bastante nervioso.
Jimmy se fue a la bañera, donde le gusta sentarse, y cantó para sí. Muy bajito. Algo de 1973.
Ricky bajó al Piso 1, a sentarse en la cocina amarilla con Wellington, que ahora vuelve a dormir sobre su tabla.
Mike se quedó en la ventana.
Y Gaz bajó al Piso 2. Solo. Lo oí bajar. A través del suelo. No por la puerta. Abajo, a ese piso frío, vacío y polvoriento, con el enchufe nuevo y blanco y su lucecita roja. Donde antes estaba el sofá. Donde antes estaba el Cantona. Donde antes había una silla, junto al mirador.
Me quedé tumbado en la cama y no dormí.
· ❦ ·
A las doce menos diez me vibró el teléfono.
No puedo dormir. — D.
Luego, un minuto después:
Estoy fuera.
Me incorporé.
¿Fuera dónde?
Los puntitos. Durante mucho rato.
Tu calle. Kestrel Row. En la otra acera. He venido andando desde el hotel. He tardado 25 min. No era mi intención. Simplemente me puse a andar.
Luego:
No salgas si estás dormido. Solo estoy mirando.
Me levanté de la cama. Me puse los vaqueros y el abrigo sobre la camiseta y los zapatos sin calcetines.
Bajé los cuarenta y un escalones sin hacer ruido, pasé por delante del Piso 2, por delante de la puerta cerrada del Piso 2, por delante de la puerta roja de la Sra.
Penhaligon, y abrí la puerta azul de la calle.
La calle estaba fría y quieta. Muy fría.
Ese frío limpio que a Reggie le encanta, en el que el aliento te sube por delante en una nube blanca y cada farola tiene un halo alrededor.
Pressed estaba a oscuras, con las sillas encima de las mesas.
El cartel de PROHIBIDO CIRCULAR EN BICICLETA en la esquina.
La puerta naranja del Sr. Abernathy al otro lado de la calle.
Y debajo de ella, en la acera, delante del número 11, un hombre grande con un forro polar azul marino. Con las manos en los bolsillos. Mirando hacia arriba.
No a mí. No al último piso. No al mirador del Piso 1, con sus visillos.
A la ventana del medio. La de la segunda planta. El mirador del Piso 2.
Oscura. Vacía. Sin cortinas.
· ❦ ·
Crucé la calle. Me puse a su lado. No demasiado cerca. Mirando en la misma dirección.
No me miró. Siguió mirando hacia arriba.
—Ahí está —dijo Danny—. Esa es la ventana.
—Ahí está.
—La silla estaba ahí —dijo Danny—. Justo en el medio.
Justo en la ventana. Se veía desde aquí.
Desde este sitio. Volví de la licorería con las latas y miré hacia arriba desde este mismísimo sitio, porque siempre miraba hacia arriba, porque él siempre tenía la luz encendida, y lo vi en la silla.
En la ventana. Con las luces todas alrededor.
Sin encender todavía. Solo colgando ahí.
Todas alrededor de él. Como un… —se detuvo—. Como un marco de fotos.
Soltó el aire. Blanco.
—Y me saludó con la mano —dijo Danny—. Desde la silla.
Con el cable en una mano. Me vio en la calle y me saludó.
Como un idiota. Con un cable con corriente en la mano.
—Casi se rio—. Y yo le grité: «Gaz, bájate de la silla», desde aquí, desde la acera, y no me oía, la ventana estaba cerrada, y él solo sonreía y saludaba con la mano, y yo entré. Y subí las escaleras.
Nos quedamos allí de pie.
—Veintinueve años —dijo Danny—. Nunca me había parado aquí.
Nunca he vuelto. Ni una sola vez. He venido a Londres por trabajo.
Once veces. Por encargos. En 2014 vine a un congreso en Islington.
A veinte minutos de aquí. Y nunca vine. Me subí a un taxi y le dije: «No pase por Camden». El taxista pensó que estaba loco.
—Lo entiendo.
—Sé que lo entiendes —dijo Danny—. Lisa dice que sí. Dice que tienes una familia que no habla.
Me miró por primera vez.
—La mía habla. La mía habla todo el rato. Mi madre, mis hermanas, no se callan nunca. Pero de esto no. De esto no habla nadie. Ni Lisa. No de verdad. Ella lo sabe. Simplemente no lo dice.
Volvió a mirar la ventana.
—Mo es el único que llama alguna vez. El día de su cumpleaños. Y de eso tampoco hablamos.
La ventana estaba a oscuras. Vacía. Sin cortinas.
—¿Está ahí dentro? —dijo Danny en voz baja—. ¿Ahora?
—Creo que sí. Bajó a las once.
—¿Y qué hace?
—No lo sé —dije—. Esperar, creo.
Danny asintió despacio.
Se sacó las manos de los bolsillos. Las levantó un poco, delante de él, al frío. Manos grandes. Manos de fontanero. Con una cicatriz que le cruzaba un pulgar y una alianza.
—Antes podía poner la mano en la pared del Piso 2 —dijo—, desde la cama. Y dar dos golpes. Y él los devolvía desde su habitación. Dos golpes. Todas las noches. Durante nueve meses. No sé por qué lo hacíamos. Lo hacíamos, y punto. Buenas noches, supongo. Sin tener que decirlo.
Miró la ventana a oscuras.
—Gaz —dijo Danny Price. En voz alta. No a gritos. Solo en voz alta. A la ventana. En medio de Kestrel Row, a medianoche, con el frío—. Gaz. Soy yo. Estoy aquí fuera. Mañana vengo. A las dos.
Tragó saliva.
—Siento llegar tarde.
La ventana siguió a oscuras.
Danny la miró un largo rato. Luego volvió a meterse las manos en los bolsillos.
—Qué tontería —dijo—. Es una tontería. Hablarle a una ventana.
Se giró para marcharse.
—Perdona, Dav. Me voy. Nos vemos a las dos. No me dejes.
Y la luz se encendió.
· ❦ ·
En el mirador del Piso 2. En la segunda planta. En el piso vacío, sin cortinas, sin muebles y sin bombillas, porque Ray había cambiado el cableado del techo el viernes y había dejado las bombillas para el casero, «que eso no es mi trabajo, Sr. Kowalski, soy electricista, no una tienda».
Una luz.
No una bombilla. No había bombilla. Lo sabía. Yo había estado dentro. No había nada que pudiera dar luz. Solo los casquillos vacíos del techo y el enchufe nuevo y blanco junto a la ventana, con su lucecita roja.
Pero la ventana estaba llena de luz. Suave. Amarilla. Cálida. Como una lámpara. Como si alguien hubiera llegado tarde a casa y hubiera encendido la luz del salón para que quien estuviera en la calle supiera que ya estaba en casa.
Danny se detuvo.
Se dio la vuelta.
Levantó la vista hacia la ventana.
Su cara, bajo la luz amarilla de la segunda planta, hizo algo que no voy a describir. Porque hay cosas que no se describen. Hay cosas junto a las que uno solo se queda, de pie, al lado.
No dijo nada. No se movió. Se quedó en la acera, delante de la puerta naranja del Sr. Abernathy, mirando una luz en una ventana vacía donde no había nada capaz de dar luz.
Luego, muy despacio, se sacó una mano del bolsillo.
Cerró el puño.
Y golpeó. Dos veces. En el aire. Delante de él. Como un hombre que golpea una pared desde la cama.
Toc. Toc.
La luz de la ventana se apagó.
Luego se encendió.
Luego se apagó.
Luego se encendió.
Dos veces.
· ❦ ·
Después de eso, Danny no dijo nada.
Se quedó allí. Luego se dio la vuelta, me saludó con la cabeza, una vez, y se alejó por Kestrel Row. Hacia la esquina. Hacia Camden. Hacia el hotel junto a Euston, a veinticinco minutos de allí, donde tres hombres de Mánchester dormían y otro seguramente seguía leyendo.
No miró atrás.
No le hacía falta.
Me quedé en la acera hasta que desapareció. Luego crucé la calle, entré por la puerta azul y subí las escaleras. Pasé el Piso 1. Pasé el Piso 2. La puerta del Piso 2 estaba cerrada. Por debajo no se veía luz.
Arriba, abrí mi puerta.
Gaz estaba en mi salón. Sentado en el suelo, delante del radiador. Con el gorro en las manos.
Estaba muy transparente. Casi desaparecido. Veía el radiador a través de su camiseta de fútbol y el papel pintado a través de la cara. Como si hubiera gastado todo lo que tenía. Hasta la última gota.
Levantó la vista hacia mí.
—¿Lo ha visto? —preguntó. Tenía la voz muy débil. Como una radio en otra casa.
—Lo ha visto.
—¿Ha llamado?
—Ha llamado.
Gaz cerró los ojos.
—¿Dos veces? —dijo.
—Dos veces.
Gaz no dijo nada más. Se puso el gorro. Hacia delante. Se tumbó en la alfombra, delante del radiador, boca arriba, con los brazos en cruz. Y se fue desvaneciendo. Casi del todo. Hasta que allí no quedó más que una forma levísima en la alfombra, como una sombra a mediodía, y un gorro.
Sonreía.