CAPÍTULO DIECIOCHO
Un muro con bigote
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El domingo nadie habló del padre.
El domingo todo el mundo estaba contento. Carol llegó a las dos y llamó con el zorro, y Ricky abrió la puerta roja, y la Sra. Penhaligon le contó todo lo del sábado antes de que le diera tiempo a quitarse el abrigo.
—Regadera —dijo la Sra. Penhaligon—. Levanté mi regadera, Carol. Como un brindis. Nunca había hecho nada parecido.
—Margaret, te estás volviendo brasileña —dijo Carol.
—He decidido que es más sano —dijo la Sra. Penhaligon.
Dona Graça llegó a las cuatro, con una tarta, y conoció a Carol en la cocina amarilla. Dos mujeres de cierta edad que, las dos, ante cierta mesa, le habían dicho a un hermano lo que no debían. No oí lo que se dijeron. La Sra. Penhaligon me hizo subir.
—Hay conversaciones que son para la cocina, Sr. Kowalski. No para americanos.
Pero cuando bajé una hora más tarde a pedir prestada una taza, estaban sentadas a la mesa, cogidas de la mano. Carol lloraba. Dona Graça no. Dona Graça decía:
—Para la cocina nunca es tarde, Carol. Solo para la mesa.
Inácio durmió en mi piso el domingo por la noche. No como amigo. Su madre lo sabía. Con su bendición, de hecho. Lo había dicho en la puerta de Pressed el domingo por la mañana, en voz muy alta, delante de Bev y de Femi y de un hombre que leía el periódico:
—Esta noche duermes en casa de tu genro. Quiero la hamaca para mí sola.
El hombre del periódico levantó la vista. Bev dijo:
—Graça, que hay clientes.
—Entonces aprenden algo —dijo Dona Graça.
Así que el domingo todo el mundo estaba contento.
El lunes llamó a su marido.
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Me pidió que estuviera allí. Esa fue la parte extraña.
—Tú vienes —dijo el lunes por la mañana, en Pressed, en la mesa junto a la ventana—. Esta noche. A las ocho. La cocina de mi hijo. Llamo a Antônio.
—¿Está segura? Quizá debería ser solo usted e Inácio.
—No —dijo Dona Graça—. Tú vienes.
Me puso la mano en el brazo.
—Es un muro. Cuando hablas con un muro, necesitas gente al lado. O empiezas a pensar que el muro tiene razón.
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A las ocho estábamos en la mesa de la cocina de la antigua fábrica de pianos.
Dona Graça en la cabecera, con el teléfono apoyado en el azucarero, igual que Marcos había apoyado el suyo el viernes.
Inácio a un lado de ella. Yo al otro. Sofia y Rhys se habían ido al pub, muy ostensiblemente.
Agnieszka había subido con una tarta y la habían mandado abajo otra vez con mucha delicadeza.
En Bahia eran las cuatro de la tarde. Dona Graça dijo que Seu Antônio ya habría vuelto del trabajo. Trabaja para el ayuntamiento. Algo de tuberías de agua.
—Él revisa las tuberías —me dijo Inácio una vez—. Cuarenta años. Es muy bueno. Conoce todas las tuberías del barrio. No sabe nada más.
Llamó. Por vídeo.
Sonó.
Luego una cara. La cara de un hombre. Muy cerca de la cámara, como sujetan el teléfono los mayores.
Sesenta y cinco años o así. Corpulento. Pelo gris muy corto.
Cejas gruesas y oscuras. Y un bigote. Uno grande, gris y negro, muy cuidado, como un cepillo.
Detrás de él, una pared. Blanca. Con un calendario de una ferretería.
Un muro con bigote. Así lo llamó Inácio, en julio, junto al canal. Yo había creído que era una broma.
En realidad no era una broma.
—Oi, Antônio —dijo Dona Graça.
—Oi —dijo Seu Antônio.
Una palabra. Seca. Miró la pantalla. A su mujer. A su hijo, al lado de ella. Y luego a mí, a su otro lado. Los ojos se le detuvieron en mí. No se movieron.
Dijo algo en portugués. Corto.
—Dice que quién es ese —dijo Inácio. Muy bajito.
Dona Graça no me miró. Miró a su marido. Y empezó a hablar.
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Habló mucho tiempo. Diez minutos. Puede que más. En portugués, con calma, sin pausa, igual que cortaba las cebollas. No levantó la voz. No lloró. Tenía las manos cruzadas sobre la mesa, delante de ella, junto al teléfono.
No entendí casi nada. Entendí Inácio. Entendí filho. Entendí Dav, dos veces, y americano, y genro, una vez, cerca del final, muy claro, con toda intención, como una mujer que deja una piedra encima de una mesa.
Y entendí Zé.
Cuando dijo Zé, la cara de Seu Antônio cambió. Solo un poco. Las cejas bajaron. El bigote se movió.
Inácio se quedó muy quieto. No tradujo. No me miró. Miraba a su padre en aquella pantallita apoyada en el azucarero, y su cara era la cara del chico que debió de ser a los diecisiete. Esperando. En una mesa. Mirando un plato.
Debajo de la mesa, le puse la mano en la rodilla.
No la apartó.
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Cuando terminó, se hizo el silencio.
En la pantalla, Seu Antônio no dijo nada. Miró a su mujer. Después a su hijo. Después a mí. Durante mucho rato. Su cara no hizo nada. Como no hace nada una pared.
Después dijo algo.
Nueve palabras. Las conté. Como Reggie.
Y entonces la pantalla se quedó en negro.
No había colgado. Dona Graça me lo contó más tarde.
Simplemente había dejado el teléfono boca abajo, sobre la mesa, en Bahia.
Y se había marchado. Y lo había dejado allí.
Oíamos la casa. Una televisión en algún sitio.
Un perro. Una puerta que se cerraba. Mucho rato.
Después la voz de una mujer, a lo lejos, llamando: ¿Antônio?
Tia Neide, dijo Dona Graça. Que había venido para estar allí. Después nada.
Dona Graça cortó la llamada.
Dejó el teléfono sobre la mesa. Boca abajo. Como había hecho él.
No dijo nada.
—¿Qué ha dicho? —pregunté en voz baja.
Nadie respondió.
Después Inácio habló, a la mesa, en inglés, sin entonación, como un hombre que lee un cartel:
—«No viene a casa por Navidad. Díselo».
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Quiero deciros que todo quedó bien. Que Dona Graça se rió y dijo: Ya se le pasará. Que Inácio se encogió de hombros y dijo: Me lo esperaba. Que todos comimos tarta.
No fue eso lo que pasó.
Inácio se levantó de la mesa. Muy despacio. Fue hasta la ventana. Se quedó de espaldas a nosotros, mirando el canal a oscuras, con las manos en el bolsillo de la sudadera. No dijo nada. No se le movieron los hombros.
Dona Graça se quedó sentada a la mesa, con las manos entrelazadas. Mirando el teléfono, boca abajo, junto al azucarero. Mucho rato.
Después se levantó. Fue hasta la hamaca. La que Rhys había colgado del techo del salón. Se sentó en ella. No se tumbó. Se sentó, con los pies en el suelo, y se balanceó un poco. Adelante y atrás. Y miró la pared.
Nadie dijo nada.
Yo me quedé sentado a la mesa.
Y quería arreglarlo. Más que nada en toda mi vida.
Quería ir hasta Inácio, a la ventana, y abrazarlo y decirle: Cambiará de opinión.
Solo está sorprendido. Dale tiempo. Mi padre era igual.
Quería ir hasta Dona Graça, a la hamaca, y decirle: Has hecho lo correcto.
Has sido muy valiente. Ya se le pasará. Quería llamar yo mismo a Seu Antônio.
Quería coger un avión a Bahia y plantarme delante de un hombre con bigote y decirle algo. No sabía qué. Algo.
No hice nada de eso.
No sabía si algo de aquello era verdad. No sabía si cambiaría de opinión. No sabía si se le pasaría. A algunos padres no se les pasa. A Dennis Vaughan nunca se le pasó. Murió en 1999, y nunca se le pasó.
Y no era mío. Esa era la cuestión. No me correspondía a mí arreglarlo. Era de ellos. Su padre. Su marido. Su pared. Lo único que yo podía hacer era quedarme a su lado.
Así que me levanté. Y fui a la cocina. E hice té.
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Lo hice como me había enseñado Inácio. Del color de una bolsa de papel. Tres tazas. A la de su madre le puse azúcar, tres cucharadas, como lo hace Ricky. A la de Inácio no le puse nada. Las saqué.
Dejé una taza en el alféizar. Al lado de Inácio. No dije nada. No lo toqué. Solo la dejé allí, y me quedé a su lado, en la ventana, mirando el canal. Mirando en la misma dirección.
Al cabo de mucho rato, la mano le salió del bolsillo de la sudadera. Y cogió la taza. No bebió. La sostuvo.
Después llevé la otra taza a la hamaca. Se la tendí. Dona Graça la miró. Después me miró a mí.
—¿Es mucho azúcar? —dijo. Tenía la voz pequeñita.
—Tres —dije—. Como lo hace Ricky.
La cogió. La sostuvo con las dos manos. Como el rosario.
Me senté en el suelo. Entre ellos. Entre la ventana y la hamaca. En medio de la habitación. Con mi propia taza.
Y nos quedamos así. Los tres. Sin hablar. Una hora. Puede que más. Con el canal ahí fuera, y las barcazas, y la televisión de Agnieszka apenas audible a través del suelo, y Gilberto, la planta del rincón, más alto que todos nosotros.
Nadie arregló nada.
Nadie se marchó.
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A las once, Dona Graça habló.
Desde la hamaca. Sin levantar la vista del té.
—En Bahia —dijo— tenemos un dicho.
Inácio se volvió desde la ventana.
—Água mole em pedra dura —dijo Dona Graça—, tanto bate até que fura.
Me miró.
—Agua blanda en piedra dura —dijo Inácio, despacio, traduciendo—. Golpea tantas veces que hace un agujero.
—Cuarenta años —dijo Dona Graça—. Cuarenta años casada con una piedra.
Una piedra con bigote. —Casi se echó a reír—.
Yo conozco esta piedra. Conozco cada parte.
Sé dónde es blanda. No es mucho blanda. Pero está ahí.
—Dejó el té en el suelo, al lado de la hamaca—.
Es un muro, sí. Mi marido. Un muro. Pero ¿sabes qué no se hace con un muro?
Nadie contestó.
—A un muro no se empuja —dijo Dona Graça Santos—. Si empujas, te haces daño en las manos. El muro no se mueve. Al muro no le importa. —Se levantó de la hamaca—. Lo pintas.
—¿Pintarlo? —dijo Inácio.
—Cada día —dijo su madre—. Un poquito. Un poco de color. Un poco más. Cada día. Hasta que un día el muro levanta la vista y dice: «¿Por qué estoy amarillo?». Y tú dices: «Siempre estás amarillo, Antônio. Desde hace mucho tiempo».
Cruzó la habitación. Hasta su hijo. Junto a la ventana. Le quitó la taza de té de las manos. La dejó en el alféizar. Le cogió la cara entre las manos.
—Vienes a casa por Navidad, filho —dijo—. A mi casa. Es mi casa también. Cuarenta años es mi casa. Pagué la mitad del tejado. —Me miró por encima de su hombro—. Y traes a tu genro.
Inácio no dijo nada. No podía.
—A tu padre —dijo Dona Graça— lo voy a pintar yo. —Le soltó la cara—. Tengo tiempo. Soy muy paciente. Te esperé catorce años. Puedo esperar a un muro.
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Volví a casa andando a medianoche. Por el canal. Con aquel frío.
Inácio me acompañó hasta el puente. No me soltó la mano en todo el camino. Ni una vez. Ni cuando pasamos junto a dos hombres que fumaban bajo una farola. Ni cuando pasó una mujer con un perro. Siguió agarrado a ella.
En el puente se detuvo.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por el té —dijo Inácio—. Por no decir que todo iría bien.
Todo el mundo dice que va a salir bien. Sofia me escribió once veces.
«Todo va a salir bien». Luana me escribió veinte veces.
«Lo mato. Lo pinto yo misma». Incluso Bev me escribió.
Nunca me había escrito. Me puso: «Ya cambiará de idea, cariño».
—Miró el agua negra—. Tú no dijiste nada. Solo te sentaste en el suelo.
—No sabía qué decir.
—Por eso estuvo bien —dijo Inácio—. Porque nadie lo sabe.
Ni ella. Ella dice que hay que pintar. Puede que la pintura no funcione.
Puede que sí. Nadie lo sabe. —Me apretó la mano—.
Tú solo te sentaste en medio del suelo. Entre nosotros.
Como si estuvieras sujetando la habitación para que no se derrumbara.
Me besó. En el puente. Sobre el agua.
—Navidad —dijo—. Bahia.
—Columbus —dije—. Mi madre ya te ha invitado. Está poniendo dos cubiertos.
Inácio me miró. Luego se echó a reír. Una risa pequeña. Cansada. Auténtica.
—Meu Deus —dijo—. Tenemos dos Navidades. Y un muro.
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En casa, Ricky estaba en la cocina. Había hecho té. Sabía que iba a venir. Siempre lo sabe.
—Me he enterado —dijo, antes de que yo pudiera decir nada—. Gaz estaba en el portátil. Inácio le escribió a Sofia. Sofia le escribió a Priya. Priya te escribió a ti. Tú no lo leíste. Gaz sí. —Me deslizó la taza por la barra—. Nueve palabras.
—Nueve palabras.
—Dennis dijo cuatro —dijo Ricky—. «No en mi casa». Nunca dijo ninguna más. Murió en 1999. Carol estaba allí. En el hospital de Brighton. Me lo contó el domingo. Nunca dijo mi nombre. Ni una vez. En quince años. —Miró la taza—. Algunos muros no se dejan pintar.
—Lo sé.
—Pero otros sí —dijo Ricky. Me miró—. El mío no se dejó.
Eso no quiere decir que el de ella tampoco.
Ella conoce ese muro. Lleva cuarenta años mirándolo.
Sabe dónde está blando. —Cruzó los brazos.
Luego los descruzó—. No le digas a Inácio que va a salir bien.
Hiciste bien en no decirlo. Tú sigue haciendo el té.
—¿Ya está? ¿Ese es el consejo?
—Ese es todo el consejo —dijo Ricky—. Es lo único que alguien hizo por mí que sirviera de algo.
Pauly. En 1987. No dijo que todo iba a salir bien.
Sabía que no. Solo hizo el té. —Cogió su propia taza, la que no podía beberse, y la sostuvo—.
No es poca cosa, Dav. Hacer el té. Es lo más importante del mundo. Pregúntale a Mike.
Desde la ventana, en la oscuridad, sin levantar la vista, Mike pasó una página.