CAPÍTULO DIEZ
Stockwell
❦
Inácio llamó el domingo a las siete de la mañana.
Estaba dormido. Llevaba unas tres horas durmiendo. Me había pasado media noche lavando ollas y la otra media desvelado en la cama, pensando en una llamada en mi dormitorio con la puerta medio cerrada, y en una mujer secando la misma olla durante cinco minutos.
—Dav —dijo Inácio. Hablaba muy deprisa y muy bajo—. Dav. ¿Estás despierto?
—Estoy despierto.
—Estoy en el baño. Con la ducha abierta. Para que no me oiga.
Se oía la ducha.
—Célia. Lo de anoche. La madre de Marcos. Sé lo que dijo.
Me incorporé en la cama.
—Marcos se lo contó —dijo Inácio—. En agosto. Después de lo de los escalones. Después de contárselo yo. Claro que se lo contó. Prometió que no, y se lo contó esa misma noche, y ella prometió no decírselo a nadie, y se lo dijo a toda la iglesia. A todo el mundo. Durante tres meses. Menos a mi madre.
Respiró.
—Y anoche llamó a mi madre. A Londres. Para preguntarle. «Graça, ¿es verdad? ¿Lo de Inácio? ¿Y un americano?».
—¿Y qué dijo tu madre?
—Nada —dijo Inácio—. Ahí está la cosa. Sofia estaba despierta. Nos oyó llegar. Mi madre no dijo nada. Ni a mí. Ni a Sofia. Se fue a su hamaca y se acostó y no durmió. Sé que no durmió. Oía la hamaca. Cruje. Toda la noche.
Se calló un momento.
—Y esta mañana, a las seis, se levantó, hizo café y dijo que quiere ir a misa. En Stockwell. A la iglesia portuguesa. Donde va la prima de Célia.
—Vale.
—Y quiere que la lleves tú.
El agua de la ducha seguía corriendo. Yo no dije nada.
—Yo no —dijo Inácio—. Tú. Dijo: «Dav me llevará. Tú tienes el hospital». Y sí tengo el hospital, tengo turno a las ocho, no puedo cambiarlo, lo he intentado, no hay nadie más en la unidad de ictus los domingos.
Se le quebró la voz.
—Dav, ¿por qué te quiere a ti? ¿Por qué no a Sofia? ¿Por qué no a Bev? ¿Por qué tú?
—No lo sé.
—Lo sabe —dijo Inácio—. ¿Verdad que lo sabe? Lo sabe. Y te lo quiere preguntar a ti. No a mí. A ti. Porque sabe que yo soy un cobarde y que tú eres… —se calló—. Tú no lo eres.
Miré hacia la ventana. La línea naranja bajo la cortina se estaba volviendo gris.
—Regla cuatro —dije.
—¿Qué?
—Tu servilleta. Regla cuatro. «Cuando se lo diga, se lo digo yo. No tú». —Respiré hondo—. No se lo voy a decir, Inácio. Pregunte lo que pregunte. La voy a llevar a la iglesia, me voy a sentar a su lado y voy a ser tu amigo Dav. Y si me pregunta algo, le diré que te lo pregunte a ti.
El agua corrió un buen rato.
—¿Harías eso? —dijo Inácio. En voz baja.
—Lo prometí. En la sala de espera.
—¿Aunque te lo pregunte sin rodeos? ¿A la cara?
—Aun así, no.
Al otro lado del teléfono, en un baño junto a un canal, con el agua de la ducha corriendo, el hombre al que amo hizo un sonido como de alguien que se esfuerza muchísimo por no llorar.
—Vale —dijo—. Vale, Dav. A las diez. En el canal. Estará lista a las nueve y media. Siempre llega antes de la hora.
· ❦ ·
Estaba lista a las nueve.
Cuando llegué, estaba de pie delante de la antigua fábrica de pianos, con su vestido azul de iglesia, un pañuelo de encaje negro en la cabeza, el abrigo prestado y un bolsito negro colgado del brazo. Parecía pequeña y muy seria. Llevaba un rosario en la mano. Cuentas de madera.
—Bom dia, Dav —dijo.
—Bom dia, Dona Graça.
Me cogió del brazo. No pidió permiso. Simplemente me lo cogió, igual que me había cogido la mano en el taxi. Y caminamos hasta la parada del autobús.
· ❦ ·
Stockwell está al sur del río. Veinticinco minutos en autobús desde Camden, si el tráfico es amable, y aquel domingo por la mañana lo fue.
Dona Graça se sentó junto a la ventanilla y miró pasar Londres.
El río. Los puentes. Edificios grandes y grises.
Otros pequeños y marrones. Un mercado. Un parque con un montón de hojas mojadas.
No dijo nada de la noche anterior. Ni una palabra. Me preguntó por el río.
—¿Es llamado Thames?
Lo pronunciaba con una th, como en thank you, y no la corregí, porque Inácio me dijo una vez que los ingleses lo pronuncian Tems y que era «la cosa más estúpida de un idioma estúpido», y yo estuve de acuerdo.
Me preguntó por mi iglesia en Columbus. Le dije que éramos católicos. Católicos polacos. Que mi abuela iba todos los días, y mi madre todos los domingos, y mi padre en Navidad y en Semana Santa «para tener contenta a mi madre», y que yo no iba desde hacía mucho tiempo.
—¿Por qué? —preguntó Dona Graça.
Pensé qué responder.
—No me sentía bienvenido —dije—. Después de un tiempo.
Me miró. Durante mucho rato. Con el rosario entre las manos.
—Hm —dijo. Y volvió a mirar por la ventanilla.
· ❦ ·
La iglesia de Stockwell era grande y gris y muy corriente por fuera.
Dentro estaba llena. Llena de familias portuguesas y brasileñas, y angoleños, y algunas personas de Cabo Verde, dijo Dona Graça, todos hablando portugués, todos con la ropa de los domingos.
Mujeres mayores de negro. Niñas pequeñas con vestidos blancos y lazos.
Hombres jóvenes con zapatillas y vaqueros muy limpios. Bebés por todas partes.
Una mujer bajita con un abrigo verde se acercó a nosotros entre el gentío de la puerta. Unos sesenta años. Pendientes de oro. Ojos muy vivos, que fueron de Dona Graça a mí, a mi brazo enlazado con el de Dona Graça, y de vuelta a Dona Graça, muy rápido.
—¡Graça! —dijo, y la besó en las dos mejillas.
—Rita —dijo Dona Graça—. La prima de Célia. —Y luego, en inglés, muy claramente—: Este es Dav. El amigo de mi hijo. Del café. —Hizo una pausa—. Mi amigo.
Dona Rita me miró. Me miró el brazo. Miró la cara de Dona Graça, que estaba perfectamente serena.
—Prazer —dijo Dona Rita. Un placer. No sonó como si de verdad lo fuera.
—Prazer —dije yo. Una de mis ocho palabras.
Dona Graça pasó por delante de ella y entró en la iglesia. Sin soltarme el brazo.
· ❦ ·
No recuerdo gran cosa de la misa. Fue en portugués. Entendí unas cuatro palabras. Deus. Amor. Paz. Y amém, que es igual.
Pero recuerdo la música. Había un coro. No muy grande.
Diez o doce personas, a un lado, con un hombre al teclado y una mujer con una pandereta.
Y cantaban con todo el cuerpo. No como en San Estanislao, en Columbus, donde cantábamos como quien lee una lista de ingredientes.
Cantaban como canta Jimmy. Como si la canción les saliera de dentro, quisieran o no.
Dona Graça cantó todas las palabras. A mi lado. Muy alto. Muy desafinada. Con los ojos cerrados y el rosario corriéndole entre los dedos.
Y recuerdo que me cogió la mano. Durante el padrenuestro. Toda la iglesia se dio la mano, a lo largo de las filas, como se suele hacer. Me cogió la mano a un lado y la de un desconocido al otro. Y cuando terminó la oración, todo el mundo se soltó.
Ella no me soltó.
Me mantuvo la mano cogida hasta el final de la canción siguiente. Luego me la soltó, y me dio dos palmaditas, y volvió a juntar las suyas sobre el rosario.
· ❦ ·
Después de la misa, encendió velas.
Había una capilla lateral, con una imagen de Nuestra Señora vestida de azul, y filas y filas de velitas en vasos de cristal rojo que parpadeaban. Dona Graça echó monedas en una caja de metal. Cogió tres velas.
Encendió la primera.
—Para os meninos —dijo—. Para los chicos. De tu casa. —La puso en el candelero—. Todos los domingos en Bahia enciendo una. Por ellos. Desde febrero. Cuando veo en el teléfono de Inácio un hombre triste en una ventana. —Cerró los ojos. Dijo algo. Se le movieron los labios. Luego los abrió.
Encendió la segunda.
La sostuvo mucho rato antes de ponerla en el candelero. No dijo por quién era. No hacía falta. Se le movieron los labios, y los vi formar un nombre. Corto. De una sílaba.
Zé.
Luego me pasó la tercera vela.
—Para ti —dijo—. Tú enciendes. Por alguien.
Miré la vela. Pequeña y blanca, en su vaso rojo.
—No sé por quién —dije.
—Sí, sabes —dijo Dona Graça—. Todo el mundo sabe. Es la primera persona que piensas. No pienses dos veces. —Me puso las cerillas en la mano—. Enciende.
La encendí.
La primera persona que me vino a la cabeza no fue la que esperaba. No fue Inácio. No fue mi madre. Fue un hombre callado con un jersey azul marino, sentado en el asiento de mi ventana, mirando un plato de feijoada, con un tenedor al lado, que no podía comer. No sé por qué. Simplemente pensé en él.
Puse la vela en el candelero. Junto a las otras dos.
Dona Graça la miró. Luego me miró a mí.
—¿Quién? —dijo.
—El de la ventana —dije—. En mi casa. El callado.
Dona Graça no dijo nada durante un buen rato. Las velas parpadeaban. Detrás de nosotros, la iglesia se vaciaba, las familias salían a la mañana gris, los niños gritaban.
—Bien —dijo al fin, en voz baja—. Está bien que enciendas una por él.
Y volvió a cogerme del brazo, y salimos.
· ❦ ·
Había un banco delante de la iglesia. De madera, mojado por la lluvia, bajo un árbol sin hojas. Se sentó en él. No preguntó si estaba mojado. Se sentó con su vestido de misa en un banco mojado y dio unas palmaditas en el sitio de al lado.
Me senté.
Nos quedamos allí un rato. La gente pasaba por delante. Dona Rita pasó con su marido y nos miró, y Dona Graça le sostuvo la mirada con toda la calma del mundo hasta que la otra apartó los ojos.
—Mi hermano Zé —dijo Dona Graça.
Esperé.
—En 1990 —dijo—, vuelve a casa por Navidad. De la universidad. Tiene veintidós años. Yo tengo veinticinco. Ya estoy casada. Inácio no ha nacido todavía. Y en la mesa, en Navidad, delante de todos, Zé dice una cosa. A mi padre.
Se miró las manos. El rosario.
—Dice quién es.
El banco estaba empapado. No me moví.
—Y mi padre se levanta —dijo Dona Graça—. Y dice: «En mi casa no».
En mi casa no. Las palabras de Dennis Vaughan. En una pensión de Hove, en 1984. Exactamente las mismas palabras. A diez mil kilómetros de distancia. Con seis años de diferencia.
—Y mi madre no dice nada —dijo Dona Graça—. Y mi marido no dice nada. Y yo…
Se detuvo. Volvió a empezar.
—Y yo no digo nada. Soy la hermana mayor. Zé siempre viene a mí. Cuando es pequeño, cuando está triste, cuando los otros niños le pegan, siempre a mí. Y en esa mesa, me mira. Directo a mí. Así.
Me miró. Directo a mí.
—Esperando. A que yo diga algo. Cualquier cosa.
—Y usted no dijo nada.
—No —dijo Dona Graça—. Miro el plato.
El árbol goteaba sobre nosotros.
—Se va a São Paulo al día siguiente —dijo—. Me escribe cartas. Once cartas. Once años. Las guardo. En una caja. Debajo de mi cama. Nunca contesto.
Pasó las cuentas del rosario.
—En 2003 me llama un amigo de Zé. Desde São Paulo. Un hombre. Dice: «Graça, Zé se ha ido. Estaba enfermo. Preguntó por ti». Y yo…
Se detuvo otra vez.
—No fui. Al funeral. Mi padre dijo que no. Y le hice caso a mi padre.
Miró hacia la iglesia.
—Tenía treinta y ocho años, Dav. Y le hice caso a mi padre.
No estaba llorando. Eso era lo curioso. Estaba muy tranquila. Como Carol en Pressed en julio. Firme. Todo ese llanto ya lo había soltado mucho tiempo antes, en un montón de cocinas, encima de un montón de cebollas.
—Nunca me despedí —dijo Dona Graça—. Veintitrés años. Todos los días pienso en la mesa. En su cara. Esperándome.
· ❦ ·
Seguimos allí sentados.
Luego dijo, sin mirarme, muy bajito, en inglés:
—Mi hijo me tiene miedo.
No me moví.
—Lo veo —dijo Dona Graça—. Una madre lo ve. Desde que tiene diecisiete años, tiene miedo. A veces me mira como me mira Zé en la mesa. Esperando. Y después mira el plato.
Pasó las cuentas del rosario. Una cuenta. Dos.
—No sé por qué. No sé por qué mi hijo me tiene miedo.
Volvió la cabeza y me miró.
—¿Tú sabes por qué, Dav?
Ahí estaba.
La pregunta. En un banco mojado, a la puerta de una iglesia de Stockwell, con la lluvia goteando de un árbol sin hojas. Directa a mí. A la cara. La pregunta que, a las siete de esa mañana, le había prometido a un hombre de pie en un baño con la ducha abierta que no iba a contestar.
La miré. A sus ojos oscuros. A su rosario. A sus manos, las que habían cortado las cebollas con su hermano. Las que habían sostenido el plato de la tarta. Las que me habían sostenido la mano durante el padrenuestro y no la habían soltado.
Podría haberlo dicho. Habría sido facilísimo. Dos palabras. Me quiere. O cuatro. Quiero a su hijo. La tenía ahí mismo. Me lo estaba preguntando. Quería saberlo. Y de todas formas iba a enterarse, por Célia, por Rita, por Marcos, por la tubería.
Pero no era mío.
Eso es lo que aprendí en ese banco. Que hay cosas que no son tuyas, aunque hablen de ti. Aunque seas la mitad de ellas. La puerta de Ricky tenía que abrirla Ricky. La llamada de Danny tenía que hacerla Danny. Y esto era cosa de Inácio. No mía. Ni un poquito.
A una persona no la empujas por una puerta. Te quedas a su lado. Y esperas.
—Creo —dije despacio— que debería preguntárselo a él, Dona Graça.
Me miró.
—Cuando esté preparado —dije—, se lo contará. Lo que le da miedo. Creo que lleva tiempo intentando contárselo. —Tragué saliva—. Creo que está muy cerca.
Dona Graça no dijo nada durante un rato largo.
Me miró con sus ojos oscuros, como quien lee algo escrito en letra muy pequeña.
—Hm —dijo.
Y entonces hizo algo que no esperaba. Me puso la mano en la mejilla. Pequeña, cálida y todavía con un leve olor a ajo.
—Eres un buen amigo, Dav —dijo Dona Graça Santos.
Retiró la mano. Se levantó del banco mojado. Se sacudió el vestido de misa.
—Demasiado bueno —dijo—. Es un poquito sospechoso.
Y me cogió del brazo y fuimos andando hasta el autobús.