CAPÍTULO OCHO
El amigo de arriba, otra vez
❦
Lo extraño es que fue distinto decirlo yo mismo.
En julio, cuando lo dijo Inácio, por el portátil, a su madre en su cocina luminosa con un mango encima de la mesa, mi amigo de arriba, fue como si una puerta se me cerrara sobre los dedos. Me mandó a Ohio. Me mandó a una carpeta llamada Después a las dos de la madrugada.
El domingo, en mi propio recibidor, cuando se lo dije yo mismo, a la cara, fue otra cosa.
No sé qué. Seguía doliendo. Por supuesto que sí.
Pero dolía como cuando cargas con algo pesado por alguien a quien quieres.
Escaleras y escaleras arriba. Te duelen los brazos, y te duele la espalda, y no lo sueltas, porque no te corresponde a ti soltarlo.
Intenté explicárselo a Ricky. El domingo por la noche. En la cocina.
Me estaba preparando un té. Ahora me prepara un té todas las noches. Dice que es «práctica», pero lleva tres meses practicando y lo hace mejor que yo.
—Es la diferencia —dijo Ricky— entre ponerse detrás de alguien y ponerse a su lado.
—¿Cuál es la diferencia?
Me puso el té delante. Del color de una bolsa de papel. Perfecto.
—Cuando te pones detrás de alguien —dijo Ricky—, te estás escondiendo.
Dejas que esa persona sea el muro. Cuando te pones a su lado, simplemente estás ahí.
Al lado. Mirando en la misma dirección. —Se apoyó en la encimera—.
Carol se puso detrás de papá. En Navidad.
En 1984. Dejó que él fuera el muro. En eso consistía lo de «guárdatelo para ti».
—Me miró—. Tú no estás haciendo eso. Tú estás a su lado.
Frente a su madre. Juntos. Solo dejas que vaya él primero.
—No lo siento así.
—Nunca se siente así —dijo Ricky—. Se siente como ser invisible. Y no lo eres. —Cogió el azucarero, por costumbre, y lo volvió a dejar, porque yo no tomo azúcar—. Créeme. Llevo treinta y nueve años siendo invisible. Sé cuál es la diferencia.
· ❦ ·
Inácio me escribió a las once.
Gracias. Por lo del recibidor. Lo oí. Tenía el plato del bizcocho en las manos. Casi se me cae.
Luego:
No tenías que decir de arriba. Podías haber dicho solo amigo. Dijiste de arriba a propósito. Para que ella oyera las palabras de antes. Para que yo las oyera. Me lo estabas recordando.
Luego:
Sé lo que estabas haciendo.
Luego:
Solo hasta. Te lo prometo. Estoy contando los días. No los días que ella está aquí. Los días hasta que se lo diga.
Le contesté: ¿Cuántos?
Aparecieron los puntitos. Desaparecieron. Volvieron.
Todavía no lo sé. Ese es el problema de contar. Hace falta un número al final.
· ❦ ·
Esa semana, ella estaba en todas partes.
No en mi piso. Solo subió una vez más, el miércoles, para traerme un táper de algo que Inácio llamó bobó de camarão, que eran langostinos en una crema amarilla hecha de mandioca, coco y aceite de palma rojo.
Fue lo mejor que he comido en mi vida. Se quedó de pie en mi cocina mientras yo comía, con los brazos cruzados, y cada vez que yo decía «Mmm», ella decía «Hm», y cada vez que paraba, decía «Come, come», que significa come, y volvía a empujar el táper hacia mí.
Me lo comí todo. No pude moverme durante dos horas.
Gaz dijo que parecía «una pitón que se ha comido una cabra».
Pero estaba en Pressed todas las mañanas.
A las siete y media, cuando yo bajaba a por mi café, ella ya estaba allí. En la mesa de la ventana. Con Bev. Todas las mañanas. Bev había dejado de ponerse detrás de la barra. Ahora Femi se encargaba de la barra. Bev se sentaba junto a la ventana con Dona Graça, tomaba té y discutía.
Discutían de todo. De bizcochos. De café.
De la manera correcta de hacer el arroz («Se lava», decía Dona Graça.
«Jamás», decía Bev. «Sucio», decía Dona Graça.
«Sabor», decía Bev). De los hombres. De Dios.
De si Inácio estaba demasiado delgado, en lo que siempre coincidían, y después discutían sobre quién debía darle de comer.
El martes, como había prometido, Dona Graça hizo un bizcocho en la cocina de Bev, al fondo de Pressed.
Uno brasileño. Bolo de aipim. Mandioca y coco, muy denso, muy dulce, un poco pegajoso.
Lo puso al lado del bizcocho de limón de Bev, en la barra.
Y para las once, el de mandioca había desaparecido y el de limón seguía allí.
Bev miró el plato vacío.
—Brujería —dijo.
—Bahía —dijo Dona Graça.
—Lo mismo —dijo Bev.
· ❦ ·
Y todas las mañanas, a las siete y media, cuando yo entraba, Dona Graça levantaba la vista de la mesa de la ventana, y su cara hacía lo de siempre, la ventana en verano, y decía:
—Ah. Meu amigo Dav.
Mi amigo Dav.
Todas las mañanas.
Y yo decía «Bom dia, Dona Graça», y ella daba unas palmaditas a la silla de al lado, y yo me sentaba, y ella me acercaba un plato con algo.
Pastel de mandioca. Pan de queso. Un plátano frito con azúcar.
Y me miraba comer. Y me preguntaba por mi trabajo, y por mi madre, y por Ohio, y por si era verdad que los americanos comen queso de lata.
—A veces —dije.
—Meu Deus —dijo Dona Graça.
Y entonces Inácio salía de la parte de atrás, camino del hospital, con la túnica azul y el abrigo en el brazo. Le daba un beso a su madre en la cabeza. Y me miraba. Y decía:
—Bom dia, Dav.
Como se le dan los buenos días a un amigo.
Y yo decía:
—Buenos días.
Catorce veces esa semana. Las conté. Como Reggie. Meu amigo Dav. Bom dia, Dav. Mi amigo.
No se hacía más fácil. Quiero ser sincero en esto.
Me gustaría decirles que el jueves ya me había acostumbrado.
No me había acostumbrado. Fue exactamente igual de duro el jueves que el lunes.
Era como esa piedra que me bajaba por el pecho, muy despacio, cada mañana, a las siete y media, con el café.
Pero bajaba todas las mañanas de todos modos. Y me sentaba en la silla que ella palmeaba. Y me comía lo que me daba.
Porque eso es lo que se hace en una sala de espera. Te sientas en la silla.
· ❦ ·
El miércoles, Bev me pilló en el mostrador.
Dona Graça había ido al baño. Inácio se había ido a trabajar. Bev se puso detrás del mostrador por primera vez en toda la semana, se quedó a mi lado mientras Femi me preparaba el café con leche y dijo, en voz baja, sin mirarme:
—¿Estás bien, americano?
—Estoy bien.
—No estás bien. Tienes esa cara. La cara de Ohio. Contento y preocupado a la vez. —Pasó el trapo por el mostrador, que estaba limpio—. Le caes bien, ¿sabes?
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Yo sí. Llevo cinco días sentada con ella.
—Bev dejó el trapo—. Habla de ti. Cuando no estás.
En su inglés y en el mío y moviendo mucho las manos.
Piensa que eres amable. Piensa que estás solo.
Piensa que tu madre no te dio bastante de comer cuando eras pequeño.
—Bev casi sonrió—. Ayer me preguntó si tienes novia.
Se me heló el estómago.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije: «Eso se lo tendrás que preguntar tú misma a él, Graça» —Bev volvió a coger el trapo—. Y me miró. Mucho rato. Como una mujer que lee un periódico larguísimo. Y dijo: «Hm».
· ❦ ·
Los fantasmas se portaron muy bien esa semana. Quiero que quede dicho. Cumplieron las reglas.
Bueno. Algunos.
Reggie cumplió todas, perfectamente, menos la número cuatro, porque el miércoles, cuando Dona Graça subió con los langostinos, él se quedó junto al perchero del recibidor y fue contando en voz baja los escalones que ella subía, «treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta», y ella se paró en el escalón cuarenta y dijo «¿Quién está contando?
», y Reggie se puso rosa y dijo «Le ruego que me disculpe» y atravesó la pared.
Jimmy no cantó. Quería. Se quedó en el marco de la puerta de la cocina con la boca abierta y las manos juntas, y se le veía la canción dentro, como un hervidor a punto de hervir, y no cantó.
Tarareó. Muy, muy bajito. Ella oyó el tarareo.
Sonrió hacia la puerta y dijo «Tá bom, menino.
Tá bom», que significa no pasa nada, y Jimmy tuvo que irse a tumbar en la estantería.
Gaz no hizo nada con las luces. Ni una vez. Se sentó junto al radiador con las manos debajo de las piernas. Cuando ella entraba, se quitaba el gorro. Nada más.
Ricky le hizo café todas las veces. Tres de azúcar. Luego cuatro. Ella dijo «Está bueno» las dos veces.
—Miente —dijo Ricky—. Nunca está lo bastante bueno. Es igualita que Carol.
Mike se quedó en la ventana.
Y cada vez que ella entraba, lo primero que hacía, antes de saludarme, antes de dejar la comida, era mirar a la ventana. Al asiento de la ventana. Y asentir. Muy levemente. Como se asiente a alguien al otro lado de la sala en un funeral, cuando todavía no puedes acercarte.
Y Mike le devolvía el gesto.
· ❦ ·
El miércoles por la noche, nada de Stockport.
Habían pasado dieciséis días desde Lisa.
Dieciséis días sin que llamara. Gaz había dejado de sentarse junto a los fogones y había empezado a sentarse junto al portátil de la mesita de centro, con su perrito caliente de dibujos, como si pudiera sonar.
No suena. Es un portátil. Pero él se sentaba allí de todos modos.
A las diez, me vibró el teléfono.
No era Danny. Un mensaje. De un número de Mánchester que yo conocía.
Soy Lisa. Solo para decirte. Se está ablandando. Despacio. Ha estado sentado en el garaje mirando una foto vieja. No sabe que yo lo sé. No llames. — L.
Se lo enseñé a Gaz.
Lo leyó. Dos veces. Tres veces.
—El garaje —dijo—. Tiene un garaje. Claro que lo tiene. Es fontanero. Tiene todas sus cosas ahí dentro. —Miró el teléfono—. ¿Qué foto?
—No lo dice.
—Yo sé qué foto es —dijo Gaz—. Maine Road. La segunda noche. La sacó la madre de Spud, fuera del estadio. Los cinco. Yo, en medio. Con la gorra. Del revés.
Se echó hacia atrás, sobre los talones.
—Todavía la tiene. La guardó.
No dijo nada más. Pero la lámpara del rincón se encendió sola, muy suavemente, y se quedó encendida toda la noche.
· ❦ ·
El jueves por la mañana, en Pressed, Dona Graça se levantó de la mesa junto a la ventana en cuanto entré.
Me había estado esperando. Llevaba el abrigo puesto, el prestado. Tenía una lista en la mano. Una lista larga, en portugués, a lápiz, en el dorso de una servilleta de Pressed. Estaba claro que Inácio le había enseñado lo de las servilletas.
—Dav —dijo—. Sábado. ¿Tú libre?
—Creo que sí. ¿Por qué?
—Feijoada —dijo.
Miré a Bev. Bev miró al techo.
—Feijoada —repitió Dona Graça, como si eso lo explicara todo. Y luego, al ver que no lo explicaba—: Es la comida grande. La comida grande brasileña. Frijoles. Frijoles negros. Y la carne. Toda la carne. El cerdo. Las orejas, las patas, el rabo. El chorizo. La carne-seca.
Levantó la mano y fue contando con los dedos.
—Arroz. Farofa. Couve. Naranja. Es comida para todo el día. Para toda la gente. Para una fiesta.
—Suena increíble.
—En la cocina de mi hijo, es muy pequeña —dijo Dona Graça—. Es como una caja de zapatos. En la cocina de Bev, es para el café. No es para una casa.
Me miró.
—En tu casa es bueno. Es grande. Es una cocina de verdad. Antigua. Con buen fogón.
—¿Quiere cocinar en mi casa?
—Quiero cocinar para todos —dijo Dona Graça. Me puso la mano en el brazo—. Bev. Sofia. El chico galés que hace ruido. La señora polaca que llora. Tu amiga Priya con su marido. La señora mayor de abajo con el gato.
Sonrió.
—Todos los que cuidan de mi hijo. Durante dos años. Cuando yo no puedo.
Hizo una pausa.
—Y os meninos —dijo Dona Graça—. En su casa. No pueden comer. Lo sé. Pero pueden oler.
Me dio unas palmaditas en el brazo.
—La feijoada huele dos días. Es bueno para ellos. Es bueno para todos.
La miré. Miré la lista de la servilleta, a lápiz, con los frijoles y las orejas y el rabo.
—Sí —dije—. Por supuesto. Sí.
—Bien —dijo Dona Graça. Dobló la servilleta y se la guardó en el bolsillo del abrigo—. Mañana por la noche empiezo. Los frijoles necesitan la noche. Como la gente.
Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo y se giró a mirarme.
—Dav —dijo—. ¿Tú sabes cocinar?
—Tortitas —dije.
—Hm —dijo Dona Graça—. Entonces tú cortas las cebollas.