CAPÍTULO SEIS
Llegadas, otra vez
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Heathrow a las seis de la mañana en noviembre es el lugar más triste del mundo. Todo el mundo está cansado. Todo el mundo tiene frío. Todo el mundo lleva en la mano un vaso de cartón con un café que no quería y un cartel con un nombre escrito.
Inácio no tenía cartel. Tenía flores. Amarillas.
Las había comprado en una gasolinera de camino, porque no había nada más abierto, y venían envueltas en plástico, con la etiqueta del precio pegada, y se había pasado veinte minutos en la línea Piccadilly intentando quitarla con la uña del pulgar y solo había conseguido empeorarlo.
—No se dará cuenta —dije.
—Sí que se dará cuenta —dijo Inácio—. Se da cuenta de todo. Dirá: «Filho, me has comprado flores en una gasolinera». Lo dirá delante de todo el mundo.
Miró las flores.
—Le van a encantar.
Esperábamos junto a la barrera de Llegadas.
Terminal 3. Detrás de la barrera había dos puertas grises enormes que cada pocos minutos se abrían y dejaban salir a la gente con sus carritos, parpadeando, buscando caras.
Una familia de Lagos con seis niños que llevaban abrigos iguales.
Un hombre de negocios al teléfono. Una chica joven que vio a un chico junto a la barrera y soltó la bolsa y echó a correr, y él corrió, y se encontraron a medio camino y se abrazaron mientras todo el mundo los esquivaba.
Inácio los miró. Sujetaba las flores con las dos manos.
—Dav —dijo sin mirarme—. Gracias. Por venir.
—Claro.
—No. No es «claro». Sé que no es claro. Sé lo que te estoy pidiendo. «Sé mi amigo durante un mes».
Dio vueltas a las flores entre las manos.
—Quiero que sepas que lo sé.
—Sé que lo sabes —dije.
Casi sonrió.
Las puertas se abrieron.
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Salió empujando un carrito más alto que ella.
Cuatro maletas. Envueltas en film de plástico.
Apiladas como un edificio. Lo empujaba con las dos manos, echándole el cuerpo encima, muy pequeña detrás de todo aquello, con su vestido azul de misa, el de las flores blancas, y encima un abrigo marrón y grueso que estaba claro que era prestado, porque las mangas le llegaban más allá de los dedos.
Cinta blanca en el pelo. Cruz de oro. Tenía la cara gris de cansancio y los ojos se le movían rápido, a izquierda y derecha, por la fila de caras de la barrera, buscando.
Buscando.
Y entonces lo encontró.
Y su cara lo hizo. Eso. Todo de golpe. La ventana en verano. Lo había visto en la pantalla de un portátil, pequeño y lejano. Lo había visto mil veces en su hijo. Nunca lo había visto en ella, en persona, a tres metros, bajo la luz gris de la Terminal 3 a las seis de la mañana.
Soltó el carrito.
El carrito siguió rodando. Despacio. Directo hacia un hombre de Lagos, que lo paró con una mano sin mirar, como si llevara toda la vida haciéndolo.
—¡FILHO!
En Llegadas, todo el mundo se dio la vuelta.
Echó a correr. Una mujer de sesenta y un años, después de once horas de avión, con su vestido de misa y un abrigo prestado, cruzó corriendo la sala de llegadas de Heathrow con los brazos abiertos.
Inácio pasó por debajo de la barrera. No la rodeó.
Por debajo. Con flores y todo. Y ella chocó contra él con tanta fuerza que lo hizo retroceder dos pasos, y le cogió la cara con las dos manos y se la llenó de besos, las mejillas, la frente, la nariz, los ojos, mientras decía algo en portugués muy rápido, una y otra vez, y lloraba, y reía, y lloraba.
Inácio también lloraba. La abrazaba con un brazo y con el otro sostenía las flores de gasolinera hacia un lado, para que no se aplastaran.
Yo me quedé de pie junto a la barrera, con las manos en los bolsillos.
No sabía muy bien qué hacer. Nadie me había explicado qué hacen los amigos en los aeropuertos. Pensé en ir a recuperar el carrito del hombre de Lagos. Pensé en mirar el móvil.
Y entonces ella levantó la vista. Por encima del hombro de Inácio. Hacia mí.
Dejó de besarlo. Dejó de hablar. Me miró durante un largo rato, con la cara mojada y las manos todavía en la cara de su hijo.
Y soltó a Inácio. Y se acercó a la barrera. Y me puso las manos en la cara.
Tenía las manos pequeñas y calientes y olían a jabón de avión y a algo más, algo dulce, como a coco.
—Dav —dijo Dona Graça Santos—. O americano.
—Bom dia, Dona Graça —dije—. Bienvenida a Londres.
Me miró. Muy de cerca. Igual que me había mirado en el portátil en julio, como un médico mira una radiografía. Los ojos oscuros se le movían un poco, a izquierda y derecha, como si leyera algo escrito en letra muy pequeña.
Después me tiró de la cara hacia abajo, por encima de la barrera, y me besó en las dos mejillas. Fuerte. Y me retuvo un momento más de lo que esperaba.
—Obrigada —dijo.
Al oído. Muy bajito.
—Obrigada por cuidar dele.
No lo entendí todo. Entendí gracias. Entendí de él.
Me soltó. Se dio la vuelta. Miró las flores que Inácio tenía en la mano.
—Filho —dijo, en inglés, muy claro, para que la oyeran todos los que tenía cerca—. ¿Tú me compras flores en gasolinera?
Inácio cerró los ojos.
—Me encantan —dijo Dona Graça, y las cogió, y las llevó apretadas contra el pecho, con etiqueta del precio y todo, el resto del día.
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Las cuatro maletas no cabían en un taxi normal. Necesitábamos uno de esos taxis negros grandes. El conductor era un hombretón llamado Terry, con la cabeza afeitada y una golondrina tatuada en el cuello, y cuando vio las maletas dijo:
—¡Madre mía, guapa! ¿Te vienes a vivir aquí?
Y Dona Graça dijo «Sim», y se rio, y Terry se rio, y así empezó una amistad que duró cuarenta minutos y que acabó con Terry rechazando la propina y Dona Graça regalándole, de todas formas, un paquete de galletas de la única panadería de su ciudad.
Se sentó detrás, entre nosotros. A un lado llevaba cogida la mano de Inácio. Al otro, al cabo de unos diez minutos, sin mirar, me cogió la mía.
No creo que se diera cuenta de que lo había hecho. Estaba mirando Londres por la ventanilla. La autopista. El cielo gris. Los edificios grises. La lluvia gris, que empezaba a caer muy suave sobre los cristales.
—Cadê o sol? —dijo.
—Pregunta dónde está el sol —dijo Inácio.
—Dile que está en una reunión —dije—. Que vuelve en abril.
Inácio se lo dijo. Dona Graça se rio tanto que Terry la miró por el espejo y empezó a reírse también, sin saber por qué.
No me soltó la mano en todo el camino hasta Camden.
Inácio lo vio. No dijo nada. Pero miró nuestras manos, la de ella y la mía, en el asiento entre los dos, y luego miró por su ventanilla, muy rápido, y vi que se le movía la mandíbula.
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Llevaban una semana limpiando el piso del canal.
Lo había limpiado Sofia. Lo había limpiado Rhys.
Inácio lo había limpiado tres veces, y después Sofia lo había limpiado otra vez «porque tú limpias como un hombre, Inácio, solo mueves la suciedad de sitio».
A Gilberto, la planta que era más alta que todos ellos, lo habían llevado once veces del salón al pasillo y del pasillo al salón.
Y la nevera estaba vacía.
No de comida. De todo lo demás. La nevera de la cocina de Inácio solía estar cubierta.
Menús de comida a domicilio. Un imán de Lisboa.
Una foto de Inácio y Sofia en la barbacoa del equipo de fútbol de Pressed.
Un dibujo de Rhys en el que Agnieszka era un dragón.
Y una foto mía. De Brighton. En el carrusel.
Sobre el caballo negro que se llamaba Duke. Riéndome.
Había desaparecido. Todo. La nevera estaba blanca y limpia y reluciente. Lo único que había en ella era un imán pequeño de Nuestra Señora que no había visto nunca.
Me quedé mirando la nevera un buen rato.
Sabía por qué. Lo entendía. Regla número uno. Cuando mi madre esté aquí, tú eres mi amigo Dav. Nadie tiene en la nevera una foto de un amigo subido a un carrusel. Esa no es una foto de amigos. Cualquiera se daría cuenta de que esa no era una foto de amigos.
Lo entendía.
Y aun así lo noté como una piedrecita bajando muy despacio por algún sitio del pecho.
—Está en mi cajón —dijo Inácio en voz baja. Detrás de mí. Me había visto mirar—. La foto. En el cajón de la mesilla. Encima de todo. Donde puedo verla cada noche.
No me tocó. Su madre estaba en el salón, con Sofia, y le estaban enseñando los ganchos para las hamacas que Rhys había puesto en el techo.
—Solo hasta entonces, Dav.
—Lo sé —dije—. Solo hasta entonces.
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A las diez, quiso ver Pressed.
—Bev —dijo—. Yo quiero ver Bev.
Lo pronunciaba como Bevie. Llevaba una semana diciéndolo por WhatsApp.
—La mujer que llama cobarde a mi hijo. Yo quiero ver su cara.
Así que fuimos andando. Por Camden, bajo la lluvia, con un único paraguas grande que Inácio sostenía sobre su madre, mientras yo iba al lado de los dos con las flores de la gasolinera, que ella me había dado para que las llevara «porque Dav es alto», cosa que no soy.
Lo miraba todo. El mercado. El canal. Los punkis del puente con el pelo verde, a los que se quedó mirando un buen rato y luego dijo algo en portugués que hizo reír a Inácio.
«Dice que el del medio tiene unos ojos preciosos y un pelo horrible».
Las tiendas que solo venden paraguas. La panadería de Parkway, donde se detuvo, miró la tarta de limón del escaparate y dijo «Hm», en un tono que daba a entender que más tarde tendría opiniones al respecto.
Y luego Kestrel Row.
Se detuvo en la esquina. Debajo del cartel de PROHIBIDO IR EN BICICLETA. Donde Reggie se pone cada tarde a leer el cielo.
Se detuvo justo ahí. En ese sitio exacto. Y extendió un poco la mano, hacia un lado, en el aire. Igual que Inácio puso la mano en el aire junto al escalón de abajo, en julio.
—Frio —dijo en voz baja.
—Dice que aquí hace frío —dijo Inácio.
—Es noviembre —dije.
Dona Graça me miró. No dijo nada. Retiró la mano. Siguió andando.
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Bev estaba esperando.
Estaba detrás de la barra, con un delantal limpio y el pelo arreglado. Bev nunca se arregla el pelo. Ni sabía que Bev tuviera pelo. Cuando sonó la campanilla y entró Dona Graça, Bev dejó el cuchillo y salió de detrás de la barra.
Nunca había visto a Bev salir de detrás de la barra. Ni una sola vez en nueve meses. Bev se queda detrás de la barra. Bev gobierna desde detrás de la barra, como una reina en su castillo.
Las dos mujeres se quedaron en medio de Pressed, mirándose.
Bev, alta, cincuenta y ocho años, londinense de nacimiento, con los brazos cruzados. Dona Graça, pequeña, sesenta y un años, con su vestido de ir a misa y el abrigo prestado, con las manos cruzadas delante.
—Así que tú eres la madre —dijo Bev.
—Así que tú eres Bev —dijo Dona Graça.
Se miraron. Inácio, a mi lado, había dejado de respirar. Femi, detrás de la barra, se había quedado a medias de un capuchino, con la leche todavía espumando.
Entonces Dona Graça abrió el bolso. Sacó algo plano, envuelto en papel de seda. Se lo tendió.
Bev lo desenvolvió. Despacio.
Era un cuadro. Pequeño. Sobre madera. De colores muy vivos. Una mujer con un manto azul, con estrellas doradas alrededor de la cabeza y las manos abiertas. En el borde de la madera, alguien había pintado flores pequeñas. Rojas y amarillas y azules. A mano.
—Nossa Senhora —dijo Dona Graça—. Para ti.
Para tu café. Para proteger. —Se puso la mano en el pecho—.
Tú proteges a mi hijo. Dos años. Cuando yo no puedo.
Tú lo llamas cobarde. —Sonrió—. Es verdad.
Es cobarde. Yo también lo digo. Medroso.
Desde pequeño. —Le puso la mano en el brazo a Bev—.
Pero tú le das de comer. Le das trabajo.
Lo cuidas. —Tenía los ojos húmedos—. Obrigada, Bev.
Bev miró el cuadro que tenía en las manos.
Y Bev Okafor, que no ha llorado delante de nadie en toda la historia de Kestrel Row, que una vez echó de su café a un hombre del ayuntamiento porque sus zapatos eran «agresivos», se quedó plantada en medio de Pressed con un cuadro pequeño de Nuestra Señora en las manos, con flores pintadas a mano en el borde, y su cara hizo algo.
—Nadie me había regalado nunca una santa —dijo Bev. Tenía la voz muy ronca—. Cincuenta y ocho años. Nadie me había regalado nunca una santa.
Puso el cuadro en la barra. Al lado de la caja. Con cuidado. Apoyado contra la pared.
Y entonces rodeó a Dona Graça con los brazos.
Inácio, a mi lado, hizo un ruidito. A Femi se le desbordó la leche de la jarra.
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Se quedaron una hora sentadas a la mesa de la ventana. Bev y Dona Graça. Bev trajo tarta de limón. Dona Graça se la comió y dijo:
—Está buena. Demasiado azúcar. En Bahía yo la hago mejor.
Y Bev dijo:—Ya te quiero ver.
Y Dona Graça dijo:—El martes.
Y aquello, por lo visto, quedó en cita.
Hablaron de Inácio. Delante de Inácio. Como si no estuviera allí. El inglés de Bev y el inglés de Dona Graça y muchas manos. Coincidieron en que estaba demasiado delgado. En que trabajaba demasiado. En que abrazaba a demasiada gente. En que era un cobarde, un medroso, y que lo era desde pequeño.
De mí no hablaron. Ni una vez.
Pero dos veces Bev me miró. Por encima de la tarta de limón. Por encima de la cabeza de Dona Graça. Una mirada larga, inexpresiva, muy de Bev.
Horrible, decía la mirada. Te lo dije.
· ❦ ·
A las doce nos fuimos. Dona Graça volvía al canal a dormir. Once horas de avión, con el vestido de misa. Se tambaleaba un poco.
En la acera, delante de Pressed, se detuvo.
No ante el café. Ante la casa de al lado.
El número 14. La casa vieja y estrecha. Los escalones. La puerta azul.
Se quedó al pie de los escalones y miró hacia arriba. Al último piso. A mi mirador, tres pisos más arriba, con las cortinas viejas.
Yo también miré.
Estaban todos allí. Detrás del cristal. Los cinco.
Pegados a la ventana, uno al lado del otro, como siempre que pasa algo importante en la calle.
Jimmy con las dos manos apoyadas en el cristal.
Gaz con el gorro en las manos. Reggie muy derecho.
Ricky sin los brazos cruzados. Y Mike, a un lado, medio oculto tras la cortina, con el libro contra el pecho.
Mirándola desde arriba.
Dona Graça no podía verlos. Sé que no podía.
Aun así, miró directamente a la ventana. Durante mucho rato.
Después subió los cuatro escalones. Despacio. Uno a uno. Con el vestido de misa, bajo la lluvia, con las flores de la gasolinera otra vez en los brazos. Y arriba apoyó la mano abierta en la puerta azul. Igual que Pauly. Como se pone la mano en el costado de un caballo.
Cerró los ojos.
—Eles estão aqui —dijo Dona Graça Santos.
Inácio, al pie de los escalones, bajo el paraguas, se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué ha dicho? —pregunté en voz baja.
Tardó un momento en contestar.
—Dice —respondió Inácio— que están aquí.