CAPÍTULO CINCO
Lisa
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—Lo siento —dije—. No pretendía disgustarlo. De verdad que no.
—No es eso lo que le he preguntado —dijo Lisa Price—. Le he preguntado qué le dijo.
Gaz estaba sentado en el suelo de la cocina, apoyado contra los fogones, con la taza de té de Ricky entre las manos. Miraba mi teléfono. Miraba la voz que salía de él. Tenía la cara inmóvil.
—Esa es Lisa —dijo en voz baja—. Es ella. Todavía dice «hacer pis». Siempre decía «hacer pis».
Cerré los ojos.
Hay momentos en los que tienes que elegir entre una mentira a medias y toda la verdad, y la mentira a medias es mucho más fácil, y mucho más piadosa, y haría que los cinco minutos siguientes fueran muchísimo más sencillos. Este año he tenido muchos momentos así. Y cada vez se me dan mejor.
—Sra. Price —dije—, voy a contarle exactamente lo que le dije. Y luego le voy a contar por qué. Y va a pensar que estoy loco. No pasa nada. Yo también lo pensaría.
—Póngame a prueba —dijo Lisa—. Llevo veintitrés años casada con un hincha del Man City. De locuras entiendo.
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Así que se lo conté.
Lo del futbolista en el baño. Lo del gel en el váter. Lo de la Sra. Penhaligon en las escaleras con la compra. Lo de las cuatro libras de las patatas fritas en Maine Road.
Y luego le conté el resto. Que vivo en la casa.
Que son cinco. Que uno de ellos lleva un gorro de pescador y una camiseta de fútbol dos tallas más grande y un chándal que no hace ningún ruido.
Que tiene montada una porra en el espejo de mi baño.
Que puede hacer cosas con la electricidad.
Que los domingos por la noche se sienta en el suelo delante de la tele, cerca, demasiado cerca, como hacen los niños, y ve cómo un fontanero de Stockport responde preguntas sobre fútbol.
Lisa no dijo nada durante un buen rato.
La oía respirar. Oía una tele de fondo, detrás de ella, y un perro ladrando, y una puerta que se cerraba.
—Tiene razón —dijo al fin—. Creo que está loco.
—Vale.
—Creo que es un americano loco que ha visto a mi marido en la tele y se ha enterado de unas cuantas cosas de alguna manera, no sé cómo, y que le está dando una especie de… —se calló—. No sé qué le está dando.
—Vale.
—Solo que… —dijo Lisa.
Volvió a callarse.
—Solo que habla en sueños —dijo Lisa Price.
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Gaz dejó la taza de té de Ricky en el suelo. Con mucho cuidado. Ricky, de pie en la puerta de la cocina, no se movió.
—No todas las noches —dijo Lisa—. Ni siquiera todas las semanas.
Pero a veces. Veintitrés años llevo escuchándolo.
Siempre es lo mismo. Se incorpora. No está despierto.
Tiene los ojos abiertos, pero no está despierto.
Y dice: «Gaz. Bájate de la silla» —su voz era muy plana, como si lo estuviera leyendo de un papel—.
«Gaz, bájate de la silla. Gaz, déjalo. Déjalo, ya lo hago mañana».
Y luego se tumba y vuelve a dormirse. Y por la mañana no se acuerda. Nunca se lo he dicho. Ni una sola vez.
Gaz se había tapado la cara con las dos manos.
—Yo sé lo que pasó —dijo Lisa—. En el piso.
Su cumpleaños. Lo sé porque me lo contó su madre, hace años, después de que nos prometiéramos.
Me dijo: «Lisa, hay algo que tienes que saber sobre nuestro Danny, y él nunca te lo va a contar».
Y me lo contó. Lo de las luces, y la silla, y los chicos que se fueron a la licorería.
Y Danny, el primero en volver a subir las escaleras —se detuvo—.
Así que sé lo que está diciendo, cuando se incorpora en plena noche. Sé exactamente lo que está diciendo.
No dije nada. No podía.
—Así que cuando alguien lo llama —dijo Lisa— desde esa calle, desde esa casa, desde Londres, y le dice algo del gel en el váter, y de las cuatro libras de las patatas…
—se le quebró la voz, solo una vez, y luego volvió a sonar firme—, quiero saber qué está pasando.
Porque llevo veintinueve años viendo a mi marido cargar con esto como con un saco de cemento.
Y nunca he podido quitárselo de encima. Ni una sola vez.
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—¿Puedo preguntarle una cosa? —dije.
—Dígame.
—¿Se acuerda de él? De Gaz. Usted lo conoció. En Londres. Antes.
Lisa se quedó callada un momento.
—Coincidí con él tres veces —dijo—. Danny me llevó al piso después de nuestra segunda cita.
Me lo había pedido en el ascensor del trabajo; estaba tan nervioso que pulsó todos los botones.
Y cuando llegamos al piso, había un chaval en la cocina.
Gorro de pescador. Camiseta de fútbol. Comiendo cereales directamente de la caja.
A las once de la noche —casi se rio—. Y me miró, y miró a Danny, y dijo: «¿Qué pasa?
». Solo eso. «¿Qué pasa?». Y luego se metió en su cuarto.
En el suelo, Gaz dijo, con las manos en la cara:
—Fui un borde. Qué borde fui. Dile que siento haber sido tan borde.
—Dice que siente haber sido tan borde —dije.
La línea se quedó en silencio.
—¿Qué? —dijo Lisa.
—Está aquí. En la cocina. En el suelo. Dice que siente haber sido grosero contigo. La primera vez. Lo de los cereales.
Nada al otro lado.
—La segunda vez —dijo Lisa, muy despacio—, me hizo una taza de té.
Y me dijo: «Tú eres buena gente, tú». Y la tercera vez fue la fiesta.
El cumpleaños. Yo pensaba ir. Tenía el turno de tarde.
Pensaba ir después. A medianoche. —Se detuvo—.
Nunca llegué. Danny llamó al hotel a las nueve y media.
Desde la cabina de la esquina. Y nunca llegué.
—Dice —dije, porque Gaz lo estaba diciendo, desde el suelo, con la cara mojada— que te diga que te odiaba un poco. Y que le caías bien. Las dos cosas. Y que se alegra de que fueras tú.
Lisa Price hizo un sonido. No era una palabra.
—Tengo que colgar —dijo—. Tengo que colgar. Tengo que ir a ocuparme de Danny.
—Sra. Price.
—Lisa.
—Lisa. Lo siento. No pretendo hacerle daño. Gaz quiere verlo. Nada más. Lleva veintinueve años esperando para decirle algo. Y quiere decirle que no fue culpa suya. Las luces. La silla. No fue culpa de Danny.
Hubo un largo silencio.
—Lleva veintinueve años esperando que alguien le diga eso —dijo Lisa—. Veintinueve años. —Respiró hondo—. No lo llames.
—¿Qué?
—No vuelvas a llamarlo. Por favor. Lo digo en serio.
Si lo llamas, colgará el teléfono, se meterá en la furgoneta y no volverá a salir.
—Su voz era muy serena ahora. Muy práctica.
Una mujer acostumbrada a arreglar cosas que no le correspondía arreglar—.
Danny es un hombre que tiene que llegar a las cosas despacio.
Es como una caldera. No puedes darle una patada.
Hay que dejar que se vaya calentando. Si le das una patada, se apaga.
—Hizo una pausa—. Déjame hablar con él. Dame algo de tiempo. Si quiere llamarte, te llamará.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé, cariño —dijo Lisa—. El que haga falta.
Colgó.
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Gaz no dijo nada durante mucho rato después de eso.
Se quedó sentado en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en los fogones.
Ricky se acercó y se sentó junto a él, a un lado.
Jimmy bajó de la nevera y se sentó al otro.
Reggie se quedó de pie en el umbral, como hace siempre.
Mike se quedó en el salón, en la ventana, pero yo lo veía a través de la puerta. Miraba hacia la cocina.
—Sigue siendo buena gente —dijo Gaz al final—. Lisa. Sigue siendo buena gente. —Se secó la cara con el dorso de la mano—. Y sigo odiándola un poco.
—Eso está permitido —dijo Ricky.
—Eso ya lo has dicho.
—Y sigue estando permitido.
—«Bájate de la silla» —dijo Gaz en voz baja—.
Eso es lo que dijo. Aquella noche. Subió las escaleras primero.
Antes que los chicos. Traía una bolsa de latas.
Y entró por la puerta y yo estaba en la silla, junto a la ventana, con las luces, y dijo: «Gaz, bájate de la silla.
Déjalo. Lo hago mañana». —Se miró las manos—.
Y yo dije: «Dos minutos, Dan. Ya casi lo tengo».
Nadie dijo nada.
—Es todo lo que recuerdo —dijo Gaz—. «Dos minutos, Dan».
Y luego era febrero. Bueno. No era febrero.
Era marzo. Pero lo recuerdo como febrero.
Frío. Y yo estaba de pie en el recibidor de abajo, y Reggie me estaba mirando, y Jimmy estaba llorando, y Ricky dijo: «Ay, por Dios, otro más no», y yo no sabía por qué.
—¿Yo dije eso? —preguntó Ricky.
—Lo dijiste, tío.
Ricky se quedó callado.
—Lo siento —dijo.
—No pasa nada. Tuvo gracia. Después. —Gaz recogió el gorro del suelo. Se lo puso—. Lleva veintinueve años diciéndolo. En sueños. «Bájate de la silla». —Me miró—. Debería haberme bajado de la silla, Dav.
—Tenías veinticuatro años.
—Estaba fardando —dijo Gaz—. Esa es la verdad. Estaba fardando para él. Quería las luces perfectas. Quería que entrara y dijera: «Gaz, tío, esto es la leche». Quería —se detuvo—. Quería que me mirara así. Solo una vez. Como si fuera la leche.
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Así que esperé.
Fue la primera semana de la espera. Dos clases de espera, al mismo tiempo. Esperar a que un fontanero de Stockport se fuera calentando como una caldera. Y esperar a que una mujer pequeña y rellenita de Bahia se subiera a un avión con cuatro hamacas y tres kilos de carne ilegal.
Aquella semana aprendí algo. Aprendí que esperar a propósito es un trabajo.
No es poca cosa. No es quedarse quieto. Es levantarse cada mañana y bajar y tomarse el café e ir a trabajar y volver a casa y no coger el teléfono.
Cada día. Otra vez. Es como sujetar una puerta abierta para alguien que está muy lejos, y se te cansa el brazo, y la sujetas igual.
El domingo vino Carol. Llamó con la aldaba del zorro.
Ricky abrió la puerta roja. Tomaron té en la cocina amarilla con la Sra.
Penhaligon, y Carol le contó a la Sra. Penhaligon lo de un hombre de su club de lectura que se había pasado tres meses leyendo el libro equivocado y nadie se lo había dicho.
El jueves vino Pauly. Ella y la Sra. Penhaligon pusieron discos a todo volumen en el salón del Piso 1. La pista nueve de la cinta de Ricky. Bailaron. Ricky se sentó en la encimera y balanceó los pies.
Y todas las noches Gaz se sentaba en el suelo de la cocina, apoyado en los fogones. Sin ver la tele. Sin hacer lo de las luces. Sin escribir en el espejo. Solo sentado. Con el gorro en las manos.
El miércoles por la noche me senté a su lado.
—¿Cómo lo haces? —dije—. Esperar. Lo esperaste diez años. Antes. Cuando estabas vivo. Esperaste el momento adecuado para decírselo. Diez años.
Gaz no dijo nada durante un rato.
—Simplemente te quedas ahí —dijo por fin—. A su lado. Todos los días. En el fútbol. En la freiduría. En el reparto de periódicos. En la furgoneta. Te quedas a su lado y no lo dices. Y es lo mejor del mundo, estar a su lado. Y es lo peor del mundo, no decirlo.
Le dio una vuelta al gorro entre las manos.
—Y un día piensas: se lo digo mañana. Y luego llega su cumpleaños. Y estás subido a una silla.
Me miró.
—No hagas eso, tío —dijo—. No esperes como esperé yo. Espera como dijo Lisa. Como una caldera. Caliente. Pero no esperes como yo.
—¿Qué diferencia hay?
—Yo me esperaba a mí —dijo Gaz—. A que yo fuera valiente. Lisa lo espera a él.
Se puso el gorro.
—Esa es la diferencia.
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El viernes por la noche, a las diez, llamó Inácio.
Estaba en su piso. Se oía a Sofia de fondo, y a Rhys tocando la batería muy bajito con escobillas, y a Agnieszka, en el piso de abajo, dando golpes en el techo de todos modos.
—Está en el aeropuerto —dijo Inácio—. En Bahia. Luana me ha mandado una foto. Mira.
Llegó la foto. Una mujer bajita y rellenita, con un vestido azul vivo de flores blancas, en un aeropuerto, de pie junto a un carrito cargado con cuatro maletas enormes, todas envueltas en film transparente, como hace la gente en Brasil, para que nadie pueda abrirlas.
Llevaba una cinta blanca en el pelo. Una cruz de oro colgada de una cadena.
Sujetaba el pasaporte contra el pecho con las dos manos, como un misal.
No sonreía. Parecía muerta de miedo.
—Su vestido de ir a misa —dijo Inácio—. Lleva su vestido de ir a misa. Para el avión. Once horas. Con el vestido de misa.
Tenía una voz rara.
—Nunca ha estado en un avión más de dos horas. Nunca ha salido de Brasil. Tiene sesenta y un años, Dav. Tiene sesenta y un años y se sube a un avión ella sola para venir a verme.
—Es muy valiente —dije.
—Es muy valiente —dijo Inácio. Se quedó callado un momento—. Y voy a ir a recibirla a Heathrow a las seis de la mañana. Y voy a abrazarla. Y voy a ser un cobarde durante un mes. En una sala de espera.
—No eres un cobarde.
—Bev dice que sí.
—Bev dice que yo también lo soy —dije—. Bev dice que todo el mundo lo es. Es su manera de demostrar cariño.
Inácio se rio. Una risa corta. Cansada.
—¿Vendrás? —dijo—. A Heathrow. A las seis. Como mi amigo.
Se calló.
—Perdona. Como mi amigo Dav. Que me ayuda con las maletas. Cuatro maletas. No puedo cargar con cuatro maletas.
Miré la foto. A la mujer bajita, rellenita y aterrorizada, con su vestido de ir a misa, que sujetaba el pasaporte como un misal.
—Claro que iré —dije.
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A medianoche entré en el baño a lavarme los dientes.
El espejo estaba empañado. Yo no había abierto la ducha.
DANNY.
KEV. SPUD. MO.
Y debajo, en la esquina, muy pequeña, con la letra redonda de Gaz, una línea nueva. Esta vez no era un nombre.
ESPERANDO (CALIENTE).