CAPÍTULO CUATRO
Price & Son
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Encontrar a Danny Price me llevó cuatro minutos.
PRICE & SON FONTANERÍA Y CALEFACCIÓN. STOCKPORT Y EL SUR DE MÁNCHESTER. REGISTRO GAS SAFE. NINGÚN TRABAJO ES DEMASIADO PEQUEÑO. SIN CARGO DE DESPLAZAMIENTO PARA PENSIONISTAS.
Había una página web. Nada sofisticada. Una página blanca con un logo azul de un grifo, una lista de servicios, un número de teléfono y algunas reseñas.
Danny vino a las once de la noche en Nochebuena, cuando se nos murió la caldera.
No quiso cobrar nada. Una leyenda. Nos arregló la fuga y la tapa del váter y le dijo a mi marido que estaba cogiendo mal el desatascador.
Danny y Josh estuvieron geniales. Josh es muy educado y Danny no para de hablar de fútbol.
Y una foto. Dos hombres delante de una furgoneta blanca con el grifo azul en el costado.
Uno grandote, de pelo canoso, con un forro polar azul marino, sonriendo de oreja a oreja y con el brazo echado por encima del otro.
El otro joven, de unos diecinueve años, alto y delgado, de pelo castaño y con mucha gomina, mirando a la cámara como si preferiera estar en cualquier otro sitio.
Era lunes por la mañana y yo estaba sentado en mi mesa de Brightwater. Giré la pantalla para que nadie más la viera. Miré la foto.
Hice una captura. La envié a LA PIZARRA (OFICIAL). El portátil viejo, el del perrito caliente de dibujos en la tapa, estaba abierto en la mesa de centro de mi casa, como siempre. Gaz podía ver la pantalla. Gaz siempre podía ver la pantalla.
La respuesta tardó once minutos. Lo que significaba que la había tecleado Gaz en persona. Ricky ya escribe rápido. Gaz sigue siendo lento.
ES ÉL. ESA ES SU FURGONETA.
Luego, cuatro minutos más tarde:
Y ESE ES JOSH. SU CHAVAL. TIENE EL PELO, TÍO. MÍRALO. ESO SON 40 MINUTOS DE BAÑO, FIJO. ME JUGARÍA LA VIDA.
Luego, mucho después:
(sé que no tengo vida que jugarme. es una forma de hablar)
Luego:
LLÁMALE. POR FAVOR, TÍO. HOY.
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Priya había vuelto de su luna de miel el jueves.
Dos semanas en Sri Lanka. Estaba morena y feliz y llena de historias sobre elefantes y sobre un tren que atravesaba las montañas tan despacio que podías bajarte, comprar un té y volver a subir.
Me trajo un elefantito de madera. Lo puso en mi mesa, al lado de la planta de Martin y del cactus de marzo.
—Para la suerte —dijo—. Es una cosa de Sri Lanka. O una cosa de turistas. El hombre de la tienda dijo que era una cosa de Sri Lanka, pero también dijo que era de ébano, y estoy bastante segura de que es de pino.
A la hora de comer me preguntó por la madre de Inácio. Le hablé de la sala de espera.
Priya escuchó con la barbilla apoyada en la mano.
—Eso es muy maduro por tu parte —dijo cuando terminé.
—¿Ah, sí?
—Es muy poco americano por tu parte —dijo Priya—. Vosotros los americanos no esperáis nada. Inventasteis lo de pedir la comida desde el coche. Lo queréis todo en una bolsa de papel en cuarenta segundos.
Cogió su sándwich.
—Has cambiado, Dav. En febrero habrías esperado eternamente y lo habrías llamado buena educación. En julio habrías dicho «no, ahora, hoy» y lo habrías llamado valentía. Ahora estás haciendo lo de en medio. Eso es lo más difícil.
—¿Y qué es lo de en medio?
—Tener paciencia —dijo Priya—, a propósito.
Se comió el sándwich.
—La madre de Tom dice que es todo el secreto del matrimonio. También dice que el secreto del matrimonio son los baños separados. Tiene muchos secretos.
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Llamé a las dos. Desde la sala de reuniones pequeña, la que no tiene ventanas y no le gusta a nadie, y justo por eso siempre está libre.
El teléfono sonó cuatro veces. Luego, una voz. Grande, cálida, de Mánchester, un poco sin aliento, con el ruido del motor de una furgoneta de fondo.
—Price and Son, Danny al habla.
Se me quedó la boca seca.
Lo había ensayado. Por supuesto que lo había ensayado. Lo había ensayado en la ducha, y en el autobús, y delante de Gaz, que no paraba de decir: «No, tío, no lo digas así, va a pensar que vendes ventanas».
—Hola —dije—. Buenas. ¿Es usted Danny Price?
—El mismo. ¿Qué puedo hacer por usted? ¿Una fuga? ¿La caldera? Si es la caldera, no puedo ir hasta el jueves, lo tengo petado.
—No es la caldera.
—Vale.
—Me llamo Dav Kowalski —dije—. Llamo desde Londres. Vivo en Camden. En una calle que se llama Kestrel Row.
Respiré hondo.
—En el número 14.
En la línea no se oyó nada.
No era silencio. Era que no había ningún sonido en absoluto. El motor de la furgoneta se había parado. O él había parado la furgoneta. No lo sabía.
—¿Señor Price?
—¿Quién le ha dado este número? —dijo Danny Price.
Le había cambiado la voz. Se le había ido todo el calor. Todo el resuello. Ahora era muy plana y muy cuidadosa. La voz de un hombre corpulento al que han sorprendido por la espalda.
—Está en su página web —dije—. En el apartado de «contacto».
—Ya sé que está en mi página web. Digo por qué. Por qué me llama. —Soltó el aire—. ¿Es usted periodista? ¿Esto es un periódico? Porque ya he tenido uno esta semana. Un chaval de una web. «La trágica pérdida del fontanero del concurso». Lo mandé a paseo. A usted le diré lo mismo.
—No soy periodista.
—¿Entonces qué es? ¿Es uno de esos médiums?
—Se rio. Fue una risa dura—. También he tenido uno de esos.
Una mujer de Blackpool. Me llamó el jueves.
Dijo que podía ponerme en contacto con mi amigo por veintinueve noventa y nueve.
Veintinueve noventa y nueve. Le dije: «Guapa, si pudiera ponerme en contacto con Gaz Doyle, él le diría que está cobrando de más».
—Tampoco soy médium —dije—. Soy redactor. En publicidad. De Ohio.
—Ohio —dijo Danny.
—Ohio.
—¿Y qué hace un redactor de Ohio llamando a un fontanero de Stockport para hablar de… —Se detuvo. No dijo el resto.
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Había decidido, antes de llamar, que no se lo iba a contar.
No la primera vez. No por teléfono. No puedes decirle a alguien por teléfono que su mejor amigo, muerto en 1997, está metido en tu radiador.
Lo aprendí con Pauly. Tienes que darle a la gente una forma de creerte.
Una cosa pequeña. Una cosa que solo ellos sepan.
Así que le había pedido una a Gaz. El domingo por la noche. Después de la semifinal.
Lo estuvo pensando una hora. Tumbado en la alfombra. Me dio siete, luego me las quitó todas, y luego me dio una.
—Vivo en el Piso 3 —dije—. Arriba del todo. Pero sé algunas cosas sobre el Piso 2. Sobre 1996. Sé que había un futbolista en el baño.
Silencio.
—De cartón —dije—. A tamaño real. Mirando a la bañera. Lo subió usted mismo por las escaleras. Y Gaz subió el hervidor. Y discutieron dos horas sobre dónde ponerlo, y usted dijo que era motivacional. —Tragué saliva—. Era Eric Cantona. Con el cuello levantado.
Oí a Danny Price coger aire. Una inspiración larga, lenta, como un hombre que se hunde bajo el agua.
—¿Quién le ha contado eso? —dijo. En voz baja.
—Y un sábado —dije—, Gaz salió por la ventana de la cocina.
Al tejado de la ampliación. Y entró por la ventana del baño.
Mientras usted se arreglaba el pelo. Y a usted se le cayó el gel al váter.
Y usted lo persiguió escaleras abajo en ropa interior, y la Sra.
Penhaligon estaba entrando con la compra.
El silencio se alargó.
—Eso no lo sabe nadie —dijo Danny. Le temblaba la voz—. Nadie. Ni los chicos. Ni Lisa. Nadie. Éramos solo nosotros. Y la Sra. P. Y ella no diría nada.
—No —dije—. No diría nada.
—¿Entonces quién se lo ha contado?
Cerré los ojos.
Pensé en lo que Gaz me había dicho, en la alfombra, a medianoche. Dile lo de las patatas. Dile que todavía me debe las patatas. Maine Road. La segunda noche. Dijo que me lo devolvería y nunca lo hizo. Cuatro libras. Dile eso y lo sabrá.
—Dice que todavía le debe cuatro libras —dije—. De unas patatas fritas. En Maine Road. La segunda noche. Usted dijo que se lo devolvería. Nunca lo hizo.
Danny Price colgó.
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Me quedé sentado en la salita sin ventanas con el teléfono en la mano.
Lo había hecho mal. Lo sabía. Lo había hecho demasiado rápido.
Con Pauly había tenido tantísimo cuidado.
Había esperado. Le había dado días. Había subido catorce plantas.
Y con Danny se lo había soltado sin más.
Por teléfono. A un hombre sentado en una furgoneta en Stockport. Dice que todavía le debe cuatro libras.
Dice. Presente. De un hombre que murió en 1997.
Había hecho justo lo que había dicho que no haría. Había presionado.
Volví a mi mesa. Priya me miró la cara y no dijo nada. Solo me acercó un poco más el elefante de madera.
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En casa, Gaz esperaba junto a la puerta de la calle. Dentro, en el recibidor, al pie de las escaleras, sobre la alfombra marrón de 1962. Nunca había hecho eso. Estaba tan pegado a la puerta que, al abrirla, lo atravesé de lleno y noté el frío bajándome por todo el pecho.
—¿Y bien? —dijo—. ¿Y bien? ¿Lo has llamado? ¿Qué ha dicho? ¿Se ha reído? Siempre se ríe. ¿Ha dicho algo de mí? ¿Le has dicho lo de las patatas? ¿Se acordaba de las patatas?
—Ha colgado —dije.
Gaz se quedó quieto.
—Ah —dijo.
—Lo siento, Gaz. Lo he hecho mal. He ido demasiado rápido.
Le he contado lo del futbolista y lo del gel y lo de la Sra.
P, y se ha quedado muy callado, y luego le he dicho lo de las patatas, y ha colgado.
—Dejé la bolsa en el suelo—. Debería haber esperado.
Debería haberle dado tiempo. Lo siento de verdad.
Gaz no dijo nada durante un buen rato. Miraba al suelo.
—No pasa nada, tío —dijo al final—. No pasa nada.
Siempre colgaba. Cuando se disgustaba. Por teléfono.
Lo colgaba sin más. Se lo hacía a su madre.
Se lo hacía al banco. Me lo hizo a mí una vez, en 1993, porque dije que el portero del United no paraba ni un resfriado.
—Intentó sonreír—. Me llamó diez minutos después y me dijo que tenía razón.
—¿Esta vez ha vuelto a llamar?
Gaz me miró.
—No lo sé, tío —dijo—. El teléfono lo tienes tú.
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No volvió a llamar. Ni en diez minutos. Ni en una hora.
Hice la cena. Gaz se sentó en el suelo de la cocina, apoyado en los fogones.
Jimmy se sentó encima de la nevera y no cantó.
Reggie llegó desde el rincón y dijo: «Buenas noches, David», y luego miró a Gaz y no dijo nada más.
Ricky preparó una taza de té y la dejó en el suelo al lado de Gaz, un té que Gaz no podía beber y que Ricky sabía que Gaz no podía beber. Lo hizo de todas formas.
—Para sujetarla —dijo Ricky.
Gaz rodeó la taza con las manos. Sin tocarla. Solo alrededor.
A las nueve y cuarenta, sonó mi teléfono.
Un número de Mánchester. No el de la web. Otro distinto.
Miré a Gaz. Gaz me miró. La luz de la cocina zumbaba.
Contesté.
—¿Diga?
—¿Eres Dav? —dijo una voz de mujer. De Mánchester. Cálida. Cansada. Muy directa—. ¿Dav, el de Londres? ¿El de Ohio?
—Sí. ¿Quién es?
—Soy Lisa Price —dijo la mujer—. La mujer de Danny.
—Hizo una pausa—. Está sentado en la furgoneta.
En la entrada de casa. Lleva sentado en la furgoneta desde las dos y media.
No quiere entrar. No quiere hablar. Está ahí sentado con el motor apagado y la radio puesta, y cada vez que salgo a la furgoneta está llorando, y no me quiere decir por qué.
Tomó aire.
—Así que le he cogido el móvil —dijo Lisa Price—. Mientras hacía pis en el baño de abajo. Y he encontrado tu número. Y te estoy llamando. —Su voz se volvió muy dura y muy serena—. ¿Qué le has dicho a mi marido?