Los chicos han vuelto (Embrujado por un guapo nº 4) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Wythenshawe

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—Nos conocimos en el colegio —dijo Gaz—.

El primer día. Once años. Se sentó a mi lado porque era la única silla libre, y yo tenía una bolsa de patatas fritas, y me dijo: «¿Te las vas a comer todas?

». Y yo le dije: «Sí». Y él dijo: «Pues vale».

Y ya está. —Se encogió de hombros—. Trece años. Mejores amigos. Todos los días.

Era lunes por la noche. Había vuelto del trabajo y había hecho pasta, y Gaz me estaba esperando en la cocina cuando entré, de pie junto a los fogones, y me había dicho: «¿Puedo hablarte de él? ¿De todo? Nunca le he contado todo a nadie», y yo le había dicho que sí.

Así que estábamos en el salón. Todos. Como siempre que uno de ellos tiene algo que contar.

Yo estaba en el sofá con mi pasta. Reggie, en el otro extremo.

Jimmy, en la estantería. Ricky, en su pared, con una taza de té que se había preparado él mismo, que no podía beber pero que le gustaba sostener. Mike estaba en la ventana.

Gaz estaba sentado en la mesa de centro. De cara a mí. Como un hombre contando una historia en una boda.

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Wythenshawe, me contó, es una urbanización enorme en el sur de Mánchester.

Miles de casas. Todas iguales. Ladrillo rojo, con jardincitos delante, y tendederos detrás, y mucha hierba donde no se podía jugar al fútbol y todo el mundo jugaba.

Gaz vivía con su madre, Maureen, y con su abuela, en una casa de una calle con nombre de árbol.

Su padre iba y venía. «Sobre todo se iba».

Danny vivía cuatro calles más allá con su madre, su padre y dos hermanas mayores que lo peinaban para las fotos del colegio hasta que cumplió los catorce y dijo que antes muerto.

—Y lo hacíamos todo —dijo Gaz—. Juntos. Fútbol.

Todos los días. Colegio. Más o menos. Hacer pellas.

Más todavía. Repartir periódicos. Teníamos una ruta juntos.

Una bici. Él pedaleaba, yo lanzaba. Yo lanzaba fatal.

Tuvimos quejas. A la Sra. Kowalczyk, la del número 40, le dio el Manchester Evening News en plena cara tres veces en una semana.

Dejé el tenedor.

—¿Kowalczyk?

—Así se llamaba. Polaca. Un encanto de mujer. Nos hacía bizcocho para que dejáramos de tirarle los periódicos a la cara.

—Los vecinos de mis padres se llaman Kowalczyk. En Columbus.

—Es un apellido muy común, cariño —dijo Jimmy desde la estantería—. Como Smith. Solo con más letras.

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Luego, los chicos.

Eran cinco. Gaz y Danny, y tres más. Gaz los contó con los dedos.

—Big Kev. Kevin Walsh. Enorme. Como una nevera con piernas.

Incapaz de hacerle daño ni a una mosca. Lloró con El rey león.

Dos veces. En el cine. Spud. Sean Murphy.

Bajito. Madre irlandesa. Leía libros. El listo.

Quería ser profesor, cosa que nos parecía lo más gracioso que habíamos oído en la vida.

Y Mo. Mohammed Rahman. Su padre tenía un fish and chips en Princess Parkway.

Las mejores patatas de Mánchester. Patatas gratis para los chicos, todos los viernes, si barríamos el suelo.

—Sonrió—. Mo era el que lo sabía todo. A Mo no se le podía esconder nada.

Solo te miraba. Así. —Gaz imitó la mirada.

Una mirada larga, serena, un poco triste, con las cejas levantadas.

Le salía buenísima—. Y se lo contabas. Lo que fuera. Se lo contabas sin más.

—¿Se lo contaste? —dijo Ricky desde la pared.

Gaz no respondió enseguida.

—Sí —dijo—. Se lo conté a Mo. En 1994. En la parte de atrás del fish and chips.

Con un cubo de patatas. No era mi intención.

Es que me miró. —Se quedó callado—. Y Mo dijo: «Vale, Gaz».

Y luego dijo: «¿Quieres pelar o cortar?».

Y ya está. No se lo contó a nadie. Ni una vez.

Ni a los otros. Ni a su madre. A nadie. —Gaz daba vueltas al gorro entre las manos—.

Lo mejor que me ha dicho nadie en la vida: «¿Quieres pelar o cortar? ».

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Luego, Oasis.

Algo de esto ya lo sabía. En esta casa todos sabían algo de esto.

Gaz quiere a Oasis como algunos quieren a Dios, o a su madre, o a un perro.

Los quiere a voz en grito y sin la menor duda.

También adora a las Spice Girls, lo cual, dice él, «no es una contradicción, colega, es una dieta equilibrada».

—Maine Road —dijo Gaz—. Abril de 1996. Es el antiguo campo del City.

Oasis tocó dos noches. En su propia ciudad.

Lo más grande que ha pasado nunca en Mánchester.

Más grande que el Papa. —Ahora estaba de pie.

No podía estarse quieto cuando hablaba de aquello—.

Fuimos las dos noches. Los cinco. Ahorramos durante meses.

Kev vendió la bici. Spud hizo turnos extra en la biblioteca.

El padre de Mo nos dio el dinero para la segunda noche porque Mo lloró.

Mo no lloraba nunca. Lloró delante de su padre, y su padre dijo: «Vale, vale, id, id, cogedlo, me estáis partiendo el corazón».

—¿Estuvo bien? —dije.

Gaz se detuvo. Me miró como si le hubiera preguntado si el agua moja.

—Colega —dijo—. Cuarenta mil personas. Cantando cada palabra.

Todas y cada una. No se oía al grupo. Solo se oía a Mánchester.

Cuarenta mil personas de las urbanizaciones y las casas adosadas y los bloques de pisos.

Todas cantando a la vez. —Se puso la mano en el pecho—.

Nunca he sentido nada parecido. Ni antes ni después.

Vivo o muerto. Era como formar parte de algo inmenso. Como ser una gota en una ola.

Volvió a sentarse en la mesa de centro.

—Y Danny me compró esto —dijo.

Se quitó el gorro de pescador. Lo tendió hacia mí. Beige. Un poco descolorido. Un poco deforme. Con una etiquetita dentro en la que nunca me había fijado.

—A un hombre que estaba fuera del campo.

La segunda noche. Cinco libras. Me dijo: «Toma, Gaz.

Ahora pareces un mancuniano de verdad». Y me lo puso en la cabeza.

Del revés. A propósito. Porque sabía que lo odiaba del revés.

—Miró el gorro—. No me lo quité nunca. Ni una vez.

Durante diez meses. Mi madre tenía que lavármelo mientras dormía.

Se lo volvió a poner. Del derecho.

—Todavía lo llevo —dijo Gaz—. Obviamente.

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—Yo los recuerdo —dijo Reggie.

Todo el mundo se dio la vuelta. Reggie estaba sentado con las manos cruzadas sobre las rodillas, muy recto, mirando a Gaz.

—Los dos jóvenes de Mánchester —dijo Reggie—.

En el Piso 2. En el verano de 1996. Me temo que al principio me parecieron bastante ruidosos.

—Hizo una pausa—. Llegaron en una furgoneta blanca con una puerta rota.

Un sábado. Con un sofá, dos bicicletas, una caja de discos y una figura de cartón a tamaño real de un futbolista, que el Sr. Price subió por las escaleras él mismo. El Sr. Doyle subió el hervidor.

—Yo subí el hervidor —dijo Gaz—. Alguien tenía que subir el hervidor.

—Y discutieron —dijo Reggie— durante dos horas sobre dónde había que poner al futbolista. Y al final acabó en el baño. De cara a la bañera.

—Eso fue Danny —dijo Gaz—. Fue idea de Danny. Decía que era motivador.

—Resultaba muy inquietante —dijo Reggie.

—Cariño, yo me acuerdo del gel del pelo —dijo Jimmy.

Se había incorporado en la estantería. Le brillaban los ojos.

—Todos los sábados. Cuarenta minutos. El Sr. Price en el baño, con la puerta cerrada con llave, la radio puesta y un bote de gel del tamaño de una lata de pintura.

Y Gaz fuera, dando golpes en la puerta. «Danny, nos vamos a perder el principio.

Danny, los chicos están esperando. Danny, me estoy haciendo pis».

—Jimmy se rio—. Y un sábado te subiste por la ventana de la cocina, al tejado de la ampliación, entraste por la ventana del baño y le diste tal susto que se le cayó el gel al váter.

Gaz se tapó la cara con las dos manos. Se estaba riendo.

—Se me había olvidado. Se me había olvidado por completo. Me persiguió escaleras abajo en calzoncillos. La Sra. P estaba entrando con la compra.

—¿La Sra. Penhaligon? —dije—. ¿Estaba aquí? ¿En 1996?

—Llegó en 1990 —dijo Ricky—. Entonces era Margaret.

Cuarenta y tantos. Muy ordenada. Muy temible.

—Casi sonrió—. Gaz le subía la compra por las escaleras.

Todos los sábados por la mañana. Ella se quedaba al pie de la escalera y le decía: «Sr. Doyle, soy perfectamente capaz», y él decía: «Lo sé, Sra. P», y se la subía igualmente.

—Me llamaba el chico del gorro —dijo Gaz—. A sus amigas. Por teléfono. La oía a través del suelo. «El chico del gorro me ha subido otra vez la compra, Joan. No sé en qué estaría pensando su madre al dejarle llevar ese gorro».

—Entonces te conocía —dije despacio—. La Sra. Penhaligon. Antes. Cuando estabas vivo.

—Nos conocía a los dos —dijo Gaz—. A Danny mejor.

Danny le arregló la caldera. Gratis. En invierno.

Siempre andaba arreglando calderas gratis a la gente.

Arregló la mitad de las calderas de Camden gratis.

No podía evitarlo. Oía un ruido raro en una tubería y ya estaba debajo del fregadero antes de que te diera tiempo a impedírselo.

Se quedó callado.

—Ella estaba allí —dijo—. Esa noche. Subió las escaleras.

Nadie dijo nada.

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Esa parte no la contó. No entonces.

En su lugar me habló de otras cosas. De los nueve meses en el Piso 2.

De Londres, que Danny adoraba y Gaz fingía adorar.

De los días en que iba a trabajar con Danny, a los hoteles pijos, cargando las herramientas, y cobraba en efectivo de manos del encargado, al que Gaz le caía bien porque hacía reír a todo el mundo.

De las discotecas de Londres, que estaban «bien, tío, pero no eran Mánchester».

De las raves a las que iba los fines de semana, solo, a veces, cuando Danny salía con una chica de la recepción del hotel que se llamaba Lisa.

Volví a dejar el tenedor.

—¿Lisa?

—Lisa —dijo Gaz—. De Stockport. Trabajaba en la recepción del hotel de Kensington. Rubia. Se reía por todo. Danny la conoció en octubre de 1996. En un ascensor. —Estaba mirando la alfombra—. Y se casó con ella, ¿no? Es la misma Lisa. Lo dijo en la tele. «Casado con Lisa, veintitrés años».

—Eso creo —dije.

Gaz asintió despacio.

—Bien —dijo—. Eso está bien. Era buena chica. Me caía bien. —Le dio la vuelta al gorro—. La odiaba un poco. Pero me caía bien.

Desde la pared, Ricky dijo, con una suavidad poco habitual en él:

—Eso está permitido.

—Ya sé que está permitido, tío —dijo Gaz—. Solo te lo estoy contando.

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Inácio llegó a las nueve.

Había tenido un turno largo en la unidad de ictus.

Llevaba la bata azul debajo del abrigo, con su tarjeta identificativa, INÁCIO SANTOS – FISIOTERAPEUTA, ya no ESTUDIANTE, con una foto nueva en la que ya no parecía tanto que lo estuvieran deteniendo.

Se sentó en el sofá a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos.

—Veintiséis días —dijo.

—Lo sé.

—Mi madre me ha mandado una lista —dijo, sin abrir los ojos—. Por WhatsApp. De las cosas que va a traer. En la maleta. ¿Te la leo?

—Por favor.

Sacó el móvil. La leyó primero en portugués y luego la tradujo, con los ojos entrecerrados.

—Dos kilos de farinha. Es como una harina.

Hecha de mandioca. Una botella de dendê.

Es el aceite rojo. Tres kilos de carne-seca.

Es carne seca. Es ilegal traer carne a Inglaterra.

Se lo he dicho. Dice que no es carne, es amor.

Seis paquetes de unas galletas que solo hacen en una panadería de nuestra ciudad.

Un cuadro de Nuestra Señora para mi cocina.

Un cuadro de Nuestra Señora para Bev, a la que no conoce de nada. Cuatro hamacas.

—¿Cuatro hamacas?

—Dice que en Londres hace frío y que los ingleses tienen que aprender a descansar.

Se apoyó el teléfono en el pecho.

—Y un regalo para mi amigo Dav. No me quiere decir qué es.

La habitación estaba en silencio. Encima de la mesita, Gaz miraba a Inácio con la cabeza ladeada.

—Te llama «mi amigo Dav» —dijo Inácio—. En los mensajes. Meu amigo Dav.

Abrió los ojos y me miró.

—Se lo voy a decir, Dav. Lo prometí. En los escalones. Cara a cara. Lo voy a hacer.

—Lo sé.

—No el primer día.

—Vale.

—Ni el segundo día.

—Vale.

—Tengo que encontrar el día adecuado —dijo Inácio—. El momento adecuado. Como… —buscó la palabra—… como un penalti. No se chuta un penalti antes de que el árbitro pite.

Volvió a cerrar los ojos.

—Cuando esté aquí. Cuando pueda verle la cara. Cuando haya silencio. Lo sabré.

No dije nada. Le puse la mano en el pelo.

Desde la mesita, Gaz dijo, en voz baja, a nadie, a la alfombra, con una voz que no le había oído nunca:

—Eso es lo que decía yo. Durante diez años. «Cuando sea el momento adecuado».

Inácio no lo oyó. Claro que no. Solo lo oí yo.

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A medianoche, cuando Inácio ya se había ido a casa, Gaz estaba de pie en el baño, frente al espejo. Frente a aquella única palabra. DANNY.

Yo me quedé en el umbral.

—Era su cumpleaños —dijo Gaz al espejo—.

El ocho de marzo. De 1997. Un sábado. Cumplía veintitrés.

Los chicos bajaron de Mánchester en tren.

Kev, Spud, Mo. Era la primera vez que pisaban Londres.

Teníamos una fiesta. En el Piso 2. Con una tarta de la panadería de Parkway y unas cuarenta latas y un CD que Spud había grabado con todas nuestras canciones.

Puso el dedo en el cristal, sobre la D.

—Y yo me encargaba de las luces.

Se calló.

La luz del baño parpadeó. Una vez.

—Esa parte todavía no la cuento —dijo Gaz—. Lo siento, tío. No estoy listo. Lo haré. Lo haré cuando sea… —Se detuvo. Se rio. No fue una risa—. Cuando sea el momento adecuado.

Se metió en el radiador.

Y en el espejo, debajo de DANNY, en el vaho, muy pequeña, donde había estado el dedo, había una palabra nueva. Solo una. Como el principio de una lista.

KEV.