Los cerezos de Central Miércoles, 21 de junio de 1922
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Miércoles, 21 de junio de 1922

Almond Hill

Querido Ian:

Te escribo desde la biblioteca de Almond Hill, en esta tarde tormentosa que inicia el verano.

Ahora es difícil adivinar que hemos cambiado de estación, porque grises nubes encapotan un cielo que hace rato que inunda de rayos y truenos el aire.

He oído blasfemar a Abigail, la cocinera, cuando uno de ellos ha reventado encima de la casa y ha hecho que temblasen hasta los cimientos.

Nada hacía presagiar la tormenta esta mañana, soleada cuando salí a dar un paseo y a recoger flores para Richard.

Creo que es la primera vez que visito su tumba sin derramar una lágrima. En el viaje a Nueva York empecé a aceptar que mi vida había cambiado, pero te confieso que tenía miedo a volver y a que aquí todo siguiera igual que antes de las vacaciones.

Por suerte, no ha sido así. Ese desasosiego que sentía se ha ido transformando en una paz serena.

Recuerdo, por supuesto, pero el dolor lacerante ahora es gratitud por los momentos juntos que nos regaló la vida.

Soy una Elisabeth nueva, diferente a la niña mimada que creció en estos campos, a la mujer aterrorizada en la que me convirtió mi matrimonio y a esa sombra triste que se movía por inercia después de perder a mi hijo.

Lo noto en todo, no solo en que sonrío mucho más, sino en el coraje cuando he tenido que enfrentarme al administrador para que cumpla mis órdenes sin rechistar o la ausencia de miedo al aceptar mi nueva posición como tutora del título de mi sobrino y dueña de la mayor parte de las acciones de una empresa de ferrocarril.

También he comprado la revista de Victoria.

Aún no tengo claro el nuevo enfoque que darle; pensé hablar de moda, de libros, de arte o de viajes, pero Mary insiste en que aproveche para darles voz a mujeres que están abriéndose camino en campos nuevos, como está haciendo Sabine.

Es una joven que recogió de niña en el hospicio; vive con ella desde que tenía doce años y a la que quiere tanto como si fuera otra hermana.

Ha terminado sus estudios con excelentes resultados y está como loca por incluir su nombre en el registro de enfermeras este mismo verano.

Sí, yo también opino que algo así debemos contarlo porque es admirable, pero a la vez querría reservar unas páginas para que quien lo desee nos envíe cuentos o relatos; y no puedo olvidar que la publicación original de Edward Reynolds empezó siendo una revista que daba noticias sobre la guerra…

No sé.

Aún estoy buscando un equilibrio entre estas ideas que no parecen casar bien y para ello necesitaría ayuda de alguien que haya vivido cómo trabajan en un periódico de los grandes. ¿No te apetecería reconsiderar mi propuesta?

Prometo no insistir si me dices que no, pero tenía que volver a intentarlo.

Por lo demás, queda poco más de un mes para la boda de John y Victoria.

Será en Almond Hill, el 25 de julio, y me estoy encargando de contratar gente y de preparar la casa para que todo esté perfecto llegado el día.

Ella está en Londres, discutiendo los pormenores de su vestido con Mary y finiquitando asuntos como la venta de su casa, y él aún no ha venido a Inglaterra.

Vivirán en Nueva York, así que sospecho que tú los acabarás viendo más que yo.

Esperaré tu carta de vuelta con impaciencia desde el instante en el que le dé al cartero esta.

Tengo un regalo para ti. El día de nuestra despedida, puse algunas flores de cerezo en el bolsillo de mi abrigo. Los he secado y te devuelvo unos pétalos, que espero que recibas como suaves besos rosas, recuerdo de ese maravilloso día en Central Park.

Una última petición: saluda a la señora Nakamura y a Louise y hazles saber que no las olvido.

Tuya,

Elisabeth Davenport