Los cerezos de Central Capítulo 16
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Capítulo 16

Central Park, Nueva York

Faltaban apenas dos días para que el Aquitania zarpase rumbo a Inglaterra, a los que había que sumar cinco más para que Mary y James fueran a recoger a Elisabeth, Victoria y los niños al puerto de Southampton.

En una semana, las vacaciones que habían empezado en noviembre se convertirían en un recuerdo y comenzaría una nueva etapa en la vida de Elisabeth Davenport.

Por delante tenía asumir el reto de tutelar el condado y sería una de las principales accionistas de una empresa de ferrocarril.

Abril arrancaba con un clima benévolo de cielos azules y temperaturas suaves, pero teñido por la ansiedad de saber si sería capaz de encarar los nuevos retos, la impaciencia por abrazar a su hermana y la tristeza por despedirse de Ian.

La señora Nakamura, con su acento tembloroso, rebajó un poco su angustia del día anterior:

«Leyenda decir que almas destinadas a encontrarse estar atadas por meñiques. Hilo nunca romper, solo estirar y encoger. Yo ver hilo rojo en dedos. Siempre juntos, no importa si lejos».

Las inconexas palabras de Akina le parecieron bellísimas y el hilo, un salvavidas de esperanza al que aferrarse para no caer de vuelta a la oscuridad. Por si acaso aquel hilo no existía, quiso amarrarse a Ian de otro modo, con la promesa de escribirle eternas cartas que mantuvieran el contacto.

Ian estuvo de acuerdo.

«Quizá algún día encontremos cómo envolver el hilo en un ovillo, aunque sea despacito, y volvamos a coincidir».

Ella, aunque no supiera de hilos de colores ni de leyendas de otros continentes, sentía que aquello extraordinario entre los dos merecía la pena conservarlo, aunque la distancia de un océano fuera mucha para un hilo legendario y unas cartas llenas de trivialidades, pero al menos acabaría transformando la pasión compartida en esos meses en una dulce amistad con la que contar siempre.

Cuando llegó a la esquina de la Quinta Avenida con la 72, el fotógrafo la estaba esperando al otro lado de la calle. Se apresuró a cruzar hasta Central Park y corrió hacia él, que la recibió con un abrazo larguísimo, seguros como estaban de que sería uno de los últimos.

—¿Confías en mí? —le preguntó él mirándola a los ojos, cuando por fin se separaron.

—Sí —le contestó ella, tan rápido que no dejó ni un resquicio para que se colase ni la duda más veloz.

—Estupendo, porque tendrás que hacerlo a ciegas.

Sacó un pañuel o del bolsillo y lo balanceó delante de su rostro.

—¿Me permites vendarte los ojos?

Elisabeth, que no había confiado tanto en nadie nunca, no se opuso. Dejó que le colocase el pañuelo y lo anudase con la fuerza justa para que no se le resbalase.

—Creo que lo que vas a ver te maravillará —le susurró él al oído, y entrelazó los dedos con los de Elisabeth para conducirla de la mano.

Después de un buen rato, Ian se detuvo y la soltó.

—No abras los ojos aún —le dijo bajito, a la vez que deshacía los nudos del pañuelo. Antes de terminar de retirarlo, se le escapó un beso que encontró acomodo en la curva de su cuello—. ¿Lista?

—Sí.

—Ábrelos.

En cuanto lo hizo, Elisabeth supo por qué Ian había elegido ese lugar y por qué había decidido que solo lo descubriera cuando se encontrase en él.

Un delicioso manto rosa cubría la orilla del lago en un asombroso espectáculo, mientras, sobre sus cabezas, algodonosas nubes de flores se iban desprendiendo de las ramas de los árboles.

Perdió el aliento.

El aire transportaba un perfume dulce y delicado, y el paisaje vestía galas de fiesta para el día de su despedida.

Una fascinante nevada rosa de delicados pétalos se deslizaba con suavidad hasta el suelo empujada por una suave brisa, hasta alfombrarlo por completo.

Se sentía tan embelesada que comenzó a girar sobre sí misma bajo las ramas de los cerezos, mientras sus pies se hundían en la mullida alfombra de flores.

Ian sacó su cámara y capturó su imagen cuando se detuvo; ella elevó una mano y extendió la palma para recoger con delicadeza uno de los pétalos que flotaban a su alrededor.

Se lo acercó a la nariz, inhalando su sutil perfume a la vez que cerraba los ojos.

Cuando los abrió, pareció de nuevo una niña.

Al volverse, vio sonreír a Ian, que seguía apresando imágenes suyas para poder recordarla siempre.

Elisabeth dejó el pétalo en el bolsillo de su abrigo y murmuró, mirando hacia él:

—Nunca había visto nada tan hermoso.

—Yo sí —respondió él, pero sus ojos no prestaban atención a los cerezos—. Vamos, tenemos que coger sitio.

—¿No era esta la sorpresa?

—Era solo el principio.

Entonces Elisabeth se fijó en que había mucha gente preparando un espacio para hacer un pícnic bajo los cerezos y que al lado de Ian había una cesta que no había visto, como tampoco se había fijado en que iba cargado con su cámara. Al cruzar la Quinta Avenida solo lo había visto a él.

—Hoy es el hanami —le explicó.

—¿El qué?

—La fiesta de mirar las flores, según la cultura japonesa. Vamos.

La agarró de la mano y juntos caminaron hasta encontrar un lugar donde instalarse. Colocaron una manta en el suelo y se sentaron sobre ella. Ian sacó de la cesta dos tazas y una botella en la que reposaba té caliente.

—Seguro que casi se ha enfriado, pero también está rico. La experiencia no estaría completa sin un té.

Elisabeth le agradeció el suyo y, durante un buen rato, no dijo nada.

Solo miraba, fascinada como si fuera una niña pequeña, aquella maravilla de la naturaleza.

En un momento se volvió a Ian, que seguía haciéndole fotos.

Estaba a punto de regañarlo por centrarse en ella y no en lo que tenían delante, cuando se percató de algo.

—La fotografía…

—¿Cómo?

—En casa de la señora Nakamura había una fotografía con su marido. Era un día como hoy. La foto carece de colores, pero acabo de reconocer este lugar.

Volvió la cabeza y observó a las personas que los rodeaban, constatando que la mayoría eran asiáticos.

—Sí, les hice la fotografía aquí, el último hanami que pasaron juntos, al que me invitaron.

—No sabía que hubiera una fiesta para mirar las flores. Nunca se me hubiera ocurrido.

—Ellos me contaron que es mucho más que eso —continuó Ian—.

Esta fiesta marca el inicio de la primavera.

Se celebra la vida: su fragilidad, la transformación constante a la que estamos sometidos y lo efímero de la belleza.

Esto dura un parpadeo. Entre la vida y la muerte de estos pétalos hay muy poco tiempo.

—No me extraña que lo celebren, es tan hermoso…

—Como lo que hemos vivido, Elisabeth.

Ella sonrió, afirmando levemente.

—Te voy a echar mucho de menos. Nunca me he sentido tan bien como en estos meses contigo.

—¿Sabes por qué te he traído aquí?

—Supongo que porque es perfecto para dejar un buen recuerd o —le dijo ella, intentando que su voz sonase jovial.

—No quiero que me olvides, eso también.

—No lo haré. No podría.

—Quiero que mires con atención estos cerezos —le pidió—. Son cerezos Yoshino que Japón donó al parque en 1912 como símbolo diplomático. Llegaron de fuera, se adaptaron a esta caótica ciudad y florecen cada año en primavera regalándonos este espectáculo. Elisabeth, estos árboles me recuerdan a ti.

—¿Por qué?

—Porque has florecido en Nueva York. Cuando te vi en el puerto, era imposible obviar que eres la criatura más hermosa de la tierra, pero te veías tan triste…

—Había perdido a Cath.

—No era solo eso y tú lo sabes. Venías rota, era como si fueras un jarrón y te hubieran estampado contra el suelo. Te habían vuelto a pegar, pero cada una de tus grietas era visible a poco que alguien te mirase a los ojos. Ahora me recuerdas a un jarrón japonés.

—¿Te recuerdo a un jarrón?

—Sí, tal vez lo he recordado por estar bajo estos cerezos.

Ian levantó la mano y le retiró un pétalo del pelo. Ella, por instinto, lo sopló de su mano, provocándole un cosquilleo.

—¿Por qué te lo recuerdo?

—En Japón, reparan las piezas de cerámica con oro.

Potencian las grietas, pero el resultado es hermoso, porque la perfección renace de la imperfección y de las heridas, y estas se hacen más fuertes.

Aunque la vida nos rompa, siempre se pueden volver a reunir los pedazos e incluso conseguir que el resultado sea mejor que lo que había antes.

Elisabeth, tienes oro en tus cicatrices.

En este tiempo has recordado cómo se sonríe y estoy seguro de que eres alguien más fuerte.

Ella lo sabía. Había salido de Inglaterra llena de miedos, abrazada a los fantasmas de su pasado y convencida de que el mundo no tenía nada más que ofrecerle.

Y, sin embargo, ahí estaba, respirando un aire nuevo, con la piel aún marcada por las cicatrices que deja el pasado, pero también revitalizada por la esperanza de que, un día, sin que puedas aventurar cuándo, las cosas pueden cambiar.

—Me ayudaste —dijo en voz baja, entrelazando sus manos con las de él—. Y no solo tú. Esta ciudad, mi hermano, Victoria, los niños… He unido mis pedazos cuando creía que jamás volverían a encajar, porque faltaban las piezas más importantes.

Él se acercó un poco más. El suave viento se meció entre las ramas cargadas de flores y las sacudió. Diminutos pétalos se les quedaron prendidos en el pelo y en las ropas.

—Te ayudamos, pero no habría servido de nada si tú no hubieras querido. Eres fuerte, Elisabeth. Mucho más de lo que crees. Vas a conseguir todo lo que te propongas.

Ella lo miró, con los ojos húmedos y brillantes, y le hizo una petición:

—Ven conmigo a Inglaterra, Ian, no quiero que nos separemos.

—Quédate tú. Esta ciudad te sienta bien.

—No puedo, aunque quisiera. Hay asuntos importantes que debo atender en Londres durante los próximos años.

Ian le agarró la mano y se la besó, como si fuera un caballero, pero pronto se acordó de que no lo era y tiró de ella para apoderarse de su boca. Necesitaba uno más de sus besos para poder recordarlos con precisión.

—¿Nos volveremos a ver algún día? —le preguntó, cuando por fin logró separarse de ella.

—Eso espero. Yo había traído algo para convencerte de que vengas conmigo.

—Ah, ¿sí? ¿El qué?

—Una propuesta. Victoria vendrá a vivir aquí con John, se van a trasladar definitivamente los dos a esta ciudad después de casarse en verano en Almond Hill.

Ella tiene una revista en Londres que perteneció a su primer marido y ha decidido venderla.

Yo me he ofrecido a comprarla, pero no tengo redactores de confianza.

En realidad, no conozco a nadie y no sé nada de revistas.

Será un fracaso si no contrato a alguien pronto.

—Me estás ofreciendo un trabajo.

—Ya sé que no es el New York Times , pero allí sí podrías escribir lo que quisieras.

—No puedo decidir eso en dos días.

—No tienes que hacerlo ya, solo te digo que, si quieres, consideres que hay un trabajo para ti.

Ian la besó otra vez. Llevaba dos meses balanceándose entre dos decisiones y, cuando se había detenido, había ganado el que darse en Nueva York. Nunca se olvidaría de Elisabeth, eso estaba claro.

Recogió un montón de pétalos de flor de cerezo y se los dio.

—Dile a la pequeña Sakura que esto es lo que significa ese nombre que se ha empeñado en que es el suyo. Y también que tiene suerte de ser tu hija. Te mandaré estas fotos y las que le he ido haciendo a ella en estos meses.

Cuando Elisabeth cerró la puerta de su cuarto en el apartamento, descargó de su bolsillo los pétalos.

Algunos habían acusado el paseo de un cuarto de hora desde el parque, así que los que no destinó a Catherine decidió guardarlos.

Con cuidado, fue poniéndolos sobre las cartas que le había ido escribiendo a Richard y estas las guardó protegidas entre las páginas de un libro.

Cuando lo cerró, sintió que aquella parte de su historia también había encontrado el final.