28 de marzo de 1922
Nueva York
Querido Richard:
Febrero y marzo se han ido, y con ellos el frío intenso, dejando paso a unos días más largos y suaves que anuncian una primavera que está a punto de explotar.
Se nota en los árboles de Central Park, plenos de brotes nuevos y de ese verdor que transmite paz.
Me revitaliza la belleza que se despliega a ambos lados de los senderos, las mariposas y las abejas revoloteando a su anchas, las aves llenándolo todo con sus trinos, que hacen que olvide a veces dónde estoy.
Si cierro los ojos, me inundan los aromas de la naturaleza despertando de su letargo invernal y hasta puedo fantasear con que paseo por Almond Hill.
Me he dado cuenta de lo mucho que extraño mis raíces, aunque mis ramas hayan florecido en esta ciudad.
En este tiempo, Ian ha estado a diario conmigo.
Me ha enseñado orgulloso rincones de la ciudad en la que ha crecido, hasta algunos fuera de la ley, como un club nocturno de Harlem al que acudimos una noche y donde el alcohol, que hacía tanto que no probaba, me hizo reír como una loca.
Yo, sin poder mostrarle mi mundo, le he hablado de mi infancia, de la casa, de los campos y de Londres, y le he dejado leer las cartas que he ido escribiéndote.
Hemos hablado mucho, pero quería además que conociera mis emociones.
No las del cuerpo, esas las ha aprendido de memoria y me ha enseñado algo muy valioso: el amor no duele, las personas que te quieren no te dañan y, si lo hacen, es que no se merecen tu compañía.
Me llevo muchas experiencias valiosas para cimentar mi nueva vida, consejos de mi hermano para solventar los posibles problemas que podrán presentarse en mi nuevo rol de mujer de negocios y los ratos pasados en los almacenes con él, aprendiendo.
No me extraña que los negocios funcionen en sus manos, es firme cuanto debe serlo, pero la mayor parte del tiempo se preocupa por los demás, y sus empleados y sus clientes responden.
Solo me entristece que Ian y yo no hayamos vuelto a sacar el tema de mi marcha, que ya es un hecho. Los pasajes están en mi mesilla y hemos comenzado a hacer el equipaje. Hemos pasado estos dos meses ignorándola, aplazándola para cuando fuera inminente.
Ese momento ha llegado casi y temo romperme en nuestra despedida, pero tengo una promesa que pienso cumplir: nunca dejará de recibir mis palabras. Mis cartas llevarán otro destinatario a partir de ahora y estoy segura de que nunca más se quedarán sin respuesta.
No voy a pensar en eso hoy, hemos quedado con su hermana para que pueda decirle adiós.
Tu madre,
Elisabeth Davenport