Los cerezos de Central Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Elisabeth quiso decirle que nunca sería así, pero que estaba notando cómo su recuerdo se alejaba.

Algunas noches, antes de quedarse dormida, trataba de recordar su risa y enseguida se imponía la de Cath y ocupaba su lugar.

Por una parte, aquello dolía, pero venía con la paradoja de un pequeño alivio; había que dejar atrás el pasado y empezaba a vislumbrar un futuro esperanzador.

—¿En qué piensas ahora? —le preguntó Ian de nuevo.

—En nuestro primer beso —contestó ella, que se había quedado un momento callada.

—No me acuerdo, ¿puedes recordarme cómo fue?

Ella aproximó sus labios a los de Ian, los deslizó con suavidad por su boca y, con la punta de la lengua, se abrió paso.

Emitió un gemido suave que desveló su excitación y él no necesitó más para devolverle el beso a unos intereses elevadísimos.

No quiso ser espectador solo y enseguida profundizó con su lengua.

Ambos acabaron fundiéndose como si fueran uno solo.

—Mmm, creo que no fue así —dijo Ian cuando lo dieron por terminado, fingiendo una preocupación que se desvaneció de sus ojos antes de volver a hablar—, pero me vale.

Elisabeth se sentía feliz a su lado, tanto que no quería tener secretos con él. Debía contarle lo que había hablado con su hermano, porque aquello afectaba a lo que estaban empezando a construir.

—Ian, he estado pensando mucho en la posibilidad de quedarme aquí o volver a Inglaterra.

—¿Aún no has comprado los pasajes?

—No.

—¿Eso significa que te quedarás? —preguntó él, y las emociones bailotearon en su entonación sin que pudiera evitarlo.

—No puedo quedarme.

Despacio, le habló de Almond Hill, de lo que había sucedido y que había acabado propiciando ese viaje.

De la solución que John había encontrado en una Europa que apenas estaba empezando a levantar cabeza después de los cuatro largos años de guerra y una pandemia de gripe que la habían hecho tambalearse hasta sus cimientos.

—¿Y si vienes conmigo? —le propuso Elisabeth, cuando terminó.

—¿Y si tú te quedas? —preguntó él, como respuesta.

—No puedo, así que no me va a quedar más remedio que intentar convencerte.

La única moneda para chantajearlo eran sus besos y se esmeró en que fueran inolvidables. Al menos, si no lo convencía, se haría un sitio en su memoria.

Horas después, cuando Ian la acompañó a casa, el dilema de Elisabeth se había trasladado a su mente.

Necesitaba pensar en lo que él quería hacer y decidió que un paseo por su ciudad lo ayudaría.

Sus erráticos pasos lo condujeron hasta un antiguo fumadero de opio transformado en speakeasy , cuya contraseña había escuchado esa mañana en la redacción.

Necesitaba un trago para aclararse y no lo pensó.

Cuando atravesó la puerta del oscuro local lleno de humo, había llegado la medianoche.

La decadencia de los fumaderos la había contrarrestado la prohibición de la importación para uso recreativo de la droga, que causó el efecto contrario al esperado: gente de clase media y alta, hombres y mujeres, los buscaba como medio de evasión y se reunían en sitios como aquel, donde tampoco faltaba la prostitución.

Él detestaba fumar, lo había probado una vez cuando era más joven y había descubierto que no le gustaba nada esa pérdida de control que regalaba la droga.

En lugar de relajarse con la evasión, Ian sentía que dejaba de ser dueño de sí mismo.

Estaba seguro de que no quería convertirse en uno de aquellos cuerpos desmadejados que ocupaban silenciosos los divanes, las literas y los colchones con los ojos vidriosos y los sentidos embotados.

No quería perderse, solo beber un trago, pensar en lo que le había dicho Elisabeth.

Se iría de todos modos.

¿Qué haría? ¿Seguir con su empeño de reunir toda la información que pudiera para escribir sobre cómo casi nadie cumplía la Prohibición cuando le dejasen?

No se iba a rendir, iba a pelear por que algún día publicaran lo que estaba suponiendo la ley seca.

Se había prohibido la fabricación, venta y transporte de alcohol con la intención de reducir el crimen y los problemas sociales, pero se fabricaba el peor alcohol de la historia, se podía comprar si se sabía dónde y su transporte se había convertido en un negocio millonario.

Queriendo acabar con un problema, se había creado otro, un terrible mercado negro que amenazaba con hacerse inmenso, una corrupción en todos los estratos de la sociedad y el ascenso del crimen.

La sociedad, incapaz de afrontar sus problemas de raíz, había preferido imponer prohibiciones que solo los agravaban, como si cerrar los ojos hiciera desaparecer la realidad.

La Primera Guerra Mundial había destrozado a una generación de hombres, devolviéndolos rotos, desencantados y buscando alivio en cualquier exceso.

En lugar de sanar sus heridas, se les arrebató la posibilidad de mitigar su dolor, empujándolos aún más hacia la clandestinidad y la desesperación.

¿Acabaría él desesperado cuando se marchase ella? ¿Se ahogaría en ese alcohol, porque con él asfixiaría la necesidad de ella que se había despertado y que se quedaría huérfana con su marcha?

Bebió de más aquella noche y un par de mujeres se acercaron para tentarlo.

Quizá en otro momento hubiera sucumbido, pero ¿sería solo porque su cuerpo se sentía pleno?

Cuando la segunda mujer se marchó y pidió su cuarto trago, un pensamiento lo asaltó.

Si convertía aquella investigación en su guerra, tenía todas las papeletas para perderla.

Al llegar a su apartamento, se dio cuenta de que se había vuelto a dejar las llaves.

Llamó con los nudillos a casa de Akina y solo después de insistir un rato apareció Louise tras ella, con cara de acabar de despertarse.

Intentó explicarle lo que le pasaba, pero la borrachera confundió su vocabulario y le hizo usar una jerga del Lower East Side que la inglesa fue incapaz de entender.

Dejó que pasara hasta la salita, donde Akina permanecía en su sillón.

Respiraba mejor sentada y no quería dormir en la cama.

El jaleo armado por Ian la había despertado.

—Beber no bueno, tú saber —lo regañó la señora Nakamura.

—Elisabeth se irá —le dijo.

—Tú saber, no nuevo. Eso no justifica. Mal, mal —siguió reprendiéndolo.

—Me ha pedido que me vaya con ella y no sé qué hacer, aquí está mi vida, mi hermana, Luke, hasta el pesado de mi cuñado. Mi trabajo, mi casa, usted… Todo. Pero ella…

La miró con los ojos enrojecidos y la desesperación trabada en ellos, como si solo Akina pudiera darle la respuesta que no encontraba.

—Nunca caer misma lluvia dos veces —dijo la mujer, tomándole la mano, en un gesto nada frecuente en ella—. Pero barco siempre poder regresar a puerto.

Ian sonrió.