Los cerezos de Central Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Apenas habían pasado un par de minutos, cuando el eco de tres golpes rápidos, seguidos de tres lentos, la señal convenida, lo advirtió de que su cita había llegado.

Sin embargo, un viejo instinto de cautela lo empujó a escrutar a través de los sucios cristales de la entrada antes de decidirse a abrir.

Soltó algo de la tensión retenida cuando reconoció a la persona con la que había quedado.

—Pensaba que no habías llegado —le dijo el concejal Fisher, mientras se quitaba el sombrero.

—Siempre soy puntual —respondió Owen, frío.

—Aquí tienes.

Le tendió un sobre con dinero. Owen lo contó por encima y lo miró malhumorado. Sin pararse mucho, allí había menos de la mitad de lo que valía el May Tea. Mucho menos de lo que había acordado con el concejal por el traspaso del restaurante.

—No es lo acordado, Fisher.

—Deberías estarme agradecido por haberte sacado de la cárcel. O, más bien, porque esa vieja no haya muerto. Me hubiera sido mucho más complicado comprar voluntades si hubiera sido así. Considera que lo que falta es un justo pago a mis servicios.

Buckner no había querido hacerse cargo de su defensa, pero su fortuna y sus contactos le dieron acceso a otro con menos escrúpulos, que supo dónde sobornar para llegar a un acuerdo y que ni siquiera se celebrase un juicio.

La justicia se vendó los ojos, pero no para ser ecuánime, sino para mirar hacia otro lado.

Owen estaba furioso, pero trató de ocultar sus emociones.

Todavía quedaba algo más que tratar con Fisher, tenía que sacarle algo más al dinero que se había quedado el concejal al comprarle el restaurante.

—¿Qué has hecho con el periodista?

—Nada, aún. Esa metomentodo de Willebrandt tiene sus ojos sobre mí y no puedo arriesgarme a dar un paso en falso —respondió Fisher.

—Quiero muerto a Brennan, esto también es parte del pago que te he hecho.

—¿Qué importa ese tipo? Es solo un fotógrafo, desde el artículo sobre la redada no ha publicado nada más que fotografías.

—Lo quiero muerto —repitió.

No pensaba explicarle que se había sentido humillado por ese fotógrafo, y no solo por el artículo. No le importaba Elisabeth, sino haber sentido que perdía frente a alguien que consideraba un muerto de hambre.

Fisher levantó los brazos en señal de tregua, no pensaba discutir con Owen. Se metió la mano en el bolsillo y le entregó una nueva documentación.

—Busca otra ciudad y empieza de nuevo. Y no vuelvas por aquí en unos años, si es posible.

Fisher se dio la vuelta y salió del almacén después de ponerse el sombrero.

Colocó la puerta para que pareciera cerrada, pero no terminó de echar el pestillo.

Owen tiró de la lona que cubría el vehículo y no escuchó que la puerta volvía a abrirse a su espalda, pero alcanzó a ver el resplandor de la luz del sol.

Se dio la vuelta, preguntándose si Fisher se habría olvidado de algo, pero no le dio tiempo a comprobarlo, porque dos fornidos tipos, a los que reconoció como dos de los matones del Ice, descargaron sus armas sobre él.

Uno de ellos le sacó el sobre de un bolsillo y de otro la falsa documentación.

—Qué asco, se ha llenado de sangre —comentó.

—Mira esto —le dijo el otro.

Señaló el coche, repleto de alcohol, y miró a su compañero elevando las cejas.

—¿Tú crees que Fisher sabe algo de esto?

—No creo que sea necesario contárselo.

Por si acaso a su compañero le entraban dudas éticas sobre lo que se le acababa de ocurrir, que era quedarse con el alcohol, volvió a sacar el arma y le disparó.

—Lo siento —musitó.

Después, sin prisa, quitó la lona, cubrió los cadáveres y se llevó el coche y las dos maletas de Owen, además del dinero y la documentación que le había entregado el concejal. Cerró la puerta y se llevó la llave, estaba seguro de que pasaría tiempo hasta que alguien encontrase los muertos.

Destino: Chicago.

Martes, 31 de enero de 1922

Nueva York

A medida que enero deshojaba sus días y la luz iba robándole minutos a la noche, la vida en el apartamento de la calle 72 empezó a volverse más luminosa.

Una suave rutina envolvió a la familia de John, convirtiendo las horas de las comidas en momentos de charlas entrañables.

Evan y Cath solían ser los protagonistas, pero aquel día John les pidió que se serenasen, pues tenía algo importante que comunicar a Elisabeth.

—He recibido carta de mi contacto en Londres, un corredor de bolsa, y tras leerla se me ha ocurrido algo. Tú tienes propiedades de Charles que no quieres conservar, ¿verdad?

—Sí.

—Bien, si Mary está de acuerdo, podrías venderlas, eliminar la carga que suponen e invertir la mayor parte de los beneficios en el ferrocarril.

Eso te daría una solvencia económica que vas a necesitar para no depender de nadie en adelante.

Y para sostener Almond Hill aunque las rentas no remonten.

He pedido a mis abogados que lo preparen todo para que la propiedad pase a ser de los tres: tuya, mía y de Mary.

Entre todos podremos sufragar sus gastos.

—¿Mary está de acuerdo?

—Sí.

—¿Y cuándo estará listo todo?

—Este mismo verano. En cuanto llegues a Londres, firmarás los documentos necesarios y abriremos una cuenta para negociar las comisiones.

Cuando nos pongamos de acuerdo, ejecutarán la orden y serás dueña de una parte de las acciones de la London North Western Railway.

Mary y yo también vamos a comprar acciones.

No sé si será suficiente, pero es un principio para solucionar los problemas de Almond Hill.

Elisabeth cerró los ojos. Los últimos días había pensado mucho en sus circunstancias, en volver o quedarse, pero en todas sus conjeturas se había olvidado por completo de que Almond Hill tenía problemas que solucionar.

—¿No te ves capaz de afrontar esto sola? —le preguntó John, preocupado.

—Supongo.

—Hay otro asunto —dijo John—. Alexander, el hijo de Mary, es el nuevo conde de Barton, pero me temo que no está en con diciones de asumir el título.

—¡Es un bebé que se hace pis encima! ¡Cómo va a ser conde! —dijo Catherine.

—¡Cath! —la regañó Elisabeth.

—Lleva toda la razón, Alex no está en condiciones de asumir el condado. Mary y James me han dicho que quieren que seas tú la administradora de los bienes hasta que sea mayor de edad, si te parece bien. Que te ocupes de todo.

—¿Puedo pensarlo? Es demasiada información para digerirla rápido.

—Claro, tómate el tiempo que necesites, aún os queda tiempo aquí.

Elisabeth se retiró. Almond Hill la reclamaba, y eso, inevitablemente, le partía el corazón de nuevo.

Martes, 31 de enero de 1922

Nueva York

Elisabeth se sentó en el escritorio con una hoja en blanco delante.

Sabía que escribir la ayudaba a organizar sus pensamientos y a ver cualquier situación desde otra perspectiva.

Al ponerlos por escrito, lo importante se abría paso hasta el papel y la ayudaba a reducir la confusión y el agobio.

El reto de esa tarde era analizar los pros y contras, las ventajas y desventajas que llevaba pareja la decisión que tomase, incluso podrían aparecer caminos que ni siquiera había contemplado.

Escribir algo no lograba anticipar cómo iban a finalizar, pero el bienestar que sentía cuando lo hacía sí que le iba a permitir liberar la tensión que se había instalado en su pecho.

¿Ella propietaria de un montón de acciones de una empresa ferroviaria?

¿Tutora del título de Alexander hasta su mayoría de edad? ¿Sería capaz?

Miró las cartas que acumulaba dedicadas a Richard y entonces, sin haber escrito ni una sola palabra, supo la respuesta. Si había sido capaz de sobrevivir a aquello y encontrar un pequeño atisbo de felicidad al que se aferraba como un salvavidas, podría con todo.

Antes incluso de datar el escrito que hormigueaba en su mente, recibió una llamada telefónica de Ian. Esa tarde, su trabajo para el periódico había concluido antes y le propuso cenar juntos.

En esa ocasión, las dudas no aparecieron. La única que tuvo fue elegir su vestido.

Ian le había preparado una sorpresa, una cena en su apartamento que finalizó enredados entre las sábanas.

Hacía rato que sus cuerpos habían alcanzado el clímax y el alboroto de respiraciones agitadas y besos ardientes; se encontraban en una tranquila plenitud, mientras se miraban, enfrentados en la cama del fotógrafo.

Elisabeth se sentía valiente a su lado, incluso su mente jugueteaba en esos momentos imaginándose sentada en una mesa frente a los otros accionistas de la compañía de ferrocarril.

No tenía ni idea de lo que se debatiría en una reunión de accionistas, pero en ese momento se veía capaz incluso de presentarles sus propuestas.

Ian, silencioso, pensaba que Elisabeth Davenport era la mujer más increíble con la que se había tropezado.

Le retiró el pelo de la cara y lo prendió detrás de su oreja, mientras elaboraba un plan para volver a hacerle el amor.

Empezaba por recorrer despacio la curva de su cuello con las yemas de los dedos, provocándole un cosquilleo de anticipación a su cuerpo, despertarla y volver a amarla, como si no acabara de hacerlo.

Estaba seguro de que no había otro lugar en el mundo donde le apeteciera estar que no fuera con ella.

Suave, como si sus dedos se hubieran transformado en delicadas alas de mariposa, trazó una línea desde el cuello hasta sus senos y ella respondió con un respingo y se abrigó en él.

No sentía frío, aunque la habitación estuviera escasamente caldeada, sino la deliciosa sensación de compartir el calor de sus cuerpos desnudos. Suspiró sin darse cuenta.

—¿En qué piensas? —preguntó Ian.

—Recuerdo cuando te vi en la puerta del May Tea. Nadie me había mirado como me miraste tú esa noche.

—¿Cómo te miré?

—Como si me vieras por dentro. No te burlaste de mis cartas a Richard, ni de que me espantase lo que pretendía hacer el mago.

—Lo extraño sería que lo hubieras olvidado.