Los cerezos de Central Capítulo 15
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Capítulo 15

Nueva York

El tiempo en Central Park voló como la cometa que Catherine aprendió a manejar siguiendo las instrucciones de Ian.

Elisabeth, desde uno de los bancos que flanqueaban el césped, se divirtió mirando cómo los dos se comportaban como niños y corrían tras el juguete.

A veces conseguían que se elevase un poco, pero la mayoría del tiempo solo lograban unas cabriolas por el aire antes de que cayera en picado hacia el suelo.

—Mamá, ¿tú no quieres volar la cometa? —le preguntó la niña, acercándose corriendo hasta el banco.

—No, cariño, y creo que vosotros deberíais dejarlo por hoy.

—¿Estás insinuando que lo estamos haciendo fatal? —preguntó Ian, que llegaba tras la niña con un aspecto más que desaliñado.

—Bueno, se os notan los progresos —dijo, comprensiva—, pero hace frío, aunque no lo hayáis notado con tanta carrera, y aún debemos visitar a la señora Nakamura.

Ambos se miraron con los rostros entristecidos; se lo estaban pasando tan bien que les hubiera gustado seguir más tiempo.

Media hora después charlaban con la vecina de Ian, mientras una desconocida Louise les servía té y unas pastas.

Con su pelo corto y algo más de peso, la joven mostraba mejor aspecto que la última vez que la habían visto, y parecía más descansada que las semanas que había pasado en el hospital sin separarse de Akina.

—Ha sido una suerte encontrar a la señora Nakamura —les dijo la inglesa, y miró con afecto a la anciana.

—Suerte mía. Louise cuida como hija. Ella respeta y yo tengo deuda de corazón.

La mujer ocupaba su sillón, arropada con una manta, y parecía más diminuta que de costumbre. Miró a la chica con afecto y ella le devolvió la sonrisa.

—Usted no me debe nada.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Elisabeth a Louise—. ¿Volverás a Inglaterra? Hay un barco que parte hacia Southampton a principios de abril.

—No —negó ella con la cabeza—, no podría pagar el pasaje ni en tercera, pero no es la única razón.

Escribí a mis padres. Mi tío me dijo que no me preocupase por ellos, que les había comunicado mi partida, pero a ellos les aseguró que me había fugado con un muchacho porque estaba embarazada.

Desgraciado. Mis padres me han respondido entre aliviados y furiosos, porque no me ahorré ningún detalle de mi historia cuando les escribí.

Quiero esperar a que se les pase el disgusto antes de volver.

Mi madre está escandalizada por mi conducta y mi padre quiere matar a Tedd Pribby.

—Siento mucho que no me hayan dejado publicar el reportaje —le dijo Ian—. No he podido mencionar su nombre.

—No importa, tiene tantos negocios oscuros que estoy segura de que, tarde o temprano, algo lo hará caer. De momento, la hermana de mi madre lo ha abandonado.

Charlaron un rato más sobre el día de la redada, aunque las medias palabras para no asustar a Catherine convirtieron la conversación en algo parecido a un enigma. Ella, aburrida, solo miraba a la señora Nakamura y de pronto le preguntó:

—¿Por qué tiene los ojos raros?

Elisabeth quiso que se la tragase la tierra al escucharla, pero Akina sacó una mano de debajo de la manta y le hizo un gesto para que dejase que contestara ella.

—Ojos ser como pétalos de flores de cerezo, delicados y hermosos. Hace mucho tiempo, mis antepasados vivir donde viento soplar fuerte y nieve caer mucho. Para cuidar ojos de nieve y viento, ellos cerrar un poco. Y ahora, japoneses tener estos hermosos ojos.

—¿Y si cierro los ojos muchos días se quedarán así?

Achinó los ojos, intentando imitar a los de Akina, lo que hizo sonreír a los adultos.

—No creo. Pero importante no es forma de ojos, sino ver con ellos. Ojos de Akina ver cosas hermosas: montañas, campos de arroz, flores de cerezo que en primavera caer como nieve rosa. Y mis ojos ver bondad y alegría en corazones. Tú tener corazón bueno y alegre. Es lo importante, pequeña Sakura.

—Me llamo Catherine.

—Sakura es flor de cerezo —señaló Ian—, y es un nombre cariñoso que te acaba de poner la señora Nakamura.

Antes de que nadie pudiera impedirlo, Cath se lanzó a los brazos de Akina, que la recibió con sorpresa.

La anciana no estaba acostumbrada a las muestras de afecto, al contacto con otros seres humanos, pues en su cultura no estaba bien visto, y desde que había muerto Takuma, apenas la habían abrazado.

—Catherine —le dijo Ian, que había notado el respingo de la señora Nakamura—, cuidado, puedes hacerle daño.

—Ah, sí, perdón, se me había olvidado que acaba de venir del hospital.

—Nosotros nos vamos. Espero que se recupere pronto —dijo Elisabeth, que se estaba guardando una charla con Cath para cuando salieran de allí sobre cómo comportarse.

—Akina agradece visita y quiere ver más a pequeña Sakura. No molestar su abrazo.

Cuando abandonaron la casa, Cath les dijo que, en adelante, prefería que la llamasen Sakura.

Lunes, 9 de enero de 1922

Nueva York

Elisabeth cerró los ojos mientras sus dedos se deslizaban sobre las teclas del piano, extrayendo de él la delicada melodía del Nocturno en mi bemol mayor de Chopin.

Los niños hacía rato que estaban en sus habitaciones y Victoria y John también se habían retirado.

Junto a ella estaba Camille, que disfrutaba de la música mientras parecía perdida en sus pensamientos.

Cuando el arpegio descendente final se deshizo en el aire, flotando apenas un instante antes de desvanecerse, madame Leduc suspiró y le hizo un gesto a Elisabeth para que se aproximara.

Esta se levantó del piano y se sentó a su lado.

—¿Sabes en lo que más te pareces a tu madre? Tus gestos. Tu manera de moverte es la de ma douce Elisabeth.

—La señora Durrell me lo repite a menudo. ¿Es lo que querías contarme? ¿Por eso me has pedido que me quedase cuando todos se han ido a dormir?

— Oh, no, ma chère petite fille , quería despedirme, tu hermano ya lo sabe. Mañana me iré a Boston.

—Pensaba que te quedarías al menos hasta que finalizase enero.

—Tengo que regresar a París antes de febrero. No es que no confíe en mis empleados, debo estar allí para presentar la colección de primavera. Antes de marcharme, tengo algo para ti.

De una bolsa de tela, extrajo un paquete de cartas sujetas con un lazo de tul. Se las tendió y Elisabeth las tomó entre las manos. Solo le llevó un instante darse cuenta de que era la letra de su madre.

— Oui , son las cartas que nos escribimos. Quiero que tengas estas porque no tuviste demasiado tiempo para conocerla.

—¿Por qué no se las has dado a mi hermana?

—Porque Mary no las necesita, y espero que siga siendo así. Tu madre también perdió a su hijo; en estas cartas podrás ver cómo se sintió. Tú no has podido hablar con ella, pero yo sí y te entrego sus palabras.

Elisabeth apretó las cartas contra su pecho.

—¡Gracias, Camille!

La francesa abrió los brazos y la acogió en su pecho, mientras le acariciaba el pelo. Después, despacito, la separó de su cuerpo, metió la mano dentro de la bolsa y extrajo otro objeto.

—Esto también es para ti, ma chère .

En su palma, tallado en nácar y montado sobre un marco plateado, tenía un camafeo, en cuyo anverso destacaba un motivo floral.

Antes de dárselo, accionó el mecanismo discreto que lo abría para enseñarle lo que guardaba en su interior: una fotografía en la que unas jovencísimas Camille y Elisabeth posaban sonrientes.

—Pero… no lo puedo aceptar, ¿por qué me das todo esto?

—No me estoy deshaciendo de nada, estoy nombrándote guardiana de mis objetos más preciados.

—¿No estarás enferma? —preguntó Elisabeth, asustada.

— Oh, mon Dieu, non! Je suis parfaitement bien!

—Te voy a echar de menos.

—Yo también, pero iré en verano a Londres para visitar a Mary. Tú volverás en abril, nos veremos allí.

—Aún no sé si regresaré, Camille, estoy hecha un lío.

— Pardon?

Elisabeth encontró unos oídos dispuestos a escuchar las dudas que había derramado en su carta, de cómo Ian la había ido inundando.

—Siento algo muy poderoso cuando estoy con él, pero no sé si conduce a alguna parte.

—¿Por qué?

—Por todo. No pertenecemos al mismo mundo.

—¿Ha nacido en otro planeta?

—No, pero él es de aquí y mi casa está al otro lado de un océano.

Camille echó un vistazo alrededor de Elisabeth y ella la miró desconcertada.

— Comme je l'imaginais , no veo que estés encadenada. Las únicas cadenas están aquí —le dijo, señalándole la cabeza—. No pienses; escucha a tu corazón.

—¿Tú siempre te has escuchado?

—Ah, no, no. No siempre lo hice y en esa época fui extrêmement malheureuse .

Pero un día di el paso y no me arrepiento.

No sé si soy buena consejera, ma chère , en toda mi vida he hecho siempre lo que me ha venido en gana —se rio Camille—, pero he descubierto que el mundo está lleno de vivencias apasionantes; solo hay que ir probando hasta que encuentres la que a ti te llena.

Búscala y lucha por ella, y en el camino rodéate de las personas que te quieren.

Aquí, en Londres, eso es lo que menos importa.

El hogar está donde tu alma se siente en paz.

Elisabeth no sabía cuál era su pasión, pero estaba segura de que la paz que le daba la compañía de Ian era un buen comienzo para buscarla.

Quizá la respuesta la encontraría en Nueva York.

Martes, 10 de enero de 1922

Nueva York

El chirrido de la verja metálica despidió a Phoenix Owen cuando dejó atrás la que había sido su casa en los últimos años.

Con dos maletas como únicos testigos, se despidió de su antigua vida y se dirigió al almacén en la calle 58.

El engañosamente cálido sol de enero no había logrado disipar el frío entre sus paredes y un escalofrío le erizó la nuca cuando puso un pie en él.

Bajo las lonas, tal como lo había dejado antes de Navidad, estaba su coche.

Levantó una de las esquinas y comprobó con alivio que el cargamento que había logrado que no cayera en la redada del Ice seguía allí.