Los cerezos de Central 9 de enero de 1922, lunes
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9 de enero de 1922, lunes

Nueva York

Querido Richard:

Te escribo mientras espero a que Ian venga a buscarnos a Cath y a mí para visitar a la señora Nakamura.

Ha estado batallando por su vida en el hospital, pero ya está en casa con Louise.

Antes, Ian me ha prometido llevarnos a uno de los rincones más bonitos de Central Park, donde quiere enseñar a tu hermana a volar una cometa que le ha comprado en Fao Schwarz.

Volar.

Esa palabra también revolotea por mi mente; liberarme de ataduras, cerrar los ojos y permitirme volver a poner a cero el contador de mi vida.

Tentador, ¿verdad?

Significaría apostar por el futuro, dejar atrás lo malo, borrar de mi memoria el sufrimiento, pero también suprimiría el descubrimiento de lo que sana escribir estas cartas.

Todavía recuerdo lo mucho que me costaba sentarme con la correspondencia antes de la guerra y cómo después, cuando de verdad necesité contarme algo a mí misma, las palabras, lágrimas de una tinta tan oscura como mis emociones, empujaban la pluma hasta deshacer los nudos de mis pensamientos.

Ya no contienen tanta oscuridad y la luz que he encontrado no deseo que se apague; de ningún modo quiero dejar de escribir ni olvidarte.

Vivo en el dilema de tomar una decisión antes de abril: volver a Inglaterra o quedarme en Nueva York.

Aquí todo me hace sentir viva, me he descubierto a mí misma y me gusto más que la mujer que languidecía en Almond Hill.

Sé que podría ser feliz, pero hay momentos en los que me detengo a pensar de dónde vengo y quién soy, y descubro que mi sitio es Almond Hill.

Nuestra casa y los inmensos terrenos que la rodean; las colinas suaves, los bosques donde se pierde el horizonte y ese aire transparente que huele a hierba mojada.

Me siento extraña entre estos edificios de hormigón y las calles abarrotadas que los rodean, y entonces retorna la incertidumbre, las dudas se agigantan y resurge la melancolía.

Aquí tengo la libertad de seguir mi camino con Ian y siempre tendré a John; allí está Mary y la familia que construimos tras la guerra. Y tú…

¿Y si me quedo y cargo con la idea de haber cometido un error imperdonable?

¿Y si me voy y me arrepiento de no haberme atrevido a soltar el pasado?

Ninguna de las dos opciones me deja intacta, en cada una queda atrás algo valioso. Cualquiera que sea el camino que elija, significará perder, así que las dudas me sacuden como si fueran puños apretados que golpean mi pecho.

Pienso que soy como un árbol al que se le hubiera desgajado una rama cargada de frutos por el peso. Si no decido talarla ya, caerá y perderé todo, pero si la corto, salvaré el árbol y los frutos que podría dar en el futuro. ¿Significará eso que debo quedarme?

Llaman a la puerta, seguro que es Ian; quizá esa cometa y un tiempo más en su compañía me ayuden a entender y tomar una decisión.

Tu madre que te adora,

Elisabeth Davenport