Los cerezos de Central Capítulo 14 #5
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Capítulo 14 #5

Victoria la miró y se mordió el labio inferior para después ponerle la mano a Felicia sobre su antebrazo en señal de consuelo. Dentro de la cajita, doblado, había un documento que le otorgaba la propiedad de la casa de Lowell en Boston.

—No me puedes hacer esto otra vez, es que no te lo voy a perdonar nunca.

—Vamos, Felicia, no es como si me fuera a la guerra, no exageres. Nueva York y Boston están muy cerca y hablaremos a diario por teléfono si es lo que quieres. Nos vamos a ver mucho.

—No será igual que trabajar contigo todos los días.

—Tendrás a Albert.

A Felicia se le escaparon dos lágrimas que se sacudió furiosa del rostro.

—Ya puedes cumplir lo que prometes o te las verás conmigo.

—Yo me encargaré de que lo haga —le respondió Victoria.

El timbre sonó y escucharon los pasos del mayordomo que se acercó a abrir la puerta. Era Ian, que había sido invitado a compartir la tarde con ellos. No le había dado tiempo casi ni a saludar cuando Cath dejó olvidado el juego de té en la mesita para correr hacia él.

—¡Ian!

— Monsieur Brennan, ¿todas las mujeres se lanzan a sus brazos con ese ímpetu?

Ian miró a Camille y después a Elisabeth con una sonrisa pícara.

—Por desgracia, solo esta pequeñaja. —La alzó en brazos y después se dirigió a ella—: ¿Sabes leer?

—¡Claro, soy mayor! —dijo Cath.

—Pues tal vez sepas cuál de estos regalos estaba bajo mi árbol para ti.

Le mostró dos pequeños paquetes iguales. Catherine eligió el que tenía su nombre y le tendió a Evan el otro, que era para él. Al abrirlo encontraron dos rompecabezas iguales, dos esferas en las que había que colocar unas bolitas blancas y negras valiéndose de paciencia y habilidad.

—Esto es para ti —le dijo a Elisabeth.

Le había traído envuelta una carpeta con unas partituras de piano.

—Pensé que te gustarían.

Ella se quedó mirándolo sonriente, pero no se movió hasta que, por el rabillo del ojo, vio que Camille ponía los ojos en blanco y entendió que le estaba diciendo que se dejase de remilgos. Fue lo que necesitaba para lanzarse a sus brazos como lo había hecho su hija hacía un momento.

—Mon Dieu , lo que te queda por aprender de la vida, chérie .

¿Podéis atenderme un momento todos, s'il vous plaît ?

Quiero hacer un brindis por mis preciosas niñas, Mary y Elisabeth.

Os habéis convertido en mujeres de las que mi adorada amiga estaría más que orgullosa.

Tu hermana te lleva ventaja, Elisabeth, pero tú aún estás en el camino de aprender.

Toma un consejo de alguien que ha vivido mucho y que te quiere con locura: vive siempre de acuerdo con tu corazón.

Es muy cansado batallar contra uno mismo, porque nunca hay posibilidades de perder de vista al enemigo.

Levantó la copa y después se la llevó a los labios; acto seguido compuso una mueca de desencanto cuando el coctel tocó sus labios.

— Bon Dieu, quelle mixture infernale est-ce? Allez, allez , toca para nosotros, Elisabeth.

Esta se sentó al piano. Tras observar unos instantes las partituras, sus dedos se posaron con suavidad sobre el teclado. La última nota la celebraron con un aplauso entusiasta. Mientras los demás se enfrascaron en una conversación, Ian sacó de su bolsillo un modesto marco de fotos.

—Las partituras no eran el regalo de verdad, solo quería una excusa para escucharte tocar.

—Podías habérmelo pedido sin más.

—Puede —sonrió él—. ¿Te gusta?

Le tendió la fotografía y Elisabeth la cogió temblorosa. En ella, su cara reflejaba una felicidad que hacía mucho que no sentía y tenía una sonrisa gemela a la de Catherine. Sin embargo, los ojos se le habían empañado al mirarla.

—Elisabeth, ¿qué te sucede?

—Nada, está muy bien.

—Está muy bien, pero estás a punto de llorar —señaló él.

—No tengo nada así con Richard. Y un día se me olvidará cómo era. A veces me despierto por las mañanas y tengo que esforzarme por recordar cómo sonaba su voz. Se está yendo, Ian. Esta vez para siempre.

—¡Eh! —se agachó él a su lado—, ¡no pasa nada! Mucho peor hubiera sido que jamás lo hubieras conocido.

—Ese niño me salvó de volverme loca.

En ese momento, las lágrimas de Elisabeth rodaban sin control por sus mejillas. Ian volvió a meter la mano en el bolsillo y sacó de él algo que deslizó en su palma. Cuando la mano de él se alejó, ella encontró un pequeño colgante de plata en forma de corazón.

—Cuando lo mires, piensa que él vive dentro de tu corazón. Para siempre.

Después, sin importarle que la sala estuviera llena de gente, besó sus labios. Esperaba que también le hubiera hecho un hueco a él en ese corazón.

—Yo también tengo un regalo para ti.

Fue hasta el árbol y recogió un solitario paquete que nadie había abierto por la mañana y se lo tendió. Dentro había un cuaderno de Birchall, algo que hizo que Ian abriera mucho los ojos, pues los originales tenían que llegar desde Australia y no era fácil encontrarlos.

—Es para que escribas esa historia que no quieren publicarte.

— Ma chérie , ¡no, no, no! ¡No pienso dejar el cuadro aquí! Se vendrá conmigo a París.

La voz de Camille hizo que se girasen a mirarla.

Sostenía un cuadro de pequeñas dimensiones en el que aparecía ella misma posando con uno de sus elegantes vestidos.

Felicia lo había encargado a John Singer Sargent para los almacenes de Boston, a partir de una fotografía de la francesa y uno de los vestidos de su colección, y a Felicia le pareció interesante llevarlo una temporada a Nueva York para exponerlo durante la Navidad, aunque su idea era que se quedase en los almacenes de Boston.

Al enterarse de que madame Leduc tenía intención de viajar a la ciudad, decidió que podría ser un buen momento para mostrárselo, pero la modista se lo quería llevar a París.

—Llevo años intentando que Fortuny y Madrazo se digne a pintarme y no lo he conseguido. Le voy a restregar este Sargent por la cara en cuanto lo vea.

—¡Déjame por lo menos que encargue una copia para los almacenes! —pidió Felicia.

—Perfecto, y yo la pagaré, pero este me lo llevo.

—Ahora que estamos todos, queremos deciros algo —dijo Victoria.

Miró a Elisabeth y esta asintió con levedad. Sabía que su amiga le estaba preguntando si Ian estaba al corriente de lo que iba a contar a continuación y parecía que así era.

—Quería anunciaros que Elisabeth, los niños y yo volveremos a Inglaterra a principios de abril, pero os esperamos en el verano a todos en Almond Hill.

John y yo —lo cogió de la mano— hemos decidido casarnos allí.

Nosotras iremos primero para abrir la casa y para que yo pueda solucionar unos asuntos importantes, porque después volveré a Nueva York. Evan, cariño, no sé si…

—¿Vamos a vivir con John?

—Sí, mi amor.

Evan hizo un gesto tan elocuente de alegría que todos se echaron a reír.

Ian miró a Elisabeth. La noche que pasaron juntos le había contado que volvería a su casa, a su mundo.

Todavía no se sentía preparada para alejarse mucho del lugar donde descansaba su hijo ni para tomarse en serio una relación, al menos tan en serio como John y Victoria.

Él suspiró.

Tenía tres meses para intentar que cambiase de opinión.

[1] Es como se llamó a los que estaban a favor de que se despenalizase el consumo de alcohol.