Capítulo 14 #4
Elisabeth no estaba segura de haber entendido lo último que le dijo Camille, pero sí vio el brillo pícaro en sus ojos, ese que a su padre le ponía tan nervioso, que junto a la sonrisa y sus gestos le bastaron para comprender que a la modista no se le había escapado por qué tenía prisa.
La abrazó y, antes de soltarla, le dijo:
—Nos vemos en Navidad.
Camille se despidió de los pequeños y juntos tomaron un coche que los llevó hasta el apartamento. Para cuando los acostó y se cambió de ropa, John, Felicia y Victoria ya habían regresado.
—¿Dónde vas a estas horas? —le preguntó su hermano, al ver que hasta se había pintado los labios de un rojo intenso.
—¡John! —lo regañó Felicia—. ¿Se puede saber quién eres tú para hacerle esa pregunta? ¡Ya es mayorcita!
—He quedado con Ian.
—¿Tan tarde? ¿Tú sola?
—¿Se puede saber qué te pasa, John?
—Victoria, esta ciudad es peligrosa por las noches. —Se volvió a su hermana—. ¿Quieres que quedemos a una hora para que te recoja?
—No, no quiere —dijo Felicia, agarrándolo del brazo y tirando de él hacia la salita—. ¡Haz el favor de comportarte! Irá en taxi y no le pasará nada. Elisabeth, sal corriendo antes de que este idiota pueda seguirte, nosotras lo sujetaremos.
Las tres mujeres se rieron de la cara de John.
—¡Vale, vale! De acuerdo, no soy quién para decirle si tiene o no que salir ni con quién, pero prométeme que, si algo va mal, me llamarás.
—Nada va a ir mal, John; Ian cuidará de ella, estoy segura.
—Gracias por preocuparte —le dijo Elisabeth, a la vez que depositaba un beso rápido en la mejilla de su hermano, que dejó un rastro de carmín—, pero estoy segura de que no será necesario. No me esperéis despiertos.
Salió del apartamento con una sonrisa y enseguida montó en el taxi que había detenido para ella el portero del edificio.
Cuando llegó al pequeño estudio donde vivía Ian, las manos le temblaron al abrir la puerta.
Ian le había dado la llave, pero no dejaba de ser su hogar, su espacio privado, que ella iba a pisar a solas, hasta que llegase.
Entró despacio y aguzó el oído; no se escuchaba ruido alguno, lo que confirmó que estaba sola.
Nerviosa y emocionada a la vez, apoyó la espalda contra la puerta.
Una sonrisa extraordinaria iluminaba su rostro y no solo la provocaba la anticipación de la cita, su corazón palpitando furioso, sino la maravillosa sensación de haber vencido al miedo y haberse atrevido a ir.
John no estaba equivocado; aquella ciudad estaba llena de peligros, a los que había que sumar todos los miedos que su pasado había acumulado como estratos en su alma. Haberlos dinamitado la hacía sentir tan bien como saber que, esa noche, al fin Ian y ella podrían estar juntos.
Se le había hecho eterna la espera desde que él dejó los almacenes y ni siquiera acostar a Catherine y contarle un cuento haciendo tiempo habían conseguido calmar su ansiedad.
Se había equivocado varias veces y la niña le había preguntado si le ocurría algo, pero lo único que le sucedía era que pensaba en él y se perdía en el anhelo de verlo por fin a solas, sin el escrutinio de nadie, los dos frente a frente dejándose llevar por las instrucciones que les marcase su piel.
Se había enamorado.
A pesar de la distancia entre los dos, que multiplicaba la de Londres y Nueva York, la de los mundos de los que procedían, se había enamorado y estaba segura de que esta vez su corazón no se había equivocado al elegir.
El recuerdo de Charles llegó fugaz a su mente y a punto estuvo de apartarlo de un manotazo temiendo que le amargase la noche.
Sin embargo, se dio cuenta de que Ian, con su sonrisa y su sencillez, con su abrumadora presencia y ese encanto que lo perseguía como un aura, estaba empezando a diluir el poder que el recuerdo de su marido tenía sobre ella.
Charles, al fin, se empezaba a marchar del todo y la oscuridad que lo acompañaba se desvanecía en su interior.
Se preguntó si Ian sentiría por ella algo tan poderoso como lo que ardía en su pecho, como ese fuego cuya primera chispa había sentido en el puerto, que había prendido bajo el calor de su chaqueta en la puerta del May Tea y que se había ido alimentando cada una de las veces que se habían encontrado.
Ahora el incendio era de dimensiones colosales, pero había tenido tanto frío durante su vida que el calor no la ahogaba, más bien la revivía.
Unos pequeños toques en la puerta, que compitieron con el batir de su propio corazón, la sacaron del paseo que su mente se estaba permitiendo por sus emociones, el primero tranquilo desde hacía muchos años.
—Elisabeth, ¿estás ahí?
La voz de Ian llegaba amortiguada desde el otro lado de la puerta, y ella abrió, con el corazón galopándole en la garganta.
Unos ojos del color de las tormentas se enfrentaron a otros que brillaban como el cielo de una mañana de septiembre.
Él se hubiera quedado mirándola para siempre, perdido el aliento en la belleza de su sonrisa, pero ella lo arrastró hasta el interior del apartamento y cerró.
Sus rostros se aproximaron tanto que a ella le dio la sensación de que, si no la besaba pronto, moriría conteniendo el aire en los pulmones.
Se le habían quedado las emociones anudadas en la garganta y se extendieron por el resto de su cuerpo cuando Ian la agarró de la cintura y se aproximó a su boca.
Un gemido suave se escapó de sus labios, ansiosos por ser besados, y se estremeció.
Él decidió jugar. Se embriagó con su delicioso olor antes de apoderarse de una boca que le devolvió la caricia con un beso de seda.
—Eres perfecta —le susurró muy cerca de la oreja.
—Tú eres perfecto para mí —le contestó ella, jadeando, sin haberse recuperado aún del cosquilleo de su aliento sobre la delicada piel del cuello.
—No he sentido esto por nadie, Elisabeth.
Ella silenció sus palabras con un beso que fue profundizando con una osadía que no conocía, un impulso espontáneo que se adueñó de su voluntad.
Quería besar y que la besaran, sentir y que sintieran bajo sus manos.
No quería palabras ni promesas en las que había creído en el pasado y que se habían acabado convirtiendo en pesadillas.
Ian la estrechó contra su cuerpo y ella se sintió protegida por primera vez; los brazos de un hombre la sostenían con firmeza, pero sin esa posesión violenta que tan terribles recuerdos le traía.
La tensión que había sentido al imaginar ese encuentro empezó a transformarse en una calidez desconocida y dulce, un deseo que empujó sus manos.
Siguiendo un impulso nuevo, levantó la camisa de Ian y las introdujo por su espalda.
El tacto de la piel sedosa del fotógrafo en las yemas de los dedos la dejó sin respiración, pero no quiso parar. Ansiaba continuar aquella exploración que estaba elevando la temperatura de su cuerpo y latía en su interior como la promesa de algo inolvidable.
Ian la levantó con suavidad, como si ella fuera un delicadísimo y precioso objeto de cristal, y la llevó a la cama.
Sin prisa, sin un solo gesto brusco y sin dejar de mirar sus preciosos ojos azules, la desvistió de ropa y de miedos.
Cada caricia empezó a borrar el recuerdo de aquellas manos que nunca la trataron como se merecía, que lo tomaron todo sin dar absolutamente nada y que se llevaron por el camino hasta aquella preciosa sonrisa que ese día no abandonaba su rostro.
—¿Estás bien? —le preguntó él, atento a cualquiera de sus gestos.
—Mejor que nunca.
Ian rozó su mejilla con el pulgar y enterró la cara en su cuello, regando mil besos a su paso. Cuando la besó de nuevo, sus labios se movieron a un ritmo suave, invitándola a explorar también a ella, que se abandonó a la sensación de ser deseada y, por primera vez, respetada.
Él detuvo el beso para mirarla.
—Dime lo que quieres, Elisabeth, pídemelo —susurró con una voz profunda que acarició los oídos de ella.
Elisabeth le tomó el rostro entre las manos.
Lo que quería era esto: delicadeza, atención que la hiciera sentirse valiosa; la caricia de su pulgar en su rostro, la forma en que su aliento no era un asalto, sino una invitación.
Quería la ternura que nunca le había regalado su marido.
Su garganta se anudó, y si se quedó sin palabras no fue por miedo, sino por una emoción tan inmensa que temió que se le desbordara el pecho.
Se abandonó a las caricias hasta que su cuerpo respondió por sí mismo y se escuchó gemir mientras pronunciaba su nombre.
Ian la miró a los ojos y sonrió.
—Solo si tú lo deseas, podemos repetir.
Lo deseaba; quería dejarse llevar por las sensaciones recién descubiertas de su cuerpo hasta volver a perder el resuello y despertarse deseando aún más.
—Sí.
Y sus deseos, todos, se cumplieron esa noche.
Domingo, 25 de diciembre
Nueva York
Tras la comida de Navidad, la familia de John, con Felicia y Camille, se reunió en la salita de su apartamento.
Los regalos los habían abierto por la mañana, fascinados por la expectación de los niños, que gritaron de alegría con lo que encontraron junto al abeto.
A Cath le había hechizado el juego de té de juguete para la casa de muñecas, elegido por su madre, pero miró con algo de recelo al libro de Mujercitas , de Louisa M.
Alcott, regalo de John. A Evan, sin embargo, el libro de Mark Twain que encontró bajo el árbol, Las aventuras de Tom Sawyer , le había encantado, aunque no tanto como el juego de construcción Richter, con el que se entretenía montando un puente en el suelo.
—Tú también te has puesto los gemelos —le dijo Victoria a John, mientras le mostraba el precioso broche art déco que le había regalado él, prendido a su blusa.
—¿Te ha gustado tu regalo, Felicia? —le preguntó Lowell.
Ella suspiró, mientras echaba un vistazo al joyero de madera labrada que había dejado sobre la repisa de la chimenea, y sobre el cual no había hecho ni un solo comentario. Se mantenía pensativa desde que lo había desenvuelto.
—No, no me ha gustado nada, John.