Los cerezos de Central Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Cuando la modelo avanzó hacia la alfombra, un murmullo de asombro se propagó por los almacenes.

Vestía un traje de novia confeccionado en satén de seda color marfil, que se ajustaba a su torso y resaltaba su extraordinaria belleza.

Las mangas largas y ajustadas terminaban en delicadas puntas sobre sus manos enguantadas, mientras un sutil encaje de Bruselas enmarcaba el escote barco.

La falda recta besaba el suelo con fluidez y se veía bajo una gasa transparente adornada con bordados florales en hilo de plata.

Sobre su cabello rubio cortado a la moda, habían colocado una diadema de perlas y pedrería, salpicada de pequeños botones de oro.

Cuando llegó al centro de la sala, se detuvo y un silencio la envolvió.

Con delicadeza, descubrió su rostro y no tardaron en estallar los aplausos y los murmullos de aprobación.

El vestido de Mary, sobre el cuerpo de su hermana Elisabeth, parecía aún más increíble.

Esta vez, Beatrice no lanzó ningún mensaje a su hermano, aunque tampoco hubiera captado su atención.

Se había quedado ensimismado mirando a la mujer de la que se había enamorado.

Felicia, satisfecha por la sorpresa, levantó los brazos para conseguir algo de silencio en aquel clamor. Cuando lo logró, dijo:

—Señoras y señores, hoy, ustedes han sido testigos del futuro de la moda, acaban de conocer a madame Leduc, con quien podrán conversar si lo desean, y les hemos presentado a otra diseñadora que estamos seguros que se convertirá en una de sus favoritas.

Y ahora, disfruten de un pequeño refrigerio mientras realizan sus encargos.

Viernes, 23 de diciembre de 1921

Nueva York

John miró perplejo a Felicia y a Victoria. El final del desfile lo pilló descolocado.

—¿No tienes nada que decir? Por ejemplo, gracias —le sugirió Felicia—. A la gente le ha encantado.

—Gracias, sí, pero ¿por qué no me lo habéis contado?

—No hubiera sido una sorpresa para ti, que era de verdad a quien queríamos sorprender —respondió Victoria.

—Al final, me voy a tener que enfadar con las dos, no podéis mantenerme al margen de mis propios negocios.

—No te hagas el digno, no te vas a enfadar con ninguna de nosotras —aseguró Felicia—. Y ahora, a trabajar, tenemos que vender esos vestidos y todos los que podamos.

Victoria se encogió de hombros, agarró del brazo a John y ambos se mezclaron con las invitadas al desfile. Querían saludar a Camille, pero esta se había refugiado un momento en el despacho de John. Allí sostenía las manos de Elisabeth y la miraba con los ojos empañados en lágrimas.

—Oh, mon Dieu! ¡Cómo te pareces a tu madre, ma chérie! Estás tan bella como cuando se casó con Richard.

—¿Tú crees?

—¡Oh, sí! Y ese vestido es perfecto, Mary lo hizo con tus medidas. Nadie lo habría lucido igual.

—Mary es increíble, hiciste un buen trabajo enseñándola.

—Fue una alumna estupenda.

—No como yo, que nunca te presté atención —se lamentó Elisabeth.

— Des riens! Cada persona tiene un talento diferente y tú lo tienes. Tocas el piano, como tu madre, y tienes talento para escribir. Recibir tus cartas es una delicia, lástima que hayas tenido que sufrir tanto para darte cuenta de que tenías esa capacidad.

Elisabeth suspiró y apretó más fuerte las manos de la modista.

—Ha sido una alegría verte, Camille. Nadie me avisó de que estarías aquí.

—Felicia pensó que sería un regalo de Navidad muy especial para John y yo quería que también lo fuera para ti.

—Lo es.

Camille la arropó con sus brazos, cerró los ojos y se dio permiso para que las emociones la superaran.

Elisabeth era tan parecida a su madre, a pesar de ese peinado moderno que le sentaba tan bien, que durante un instante había vuelto a contemplar a su amiga.

La condesa de Barton había sido la mujer que más había querido en el mundo, incluso por encima de todas las que habían pasado por su cama: fue su amiga del alma, su hermana, su confidente, la que sentía como parte de su piel y a la que añoraba de una manera insoportable desde que había muerto hacía ya casi una década.

Todavía seguía pensando en cómo le quedarían los vestidos que diseñaba.

Abrió los ojos antes de separarse de Elisabeth y la miró mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.

—No llores, Camille —dijo Elisabeth.

— Ma petite puce , no estoy triste, estoy feliz a pesar de que ya sea vieja y a veces me ponga sentimental .

El disparo del flash de una cámara de fotos regó el aire con su acre aroma a pólvora e hizo que las dos se volvieran. Al otro lado de la puerta abierta, Ian asomó el rostro tras su cámara.

—Perdón, no he podido resistir la tentación de capturar este momento.

—¿Y con qué permiso, monsieur , usted captura momentos privados? —lo regañó la modista.

—Camille, él es Ian Brennan. Es… un buen amigo. Ian, ella es la mejor amiga de mi madre.

Ambos jóvenes se miraron y a Camille no le hizo falta más que observarlos un instante para comprender qué palabras encajaban en la pequeña duda que había frenado a Elisabeth al presentarlos.

— Mince alors , cuando los jóvenes aprendáis a llamar al amor por su nombre y a no disfrazarlo de nada, creeré que el mundo ha cambiado. Encantada, monsieur Brennan. Os dejo solos, voy a saludar a John; hace años que no lo veo.

Los dos la miraron retirarse y a ninguno se le escapó el guiño de complicidad cuando cerró la puerta del despacho.

Las modelos se habían cambiado de ropa y lo habían dejado todo en desorden, por lo que cabía esperar que alguien entrase en cualquier momento, pero Ian no pudo dejar pasar la oportunidad que estar a solas les ofrecía.

Dejó la cámara sobre la mesa y la atrajo hacia su cuerpo.

La seda del vestido era tan suave como se imaginó que sería su piel bajo la ropa.

Antes de que pudiera oponerse, la besó. Ella, por supuesto, no se separó y le devolvió el beso.

—Eres como el alcohol, Elisabeth, está prohibido, pero me muero por encontrar la contraseña que me abra las puertas de una copa. En ti, me muero porque me abra la contraseña de tu corazón —le dijo él, cuando se separaron.

—No necesitas contraseña, tengo la puerta abierta para ti.

Él no necesitó más para volver a apoderarse de su boca, y allí se hubiera perdido de no recordar que su hermana lo esperaba fuera y que, además, tenía que regresar al periódico a revelar las fotos para la crónica del desfile.

—Me tengo que marchar.

—Lo sé, pero me gustaría que nos viéramos luego.

—Terminaré a medianoche, por lo menos, pero puedes esperarme en mi apartamento. Si quieres. Toma, esta es mi llave.

Elisabeth la observó sobre su palma un instante y después cerró la mano sobre ella. Llave por llave, ella le había ofrecido la de su alma y él, la de su casa, invitándola a compartir su mundo.

—Allí te esperaré.

Agarró el vestido y elevó la falda para no pisarla, tenía que cambiarse de ropa para no estropear el maravilloso diseño de su hermana. Ian aún le robó otro beso antes de coger la cámara y salir del despacho.

—¡Ian!

Una pequeña Elisabeth en miniatura llegó corriendo y se le agarró a las piernas, haciendo que trastabillase. A punto estuvo de caérsele la cámara.

—¡Catherine Davenport! ¿Has crecido desde que no nos vemos?

—Te vi ayer —le dijo la niña, con cara de estar pensando que él era idiota.

—Pues yo creo que desde ayer estás más alta y todavía más guapa.

—¿De verdad? —preguntó ella, con los ojos brillando de emoción.

—De la buena.

Cath apoyó las manos en las caderas y lo miró evaluándolo.

—¿Tú has crecido desde ayer? —le preguntó.

—¡Uf! Un trozo así, por lo menos —respondió, marcando una buena distancia con los dedos índice y pulgar.

La pequeña compuso una cara de duda.

—Eso no es verdad. Mamá dice que los mayores ya no crecen.

Él suspiró con dramatismo mientras miraba a Elisabeth, que los observaba con una amplia sonrisa.

—¡Me has pillado! —dijo el fotógrafo.

Cath soltó una carcajada y lo agarró de la mano, sacándolo del despacho y conduciéndolo hacia la mesa donde había pasteles de chocolate.

—¿Me puedes alcanzar uno para que crezca?

—Sí, claro.

Ian se estiró y le dio uno de los deliciosos pastelillos que los almacenes ofrecían a sus invitados después del desfile.

—¡Gracias! ¡Mi madre no me deja comer chocolate por la tarde, dice que después no me duermo!

Salió corriendo con el pastelillo dejando a Ian con la boca abierta y negando con la cabeza.

—Te pierden las mujeres hermosas, Ian, tengan la edad que tengan. Haces el tonto con todas por igual.

Beatrice se había acercado a su hermano y cogió uno de los pastelillos. Puso cara de deleite cuando lo probó.

—Bueno, y ahora —le dijo en cuanto logró tragar el primer bocado— vamos a encargar un vestido para mí, me lo prometiste.

—Rapidito, que tengo que irme al periódico. Y no te pases mucho, que no me han aceptado el reportaje y seguiré siendo un muerto de hambre.

Beatrice se metió el pastelillo en la boca, se chupó los dedos después y agarró del brazo a su hermano.

No estaba tan loca como para pedirle un vestido que no tendría ocasión de lucir, pero lo haría sudar un poco.

Donde sí lo llevaría otro día sería a una tienda del barrio, en la que había visto un abrigo perfecto para alguien como ella.

Viernes, 23 de diciembre de 1921

Nueva York

Elisabeth decidió abandonar los almacenes en cuanto la clientela que había acudido al desfile se empezó a marchar.

Evan y Catherine empezaban a dar síntomas de cansancio y aburrimiento, así que pensó que era el momento perfecto para llevárselos y prepararse para su cita.

Antes, se acercó a Camille con ellos para despedirse.

—Siento marcharme tan pronto y que no hayamos podido hablar demasiado —se dirigió a la francesa.

— Ma petite —le dijo, acariciándole con dulzura el rostro—, no me iré a ninguna parte en un par de meses. Me alojo en el Waldorf Astoria y pasaré la Navidad con vosotros, en casa de John. Ya tendremos tiempo de ponernos al día. Allez, allez! Ramène les enfants à la maison et cours vers l'amour!