Los cerezos de Central Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Bien, ya ha vuelto a casa. Por eso he podido venir, se ha quedado con Luke. Connor es duro como un lobo, aunque su fuerte sentido de la justicia nos va a traer problemas. Espero que sea la última vez que se mete en un lío como este y recibe un disparo en el culo.

—No sé yo —dijo Ian—, ha conseguido el ascenso a detective, prepárate para verlo hacerse el héroe.

—Ah, no, que se prepare él, lo voy a matar con mis propias manos si me da otro disgusto así.

—Beatrice, por favor, ¡estás asustando a Elisabeth!

—Perdón, señora —dijo la hermana de Ian—, se me ha olvidado dónde estoy.

—Puede llamarme Elisabeth.

—Está bien, Elisabeth, me alegro de conocerla…, conocerte.

—¿Sabéis cómo está la señora Nakamura? —preguntó esta, que sabía que ambos regresaban del hospital, de visitarla.

—Ya se ha despertado y Louise está con ella. No se ha separado ni un instante de su lado. Les contó a las enfermeras que es su hija, aunque no se lo han creído.

—Me alegro mucho de que ninguna de las dos esté sola —dijo Elisabeth—. Daos una vuelta por los almacenes y cómprale algo a tu hermana.

—Claro que va a tener que hacerlo, voy a darme una vuelta a ver cómo puedo meterle un sablazo. Os dejo solos un momento, pero no te escabullas, hermanito.

—Menos mal que me pagarán bien las fotos de hoy, capulla. Perdón, mi hermana y yo no tenemos el lenguaje más exquisito —dijo él, volviéndose a Elisabeth.

—Tenéis algo precioso entre los dos que se nota solo con veros juntos.

—Sí, los mismos asombrosos ojos. Y esta sonrisa tan cautivadora. Y este encanto irresistible.

A medida que iba hablando, bajaba el tono de voz y se aproximaba a Elisabeth. Le robó un beso que a ella le hizo soltar una carcajada.

—Eres un caradura, lo sabes, ¿verdad?

—No, nadie me lo ha dicho nunca —respondió, poniendo cara de niño bueno.

—Me voy, tengo que ultimar unos detalles con Felicia. Te veo ahora mismo.

—Espero tener carrete suficiente para fotografiar a todas las modelos —dijo Ian, mirando la cámara con fingida preocupación.

—¿No has traído suficiente?

—Sí, pero la tentación de hacerle todas las fotos a la mujer más increíble que he visto jamás es muy poderosa.

—También eres un adulador.

—¿Puedo besarte?

—¿Otra vez?

—Ahora, luego, mañana. Siempre.

Elisabeth rodeó el cuello de Ian con los brazos y lo besó, sin importarle que hubiera mucha gente mirando.

Para ella el mundo había desaparecido, solo estaban los dos y el montón de sensaciones que le alborotaban el ánimo y le contaban una historia de felicidad que no había conocido con anterioridad. Le costó mucho soltarlo.

—Creo que me he mareado —dijo el fotógrafo, cuando sus labios se separaron.

—¿Te ocurre algo? —preguntó ella, preocupada.

—No, salvo que me gustaría repetirlo, pero esa pelirroja me está mirando con cara de pocos amigos.

—Es Felicia, la socia de mi hermano. Debo marcharme ya, nos vemos luego.

—Me podré quedar poco tiempo, tengo que entregar este reportaje en el periódico.

A mí no me han ascendido, como a Connor, me han devuelto a la sección de fotografía.

El director me ha dicho que, al no haber detenido al concejal Fisher, no va a arriesgarse a publicar el extenso reportaje de lo que me contó Louise que sucedía en el Ice.

—Lo siento mucho.

—Es lo que hay.

Ian se encogió de hombros y aún le dio otro rápido beso a Elisabeth antes de que se marchase, aunque no se libró de una mirada furibunda de Felicia.

Viernes, 23 de diciembre de 1921

Nueva York

Los refinados sillones que habían situado flanqueando la mullida alfombra que recorrerían las modelos se ocuparon con clientas expectantes ante las últimas tendencias de moda de París. Ansiaban ser las primeras en pasearse con alguno de los vestidos de los almacenes Lowell.

Felicia, dama de ceremonias esa tarde, lucía un espectacular modelo de Camille e irradiaba el descaro y la elegancia de los nuevos tiempos.

A su delicado vestido de seda en verde esmeralda, que se deslizaba hasta justo debajo de la rodilla con una ligereza casi etérea, lo recorría un dibujo de elegantes filigranas ejecutado con lentejuelas doradas bordadas.

Unos guantes largos, una diadema enjoyada con una solitaria pluma ceñida en la frente y un collar de perlas de un largo imposible completaban su atuendo, que arrancó los halagos y aplausos de las damas presentes en la sala.

Ordenó que apagasen las luces de los almacenes, excepto la de la lámpara art déco que derramaba su luz sobre la alfombra, y después posó un dedo enguantado sobre sus labios, en un gesto que demandaba silencio, que enseguida obtuvo la atención de la clientela.

Beatrice Boyle, sentada en primera fila entre aquellas elegantes mujeres, se enderezó en la silla; se sentía fascinada y fuera de lugar en la misma medida, pero disfrutaba el espectáculo como ninguna.

No pensaba pedirle a Ian uno de aquellos vestidos que no podría pagar ni en mil años, pero iba a divertirse un rato con él haciéndole creer que sí.

—Distinguidas señoras, caballeros que las acompañan —empezó Felicia con una sonrisa y la seguridad que la caracterizaba—.

Sean bienvenidos a esta exclusiva presentación de los últimos diseños de madame Leduc traídos desde de París, para ustedes, por los almacenes Lowell.

Prepárense para embriagarse con la elegancia, la sofisticación y la modernidad que esta tarde pisarán estos almacenes.

Levantó su mano enguantada y a su gesto el pianista interrumpió la melodía que servía de música de fondo.

Hubo un instante de expectación antes de que las puertas del despacho de John se abrieran y de él saliera la primera modelo, caminando con delicadeza y seguridad hasta la alfombra iluminada.

Cuando llegó a su altura, Felicia volvió a hablar y el piano arrancó de nuevo con una sutil melodía que apenas interrumpía la suave voz de la bostoniana.

—Les presento un exquisito conjunto que las transformará en estrellas en una cena de gala o un cóctel —anunció, mientras la modelo se paseaba despacio, girándose de vez en cuando para que todas las mujeres pudieran contemplarla—.

La falda de corte recto hasta la rodilla, confeccionada en crepé de china de un elegante azul medianoche, se combina con una blusa de gasa en el mismo color, adornada con diminutos botones en forma de perla.

Los guantes largos, en un delicado tono marfil, y el sombrero cloche, adornado con un discreto lazo de satén, completan este conjunto pensado para una mujer que no se conforma con ser una más.

Se oyeron susurros en la sala, comentando el perfecto ajuste del diseño en el cuerpo de la modelo y la gracilidad con la que la tela caía sobre su cuerpo.

La joven dio algún paseo más para que las señoras pudieran tomar nota y para que la cámara de Ian la retratase.

Beatrice le hizo un gesto a su hermano, indicándole que el vestido le había encantado.

Él la fulminó con la mirada, pero no dijo nada.

La modelo abandonó la alfombra envuelta en un aplauso y enseguida fue sustituida por otra.

—Para quienes prefieran un estilo algo más atrevido sin perder la sofisticación —dijo la presentadora—, hemos traído este conjunto de Camille Leduc de falda de lino bordado en un delicado tono burdeos y combinada con una blusa de seda cruda.

Observen los detalles: la finísima puntilla en las mangas, el magnífico collar de perlas que resalta sobre el cuello redondeado y, por supuesto, el sombrero cloche, complemento indispensable en estos días para ese modernísimo corte bob que luce la modelo.

Beatrice volvió a buscar a su hermano y le sonrió, afirmando con la cabeza y haciendo una señal que parecía querer decir que se cortaría el pelo; este puso los ojos en blanco y volvió a centrar su interés en la modelo.

A los dos primeros vestidos siguieron once más, entre los que causó sensación uno para jugar al tenis, que fueron aclamados con aplausos y murmullos por parte de las espectadoras y con los que Beatrice siguió picando a su hermano.

No era la única fascinada, todas se habían encaprichado de alguno de los delicados vestidos que habían llegado de Europa.

Felicia ordenó que el piano se detuviera otra vez y se irguió mientras sonreía. Sabía que su idea del desfile estaba surtiendo el efecto que quería, pero había reservado una sorpresa para el final.

—Y ahora, damas y caballeros, permítanme retirarme para que sea otra persona quien les presente la joya de la colección que hemos traído a Nueva York. Un aplauso, por favor.

La luz de la lámpara principal se apagó y solo quedaron en los almacenes encendidas algunas de las lamparitas de los mostradores, que no dejaban apreciar quién había ocupado el lugar de Felicia.

Se intuía que llevaba un vestido al gusto de las flappers , pero no podían ver el color ni quién era la mujer que lo lucía.

La lámpara central se encendió y una mujer de mediana edad sonrió a la concurrencia.

— Bonsoir, mesdames et messieurs . Mi nombre es Camille Leduc y les doy las gracias por el entusiasmo que han puesto al recibir mis diseños.

Es para mí un placer estar esta noche por primera vez en Nueva York, y lo es aún más para presentar este último vestido, que no he hecho yo.

Quizá el nombre de la diseñadora no les diga nada, pero les aseguro que es una de las mejores modistas de Londres, mi alumna más aventajada.

Por primera vez, uno de sus vestidos va a desfilar en este continente y estoy muy orgullosa de que los almacenes Lowell lo hagan posible.

Un fuerte aplauso, s'il vous plaît , para el vestido de Mary Payne Davenport.

John se quedó boquiabierto, no solo porque no sabía que Camille estaba en Nueva York, sino también porque el vestido sería la presentación de su hermana pequeña como diseñadora. Miró a Victoria, que le daba la mano y sonreía con complicidad a su socia. Después, esta le dijo:

—Aún no han acabado las sorpresas.