Capítulo 14
Nueva York
Lo dejó tirado.
Owen no tenía relaciones sólidas, todo a su alrededor era un nudo de intereses que se desvaneció junto a su reputación. Solo Giulia había ido a visitarlo al calabozo en todos aquellos días.
Nueva York
Aquella tarde de viernes, Adele Stone entró en los almacenes Lowell envuelta en pieles, con una infeliz Clarissa acompañándola a regañadientes, mientras los empleados daban los últimos toques para celebrar el primer desfile en Nueva York de los modelos de Camille Leduc.
John se acercó a ellas al verlas llegar.
—Buenas tardes, señora Stone. Señorita… —saludó.
—Buenas tardes, señor Lowell.
Después de su abuela, Clarissa pronunció un murmullo ininteligible que pretendía ser su saludo.
—Adele —dijo John, sin darle importancia—, quería agradecerle su declaración a la policía. Me gustaría que eligiera un vestido para usted y otro para su nieta de la nueva colección como regalo.
—¡Ni hablar! ¿No habrá creído los rumores que extendí sobre mi ruina? Los necesitaba para que Owen me siguiera el juego. Pagaré con gusto los vestidos. Si me convencen, por supuesto.
—Lo harán, estoy seguro. Discúlpeme si soy indiscreto, pero ¿de qué conoce a Emily White?
—Coincidimos durante años en reuniones en las que se pedía la Prohibición —contó Adele—, pero siempre hubo algo en ella que no me gustó.
John asintió con cortesía, aunque la observaba con atención. Trató de no reflejar el disgusto que le provocaba la mención de aquella mujer.
—En una de aquellas reuniones —prosiguió Adele, tomándolo del brazo con familiaridad—, se presentó con su hijo Gilbert, acompañado de Andrew Wilson. Después compartimos un té en un hotel.
La mujer hizo una pausa, recordando con cierta ironía.
—Mientras fingía interés en las estupideces que me contaba Emily —continuó—, Wilson deslizó entre murmullos a Gilbert el nombre de Phoenix Owen. De inmediato centré mi atención en ellos, aunque seguí sonriendo a su madre como si nada.
—¿Conocía a Owen?
—Sí, por desgracia, de ahí mi curiosidad.
Wilson le contó a Gilbert que Owen lo había nombrado encargado de un bar clandestino de su propiedad y que el empresario se estaba haciendo de oro con ello.
También le dijo que el local tenía una zona «especial» en la primera planta en la que podrían estar «juntos» sin que nadie los viera.
John frunció el ceño, desconcertado. No se le había pasado por la cabeza que a Wilson pudieran gustarle los hombres, aunque siempre lo había sospechado de Gilbert.
Adele notó su expresión y sonrió.
—A partir de ahí, hice todo lo posible por acercarme a Emily —dijo—. Enseguida le sonsaqué que odiaba a la viuda de su hijo Conrad y a usted.
—Sí, eso no es ningún secreto en Boston.
—Me contó cómo planearon que Wilson lo convenciera para invertir en Nueva York.
Si usted salía de Boston, ella se encargaría de arruinar la reputación de los almacenes Lowell.
Créame, Andrew nunca supo cuáles eran sus verdaderas intenciones; ella pensaba deshacerse de él también.
Detestaba que Gilbert y Wilson mantuvieran una relación.
—Esa mujer es dañina.
Adele se inclinó hacia él, bajando la voz.
—Dañina se queda corto. Buscó que su hijo entrara a trabajar en sus almacenes para introducir alcohol en la cafetería y luego denunciarlo. Pero tiene una buena guardiana allí que desbarató sus planes. Me gustaría conocerla.
John siguió su mirada hacia Felicia, que en ese momento reprendía a los empleados porque la alfombra del desfile estaba torcida.
—En cuanto termine su trabajo, se la presento.
—También fui yo quien llamó a Mabell Willebrandt para avisarla de la llegada del cargamento de alcohol al Ice —dijo Adele con serenidad—. Le aseguré que usted no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, señor Lowell.
—Pero ¿cómo estaba tan segura?
—¿Sexto sentido femenino? —preguntó ella, con una leve sonrisa—. No, en realidad fue en la cena en casa de Owen. Lo seguí para escuchar su conversación y lo que oí me convenció de que usted no sabía nada de lo que él tramaba.
John y Clarissa se quedaron mirándola, incrédulos. Adele les devolvió la mirada con una sonrisa amplia. Podría tener muchos años, pero no era una venerable ancianita que hacía croché en sus ratos libres.
—Hay otra cosa —añadió, volviéndose hacia su nieta—. Yo pedí a Wilson que te empleara aquí, Clarissa. Necesitaba una excusa para relacionarme con él y enterarme de algo que comprometiera a Owen.
Clarissa abrió los ojos, atónita.
—¡Pero tú no querías que trabajara! —protestó, recordando lo mucho que había tenido que pelear con ella para conservar el puesto.
Adele soltó una risa suave, casi divertida.
—Querida, eres tan transparente que no habrías podido guardarme el secreto —replicó—. Y te equivocas: creo que debes trabajar. Debes ser independiente.
Su voz se volvió más seria.
—Te legaré una fortuna cuando muera, pero mantenerla estará en tus manos, y no será sencillo siendo mujer. Quiero que aprendas, Clarissa, y que en tu vida no mande el corazón, como ocurrió con tu madre.
Se volvió entonces hacia John.
—Y ahora, discúlpate con el señor Lowell por tu comportamiento y pregúntale si puedes volver a tu puesto.
Clarissa la fulminó con la mirada, negándose siquiera a abrir la boca. El recuerdo del anillo en el dedo de Victoria seguía doliéndole, y la presencia de John no hacía sino agravar su incomodidad.
John intervino con suavidad:
—No hace falta que respondas ahora, Clarissa. Cuando estés preparada, la puerta de los almacenes Lowell estará abierta para ti. Echo de menos tu eficiencia.
Clarissa levantó la vista, sorprendida por su tono.
—¿De verdad? —preguntó con cautela.
—De verdad —afirmó él—. Un error no define a una persona. Sé que aprendiste de él.
Clarissa sonrió con timidez y su abuela y ella se despidieron de John, que se volvió hacia Felicia.
Esta se había trasladado hacía un par de días desde Boston para revisar los detalles del desfile y con quien mejor había congeniado había sido con Victoria.
Juntas lo habían organizado todo y esa tarde se afanaban en dejar perfecto el escenario en el que las modelos lucirían los preciosos trajes de madame Leduc.
—Victoria, por favor —dijo Felicia—, vuelve al despacho y asegúrate de que todos los vestidos están planchados. Nos queda solo una hora para que esto se llene de señoras de la alta sociedad. ¿¡Dónde vas con esa silla!?
El grito de Felicia no era para ella, sino para un dependiente que se llevaba una de las butacas que habían colocado flanqueando la alfombra por la que desfilarían las modelos, en la parte central de los almacenes.
—¡Tranquila, Felicia! Robert, puedes llevártela y traer otra, como te he indicado, por favor. No pasa nada.
El muchacho salió corriendo, antes de que esa mujer pelirroja, que tenía más carácter que un general, le volviera a rugir.
—¿Por qué le has dicho que se la lleve?
—Me he fijado en que tiene una mancha en la tapicería, solo es eso.
—¡Ay, gracias, y lo siento! Todo tiene que estar perfecto, ¿cómo vamos de tiempo?
—Vamos muy bien. Voy a comprobar cómo van con la plancha, no muerdas a nadie en mi ausencia.
Lowell las miraba desde una esquina de los almacenes, apoyado en una columna y con los brazos cruzados sobre el pecho.
Le había gustado encontrarse con la aprobación de Felicia para su relación.
Sabía que no la necesitaba, lo que sentía por Victoria era tan poderoso que por nada del mundo renunciaría a ello, ni siquiera si a su socia le parecía mal, pero no había sido así.
Ambas habían conectado casi al instante y había sucedido algo más sorprendente: su socia, que acataba mal las órdenes, se volvía un manso corderito al lado de su prometida.
—Se han hecho muy buenas amigas, ¿no estás celoso? —le preguntó su hermana, situándose a su lado.
—Me dan miedo juntas, cualquiera sabe qué será de mí.
—Son dos fuerzas de la naturaleza, pero te adoran; estarás a salvo —se rio Elisabeth. Después, añadió—: Me gustan las dos. Y tú también me gustas.
—Pensaba que tu corazón estaba comprometido con Brennan.
—¡Me gustas como hermano! —le dijo Elisabeth, dándole un ligero golpecito en el brazo.
—No he visto al fotógrafo, ¿no ha llegado?
—Aún no, me ha dicho que tenía que pasar a buscar a su hermana. Estoy nerviosa.
—Lo harás muy bien.
—No estoy nerviosa por desfilar con los modelos de Camille, sino porque voy a conocer a su hermana. Me ha dicho que tiene mucho carácter.
—Suerte…
Victoria salió del despacho y le comunicó a John que tenía una llamada de teléfono.
Él se marchó y ella se quedó con Elisabeth.
Iba a explicarle cuál era el primer vestido que debía ponerse, cuando esta suspiró y una sonrisa resplandeció en su rostro.
En los al macenes había entrado un joven que se acababa de quitar la gorra y se recolocaba el pelo.
Llevaba un trípode al hombro y una cámara en la mano, y a su lado caminaba una mujer joven vestida con ropas humildes que se le parecía mucho.
—Ian te gusta mucho —le susurró al oído Victoria.
—Sí —contestó ella y se sonrojó mientras sus ojos chispeaban anticipando su encuentro—. No se parece a Charles ni a ningún hombre que haya conocido. No tiene miedo de decir lo que piensa y con Cath es tan increíble…
—No quiero repetirme, pero…
—Sé que tenemos que volver a casa. No voy a olvidarlo, pero déjame disfrutar de esto mientras dure. Lo que sea que esté pasando. Cuando estoy a su lado, el tiempo vuela y el mundo ha vuelto a tener colores.
—Pues si lo ves así, no lo dejes escapar. No hay nada que te lo impida. Te espero en el despacho, no tardes.
Victoria saludó con la cabeza a Ian y a su hermana, que caminaban hacia Elisabeth. Esta saludó azorada a la señora Connor, que a su vez la miraba con el mismo embarazo.
—¿Cómo está su esposo? —le preguntó Elisabeth, rompiendo el hielo.