16 de diciembre de 1921, viernes
Nueva York
Querido Richard:
Si algo aprendí con tu padre, fue que confiar en alguien es darle el poder de traicionarte.
Lo peor, me convencí a mí misma de que no merecía ser amada. Desde su muerte, he vivido alzando escudos para protegerme, desconfiando de las intenciones con las que se acercaba cada hombre a mí.
Huyendo, porque me convencí de que lo que me sucedió con Charles era culpa mía y no quería que se repitiera.
Si la vida no me hubier a empujado, no habría salido de Almond Hill, resguardándome entre sus paredes hasta del viento para que nada ni nadie me rozase.
Si no hubiera sido por la mano tendida de Victoria y la generosidad de John, jamás hubiera emprendido este viaje.
No creía que existiera paz para mí, pero debo reconocer que me equivoqué.
El ahogo constante mermó y, con él, mi escudo se fue deshaciendo.
Al final, contra todo pronóstico, me he enamorado.
Ya sé lo que sienten Mary, James, John y Victoria, y también sé que lo desconocía.
Es tan poderoso que empuja a un lado la prudencia y tu propia seguridad.
Hoy las he apartado sin pensar para intentar salvar la vida de Ian.
La idea de perderlo cuando apenas lo acabo de encontrar me ha resultado tan insoportable como lo fue perderte a ti.
Pero lo que ha acabado de despejar todas mis dudas esta mañana es que él ha hecho lo mismo por mí.
En ese instante, he entendido que eso es el amor. Arriesgarse y exponerse por otra persona. Es cuidar y que te cuiden, salvar y que te salven, no que te dañen con golpes o con palabras que a veces te sacuden con la misma violencia que los puños.
Yo ya sabía lo que se siente, es muy parecido a lo que me unió a ti y me ata a tu hermana, pero el que exista otra persona que no lleve mi sangre, que ni siquiera ha crecido en el mismo lugar del mundo que yo, ha sido una revelación.
Tu tío lo supo en cuanto me conoció, siempre he sido prejuiciosa, pero estoy descubriendo lo equivocada que estaba. He tenido que atravesar un mar y mil tormentas para encontrar la felicidad, pero no la he visto hasta que esa venda no ha caído de mis ojos.
Lo que ha sucedido me ha hecho pensar también que, aislada en mi cascarón, escondida en la tranquilidad de la casita de Chignall, mis miedos me podrán proteger, pero encerrarme me impedirá disfrutar lo bueno que la vida todavía tiene reservado para mí.
Y yo ahora quiero vivir, quiero sentir.
Después de lo que ha sucedido esta mañana, el día ha sido una locura.
Louise, Ian y yo hemos acabado en una comisaría de Manhattan, donde también han llevado detenido a Phoenix Owen.
Mientras esperaba a que viniera John a buscarme, he pensado que mi desconfianza, aunque me haya aislado, también me ha salvado de este hombre, que es tan oscuro como tu padre.
Me sentí en alerta con él desde que lo conocimos en el Aurore, aunque hasta hoy no haya sido consciente de que no me estaba equivocando, que mi piel había reconocido a un monstruo antes que mi sentido común.
Yo ya había vivido con uno.
Ahora, en casa, pienso en Ian, en lo distinto que lo sentí desde que llegó tu hermana de la mano, y me he prometido que, a partir de ahora, haré más caso al corazón.
Se equivoca mucho menos que mis prejuicios.
Tu madre,
Elisabeth Davenport