Capítulo 13 #4
Sentado en su biblioteca, podía recrear cada sensación de aquellos últimos días, pero la más poderosa fue la bilis que le subió hasta la boca cuando al llegar al hotel reconoció a Elisabeth Davenport en la puerta, besándose con un hombre.
Se quedó paralizado a unos metros, observando la escena, y la boca le amargó aún más cuando se separaron y constató quién era él: el arrogante fotógrafo de The New York Times .
De manera inconsciente, se llevó la mano al arma que guardaba bajo la chaqueta, pero la apartó con rapidez al escuchar la voz de un conocido.
—Phoenix Owen, ¿qué hace aquí, que no está supervisando su maravilloso restaurante un viernes por la noche?
Se volvió y se encontró con el sonriente rostro de Emory Buckner, el abogado, que llegaba a cenar del brazo de su esposa Katherine.
—Buenas noches. De vez en cuando me gusta observar a la competencia. Hoy he decidido ser yo el comensal. Señora Buckner.
Con una galantería recuperada al vuelo, agarró la mano de ella y la besó, mientras observaba que Elisabeth montaba en un taxi y el reportero gráfico se alejaba del hotel a pie. Aceptó sin dudar la invitación de los Buckner a compartir su mesa.
Esa mañana se revolvió al contemplar las imágenes en el periódico de su preciada mercancía regada por el callejón del Ice, pero no tanto como al leer su nombre entre los detenidos.
Se bebió de un trago el licor y, con un golpe seco, dejó el vaso sobre la mesa.
Sabía que no tendría problemas para que en Bergdorf Goodman confirmasen que había pasado horas allí y para que los Buckner ratificasen que había cenado con ellos, pero a partir de ese momento no se libraría de la sospecha sobre su honestidad y el May Tea se resentiría.
Al ver quién firmaba aquel reportaje y las fotografías, lanzó el periódico furioso y sus páginas se separaron, alfombrando el suelo de papel y tinta.
Ian Brennan.
Quería romperle la cara a aquel estúpido, ordenar que lo hicieran desaparecer bajo las aguas infectas del río, como hacía siempre que alguien se interponía entre él y sus negocios.
Brennan no solo había cometido la osadía de besar a la mujer que había elegido para agregarle respetabilidad a su imagen, también se había cargado la fuente de ingresos que mantenía su elevado nivel de vida.
Giulia llamó con timidez a la puerta abierta de la habitación.
—Señor, acaba de llegar esto.
Le tendió un papel y recogió el periódico del suelo, mientras Owen leía una escueta nota sin firmar: «Wilson murió anoche camino de la comisaría».
Su hombre de confianza no había podido traicionarlo, así que solo quedaba que esa rata de la prensa hubiera obtenido la información de otro lado. Arrugó la nota dentro del puño, mientras la estrujaba pensando en el fotógrafo.
No había sentido nada al matar.
No sintió dolor al ver la cabeza de su padre, solo asco y alivio al hacerlo desaparecer.
Eso era lo que iba a hacer, borrar a Brennan de la ciudad, pero esta vez no iba a delegar en nadie.
Hizo dos llamadas al periódico. En la primera, cambió la voz y se hizo pasar por un editor que necesitaba la dirección del periodista para ofrecerle la publicación de un libro.
El ingenuo recepcionista se la dio sin cuestionarse nada.
En la segunda, dio su nombre y pidió que le comunicaran con el director del periódico.
Con él se mostró ofendidísimo por la falsa información de la noche anterior que lo relacionaba con la redada y exigió una rectificación.
Le ofreció sus coartadas y le aseguró que pensaba pedir a Bruckner que fuera su abogado para demandarlos por ensuciar su nombre.
Después de colgar, fue hasta su dormitorio, sacó su arma de la mesilla de noche y la cargó. Con ella en el bolsillo del abrigo, abandonó la casa.
Viernes, 16 de diciembre de 1921
Nueva York
La loca carrera que Ian había empezado al abandonar la redacción de The New York Times le había hecho perder la gorra y lo había dejado casi sin aliento.
Al girar la última esquina, su edificio apareció ante él.
Sudoroso y jadeante, enfiló las escaleras dando traspiés y solo se detuvo un instante al escuchar el sonido de un disparo y el grito aterrado de una mujer.
Su corazón incrementó las palpitacione s y salvó derrapando el tramo de escaleras que le quedaba.
Lo que vio lo frenó en seco.
Tendida en el suelo, la señora Nakamura no se movía mientras dos mujeres jóvenes se apretaban contra la pared, con el terror pintado en sus rostros.
Había esperado encontrarse con Louise, pero no imaginaba allí a Elisabeth Davenport, que además protegía con su cuerpo a la aterrorizada muchacha.
Un hombre enfundado en un abrigo caro las apuntaba con su arma.
—¡Apártese, señora Davenport!
—¡No! —gritó Elisabeth—. ¡Váyase, Owen! ¡Déjela en paz!
—Quítese de en medio. No se lo voy a repetir. Si no se aparta, la mataré a usted como he hecho con esa vieja.
—¡Tendrás que matarme primero a mí! —gritó Ian, a su espalda.
Ian nunca había sido un temerario, el tiroteo que lo dejó cojo cuando era niño le había enseñado a evitar los problemas, pero esa mañana el valor se había apoderado de él.
Akina, desangrándose, y Elisabeth, en el punto de mira del arma, habían despertado un instinto que desconocía que tuviera.
El empresario se dio la vuelta al escucharlo.
—Al fin apareces, Brennan —gruñó.
Era tal la ira que Owen acumulaba contra él que disparó sin molestarse en apuntar y solo la suerte quiso que errase el tiro por unos milímetros.
La pared del descansillo se desconchó detrás de Ian y el estrépito del segundo disparo de la mañana alertó a los vecinos, cuyas voces se empezaron a escuchar desde la escalera.
Ian no llevaba nada en las manos con lo que defenderse y tampoco el pasillo ofrecía un refugio. La señora Nakamura seguía en el suelo y alguien debía avisar a un médico. Tenía que hacer algo si no quería llegar tarde.
—¡Suelte el arma! —gritó Elisabeth, dejando sola a Louise y lanzando con rabia su pequeño bolso a las manos de Owen.
La pistola estuvo a punto de caérsele al empresario, pero logró sujetarla. Furioso, se volvió hacia ella y volvió a encañonarla.
—¿Y perderme el placer de quitar de en medio a esta escoria?
—Es usted un fraude. Creí que era un caballero, un hombre honesto de negocios, con una exquisita educación —le recriminó Elisabeth, entreteniéndolo mientras Ian hacía gestos a Louise para que se apartase lo más posible.
—Pues ya somos dos los que estábamos confundidos, creí que usted era una viuda respetable. No me mire así, los vi anoche besándose en la puerta del St. Regis, como si fuera una vulgar buscona.
—¿Cómo se atreve?
Antes de gritar, Ian le hizo otro gesto a Elisabeth con la mirada. Ella lo entendió y el fotógrafo se lanzó a la espalda del empresario, derribándolo.
—¡Meteos en la casa de Akina! —les ordenó Ian, mientras sujetaba con el peso de su cuerpo a Owen.
Este se revolvía rabioso y el fotógrafo supo que la ventaja que tenía se desequilibraría pronto.
El hombre estaba en mejor forma física de la que cabía esperar en alguien de su edad.
Ambos se revolcaron por el suelo y en un momento la cara de Ian quedó aplastada contra las baldosas, muy cerca de la de Akina.
La mujer lo miró un instante con sus dulces ojos rasgados, y después estos se cerraron, dejando en su mejilla el rastro de una lágrima solitaria.
Fue eso, la lágrima de Akina, lo que infundió a Ian de una fuerza desconocida.
Le dolía mucho la cadera por la carrera a la que no estaba acostumbrado y sentía que el peso sobre su cuerpo lo estaba asfixiando, pero, con el coraje arrancado de la impotencia que le embargaba, se revolvió.
No podía ser, no podía haber sido tan imbécil como para haber puesto en peligro a Akina.
Logró sacarse a Owen de encima y estuvo a punto de conseguir inmovilizarlo, pero pisó la sangre de la anciana y resbaló, volviendo a quedar debajo de su cuerpo.
—Voy a disfrutar esto —se burló Owen.
Ian se sintió vencido. La pierna del empresario le aplastó la espalda y el aire se negó a entrar en sus pulmones. Los ojos se le cerraban cuando notó sobre la sien el duro cañón de la pistola.
Le hubiera gustado despedirse de Elisabeth, haber tenido la oportunidad de besarla de nuevo. Se iría, pero lo haría apresando las sensaciones de la noche anterior, llevándolas como equipaje para el viaje eterno.
Un estrépito de loza y la sensación de que le caía tierra sobre la cara precedieron a que el peso sobre su espalda se relajase. Después, la voz de Elisabeth, muy cerca de su oído, lo acarició.
—Ian, Ian, ¿estás bien? Despierta, por favor, dime que estás bien.
Ni siquiera le había dado tiempo a contestar, cuando aparecieron dos hombres que apartaron a Owen de su lado y lo esposaron, dejándolo apoyado contra la pared.
—¿Qué ha pasado?
—¡Oh, gracias a Dios que estás bien!
Elisabeth lo había agarrado de la mano y, con dulzura, depositó un beso en sus labios que duró solo un instante, porque enseguida fue interrumpido.
—Señor Brennan, somos agentes enviados por la señora Willebrandt. Hemos venido siguiéndolo desde el periódico.
—¿Ella está bien? —preguntó Ian, arrastrándose al lado de Akina, a la que acarició el rostro.
Después, impulsado por una rabia que le nacía en las entrañas, se lanzó hacia Owen. Iba a matarlo con sus propias manos, le daba igual que hubiera testigos. Akina no se merecía ese final.
Uno de los hombres que lo habían seguido lo detuvo antes de que pudiera ni siquiera acercarse al empresario.
Entonces se fijó en que este sangraba por la cabeza y que la camelia que Akina cuidaba con tanto mimo estaba tirada a su lado, con la tierra esparcida a su alrededor y una flor rosada rozando su mano.
Louise había salido de la casa de la señora Nakamura y le había estampado la maceta en la cabeza al hombre que la había llevado de la mano al infierno.