Los cerezos de Central Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Clarissa Stone entró en el apartamento de su abuela con la cólera reflejada en unos ojos que se notaba que habían llorado.

Ni siquiera se molestó en dejar el sombrero cloche y el abrigo a la entrada, los lanzó al sofá de la salita en un gesto tan brusco que se llevó por delante un jarrón de porcelana de Nankin.

El estrépito de la cerámica desmoronándose en pedazos despertó a Adele, que se había quedado dormida con el periódico en las manos.

—¡Maldita sea mil veces! —gritó Clarissa, arrancándose los guantes con la misma furia con la que había entrado en la casa.

Desde su sillón, Adele depositó el periódico en la mesita y la observó perpleja.

No dijo nada de inmediato, solo estudió su semblante, el temblor de sus manos y aquella rabia desmedida que la había hecho llegar al apartamento como un tornado descontrolado.

Una doncella, alertada por el sonido de la fina porcelana desbaratándose en el suelo, entró en la salita.

Adele le hizo un gesto para que las dejase solas.

—¿Se puede saber qué te sucede?

—John se ha comprometido con Victoria —gruñó la nieta.

Después, como si soltar aquella información la hubiera dejado exhausta, se sentó en el sofá y hundió el rostro entre las manos—.

Esa arpía, esa zorra inglesa… ¡La odio! ¿Por qué ha tenido que venir a Nueva York?

¡Debería haberse quedado en Londres, en su casa!

Adele inspiró hondo y, con serena elegancia, se levantó. Caminó hasta el aparador, tomó la tetera y comenzó a servirle una taza de té. Sin decirle una sola palabra, se la tendió, instándola a que bebiera un sorbo. Con movimientos pausados, volvió a ocupar su sitio en el sillón.

—Clarissa —le dijo con un tono inapelable—, si un hombre no te quiere, nunca es por culpa de otra mujer, es que no te quiere. Comportarte de este modo solo te hace perder la dignidad a ti. No te lo voy a consentir; no te he educado así.

Clarissa alzó la vista. Sus mejillas aún seguían encendidas y recorridas por las lágrimas.

—¡No lo entiendes, abuela! ¡Yo sé que, si me diera una oportunidad, me amaría! ¡Lo siento aquí dentro! ¡Lo sé!

Su abuela la miró con severidad, con una pizca de ternura escondida en sus ojos.

Se dijo que en algún momento ella había tenido veinte años y tan poca experiencia en la vida como para confundir el amor con un capricho.

Estaba segura de que Clarissa no se había enamorado; estaba fascinada por John Lowell, por su amabilidad y por la oportunidad de trabajo que le había dado, tratándola con el mismo respeto que a sus empleados masculinos.

—No, querida, no lo sabes. Si el señor Lowell ha elegido a otra mujer, nada de lo que hagas cambiará su decisión. Es mejor retirarse con la cabeza alta que quedarse mendigando el amor de alguien que ni siquiera ha pensado en ti así.

Clarissa apretó los puños y se levantó del sofá, no le apetecía seguir teniendo aquella conversación con su abuela; no la estaba consolando, al contrario, la hacía sentir como una malcriada. Sin embargo, su fuerte carácter le impidió salir de la habitación sin replicar.

—Hay que luchar por lo que se ama —sentenció.

En la sonrisa de Adele apareció el brillo de la experiencia y negó con la cabeza.

—Nada es tan sencillo como formular un deseo y pedirlo al aire, como si con desear algo y empeñar la vida en ello se consiguiera. Y ahora quiero que te sientes y me escuches.

—No voy a dejarte que me sermonees, me voy a mi habitación.

—Siéntate —ordenó su abuela—. Creo que es el momento perfecto para contarte lo que pasó con tus padres.

Clarissa se estremeció, su abuela jamás mencionaba a Emma y Vicent desde aquel aciago mes de mayo de 1915.

Los pocos datos que tenía sobre lo que había ocurrido con el barco en el que viajaban a Europa los había conseguido preguntando a conocidos y consultando periódicos antiguos.

Se sentó con cautela para escucharla, mientras el corazón batía en su pecho hasta hacerle sentir un dolor físico.

Adele bebió un sorbo de té, tomó aliento y empezó a hablar, aunque no la miró a los ojos; se había perdido en los recuerdos que llevaban atormentándola los últimos seis años, los que hacía desde que su hijo había muerto junto a su esposa en el naufragio del Lusitania.

—Tu madre también creyó que el amor podía conquistarse con insistencia, que, con suficiente empeño, un hombre cambiaría de opinión y la amaría con la misma pasión que ella sentía…

Todos acabamos pagando un precio demasiado alto por su tenacidad.

Incluida tú. —Entonces fue cuando se volvió a Clarissa—.

Su obcecación también se llevó por delante a tu padre.

Supongo que no sabes por qué se marcharon a Europa en plena guerra.

Clarissa sustituyó las emociones en su interior: la rabia y la furia se replegaron y la inquietud la inundó. Su abuela iba a desembarazarse de un secreto que había protegido con mimo.

—Tu madre se encaprichó de un hombre, igual que tú.

—¿Y por qué nunca he sabido eso? ¿Ocurrió cuando era pequeña?

—No, estabas en Farmington, en el internado, en el último curso. En la primavera de 1915, tu madre también creyó que ese hombre era el amor de su vida, lo sentía, como tú dices que lo sientes, y decidió dejarlo todo por él.

—¿Dejó a papá?

—A tu padre, a ti, a sus padres… ¿Sabes cuánto duró «el amor de su vida»?

Dos semanas. Tu padre le permitió regresar a casa.

El escándalo había sido monumental, pero tú no sabías nada y nuestra intención era mantenerte al margen.

Vincent decidió llevársela de Nueva York una temporada, pero nada le parecía suficientemente lejos de ese hombre, así que buscó pasajes para Europa.

Su destino final era España, porque era un país neutral en la guerra, pero solo consiguió pasajes en el Lusitania.

Lo demás, ya lo sabes. El barco fue torpedeado por un submarino alemán y tus padres fallecieron en el naufragio.

La joven se mantuvo en silencio durante unos minutos. Después, miró a su abuela.

—¿Quién era ese hombre? ¿Lo conozco?

—Phoenix Owen.

—¿Y por qué fuimos a cenar a su casa? ¡Deberías odiar a ese hombre!

—Por eso fuimos.

Viernes, 16 de diciembre de 1921

Nueva York

Phoenix se sirvió un vaso de whisky , recos tado en el sillón de la biblioteca de su casa.

Con la mirada perdida en un punto indefinido de la pared, dio un primer trago, mientras recordaba la gélida mirada del contrabandista apuntándole al pecho.

En ese momento, un sudor frío le había recorrido la nuca y, sin pensarlo, había apretado el gatillo de su arma.

El estruendo del disparo y la imagen del contrabandista cayendo desmadejado se reproducían una y otra vez en su mente, pero no encontraba dentro de sí mismo un atisbo de arrepentimiento por haberlo matado.

Sin dejar de apuntar a los demás, ordenó que trasladaran de inmediato la mercancía a su vehículo, dejando un cadáver y un coche abandonados en el bosque.

Después de darle instrucciones al primero de los vehículos sobre cómo se llegaba al Ice, se situó en la retaguardia para poder vigilarlos y todo fue bien hasta que vislumbraron un control de Policía a unas pocas millas de la ciudad.

Se tensó de inmediato. Si los agentes revisaban a conciencia los coches de la caravana, descubrirían que no contenían el aceite de oliva que anunciaban las etiquetas, sino whisky de estraperlo.

Con un gesto contenido, dejó el arma bajo su chaqueta en el asiento del copiloto, preparada por si la necesitaba.

Uno a uno, los coches atravesaron el control de Policía sin detenerse y al único al que echaron el alto fue a él.

Maldijo en silencio al ver alejarse a su preciada mercancía; cuando aquellos desgraciados se intuyeran sin vigilancia, podrían jugársela y colocar por su cuenta el alcohol en una ciudad sedienta desde hacía un año.

Apretó las manos sudorosas contra el cuero del volante y su boca seca echó de menos un trago.

Un joven agente se acercó a la ventanilla del coche y le pidió la documentación, que revisó bajo la luz tenue y amarillenta de una linterna, y después echó un vistazo superficial al interior del vehículo.

—Puede seguir —le dijo.

Estaba a punto de arrancar cuando el agente golpeó dos veces la ventanilla para llamar su atención y se inclinó a hablarle. Tuvo que contenerse para no echar mano de la pistola.

—Corren rumores de que el Ice estará demasiado animado esta noche, tal vez debería buscar un lugar más tranquilo para cenar. Saludos del concejal Fisher —le dijo el joven agente.

Tras aquellas palabras, el policía se llevó los dedos a la gorra a modo de saludo y le indicó que continuase.

No le hizo falta más para entender que algo había ido mal y que la entrega estaba marcada.

Fisher se las había arreglado para hacérselo saber, pero aquellos agentes novatos no habían identificado a los coches que le precedían.

La caravana iba de cabeza al desastre, y eso contando con que los pescadores no se la jugasen y se perdieran por las calles de la ciudad.

De cualquier modo, casi la totalidad de su inversión acabaría desvaneciéndose.

Furioso, puso rumbo a un almacén en la 58, un garaje que había alquilado hacía un año por si había problemas con alguna entrega, y que hasta ese momento jamás había usado.

Condujo hasta allí y descargó él mismo la mercancía de su coche, que ocultó bajo una lona hasta que se enfriase el asunto.

Una consulta al reloj le dijo que era demasiado pronto para cenar, por lo que decidió dejarse ver en los almacenes Bergdorf Goodman, donde se entretuvo mucho encargando dos trajes a medida y varios complementos.

Después, cuando le pareció una hora prudente para cenar, se diri gió al St. Regis.