Capítulo 13 #2
Clarissa miró con desdén a la mujer que consideraba que había venido a inmiscuirse entre ella y su jefe.
Si no hubiera aparecido, estaba segura de que él habría respondido a sus insinuaciones; al fin y al cabo, era joven, guapa, elegante y de buena familia, no se podía pedir más.
Planeó esperar otro momento en el que John tuviera un día mejor para volver a intentarlo, pero entonces, al cruzarse con Victoria, se fijó en un anillo de pedida que lucía en el dedo, que no había visto antes.
Un calor insoportable, ajeno a la calefacción del edificio, empezó a abrasarla desde dentro.
Arrancó en el pecho y después le subió por el cuello hasta encenderle las mejillas.
Las palabras salieron de su boca furiosas, como si fuera un animalillo herido en lo más íntimo de su ser.
—Me voy. ¡Pero para siempre!
Salió dando un portazo que retumbó en el despacho y en la sala de ventas.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Victoria.
—No tengo tiempo para sus niñerías, ya lo averiguaré. ¿Tú también has leído el periódico?
—Claro que lo he leído, John. ¿Tienes algo que ver con eso? —le preguntó con gravedad.
—No, claro que no, ¿estás loca?
—Lo siento, cariño, mi instinto me dice que no, pero tenía que preguntar. Esto puede ser un desastre para tu imagen.
—¿Crees que no lo sé?
Victoria le tendió el periódico y le señaló con un gesto que volviera a mirarlo.
—¿Has visto quién firma la noticia?
Viernes, 16 de diciembre de 1921
Nueva York
No eran ni las nueve y media cuando Mabell Willebrandt salió del despacho del director de The New York Times más furiosa de lo que había entrado. En su camino, tropezó con un periodista deportivo, al que ni siquiera le pidió perdón por haberle tirado por encima el café que llevaba en las manos.
—¿Dónde está Ian Brennan? —le preguntó, con un tono de voz tan alto que todo el mundo volvió los ojos hacia ella.
Mabell recorrió a los presentes en la sala con la mirada y se detuvo en un editor que hojeaba unas pruebas de imprenta.
El hombre señaló con las hojas hacia la mesa del rincón del fondo, aunque no hubiera hecho falta, pues el joven se había puesto en pie nada más ver entrar a la ayudante del fiscal de la Prohibición.
—Señora Willebrandt, ¿qué sucede? —preguntó.
—¿Se puede saber de dónde sacó que Phoenix Owen estaba entre los detenidos de la redada del Ice?
La redacción hacía rato que había enmudecido; todos miraban expectantes a Ian. Este se recolocó su desordenado pelo antes de titubear.
—Yo…
Mabell no le dejó continuar, su enfado crecía por momentos.
—¡Owen no estaba allí!
El tono de la mujer fue tan cortante que incrementó la preocupación de Ian. Tragó saliva, dispuesto a darle una explicación, pero no le dio ninguna opción; Willebrandt, alterada, continuó gritándole.
—Ha comprometido nuestros siguientes pasos. ¿Entiende lo que eso significa? Phoenix Owen ahora sabe que íbamos tras él y nos costará mucho más detenerlo. Ese hombre tiene dinero y contactos para cubrirse las espaldas. ¿En qué estaba pensando?
La verdad era que Ian no había pensado, se había dejado llevar por la oportunidad de escribir algo más que una simple nota de teatro.
No había valorado el alcance de lanzar una información sin haberla contrastado.
Si era sincero, no había visto a Owen en ningún momento, usó su nombre después de escuchar lo que le contó Louise, empujado por la antipatía que tenía a aquel tipo.
Seguía recordando el desdén con el que lo había tratado en la inauguración de los almacenes Lowell delante de Elisabeth.
Al pensar en ella, cerró los ojos, calibrando la posibilidad de que, cuando se enterase de que había publicado algo que no era verdad, pensara de él que era un completo imbécil.
En medio de aquella marabunta de pensamientos, mientras Mabell seguía con sus reproches delante de la redacción al completo, que incluían que le proporcionase la fuente que le había puesto en las manos el nombre de Owen, la mente de Ian empezó una loca carrera en otra dirección.
Repasó cada línea de su artículo, qué, de lo que había contado, provenía de lo que había presenciado en la redada y cuáles eran los datos cuya fuente eran las palabras de la joven inglesa.
Fue cuando, al detenerse en un detalle, sintió un escalofrío recorriéndole entero.
Había escrito que una de las mujeres del Ice había logrado escapar; si Owen no estaba detenido, no le costaría nada averiguar que se trataba de Louise y podría deducir con facilidad que ella lo había delatado.
La había puesto en peligro.
Volvió a llevarse la mano al pelo y se maldijo por su torpeza. Si no fuera un simple aficionado deseoso de convertirse en periodista se habría dado cuenta de que esa información no debería haber formado parte del artículo.
—¿Qué más pasa, Brennan? —preguntó Mabell.
Ian había salido corriendo hacia su silla y había cogido el abrigo y el sombrero.
—Necesito marcharme, tengo algo que hacer —murmuró, más para sí que para ella—. Prometo que se lo contaré, pero ahora debo hacer algo urgente.
—¡Más le vale, Brennan! ¡Más le vale que me cuente todo lo que sabe o usted también acabará detenido!
Viernes, 16 de diciembre de 1921
Nueva York
Desde que había leído la noticia de las detenciones de Wilson y Owen, Elisabeth se sentía inquieta.
Como Victoria, había barajado las repercusiones que tendrían en el negocio de su hermano, pero otra preocupación latía en su pecho, una molestia difusa que le nacía dentro y que no le permitía relajarse.
Los niños estaban entretenidos, así que decidió marcharse a su habitación para no transmitírs ela.
Allí se sentó frente al espejo del tocador y contempló su imagen.
Los pendientes de zafiro de su madre captaron su atención.
Los acarició con los dedos y el contacto la llevó a un recuerdo: el día que se perdió en el Aurore.
Rememoró el alivio al encontrarse con Phoenix Owen y la extraña incomodidad cuando él retiró el pendiente de su pelo y se lo devolvió.
Después, su galantería, su amabilidad y su exquisita educación cambiaron esa primera percepción y asumió su honradez, sin imaginarse que detrás de la fachada de ese hombre pudiera haber alguien que se lucraba de las debilidades humanas.
Esa misma ingenuidad fue la que le impidió hacer caso a todas las señales que le indicaron quién era Charles Davenport antes de que fuera muy tarde.
Posó las manos en el rostro durante unos momentos, mientras se preguntaba si algún día aprendería a confiar de verdad en su instinto; se había puesto en guardia en presencia de ambos hombres, pero no lo había escuchado. Era el mismo que bajaba las defensas frente a Ian Brennan.
Se preguntó si esta vez también estaría equivocada.
Tras cambiarse los pendientes por unas perlas, sacó la barra de Elizabeth Arden y la deslizó sobre sus labios.
Después los frotó el uno contra el otro y se quedó mirando a la mujer que le devolvía el espejo.
Tuvo la sensación de que parecía más fuerte, decidida y poderosa.
El disfraz era tan endeble como la honorabilidad de Owen, pero decidió aferrarse a sus sensaciones, a ese instinto que la empujaba hacia Ian.
El puente de sus miedos seguía en un precario equilibrio, pero los puentes solo se cruzan si te acercas a ellos.
Esa mañana estaba decidida a saltar al otro lado.
Quería saber qué era lo que había pasado con Owen, qué sabía Ian y hasta dónde aquel asunto comprometía a los almacenes de su hermano.
Fingiéndose valiente, se puso el abrigo, ajustó el sombrero y salió del apartamento.
Un taxi detenido por el portero la condujo hasta el edificio del fotógrafo, pero tras unos minutos tocando en su puerta, se convenció de que no estaba allí.
Estaba a punto de marcharse cuando, en el silencio del pasillo, escuchó el rumor de voces en casa de la señora Nakamura, su acento inequívoco y las respuestas de otra mujer que hablaba en un inglés continental.
Lloraba, más bien.
No era asunto suyo, pero se dijo que, si había alguien que le pudiera decir dónde estaba Ian, esa era Akina, así que llamó. Las voces se detuvieron y unos pasos lentos se acercaron a la puerta. Cuando se abrió ligeramente, los ojos cautos de la anciana la miraron extrañados.
—Buenos días, señora Nakamura.
—Buenos días, ¿pasar algo con mujeres que cosen? ¿Usted no contenta?
—Oh, no, no se preocupe, no es eso —contestó Elisabeth—. Estoy buscando al señor Brennan, ¿usted podría decirme dónde está?
—No saber, pero busca en periódico. A esta hora él estar siempre ahí.
Elisabeth se dio la vuelta para marcharse, pero recordó que había alguien más hablando con la mujer; alguien que lloraba.
—¿Está usted bien?
—Sí, sí, no preocupe. Vaya, vaya a buscar a Ian.
La mujer hizo un gesto tan vehemente para que se marchara que preocupó a Elisabeth.
—Disculpe si la he molestado, señora Nakamura. No era mi intención.
Estaba a punto de dirigirse a la escalera, cuando la puerta se abrió de golpe y, tras la señora Nakamura, apareció una joven. Sin mediar palabra, y sin que Akina pudiera evitarlo, se lanzó contra Elisabeth con una furia incontrolable.
—¡Vete! —le gritó Louise, mientras la golpeaba—. ¡Púdrete en el infierno con el maldito Phoenix Owen y todos los de tu clase!
Con dificultades, lograron apartar a Louise de Elisabeth y la señora Nakamura la sujetó contra su pecho. Al sentir su contacto, su furia pareció diluirse y se convirtió en sollozos incontrolados.
—Tú… —murmuró Elisabeth, entre asustada y sorprendida—. ¿Tú eres la joven que viajaba con Owen en el Aurore?
Los cansados ojos de Louise se volvieron un momento hacia ella y después regresaron al refugio del pecho de Akina. Temblaba, mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Ese hombre es un demonio.
—Oh, Dios, ¿qué te hizo? —preguntó Elisabeth.
Viernes, 16 de diciembre de 1921
Nueva York