Capítulo 13
Nueva York
Ian terminó de revelar las fotos del tiroteo y escribir la crónica de una obra de teatro que no había visto. Debería estar agotado por el esfuerzo, pero la cena con Elisabeth y aquel beso que habían compartido a la salida lo habían llenado de una energía que había incluso borrado el cansancio.
Poco después de la medianoche, aporreaba frenético las teclas de la máquina de escribir. El jefe de redacción se acercó a su mesa, preocupado.
—Brennan, ¿no tienes la crónica del teatro? ¡Ya vamos tarde!
Ian, casi sin mirarlo, le entregó un papel que había dejado a su derecha, cinco escuetas líneas que contenían poco más que el título de la obra y los comentarios que sonsacó al acomodador del Lund-Fontaine. El jefe de redacción lo miró con ojos críticos durante unos instantes.
—Menos mal que no eres Miller y no te entretienes en estupideces. Bien hecho —le dijo.
El fotógrafo tuvo que esconder su asombro bajando la cabeza. Ni siquiera se había dado cuenta de que no había puesto un pie dentro del teatro.
—¿Y las fotos?
—Han salido borrosas, no había luz suficiente. Lo siento.
Su superior resopló, pero pensó que daba lo mismo, aquellos artículos se hacían por rellenar y siempre podía poner publicidad en el hueco que le quedaba. Se estaba marchando a su despacho cuando se percató de que Brennan estaba escribiendo algo que no le había encargado y se volvió.
—¿Qué coño estás haciendo aquí a estas horas, si ya has terminado tu trabajo?
—Eh, nada. Ya me voy.
—No te estoy echando, pero no te entiendo. Si yo pudiera, estaría en casa, metido en la cama con mi mujer, y no pasando la noche entre papeles.
Ian pensó que a él también le gustaría estar pasando la noche con una mujer de ojos azules, pero había asuntos más urgentes.
Cuando el jefe de redacción se volvió a encerrar en su despacho, deslizó unos papeles que cubrían las imágenes del tiroteo.
No estarían nunca entre sus mejores fotografías, técnicamente eran muy mejorables, pero habían captado la historia y los rostros de quienes estuvieron aquella noche en el callejón del Ice.
Por nada del mundo se iba a separar de aquellas fotografías hasta que Mabell Willebrandt le diera permiso para publicarlas. Volvió a poner unos papeles encima y siguió redactando la noticia sobre la redada.
A la una y media de la mañana, The New York Times paró las rotativas, después de la urgente llamada de la ayudante del fiscal de la Prohibición. Un asombrado jefe de redacción se vio abocado a publicar unas imágenes impactantes del tiroteo y un artículo firmados por Ian Brennan.
Viernes, 16 de diciembre de 1921
Nueva York
John notó el agradable abrazo de la calefacción al entrar en los almacenes Lowell aquel viernes, pero sintió la sala de ventas más fría que nunca.
Miró a su alrededor buscando la causa de aquella extraña sensación y enseguida advirtió la banqueta vacía frente al piano y la ausencia de la delicada música que solía recibir a los clientes.
El buen humor que traía tras la petición de matrimonio a Victoria se resintió un poquito.
Se regañó en silencio.
Aquel día marcaba el inicio de una etapa nueva en su vida, nimiedades como aquella no podían opacar la felicidad con la que se había levantado.
«El pianista habrá ido al baño», se dijo, convenciéndose de que era un minúsculo detalle que solo detectaba él.
Pero le bastaron un segundo y un somero vistazo por la tienda para percibir dos circunstancias anómalas más: la primera, las miradas soslayadas que le lanzaban sus empleados, aliñadas con indisimulados cuchicheos; y la segunda, que apenas había clientes frente a los mostradores.
Eso sí era extraño. Los almacenes funcionaban, la caja superaba cada día la del anterior desde su apertura y las ventas se incrementaban cada hora.
Tenían encargos y nunca faltaban los curiosos admirando las novedades traídas de Europa.
La proximidad a la Navidad debería mantener aquella tendencia.
Por ello, aquel parón inusual disparó sus alarmas.
Intentaba recordar si había algún tipo de celebración ese día en Nueva York, cuando Ruth se acercó a él con un periódico en la mano. Se lo entregó con un gesto serio.
—Señor Lowell, debería leer esto.
Él lo cogió, esperando ver impreso un artículo negativo de algún producto que justificase la ausencia masiva de clientes.
Desdobló el ejemplar de The New York Times y no tuvo que pasar de la primera página.
El titular, de un tamaño considerable, rezaba: Empresarios detenidos por contrabando de alcohol .
En letras más pequeñas, el subtítulo ampliaba la información: La policía investiga otros nombres implicados .
La fotografía anexa al artículo enmarcaba a dos hombres mientras eran conducidos a un coche policial.
Solo se reconocía el rostro de uno de ellos: Andrew Wilson, que aparecía con algo en el traje que pudiera ser una mancha de sangre.
Lowell empezó a entender la escasa afluencia de clientes y advirtió que, además del pianista, faltaban varios de sus vendedores.
—Ayer por la noche hubo una redada en el Lower East Side. Al parecer, Wilson tenía otro trabajo, era el encargado de uno de esos locales que venden alcohol ilegal. Pero además… —le dijo Ruth.
—¿Además?
Ella echó un vistazo a sus compañeros y a John no se le escapó que apartaron la mirada al sentirse observados. Le hizo un gesto a su empleada y ella lo siguió hasta el despacho. Cuando cerró la puerta, Ruth le explicó lo que estaba pasando.
—En el periódico no se menciona su nombre, pero han corrido rumores de que usted podría ser uno de los empresarios que aún no han detenido.
Y… —La mujer se calló un instante—. En el artículo dice que han detenido también a Phoenix Owen.
Se le ha visto con él, estuvo en los almacenes en la inauguración; dicen que usted cenó en el May Tea… La gente ha empezado a especular.
John apretó los labios, le dio las gracias por contarle lo que sabía y le indicó que se marchara para leer el artículo con calma.
Apenas había terminado cuando el teléfono de su despacho empezó a sonar.
Levantó el auricular y una operadora le informó que tenía una llamada procedente de los almacenes Lowell de Boston.
—John, menos mal que te encuentro. —La voz de Felicia, su socia, sonaba entre enfadada y preocupada—. Nadie ha recogido en la estación los zapatos Oxford que te envié. El paquete sigue allí y me han llamado para ver qué sucede. Nadie respondía en tus almacenes. ¿Qué está pasando?
Lowell apretó un puño, intentando contener el malhumor que se extendía por todo su cuerpo, otro contratiempo que sumarle a un día que parecía que había amanecido perfecto.
—Voy a averiguar qué ha pasado, no te preocupes.
Colgó y salió del despacho. No había visto a Clarissa desde que llegó y pensó que tal vez ella también hubiera optado por desertar aquella mañana. Exhaló un suspiro de alivio y caminó hacia ella cuando la reconoció hablando con una de las escasísimas clientas.
—¿Qué ocurre, John? —le preguntó, sonriente.
—Me gustaría saber por qué no has enviado a nadie a recoger los zapatos a la estación.
—Puede que se me olvidara, pero no te preocupes, enseguida estarán aquí —replicó ella, restándole importancia.
En otras circunstancias, John hubiera hecho gala de su paciencia, pero ese día se le había ido agotando a toda velocidad.
Su mente hacía cálculos sobre las pérdidas que supondrían para sus negocios si aquellos rumores se incrementaban.
Aunque estaba seguro de que él no se había metido en ningún asunto turbio, quién sabía si en medio de la vorágine de la apertura de los almacenes habría firmado algún documento comprometido que le hubiera puesto Wilson por delante.
Su tono fue severo con Clarissa.
—Si te di una responsabilidad en los almacenes, fue porque confié en que no me defraudarías. Quiero gente seria trabajando para mí, no alguien que se olvida de sus tareas y encima le resta importancia.
—No te enfades, puedo arreglarlo —le contestó, zalamera.
—Ven a mi despacho.
Clarissa lo siguió, pensando que nunca lo había visto tan serio, pero en absoluto preocupada.
No se había olvidado del paquete, había retrasado su recogida para que él la viera como una mujer resolutiva y que resultaba imprescindible para que los almacenes funcionaran a la perfección.
En su mente veinteañera se veía como una especie de heroína a la que John premiaría cuando, en menos de media hora, los zapatos estuvieran en su despacho.
Ya había enviado a buscar el paquete, en realidad.
—Esto no es un juego, Clarissa —le dijo él en cuanto estuvieron a salvo de oídos.
—Confía en mí.
Ella posó la mano en el pecho de John, buscando la complicidad que había encontrado en él otras veces, pero esa mañana él se apartó.
—En adelante, señorita Stone, le ruego que se dirija a mí como señor Lowell y le voy a pedir que no se siga tomando confianzas que yo no le he dado. ¿Lo ha entendido?
Clarissa se quedó muda al escucharlo hablar; la distancia formal que había puesto Lowell en sus palabras la dejó aturdida. En ese momento, se escuchó un ligero toque en la puerta.
—Pase —dijo John.
—Siento la interrupción, pero es urgente que hablemos, John.
La que había llamado era Victoria; llevaba el gesto serio y un ejemplar del periódico entre las manos. Él le indicó que entrase.
—Señorita Stone, ¿nos deja solos, por favor?