Los cerezos de Central 16 de diciembre de 1921, viernes
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16 de diciembre de 1921, viernes

Nueva York

Querido Richard:

Creía que ya no volvería a escribirte, pero mi ánimo es como la marea; la tristeza se aleja, pero enseguida retorna y vuelvo a ti, al consuelo de tu recuerdo, a la seguridad de este lugar imaginario donde me siento con mi niño y él me escucha.

Esta madrugada quiero hablarte de un puente de Nueva York, el que une dos zonas de la ciudad, Brooklyn y Manhattan. Uno de los primeros días que pasamos aquí, la impaciencia de Ev an por visitar todo lo que había leído en sus libros nos condujo hasta allí en taxi.

Cuando nos acercábamos, me pareció que el puente estaba sostenido por un entramado de cuerdas gigantes.

Palidecí solo ante la idea de cruzarlo; me parecía imposible que pudieran sujetar el peso de esa mole y todo lo que cargaba sobre ella: los vehículos, las personas, incluso temí que el viento, con su fuerza, pudiera volcarlo.

Al adentrarnos en él, fingí calma, no quería que nadie se diera cuenta de mi miedo.

¿Y si nos caíamos?

¿Sería capaz de reaccionar?

¿Perdería a tu hermana de nuevo?

¿Podríamos salir del vehículo y nadar hasta la orilla?

Ninguno de mis pensamientos era optimista, estaban llenos de nubes negras que me oprimían por dentro, aunque no permití que los demás vieran sino una sonrisa.

Traté de concentrarme en las explicaciones de Evan y estas me hicieron observar lo que de lejos pensé que eran sogas; son gigantescos cables de acero, miles de hilos entrelazados que multiplican su resistencia.

Si se rompiera uno de los principales, dijo, el puente aguantaría y no se precipitaría al fondo del East River, los demás cables se repartirían el peso y contribuirían a que siguiera en pie mientras lo reparaban.

Darían tiempo para que las personas lo abandonaran y cruzaran a uno de los lados.

Imaginé que cada uno de esos hilos gigantes era como una mano que lo agarraba con fuerza para que ni el viento, ni la lluvia, ni el peso de los hombres se lo llevase por delante.

Esta noche he decidido atravesar un puente. No une dos barrios de una ciudad inmensa, es el puente que deja atrás mis miedos y me va a hacer llegar hasta la mujer que persigo ser.

Algunos de mis cables han estado tanto tiempo rotos que no me di cuenta de que otros siguen ahí, nunca me han fallado, y, aunque todavía quedan muchos por reparar, los demás van a sostenerme si decidido cruzar. Tengo determinación, paciencia, gratitud y amor.

Quizá no he encontrado aún la valentía al completo, pero conservo la esperanza de que si caigo, reaccionaré. Saldré de ahí y nadaré hasta la orilla. Porque tú ya no estás, hijo mío, ni mis padres, pero me quedan mis hermanos, James, la señora Smith, Victoria y sobre todo tu hermana.

Quiero dejar el miedo atrás para siempre y seguir poniendo a prueba mi fortaleza.

Elisabeth Davenport