Los cerezos de Central Capítulo 12 #5
82%

Capítulo 12 #5

Ian llegó al Lund-Fontaine justo cuando una pequeña multitud comenzaba a abarrotar las inmediaciones del edificio para asistir a la revista que se representaba esa noche, Good morning, Dearie .

Mientras tratab a de alcanzar la puerta del teatro, que en sus orígenes se había inspirado en el Globe de Shakespeare de Londres, el fotógrafo estudiaba cada rostro, buscando a Elisabeth Davenport.

Minutos después, rendido a la evidencia de que no estaba, se apoyaba en la pared mirando al cielo, maldiciéndose por haber perdido la preciosa oportunidad de una cita con ella.

—Eres idiota, Brennan —musitó, regañándose en voz alta por no haber aplazado su encuentro para otro día.

—¿Idiota, por qué?

Bajó la mirada y, frente a sus ojos, encontró los de Elisabeth, que chispeaban como un cielo de verano y lo miraban divertidos.

—Pensaba que te habrías marchado ya —le dijo, enderezándose.

—He estado a punto, lo reconozco.

—Lo siento, se me ha complicado el día —se disculpó Ian, pasándose una mano por el cabello—. Ha sucedido algo… en mi trabajo y yo…

Cerró la boca.

La miró, mordiéndose los labios y buscando cómo apartar de su mente lo vivido aquella tarde.

Solo quería disfrutar de su compañía. Las primeras notas de la música de Jerome Kern le hicieron volverse hacia el teatro.

Se habían quedado solos en la puerta y la función ya había empezado. Ian tuvo una idea.

—¿Te importa si cambiamos los planes y vamos a cenar?

—¿No tenías que hacer una crónica del espectáculo? —le preguntó ella.

—No tardo nada, déjame una entrada.

Elisabeth se la tendió y él entró de manera atropellada en el teatro. Minutos después, estaba fuera, con un programa en las manos.

—Ya. He preguntado detalles de la función a uno de los acomodadores. Me ha costado aflojar el bolsillo, pero ya tengo lo que necesito. ¿Nos vamos?

Le hizo un gesto para que enlazase el brazo con el suyo y caminaran hacia la Quinta Avenida. Ella ni siquiera dudó. Con la mano libre, se ajustó el abrigo, que le llegaba hasta los pies, y que estaba rematado por un gran cuello de piel.

—¿Tienes frío?

—No, estoy bien. ¿Dónde me llevas?

—Al Hotel St. Regis. La verdad es que no he ido en mi vida, y me moriré si me ponen ostras, como en el May Tea, pero he escuchado maravillas de él.

—No pediremos ostras, entonces.

Continuaron caminando en silencio durante unos minutos.

A Elisabeth no le hacían falta palabras, se sentía a gusto enlazada en su brazo, respirando el renovador aire de la noche.

Con cada paso que daba, el sonido de sus zapatos le recordaba que se había atrevido a dejar atrás un pequeño fragmento del miedo que lastraba sus días.

A la altura de San Patricio, ambos trataron de hablar a la vez.

—Tú primero —dijo él, divertido por la coincidencia.

—Me gustaría saber algo más de ti.

—¿Algo más? ¿Qué sabes de mí?

—Veamos: eres fotógrafo, redactor del New York Times , siempre llevas el pelo alborotado y se te dan bien los niños.

—¿Lo dices por tu hija? Es una niña adorable y se parece mucho a ti.

—¿Eso crees?

—Eso he visto, tiene tus mismos ojos. Yo tampoco sé mucho de ti —añadió Ian—. Que eres la hermana del dueño de los almacenes Lowell y la madre de Catherine.

Ella se sintió decepcionada al constatar la mujer que él veía. Todo eran referencias a través de otros, como si su existencia se limitase a ser un añadido a las vidas de los demás.

—Ya, bueno, quizá es que no hay mucho más que saber —respondió.

Ian se detuvo y la miró. No se le habían escapado las notas tristes entre las que habían bailado sus palabras, como si los dedos de un pianista se hubieran posado despacito sobre las teclas, tratando de hacer el menor ruido posible.

—No es cierto. Eres bellísima y, cuando logras sonreír delante de una cámara, ser el fotógrafo que aprieta el disparador no tiene ningún mérito, eres la mujer más fotogénica que he encontrado.

—Mi hermano es bueno en los negocios y mi hermana hace magia con una aguja en las manos. Yo… tal vez solo soy una percha.

—No lo creo. Sabes escribir.

—¿Yo?

—Me lo contaste en la puerta del May Tea.

—Solo son cartas sin destinatario.

—Estoy seguro de que hay menos arrogancia en ellas que en las novelas de Scott Fitzgerald.

Ella se rio. No sabía quién era ese escritor ni si el comentario de Ian era acertado, pero le gustó el tono animoso con el que deslizó el halago.

—Aquí está el hotel. Después de ti.

La música de piano los recibió al entrar al restaurante, después de dejarle sus abrigos a uno de los camareros. Cuando se sentaron a la mesa, Elisabeth miró hacia el pianista.

—Es la sonata para piano número catorce de Beethoven —dijo.

—Interesante… No sabía que las perchas entendieran de música.

—Toco el piano desde pequeña.

Él se recostó en el respaldo de la silla y la miró sonriente.

—¿Qué? —le preguntó ella.

—¿No montarás a caballo, por casualidad?

—Eh…, sí.

—Estaba imaginando cómo sería la fotografía de una percha montada a caballo mientras escribe con la mano derecha y toca el piano con la izquierda.

—Muy perturbadora —dijo ella.

—Si seguimos hablando, antes del postre descubriré que eres mucho más fascinante, Elisabeth Davenport. Aunque no sé si lograré saber lo más importante.

—¿Qué es?

—¿Quién te hizo tanto daño como para que no logres verte a ti misma?

Ella no pudo contestar, el camarero les entregó las cartas para que hicieran sus peticiones.

Al llegar al postre, Ian le preguntó la hora al camarero.

Tenía que volver a la redacción de The New York Times para escribir la crónica del teatro y para esperar a la fiscal Willebrandt.

No se hubiera marchado de allí en toda la noche, pero el deber lo llamaba.

Cuando salieron a la calle, pagó un dólar a uno de los empleados del hotel para que les consiguiera un taxi.

Mientras esperaban, agarró de la mano a Elisabeth.

Ella lo miró sorprendida por el gesto y porque, cuando sus palmas se fundieron, un agradable calor se extendió por todo su cuerpo.

Ian, sin dejar de mirarla, se llevó la mano hacia la boca y depositó un beso suave en los dedos.

Había lanzado a la basura la prudencia, así que avanzó otro paso.

Con delicadeza, le elevó la barbilla con los dedos y enfrentó sus ojos.

Ella dejó escapar un leve jadeo que brilló con algo parecido al deseo en los dos mares azules de su mirada.

—¿Quieres que te acompañe en el taxi?

—No hace falta —susurró, aunque le hubiera gustado responderle que le encantaría.

—Antes de que te vayas…

—Dime.

—Tal vez no volvamos a vernos nunca.

A ella no le gustó la idea, pero había muchas posibilidades de que así fuera.

Asintió, aunque no estaba conforme con ello.

Él aproximó su frente a la de ella y se perdió en su mirada.

Elisabeth se obligó a no pestañear, su corazón batía con tanto ímpetu que pensó que se le deslizaría fuera del cuerpo.

—¿Qué pasaría si te beso? —le preguntó Ian.

Ella era consciente de la distancia entre los dos, de que se iría de aquella ciudad y quizá nunca más volvería a pisar sus calles, pero también de que lo deseaba. Su boca entreabierta tardó un poco en encontrar la manera de moverse.

—Te diría que has tardado mucho —le contestó, cuando encontró el valor que creía perdido.

Ian se inclinó con una sonrisa canalla y se apoderó de su boca.

Primero, de manera suave, tanteando unos labios que descubrieron que nunca habían sido besados de verdad.

Elisabeth temblaba, entre la timidez y el rubor por el descubrimiento de las sensaciones de su cuerpo, y un deseo que la estaba arrollando como si estuviera en medio de un vendaval.

Fue un beso apasionado y grandioso que aflojó sus piernas y la hizo olvidarse de dónde estaba.

Cuando se separaron y se miraron a los ojos, el deseo estaba allí, como una presencia invisible que hizo que Ian tragase saliva.

Mierda, tenía que irse a la redacción.

—Aquí está su taxi —dijo una voz a su espalda.

Ambos trataron de reponerse.

—Ha sido…

—Una noche extraordinaria. Gracias —alcanzó a responder ella, antes de subirse en el taxi.

Mientras el vehículo se alejaba, Ian lo miró hasta perderlo de vista.

Después, se encaminó a buen paso hasta la redacción del periódico.

Iba como flotando en una nube, tanto que ni siquiera se dio cuenta de que había alguien que llegaba al hotel que los había estado observando con extremada atención.