Los cerezos de Central Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

—No, si se lo dijera, sabría tanto como yo.

He descubierto algo en este último año: no hay que darle a nadie la opción de tirar de un hilo, porque, tarde o temprano, acaba dando con el ovillo.

Y la paciencia puede desenredar hasta las historias que se pretenden mantener más ocultas.

Yo soy la mujer más paciente del mundo, tenga por seguro que voy a dedicar mi tiempo a desenredar este ovillo.

Quédese solo con esto, Kane, me alegra tener agentes honestos en la Policía.

—A mí también me alegra ser honesto, pero no sé cuánto tiempo me mantendrá mi honestidad vivo en esta ciudad.

—Puede que se haga necesario un traslado, deje que me ocupe de eso.

—No hace falta, quiero quedarme en Nueva York.

—Pues no sé si será usted honesto o imbécil, pero lo que desee. ¿Dónde están los detenidos?

Kane señaló con la cabeza a uno de los vehículos y Mabell asintió y se dirigió hacia allí. Llevaba bajo el brazo una carpeta y en la cara un rastro de satisfacción cuando se agachó frente a la ventanilla.

—Señores, voy a ser implacable. No esperen clemencia porque no la habrá.

Jueves, 15 de diciembre de 1921

Nueva York

El tiroteo no había terminado cuando Ian abandonó el callejón tras la muchacha, sorteando las cajas de alcohol volcadas y los cuerpos de los hombres desplomados en el suelo.

Supo que la joven no conocía el barrio, porque al acercarse a la primera intersección la vio dudar un instante hacia dónde seguir.

Cuando giró a la derecha y en el siguiente cruce repitió la elección, Ian se dio cuenta de que, de seguir así, en breve retornaría a las inmediaciones del Ice. Tenía que hacer algo para detenerla.

—¡Espera!

A su grito, ella se giró sin abandonar la carrera y tropezó, cayendo al suelo.

Sin embargo, no pudo darle caza; se levantó, con la rapidez de un cervatillo que de pronto hubiera percibido la presencia de un depredador.

Hasta ese momento, buscaba alejarse del speakeasy , pero en cuanto escuchó la voz masculina a su espalda, un pánico visceral se apoderó de ella.

Brennan se sorprendió por su resistencia y rapidez y temió perderla, pero, en uno de sus giros, ella se metió en un callejón que terminaba en una pared insalvable de más de cuatro metros.

Frente al muro de ladrillo, sofocada por el esfuerzo de la carrera, se detuvo, y estaba a punto de darse la vuelta y correr hacia la salida cuando escuchó el sonido de pisadas a su espalda.

Se dio la vuelta y alcanzó a vislumbrar una amenazante silueta que avanzaba hacia ella en la oscuridad de la noche.

Caminó hacia atrás, hasta tropezarse con el muro, donde se apretó, como si ese esfuerzo pudiera conseguir que la engullera y la librara de la presencia del desconocido.

—No tengas miedo —le dijo él, jadeante, al llegar a su altura.

Ella lo miró aterrorizada y llena de desconfianza, encogida sobre sí misma y con los brazos cruzados sobre el pecho. Temblaba por el miedo y por el frío al haber escapado sin abrigo.

—No voy a hacerte daño, soy periodista —la tranquilizó Ian, quien durante un instante pensó que la conocía de algo, tal vez de haberla visto alguna noche en el Ice—. Quiero hablar contigo de lo que ha pasado, nada más.

Para tranquilizarla, le mostró que solo llevaba entre las manos una cámara de fotos.

Ella suspiró cuando descubrió que no se trataba de un arma, pero negó con energía, mientras un espasmo sacudía su cuerpo.

No iba a confiar en un hombre, todos los que había conocido en los últimos años la habían empujado a aquel agujero del que no encontraba manera de salir.

Era tan infeliz que no le había importado huir del local, a pesar del tiroteo, pues un disparo en el pecho le parecía mucho mejor destino que un hombre vaciándose encima de ella en una cama de aquel tugurio.

Ian, al notarla temblar, se quitó el abrigo y se lo tendió.

—No hables conmigo si no quieres, no voy a obligarte, pero toma esto. Hace mucho frío esta noche.

Ella permaneció quieta, aunque en su rostro se podía ver la batalla que estaban librando dos emociones enfrentadas: el instinto de apartarse de un hombre que tal vez trataba de engatusarla con promesas y la necesidad de abrigo.

Al final, extendió su trémula mano y lo aceptó.

En cuanto se lo puso, el agradable calor de Ian abrazó su cuerpo, proporcionándole un genuino alivio.

—¿Estás mejor? —preguntó él, casi susurrando.

Ella sacudió la cabeza afirmando y él se lo tomó como una diminuta victoria.

—¿Cómo te llamas?

—Louise —dijo ella, bajito, después de pelearse con una duda.

Ian se apoyó en la pared lateral, no demasiado lejos de ella, pero dejando una distancia entre ambos que la hiciera sentirse más tranquila.

—Mi nombre es Ian y trabajo en el New York Times . ¿Qué sabes de lo que ha pasado esta noche en el Ice?

Louise negó con la cabeza y después le contó que no sabía nada; solo había aprovechado el jaleo del tiroteo y la falta de vigilancia para largarse. Creía que lo había conseguido hasta que se dio cuenta de que él la estaba siguiendo.

—¿Conocías a Molly?

Por un instante, Louise sintió que el aire se negaba a entrar en sus pulmones al escuchar el nombre de su compañera y tuvo que obligarse a respirar.

—Está… muerta.

—Lo sé —dijo Ian, y su voz sonó quebrada.

—Fue por mi culpa —gimió ella, estallando en llanto—. Intenté escaparme hace unos días y Wilson me dijo que había sido por mi culpa. Molly era la única buena persona en ese sitio.

Ian se estremeció. Él también se echaba la culpa de su muerte por haberle hecho preguntas incómodas. Quizá estaba a tiempo de salvar a esa otra chica y aplacar las pesadillas que lo acompañaban.

—Ven conmigo, no puedes quedarte aquí. En cuanto se den cuenta de que no estás en el Ice, alguien saldrá a buscarte. No quiero que te pase lo que a Molly.

—Quiero volver a mi casa —susurró ella.

—Si me ayudas con el artículo, te juro que te devolveré a tu casa.

—No podrías, está muy lejos.

Ian suspiró. Esa chica era una fuente de primera mano, podría completar los vacíos que tenía sobre lo que sucedía en el bar clandestino. Tenía que convencerla al menos de que le dejase ayudarla a esconderse y quizá con el tiempo cambiase de opinión y le contara lo que sabía.

—Ven conmigo. Aquí no estás a salvo —insistió.

Louise tampoco creía que estuviera a salvo con él, pero no iba a regresar al Ice.

A un gesto de él, empezó a caminar a su lado.

Cuando llegaron a una calle más concurrida, Ian detuvo un taxi que los condujo hasta su edificio.

Hicieron el trayecto en silencio, él no se atrevió a romper la delgada cuerda de confianza que ella había aceptado agarrar.

Una vez allí, en lugar de entrar en su casa, llamó a la de su vecina, Akina Nakamura. La anciana tardó poco en abrir.

—Señora Nakamura, tengo que pedirle un favor; mi amiga necesita un lugar donde pasar la noche.

—¿Dónde estar su abrigo? Ese ser tuyo —le preguntó la anciana, que los miraba con algo de recelo.

—No ha tenido tiempo de cogerlo.

Akina deslizó los ojos de uno al otro, y en su inspección vio la rodilla de la chica, que tenía un rastro de sangre.

—Visitas deber avisar, tú no visita, tú amigo. Pasa, pasa —dijo, al fin.

La anciana los condujo a la acogedora salita y ofreció una mantita a Louise, que devolvió el abrigo a Ian.

—Yo preparo té, vosotros esperar. Esta vieja deja pasar noche, pero quiere saber.

La señora Nakamura echó un discreto último vistazo a ambos antes de marcharse a buscar té caliente.

Ian tomó asiento frente a una Louise que se mantenía con los brazos cruzados sobre su cuerpo.

Miró el reloj, preocupado por la hora; faltaba poco para que empezase la función en el teatro, si salía en ese momento, llegaría a tiempo.

Pero también cabía la posibilidad de que, si se marchaba, Louise se largara al primer descuido de Akina, con lo que se quedaría sin toda la información que ella podría suministrarle del bar clandestino.

El futuro y el presente batallaron en su mente.

—Cuéntame lo que sabes, Louise —le pidió con suavidad.

La muchacha miró a Akina, que entraba con el té y unas gasas para curarle la rodilla, y le pidió a Ian que la mujer no se fuera mientras hablaba con él. El fotógrafo asintió y la señora Nakamura se acercó a Louise.

—Yo escuchar mientras curo —dijo.

Calmada por la suavidad de los cuidados de la anciana, Louise empezó hablándoles de su vida en Londres y de la relación que había mantenido con el marido de su tía.

Les contó que sabía que Ted Pribby vendía alcohol que llegaba hasta Estados Unidos en barcos a través de Canadá y Bahamas, pues lo había escuchado mofarse de la estúpida ley seca que lo estaba volviendo multimillonario sin moverse de su sillón.

Después llegaron las razones por las que su tío la había enviado a Nueva York: un embarazo que habría puesto los focos de atención sobre él y quizá sobre sus negocios.

—Se libró de mí enviándome a Nueva York con un amigo.

—¿Hace mucho de eso? —preguntó Ian.

—No lo sé, es muy difícil medir el tiempo cuando vives encerrado, no sé qué día es hoy. Vine en el Aurore a mediados de noviembre.

—¿Quién es ese amigo de tu tío?

—Se llama Phoenix Owen.

Ian la miró sorprendido y supo que era ahí donde la había visto, cuando esperaba a la compañía de artistas y se cruzó con el dueño del May Tea.

Se quedó un momento en silencio, recordando: había hecho una fotografía a Owen con Wilson y Fisher en los almacenes Lowell, el día de la inauguración.

Dejó que Louise le contase su historia completa.

—Escucha —le dijo, cuando ella terminó—, debo trabajar aún. Quédate esta noche con Akina, nadie te buscará en su casa.

—¿Tengo alguna opción?

Ian negó. Después, agarró su abrigo. Si se daba prisa, tal vez aún llegaría al final de la función del Lund-Fontaine.

Jueves, 15 de diciembre de 1921

Nueva York