Capítulo 12 #3
El tipo que no se separaba de John Lowell en sus almacenes.
Tenía que marcharse de allí y conservar la prueba por si lograba escapar.
Por su parte, ya había conseguido el material necesario para su artículo y para que Willebrandt iniciara las acciones penales contra los dueños del speakeasy , pero su instinto le decía que la chica que había huido también tenía una historia que contar y no debía dejarla escapar.
Miro el reloj, ese maldito reloj al que ahora le había dado por correr más de lo que necesitaba.
Para la cita con Elisabeth era demasiado tarde, pero aún estaba a tiempo de salvar su trabajo.
Corrió, con la cámara firmemente sujeta en la mano, esquivando cajas caídas, balas perdidas y algunos cuerpos, mientras las sirenas de la Policía comenzaban a oírse en la distancia, anunciando la llegada de más efectivos.
Volvió a dedicar un pensamiento a Connor, pero no podía entretenerse.
Jueves, 15 de diciembre de 1921
Nueva York
En uno de los sillones de la salita del apartamento de John, Victoria soplaba con delicadeza su té, al tiempo que él la observaba extasiado desde el otro.
Esa mañana, siguiendo un impulso, había tomado una decisión y en esos momentos meditaba si sería la correcta.
Mientras deslizaba la mirada por el vestido azul que resaltaba las curvas de Victoria y hacía juego con sus ojos, decidió preguntar a sus sentidos.
A la vista le tocó responder si aquellas pecas dispersas por su nariz, las largas pestañas y los hoyuelos de las mejillas no eran los más encantadores del mundo.
Inquirió al tacto sobre la extrema suavidad del mechón de su pelo que siempre se escapaba del recogido y él atrapaba entre los dedos, y ambos concluyeron que solo podía competir con el terciopelo de la curva de su cuello al besarla.
Fue entonces cuando se acordó del sonido de su respiración cuando lo hacía, cómo erizaba su piel y lo despertaba.
Al gusto le preguntó por el sabor de sus besos, y también salieron tan victoriosos como su nombre, y el olfato, celoso porque lo hubiera dejado el último en el escrutinio de sus virtudes, le dijo sin preguntar que su perfume cuando despertaban juntos entre las sábanas no podía ser más tentador.
El fuego de la chimenea proyectaba luces doradas en las paredes de la salita y bajo su influencia la vio elegante, se acordó de su risa franca, de su sinceridad resuelta y de lo mucho que la quería desde que alcanzaba a tener memoria.
Se le escapó un suspiro leve, también conocía sus defectos: su impaciencia, su fuerte carácter y su testarudez, pero se compensaban con su sinceridad y su honestidad.
Ella, al escucharlo, levantó la vista y dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué estás mirando?
—A ti. No puedo dejar de hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque cada vez descubro algo que me enamora más.
—Creía que nos conocíamos desde niños y lo sabías todo de mí.
—Yo también lo creía, pero llevo unos días descubriendo facetas tuyas que mejoran mis sueños.
Victoria enmudeció, no se le ocurrió una réplica rápida a las palabras de John que rebajase la intensidad de sus sentimientos. Ella también había constatado que él era mejor de lo que había soñado. Solo alcanzó a mirarlo y le regaló una media sonrisa.
—Por cierto —dijo él, mientras miraba distraído su reloj nuevo—, esta mañana he estado otra vez en Cartier. Esa tienda se está convirtiendo en mi mayor tentación.
—¡Qué decepción! Creía que era yo —replicó ella.
—Otra tentación diferente —se defendió, sonriente—. Digamos que aprecio mucho el buen gusto y me he concedido un capricho.
—¿Y cuál ha sido esta vez?
John le sostuvo la mirada, jugando con ella antes de contarle lo que había comprado. Cuando detectó su gesto de impaciencia, detuvo el juego y deslizó la mano hasta el bolsillo de su pantalón. Inclinándose hacia ella, extrajo una pequeña caja de cuero rojo con detalles en dorado y se la mostró.
—Uno que me ayude a convencerte para que te quedes conmigo —dijo en voz baja, a la vez que abría la caja y le mostraba su contenido.
Dentro de ella, apoyado en un diminuto cojín negro, un anillo de oro con un diamante redondo de más de cinco quilates emitió un brillo dorado, contagiado por la luz de la chimenea. Victoria ahogó un leve jadeo y se llevó las manos a los labios.
—John…
—Cásate conmigo, Victoria —la interrumpió—. No vuelvas a Londres. Quédate.
Sonó a súplica, como un niño pequeño demandando el regalo más deseado del mundo.
No era solo un deseo egoísta, quería darle todo y, si ella regresaba a Londres, la distancia lo haría imposible.
Dos veces se había visto cara a cara con la muerte y no estaba seguro de sobrevivir a una tercera.
Mientras llegase ese día, la necesitaba a su lado.
Esa noche no le estaba entregando solo un anillo valioso, sino toda su alma, su tiempo, su fortuna y su corazón.
Victoria alzó la vista, con los ojos húmedos y un nudo de emociones bailándole en el pecho. Ni siquiera se lo pensó.
—Sí.
Entonces él sonrió como un niño pequeño, ese que ella recordaba de Londres, de sus juegos infantiles, de toda una vida compartida hasta que la vida adulta los separó. John le puso el anillo en el dedo. Después atrapó su mano y tiró de ella para hacerse con su boca.
Tardaron un tiempo en separarse.
—Tenemos que contárselo a tu hermana y a Evan —dijo Victoria, aún impactada por la petición de John.
—Los niños ya están durmiendo, se lo diremos mañana. Pero Elisabeth aún no ha salido al teatro, nos da tiempo.
Lowell la arrastró de la mano y casi corrieron por el pasillo hasta la habitación de su hermana.
Llamaron con suavidad y, cuando ella les franqueó el paso, la encontraron vestida para salir, sentada al lado del tocador.
En la mano, sostenía un par de entradas de teatro. No parecía lo feliz que debería estar.
—Elisabeth, ¿qué sucede? —le preguntó Victoria.
—Ian no va a venir a buscarme, me ha mandado las entradas para que vaya yo sola al teatro.
Elisabeth cerró los ojos, inquieta. Le aterraba imaginarse sola esperando a un hombre en la entrada.
La idea de ser el centro de miradas indiscretas o juicios silenciosos la incomodaba y más cuando no tenía claro cómo debía vestirse para el espectáculo de esa noche.
Desde que recibió la nota, no había podido dejar de pensar en ello.
Había sido educada para desenvolverse en sociedad, pero no para un mundo que había cambiado tanto tras la guerra que parecía haber desaparecido.
Por mucho que intentaba adaptarse a sus nuevas reglas, sabía que no estaba preparada.
La voz de Victoria la sacó de sus pensamientos.
—Cariño, puedes hacerlo. Un taxi te llevará hasta allí, no te vas a perder.
—No te preocupes, le habrá surgido un problema. Si quieres, puedo acompañarte y esperar contigo al señor Brennan —añadió John.
Ambos intercambiaron una mirada preocupada, al notarla decaída. Se habían dado cuenta de la lucha que mantenía por dar pasos adelante y lo que le estaba costando no desfallecer.
—Me quedaré en casa. Disfrutad vos otros las entradas —dijo, tendiéndoselas a su hermano.
Este negó con la cabeza.
—Nosotros tenemos algo que contarte.
Victoria le mostró su mano extendida, mostrándole el anillo.
—¡Oh! —exclamó—. ¿Os habéis prometido? ¿Cuándo?
—Ahora mismo. Queríamos que fueras la primera en saberlo.
—Me alegro mucho por vosotros.
Se levantó de la silla para abrazarlos. Mientras lo hacía, pensó que cualquiera podía ver lo que ambos se querían, la complicidad que había entre los ellos y la felicidad que irradiaban cuando estaban juntos, y sintió envidia.
Un pensamiento fugaz cruzó por su cerebro cuando se dio cuenta de lo que suponía su compromiso: Victoria no regresaría a Londres con ella.
Había sentido con Ian un fragmento de esa felicidad que veía en ellos, diminuta y frágil, pero tan real que había bastado para devolverle las ganas de enfrentarse al mundo.
Tal vez fuera mejor no empezar una historia que estaba condenada a morir en primavera, pero supo de inmediato que prefería echarlo de menos que dejarlo pasar.
—¿Cómo vais a celebrarlo? —les preguntó.
—Habíamos pensado quedarnos en casa —respondió John.
—Bueno, entonces, quizá sea mejor que yo me vaya.
—Elisabeth, ¿estás bien?
Ella asintió, mientras cogía aire y sonreía.
No, no estaba bien, estaba muerta de miedo, pero no se lo diría.
Jueves, 15 de diciembre de 1921
Nueva York
El olor de la sangre y el alcohol derramados en la reyerta impregnaba el sucio callejón trasero del Ice.
El balance se había saldado con seis muertos: tres agentes, dos contrabandistas y uno de los empleados del speakeasy .
Además, varios hombres de ambos bandos hubieron de ser trasladados con heridas graves a distintos hospitales de la ciudad y se temía por la vida de alguno de ellos.
El sargento Kane encendió un cigarrillo mientras introducían en los coches a los detenidos.
Antes de dar la orden para regresar a la comisaría, esperaba a que llegara Mabell Willebrandt, a quien había pedido que se mantuviera alejada del Ice durante el operativo.
La fiscal general adjunta de la Prohibición no tardó en aparecer, seguida por los hombres que se encontraban bajo su mando.
Cuando se acercó a Kane, este tiró el cigarrillo, exhaló el humo y aplastó la colilla contra el suelo.
—No había ni rastro de Fisher, pero Andrew Wilson está entre los heridos —le dijo a la mujer sin más preámbulos—. Wilson está entre los detenidos y hay algunos empleados que han declarado que es quien se encarga de él, pero nadie ha querido decirnos quién es el dueño de todo esto.
—Quizá yo sí lo sepa, no se preocupe por eso ahora, ni tampoco por Fisher. Caerá.
—¿Va a decirme quiénes son sus fuentes?