Los cerezos de Central Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Enseguida fueron atendidas y, durante algo más de una hora, su rostro fue mimado por manos expertas.

Antes de marcharse, ambas adquirieron una crema que prometía mantener la palidez del rostro y tersar la piel hasta volverla porcelana.

Además, les regalaron un sugerente labial rojo, símbolo de la casa.

Elisabeth lo aceptó, aunque estuvo segura de que no se lo pondría; ella jamás había usado maquillajes de ningún tipo, salvo algún toque de carmín y nunca en un color tan llamativo.

La habían educado en la idea de que la belleza de una mujer, si no quería parecer una prostituta, debía ser algo natural, no el resultado de ningún afeite.

En Nueva York esa idea sonaba muy anticuada.

Las mujeres de la alta sociedad que frecuentaban el May Tea o las que asistieron a la inauguración de los almacenes Lowell llevaban el rostro maquillado y no parecían mujeres de vida disoluta; por el contrario, el ahumado de los ojos, los labios de un rojo intenso y la uniformidad de la piel multiplicaban su belleza y elegancia.

Miró el carmín y lo aproximó a sus labios, pero sabía que aún no estaba preparada para un color como aquel.

Lo guardó y se limitó a extenderse por la cara la crema y darse un toque de rubor en las mejillas.

Después, observó su imagen en el espejo del tocador desde todos los ángulos y el resultado la satisfizo.

Suponía un cambio sutil, apenas un toque a medio camino entre su rostro desnudo y el que lucían aquellas mujeres con las que había coincidido; le gustaba.

Y había algo mucho más importante. Frente a ella, vio a alguien que parecía más segura.

Quizá el peso del pasado sobre sus hombros empezaba a aligerarse y, sin él, se veía más erguida.

La muchacha alocada y despreocupada de antes de la guerra había desaparecido, de eso estaba segura, pero también empezaba a desvanecerse esa otra mujer golpeada por la vida que se había adueñado de su espíritu en los últimos años.

A esa nueva versión de sí misma era a la que sonreía.

Abrió una cajita de caoba y de ella extrajo los pendientes de su madre.

Giró el rostro hacia la derecha, mientras engarzaba uno en su oreja izquierda y después hizo lo contrario para ponerse el otro.

Cuando ambos estuvieron dispuestos, pasó el cepillo sobre su pelo corto y liso, y se puso en pie.

La vaporosa tela del vestido blanco que había elegido con Victoria para ir al teatro se deslizó por sus piernas, acariciándolas con su sedoso roce.

Se giró para observar el efecto del vestido en la espalda y, cuando se vio reflejada en el espejo, sonrió aún más.

Durante un fugaz segundo, vislumbró en color la fotografía que le había hecho Ian en la puerta del May Tea aquella fría noche de noviembre.

Así era como él la debía de haber visto.

A su imagen, se unió el recuerdo que ella tenía del rostro del fotógrafo cuando retiró la cámara que los separaba.

Pudo rememorar su pelo alborotado y libre, su mirada segura, la libertad con la que le habló, rompiendo todas las reglas de protocolo que con tanto mimo le habían enseñado a ella.

Era lo que más la había atraído de él, su naturalidad, su autoconfianza.

No podía negar que Ian Brennan era un hombre atractivo, pero su encanto no emanaba en exclusiva de su rostro armónico y sus vivarachos ojos.

Era un conjunto de todo: su forma de hablar, su manera de tratarla, su voz ronca que, sin embargo, sonaba como una caricia.

Una suerte de anhelo comprometió los latidos de Elisabeth cuando comprendió que esa noche no se estaba vistiendo o maquillando para ir al teatro, sino porque deseaba que Ian Brennan volviera a mirarla igual que aquella noche.

No sabía nada de él, ni su edad, cómo era su vida, su posición o quién era su familia.

Todo lo que conocía le llegaba a través de referencias indirectas, deducciones que había ido haciendo que podían o no corresponderse con la realidad.

De lo único que estaba segura era de que temblaba a su lado y que algo poderoso la empujaba a perderse en su mirada.

Que el tiempo, cuando lo compartía con él, tenía la particularidad de doblarse en sí mismo y se acortaba, mientras que la espera para volver a verlo se le hacía eterna.

Sonrió.

Desde el fin de semana, los días hasta aquella tarde de su cita habían pasado lentos, perezosos.

Apenas encontró con qué entretenerse para mitigar su impaciencia.

Esa misma noche, apenas había dormido imaginando aquella cita, haciendo un recuento mental de todas las preguntas que tenía para él, de todo lo que quería conocer de sus labios.

Quería conocerlo porque, de algún modo, su cuerpo lo había reconocido y esa disonancia entre lo físico y su alma necesitaba respuestas.

Unos golpecitos en la puerta del cuarto la sacaron de sus pensamientos. Cuando abrió, la señora Clark aguardaba al otro lado de la puerta.

—Señora, ha llegado esto para usted.

Elisabeth tomó el sobre en sus manos. No tenía nada escrito, ni siquiera estaba cerrado. Lo abrió y de él extrajo dos entradas para la función del Lund-Fontaine y una pequeña nota: Espérame allí .

Ni siquiera iba firmada.

Elisabeth se quedó mirando el papel, sorprendida.

Jueves 15, de diciembre de 1921

Nueva York

Para espantar el frío de aquella noche, Ian se ajustó el cuello del abrigo y se frotó las manos.

A su alrededor, la calle y el callejón tras el Ice parecían desiertos, pues los hombres del sargento Kane se ocultaban con tanta discreción que nadie podría decir que más de treinta policías, tres agentes de la Prohibición y un fotógrafo de The New York Times rodeaban el speakeasy desde todos sus flancos.

El aire parecía cargado de la tensión previa a la tormenta que se esperaba esa noche sobre el Lower East Side, aunque no se distinguiera ni una sola nube sobre el cielo de Manhattan.

Todas las que presidían la noche de Nueva York se habían concentrado en la mente de Ian, que, oculto entre unas cajas del callejón del Ice, llevaba más de dos horas soportando el ritmo ralentizado del tiempo, a la vez que el latido acelerado de su corazón.

No sabía ni cuántas veces había consultado el reloj desde que llevaba allí, sin poder dejar de pensar en la advertencia que le habían hecho: bajo ningún concepto debía avisar a nadie de lo que haría esa tarde.

Lo había cumplido a medias.

No había querido anular su cita con Elisabeth Davenport para ir al teatro, pero si aquello no empezaba ya, se truncaría. No solo la cita, sino la crónica de la función del Lund-Fontaine que no iba a ser capaz de hacer.

Metido entre unas cajas, se estaba jugando todo: el pellejo, la cita con Elisabeth y su trabajo.

Agarró la cámara con fuerza y se ahorró un resoplido que pudiera delatar su posición.

No pudo seguir pensando en la inglesa, porque escuchó el ruido de motores que se aproximaban y algún murmullo de los policías escondidos cuando las luces de los automóviles rompieron la oscuridad del callejón.

Se deslizaron despacio por la calle y se fueron deteniendo frente a la puerta trasera del Ice.

Al momento, desde el local emergieron varios hombres, que empezaron a descargar cajas a toda velocidad, ayudados por los conductores.

Ian asomó un poco el cuerpo y levantó la Kodak.

La escasa luz de las farolas apenas le permitía enfocar y no podía arriesgarse a usar el flash aún; confiaba en su habilidad en el revelado para que las fotos sirvieran.

Disparó varias veces, asegurándose de guardar negativo para cuando pudiera usar su equipo completo.

Con un silbido acordado con anterioridad, el sargento Kane anunció el fin de la espera de los policías. Después, se oyó un atronador grito proveniente de su garganta.

—¡Ahora!

En dos segundos, la calle dejó de ser un mar en calma para convertirse en un pequeño infierno.

Más de una docena de agentes emergieron de sus escondites.

Un contrabandista arrojó una caja y echó a correr, mientras otros ni siquiera se molestaron en huir, sacaron sus pistolas y abrieron fuego contra los policías.

Ian permanecía agazapado tras las cajas, mientras las detonaciones de los disparos deshacían el silencio de la noche en todas direcciones.

Ansiaba saber cómo estaba Connor, pero no se atrevió a moverse salvo para preparar su cámara.

Las órdenes para él habían sido claras: debía hacer las fotos y estorbar lo mínimo.

Con la adrenalina circulando a toda velocidad por las venas, se incorporó y disparó una fotografía con flash , rogando por que saliera enfocada.

—¡Maldita sea! —gruñó uno de los contrabandistas, cegado momentáneamente por la luz instantánea.

El momento lo aprovechó un policía para abatirlo.

Los disparos de la cámara se sucedieron y capturaron a los policías forcejeando con los traficantes y a los heridos por el suelo.

Al caos se sumaron las cajas de alcohol, que, heridas por balas perdidas, se desangraban, perdiendo su valioso contenido.

Ian siguió congelando fragmentos de ese caos en imágenes fijas, que se convertirían en pruebas de la noche en la que todo el peso de la ley había caído sobre el Ice.

Los gritos, mezclados con las detonaciones y el descontrol, no impidieron que se escuchase la voz del sargento Kane.

—¡Suelten las armas! ¡Están rodeados!

En medio de la refriega, una silueta pequeña se deslizó con agilidad pegada a la pared del callejón. Ian apenas tuvo tiempo de verla antes de que desapareciera entre las sombras.

Era una mujer.

Nadie pareció percatarse de su presencia.

Ian se levantó, decidido a lanzarse tras ella, cuando reconoció a uno de los hombres que se había bajado de uno de los coches y que blandía un arma contra la policía. Usó el último fragmento de negativo que le quedaba en su cámara para inmortalizar su imagen.