Capítulo 12
Nueva York
La actividad en los almacenes Lowell, a diez días de la Navidad, era frenética.
Aunque no era el mejor momento para abandonar su puesto, John se había comprometido con Evan a llevarlo a visitar el Museo de Historia Natural.
Para concederse el par de horas que necesitaba, revisaba por enésima vez que todo estuviera en orden.
Al pasar por la sección de calzado de hombre, el dependiente lo detuvo y lo informó de un problema:
—Señor, nos hemos quedado sin zapatos Oxford en negro. Se acaban de llevar el último par.
John consultó el reloj de muñeca, que había adquirido hacía dos días en la tienda que Cartier tenía a dos manzanas de los almacenes, y decidió que aún le restaban unos minutos para solventar aquel contratiempo.
Tal vez, si se daba prisa en llamar, podría comprobar en Boston si quedaban pares para cubrir el stock , mientras llegaba el siguiente pedido de Europa. Decidido, puso rumbo a su despacho.
La llamada a Felicia apenas duró cinco minutos y la solución llegó con ella.
En esos momentos, cuando terminaba de apuntar la hora a la que llegaría el calzado en tren, sonaron unos toques en la puerta y esta se abrió.
Ruth, la costurera encargada de tomar medidas a las clientas, pidió permiso para entrar, mientras en su mano derecha portaba unas hojas.
—Señor Lowell. Le traigo los pedidos de vestidos que hemos recibido esta mañana. Estos —le mostró una de las cuartillas— son los que podemos asumir en el taller de los almacenes. Pero hay todos estos más, de los que tendrán que ocuparse fuera, aquí estamos desbordadas.
John levantó la mirada, le sonrió y revisó las anotaciones. No tenía problema con las costureras; las que coordinaba la señora Nakamura trabajaban bien y rápido, pero le pidió que se asegurase de que tuvieran tejido suficiente. Se levantó de la silla y recogió su abrigo y su sombrero del perchero.
—Gracias, Ruth. Hoy tengo prisa, voy a acompañar a un niño al Museo de Historia Natural, ¿le importaría ocuparse de que alguien lleve las telas al taller externo?
—No, señor, no se preocupe, yo me encargo.
En ese momento, se oyó un carraspeo procedente de la puerta. Clarissa había entrado sin llamar y ninguno de los dos se había percatado de su presencia.
—Perdón. No sabía que estabas ocupado.
—Clarissa, no me puedo entretener, estoy a punto de salir. Ruth, por favor, explíquele a la señorita Stone lo que hemos hablado.
Antes de que Ruth pudiera contarle nada a Clarissa, se volvieron a escuchar unos golpecitos en la puerta y otra empleada de los almacenes solicitó a Ruth. La necesitaban porque una de las máquinas de coser había dejado de funcionar.
—Enseguida regreso, señorita Stone. Vaya repasando esto —dijo.
Ruth le entregó las anotaciones a Clarissa y esta no pudo reprimir un gesto de desagrado.
La había ofendido que una dependienta le diera una orden tan directa, a ella, que era la ayudante del dueño.
Cuando Ruth salió del despacho, la joven se acercó a Lowell con una amabilidad exagerada, mientras él terminaba de acomodarse el abrigo.
—John, no he podido evitar escuchar que vas a salir para ir al Museo de Historia Natural. Lo he visitado en multitud de ocasiones y podría ser una guía estupenda para el niño.
—Muchas gracias, pero no es necesario. Seguro que podremos apañarnos entre Victoria y yo.
Coordínate con Ruth, por favor, y encárgate también de buscar a alguien para que vaya mañana a Penn Station a recoger un paquete que llegará a mi nombre con zapatos.
Este es el tren. —Le acercó un papel en el que había anotado el horario—. Volveré antes del cierre.
John salió del despacho y ella se sentó en su mesa para estudiar las anotaciones de Ruth.
Llevaba toda la semana molesta con John porque la había apartado de la búsqueda de costureras.
Sentía como si estuviera relegándola de responsabilidades, igual que la rechazaba en lo personal.
Furiosa, retorció las hojas entre las manos, buscando con ello ahogar su frustración.
Estaba segura de que todo tenía que ver con esa inglesa, tenía unas ganas inmensas de que se volviera a su país.
Apretó la hoja imaginándose que era la garganta de ella y, cuando reaccionó, los papeles se encontraban en un estado lamentable.
Intentó alisarlos, pero le resultó imposible; por más que se esforzase, nunca perderían el rastro que había dejado su rabia en ellos.
Se los quedó mirando, pensando que habían quedado igual de maltrechos que sus ilusiones.
John las había arrugado con su indiferencia y, por mucho que intentase reponerse y tratar de que volvieran a estar intactas, no lo conseguía.
Decidió reescribir las notas en otro papel para disimular su enfado.
Jueves, 15 de diciembre de 1921
Nueva York
Evan regresó sobreexcitado del museo. Poder observar de cerca animales salvajes disecados, terrestres y acuáticos, sin el temor de que se movieran, lo había impresionado, pero no tanto como la colección de conchas marinas. No paraba de hablar de ellas desde que abandonaron el edificio.
—¿Se pueden recoger en una playa? —le preguntó a John, tras cerrar la puerta d el apartamento.
—Supongo que algunas sí.
—¡Tenemos que ir! —gritó, emocionado.
—Evan, estás agobiando a John —le dijo Victoria, mientras le quitaba el abrigo.
—No me agobia, me encanta pasar tiempo con él.
—¡Voy a contárselo a Catherine!
El niño salió disparado por el pasillo en busca de la pequeña, mientras John y Victoria se dirigían a la habitación de esta.
Nada más cerrar la puerta, John la aprisionó contra la pared y la besó en los labios con pasión.
Sus manos, tan ansiosas como el resto de su cuerpo por sentirla, se deslizaron por debajo de la tela del vestido buscando el contacto con su suave piel.
—Cómo me gusta que las mujeres os hayáis librado del corsé —le susurró al oído.
Victoria gimió intentando no hacer mucho ruido, aunque ni el volumen pudo rebajar la intensidad del apetito que tenía de él.
—Llevo todo el día deseando esto —murmuró, jadeante.
—Yo deseo más que «esto» —contestó él, cuyas manos habían ascendido por las caderas y en esos momentos jugaban con sus turgentes pechos.
—Tendremos que darnos prisa —dijo ella.
Por la hora, la mesa estaría dispuesta en el comedor y Elisabeth los estaría esperando. John, a su pesar, separó las manos de su cuerpo. Con ambas, envolvió el rostro de la mujer que amaba y la miró a los ojos.
—Ahora me tengo que marchar, lo siento.
Depositó un suave beso en su frente.
—John Evan Lowell, te juro que si vuelves a dejarme así, te mataré —le dijo Victoria, boqueando con todo aquel deseo quemándola entre las piernas y comprometiendo su aliento.
—Tendrás que esperar a después de la cena.
—¿La cena? ¿Piensas invitarme a cenar?
—Eso es lo que haré. Ahora tengo que volver a los almacenes.
—Pero no podemos salir esta noche. Elisabeth irá al teatro con el fotógrafo. ¿Qué haremos con los niños?
—Podemos dejarlos con el servicio, despedí a Olive y nadie se atreverá a repetir lo que hizo. Pero no pasa nada, la cena será aquí. Te va a encantar el postre —le susurró al oído.
—No hay postre sin primer plato —gruñó ella.
Antes de que a él le diera tiempo a apartarse, la mano de Victoria se introdujo bajo su pantalón. John estaba más que preparado para que se dieran un festín y ella no estaba dispuesta a dejarlo escapar, aunque no se demoraran mucho.
—¿Siempre te sales con la tuya? —preguntó él.
—No siempre, pero esta vez sí.
Media hora después, John abandonaba el apartamento y Victoria entraba en el comedor. Elisabeth y los niños habían terminado de comer, pero aún permanecían en la mesa.
—Cath, hija, ¿podrías enseñarle a Evan lo bien que tocas el piano?
Los niños dejaron la mesa y se dirigieron a la salita. John había encargado que trajeran un piano y esa misma mañana madre e hija habían estado practicando las lecciones que habían abandonado después de dejar Almond Hill.
—Llevas un peinado extraño —dijo Elisabeth a Victoria, mientras trataba de ocultar una sonrisa.
Esta se miró en el espejo del aparador y se dio cuenta de que se había olvidado de peinarse.
—¡Vaya! ¿No nos habrás oído también?
—¿No habéis escuchado el piano?
—No, la verdad, no estaba pendiente de la música.
—Catherine está encantada con él, así que lo he usado para que ni Evan ni ella os oyeran. Pero yo sí os he escuchado.
—¡Qué vergüenza! —exclamó Victoria, tapándose la cara.
—No te avergüences, los dos os queréis, no hace falta nada más que miraros. Eso sí, procurad ser un poquito más discretos, no voy a estar aporreando el piano cada vez que…
Ambas se echaron a reír.
—Estoy feliz por haber emprendido este viaje.
—Yo también —dijo Elisabeth—. Necesito tu ayuda. Le he preguntado al ama de llaves qué debería ponerme para ir al teatro y me ha dicho que en cada uno de esta ciudad hay un espectáculo diferente y depende de lo que vayamos a ver, así debería vestirme. ¿Cómo voy a acertar?
Victoria trató de ayudarla.
—¿Qué te parece el vestido blanco que estrenaste la noche que cenamos en el May Tea con mi abrigo negro? —le preguntó Victoria.
—¿Tú crees que será apropiado?
—Yo creo que estarás preciosa y con eso es suficiente.
Jueves, 15 de diciembre de 1921
Nueva York
Al poco de llegar a Nueva York, en uno de sus paseos matutinos por la Quinta Avenida, Elisabeth y Victoria habían tropezado con una incitadora puerta roja.
La libertad que les otorgaba que los niños se hubieran quedado bajo el cuidado de la responsable señora Clark propició que se concedieran el capricho de atravesarla, pues hasta ellas había llegado la noticia de que era la entrada del pequeño pero distinguido salón de belleza de Elizabeth Arden.