15 de diciembre de 1921, jueves
Nueva York
No sabía que tenía que despedirme bien de ti, Richard.
Pensaba que lo había hecho tras tu muerte, en tu entierro, pero no fue así.
No entendía —sigo sin hacerlo— que tú tuvieras que marcharte de este mundo antes que yo.
Tu muerte fue inesperada y el dolor se me arraigó de tal modo en las entrañas que no encontré nada que mitigase la angustia.
Fui acumulando noches eternas extrañándote, meses enteros en los que no encontraba sentido a la vida.
Más de un año sin nada que me aliviase un tormento que empezaba en mi mente y se expandía por todo mi cuerpo, como esa maldita enfermedad que te robó el aliento.
El día que empecé a escribirte, ni siquiera sé por qué lo hice.
Solo acerté a pensar que, si alguien se enterase, consideraría que he perdido la razón.
Yo misma así lo he pensado, que era una mujer sin juicio escribiéndole a su pequeño ausente.
Un sinsentido, porque siempre he sido consciente de que tú no podrás leer jamás mis palabras.
He necesitado poner distancia con todo lo que era mi mundo para entender que estas cartas eran mi medio para despedirme. No es a ti a quien estoy escribiendo desde hace tiempo, por más que tu nombre las encabece. Soy yo la destinataria de estas palabras.
Me he dado cuenta de que he estado conteniendo mis sentimientos desde hace tiempo.
Al principio, guardándolos muy dentro, ocultando hasta de mí misma mi angustia.
Después, cuando decidí empezar a escribirte, fue como si quitase el tapón de una botella y fuera vaciándola poco a poco.
Ahora sé que lo necesitaba, era preciso que el desconsuelo acumulado saliera y dejase espacio para que otras emociones nuevas pudieran formar parte de mí.
El vacío que has dejado en mi corazón sé que jamás lo rellenará nada, pero estoy aprendiendo a soltarte. Por mucho que no quiera, que desee sentirte de nuevo entre mis brazos, eso no es posible. He tenido que entender que no es egoísta dejarte ir.
Es necesario.
Para que tú descanses; para que yo descanse.
Ahora puedo ver que, aunque tu vida haya terminado, la mía no.
Al principio, me sentía como el agua cuando brota de un manantial y desciende de la montaña a toda velocidad: arrastrada por una corriente desbordada que me golpeaba sin tregua contra las piedras de la orilla.
Peleé con un montón de sentimientos nuevos que me inundaron hasta dejarme exhausta.
Llegó un momento en el que ese río de emociones fue perdiendo velocidad y entonces me limité a quedarme quieta.
Me dejé arrastrar, sin fuerzas para resistirme.
Cuando tomé el tren para reunirme con mi hermana en Londres, algo cambió, aunque en ese momento no lo supiera.
Catherine me estaba mostrando un camino.
El brillo de su mirada cada vez que tropezaba con algo novedoso para ella, su felicidad, me hizo sonreír y me recordó que yo también sonreí en muchos momentos de mi vida.
Creo que, por eso, pensé que viajar más lejos podía devolverme esa felicidad.
No creas, estuve a punto de arrepentirme.
Cuando desembarcamos en Nueva York y la perdimos de vista esa media hora eterna, también pensé que me había equivocado.
Aquí, ha sido como si ese río imaginario se ensanchase.
Ha llegado la calma y, aunque sigo permitiendo que me lleve, ahora he abierto los ojos.
Tu ausencia no ha cesado de doler, pero ya puedo sentir el sol en mi rostro a pesar de ser invierno, me entrego a la calma de estas aguas que el único sobresalto que han traído es el que azota mi corazón cuando me encuentro con Ian.
Un sobresalto que no tiene nada de doloroso.
Igual que me arrastró la impotencia que sentí cuando la gripe te arrancó de mis brazos, ahora quiero claudicar, pero ante ese sentimiento nuevo de ilusión recién nacido y al que necesito dar una oportunidad.
No estoy curtida en sobresaltos y no sé si soportaré bien nuevas decepciones, si las hay, pero de lo que estoy segura es de que debo llenarme de emociones bonitas.
Darme permiso para vivir.
Darte permiso para marcharte.
Hoy quiero que las lágrimas que acabo de derramar al escribir esto sean las últimas en mucho tiempo.
Elisabeth Davenport