Los cerezos de Central Capítulo 11 #5
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Capítulo 11 #5

—Pues a mí me gustaría tener algún sobrino, pero si es como él, quizá sea mejor que no lo tenga.

—¿Tan horrible te parezco? —preguntó Ian, haciéndose el ofendido.

—Ahora solo eres insoportable, de pequeño eras, además, un demonio. —Beatrice se levantó la manga del vestido y les mostró por enésima vez la cicatriz que le habían dejado los dientes de su hermano—. Eso sí, tienes los ojos bonitos.

—Claro, porque son iguales que los tuyos…

—¿Te quedas a cenar? —preguntó ella, negando con la cabeza mientras dejaba la toalla en un cesto.

—¿Cuándo digo yo no a una proposición tan tentadora como esa?

—¡Nunca! Eres un gorrón.

—Es por la deliciosa comida que preparas, hermanita.

Ian sacó del bolsillo un sobre y lo lanzó sobre la mesa. Beatrice y su marido lo miraron sin comprender. Ella lo recogió y, al ver su contenido, lo dejó encima de la mesa de nuevo, como si quemase.

—¿Dónde has robado este dinero? No me digas que te lo han dado en el periódico, porque no te voy a creer.

—No me lo han dado en el periódico, ahí no pagan bien a la gente como yo. Ni siquiera valoran que soy un artista de la fotografía.

Beatrice puso los ojos en blanco ante la exageración. Era cierto que era bueno, pero de ahí a considerarse un artista había un trecho largo.

—Ahora en serio, es parte de lo que me han pagado por las fotografías de los almacenes Lowell. Quiero que os lo quedéis. Yo no necesito tanto y a vosotros os vendrá bien para Luke.

—Pero ahí debe de haber… —dijo ella.

—Una fortuna. Gástala bien, hermanita. Podemos ir juntos a los almacenes y te podrás comprar lo que quieras esta Navidad y preparar una cena fabulosa. Nos lo merecemos.

Beatrice se emocionó. No pensaba de verdad que su hermano fuera insoportable, se lo decía por la inercia de molestarlo, era testigo de su generosidad con ellos. Enseguida se puso a trastear por la cocina para preparar la cena.

—Tengo que contarte algo, Ian —dijo Connor.

—Contarnos —señaló Beatrice—, a mí no volváis a dejarme al margen.

—¿Qué ha pasado?

Ian se sentó a la mesa y acomodó al pequeño en sus brazos.

—El otro día vi llegar a la comisaría a Fisher, el concejal, y lo seguí.

Me llamó la atención que entrase como si conociera el lugar tan bien como el salón de su casa.

La gente suele llegar despistada y preguntan al policía de la puerta dónde está el despacho que buscan. Él fue directo al del sargento.

—¿Cuál es tu teoría? —preguntó Ian.

—No es una teoría, un compañero me contó que solía entrevistarse con Carver a menudo.

Pero por el modo en el que el nuevo sargento lo echó, sospeché que a este no le hizo gracia la visita.

Y hay más. Ese compañero me dijo que desde que Carver ascendió a sargento no pasaba nada reseñable en la comisaría.

—No entiendo.

—Que en los últimos años ha sido como si el Lower East Side se hubiera despejado de delincuentes de repente. Solo atendemos tonterías. Este no es el mejor barrio de Manhattan, tú lo sabes.

—Deja de dar vueltas y dinos lo que piensas —le pidió Beatrice.

—Pensé que era posible que Fisher estuviera pagando a Carver para que hiciéramos la vista gorda con algunos asuntos y quizá eso tuviera que ver con la muerte de Reeds. Y después de la chica del Ice muerta, tú viste a Fisher en ese local.

—No vas a hacer nada —sentenció Beatrice, muy seria—. No es asunto tuyo.

—Tarde, ya está.

—¿Qué has hecho, Boyle? —le dijo Beatrice, usando su apellido, señal de que estaba muy enfadada.

—Escucha, Beatrice, tengo que hablar con Ian. Asuntos que tú no debes conocer por tu propia seguridad.

—¡No, no y mil veces no! —gritó Beatrice—. Vuestras vidas me conciernen.

—Y también la de Luke, alguien tiene que quedarse al margen para cuidar de él si nos pasa algo. Déjanos a solas.

Beatrice salió enfadada de la habitación.

Jamás había sido tan tajante con ella y le había dolido.

Ambos la escucharon llorar al otro lado de la puerta.

Connor cerró los ojos, también angustiado por hablarle así, pero era necesario.

Le contó a Ian la visita de la fiscal general adjunta y que le había pedido su presencia en el operativo que estaban preparando.

—La redada será mañana jueves. Tienes que pedir el día libre en el periódico.

Ian arrugó el semblante. Tenía la necesidad de sacarse de la cabeza aquellas muertes, la de Reeds, de la que había sido testigo, y la de Molly, cuyos ojos abiertos lo atormentaban en sueños. Aquello era una espléndida oportunidad de firmar un primer artículo memorable, pero…

—¿Qué te pasa? —le preguntó Connor.

—Mañana tengo trabajo. Miller está con gripe y tengo que sustituirlo para la crónica de una función de teatro en el Lund-Fontaine. Iba a ser mi primera crónica escrita.

—Pues ya ves, parece que el espectáculo que te espera es otro. Ian, si no quieres, les diré que no estás dispuesto a ayudar, ya encontrarán a alguien.

—Ni loco, estoy en esto desde el principio, es solo que había invitado a acompañarme al teatro a Elisabeth Davenport, la hermana del dueño de los almacenes Lowell.

—¿La chica de las fotos? ¿Cómo has conseguido que te haga caso?

Ian le relató cómo él y la señora Nakamura habían ayudado a Lowell a encontrar costureras y, después, dejó caer una frase y una sonrisa de triunfo.

—Esa mujer me gusta y no tenía nada que perder pidiéndole una cita. Pero me parece que no está hecha la miel para la boca del asno. Tendré que anularla.

—Lo siento.

Ian también lo sentía, pero pensó en Molly. Se merecía que su muerte no quedase como una nota en el periódico.

Miércoles, 14 de diciembre de 1921

Nueva Yo rk

Tras unos días eternos de encierro en la planta superior del Ice, Louise había salido del cuarto donde la mantenían retenida. La misma mujer que la recibió el primer día la había devuelto a su habitación y, sin contemplaciones, le había explicado que sus funciones en el negocio habían cambiado.

—A partir de ahora, no te dedicarás a la limpieza.

Atenderás a los clientes que yo te envíe y nunca bajarás a la sala.

Olvídate también de volver a salir de aquí nunca más, a no ser que quieras hacerlo como Molly.

No me mires con esa cara, te lo has buscado.

Si hubieras sido más lista, no te habrías metido en lo que no te importa.

Eso te habría permitido seguir dedicándote solo a limpiar.

—¡No quiero hacer esto!

—Mira la señorita inglesa, qué remilgada. ¡A ninguna nos apetece, querida, es lo que hay! Es tu castigo por haber intentado escapar, pero no creas que a las demás nos importa. Nos quitarás trabajo. Te aseguro que lo que quieren esos hombres no es nada delicado y a ninguna nos apetece hacerlo.

Louise apretó la mandíbula y se tensó.

—Ve haciéndote a la idea, en un rato recibirás a tu primer cliente.

Miércoles, 14 de diciembre de 1921

Nueva York

A medianoche del miércoles, la caravana de coches que transportaba el alcohol de Phoenix Owen acumulaba retraso por los contratiempos.

Los planes habían empezado a torcerse nada más empezar la ruta, cuando uno de los vehículos se detuvo por una avería y hubieron de buscar otro para continuar.

A pesar de que la zona estaba atestada de gente que había reconvertido sus vehículos para el contrabando, la mayoría se ocupaba de otras entregas y tuvieron que pasar varias horas hasta que los conductores localizaron uno libre.

Una vez solucionado aquello, y cuando apenas habían recorrido unas millas, un pinchazo obligó a detenerse otra vez a la caravana, por lo que tuvieron que hacer noche resguardados en los bosques de Maine.

Owen procuraba disimular su enfado. Por aquel retraso tendrían que madrugar y conducir todo el día siguiente. En Nueva York todo estaba dispuesto para que llegasen el jueves, y, si no lo lograban, los sobornos que habían empleado en despejar el camino no habrían servido para nada.

Se acomodó en el asiento del copiloto de su coche para intentar dar una cabezadita.

Hacía bastante frío y era incómodo, por lo que apenas fue capaz de dormitar.

Pero no duró mucho el descanso, unas voces lo despertaron cuando faltaba bastante para que el alba rasgase la noche.

El alboroto de la discusión rompió el silencio del bosque y el empresario salió del vehículo dispuesto a zanjar la discusión.

—¿Se puede saber qué pretenden?

—Usted no se meta, no es asunto suyo —le espetó uno.

—Será asunto mío si alertan a alguien y este cargamento no llega a Nueva York a tiempo. No pienso consentirles que no cumplan lo pactado.

—¿Y cómo va a obligarnos? —le ladró uno de ellos, acercándose a él con chulería.

—Se lo voy a pedir educadamente, por supuesto —contestó Owen, con su habitual calma.

Se escucharon varias risas burlonas.

—¿Y si no tenemos ganas de obedecer? —escupió el primero que había hablado.

—Pues tendré que tomar medidas. No me costará mucho convencer a Dickson para que no trabaje con ustedes más, que corra la voz de que son gente poco seria.

La leve amenaza volvió a convocar unas risas. Owen se acercó a ellos y entonces uno dio un paso.

—Estamos pensando largarnos con todo esto ahora mismo, hacerle desaparecer en el bosque y que nadie sepa de usted jamás —lo amenazó.

Se volvió a sus compañeros y todos, sin excepción, asintieron.

Sería un negocio mucho más rentable si se quedaban con el alcohol y volvían a cobrar por revenderlo.

No les iban a faltar los compradores, Estados Unidos era un país sediento y el precio de aquel elixir subía a diario, así como los beneficios del contrabando.

—Voy a darles una oportunidad de olvidar esa estúpida idea —dijo Owen.

—¿Le parece estúpida? No tiene ni medio empujón, «señor».

Soltó la última palabra con un tono despectivo que animó a que alguno más diera un paso adelante, encarándose a Owen.

El repentino sonido de un disparo resonó en el bosque y espantó a algunas aves que despertaron sobresaltadas y emprendieron el vuelo, mientras el cuerpo de un hombre caía desmadejado en la tierra.